El sueño de una sombra, o la sombra de un sueño

Es importante no dejar de hablar de Palestina, y es importante también no dejar de leer a Homero

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Marta González
Marta González
Traductora y profesora de Filología Griega en la Universidad de Málaga. Asturiana a distancia.

El poeta Píndaro, en uno de sus cantos, en la Pítica VIII, inmediatamente después de recordar el carácter efímero de la raza humana, escribió que el hombre es el sueño de una sombra. Es una frase muy conocida, y a pesar de ello siempre dudo, cuando quiero citarla, si era “sueño de una sombra” o “sombra de un sueño” y siempre tengo que ir a la estantería, coger el volumen y comprobarlo.

Esta vez me ha venido a la mente de una manera no habitual. Estaba viendo la foto de un niño palestino, muy pequeño, ilustrando la noticia de que una bomba lanzada por Israel lo había alcanzado desintegrándolo por completo. Estamos acostumbradas a estas noticias, al genocidio que no cesa, pero las informaciones y las imágenes siguen siendo espeluznantes. Esta vez era un niño, por eso me vino a la mente la hermosa imagen de Píndaro: una sombra, un sueño, soy incapaz de recordar en qué orden, el sueño de una sombra, la sombra de un sueño, nada más que eso será ya para sus padres, si las bestias sionistas los han dejado con vida.

Es importante no dejar de hablar de Palestina, del genocidio que está sufriendo ese país, porque si Píndaro se refería a la humanidad toda como “los efímeros”, ellos son los efímeros entre los efímeros. No sólo Píndaro se refirió con ese nombre a los seres humanos, a los mortales frente a los dioses, también lo hizo Esquilo repetidamente en Prometeo encadenado, precisamente en pasajes de esta tragedia en los que se le reprochaba al dios benefactor de la humanidad preocuparse en exceso de esos “seres de un día”. Pero esta palabra, “efímero”, aunque se refiera obviamente a la brevedad de la vida humana frente a la inmortalidad divina, aludía todavía en Esquilo y en Píndaro a la sujeción a lo cotidiano, a la precariedad de nuestra condición humana, al hecho de que estemos condicionados por lo que trae cada día consigo. Y aunque por fortuna nos olvidemos casi siempre de esta condición nuestra y hagamos planes y proyectemos la mirada tan lejos como nos apetezca, hay circunstancias en las que lo efímero se impone. Y en lo efímero viven los palestinos y las palestinas día tras día.

Si la inmortalidad, de un lado, y la eternidad, del otro, separaban a los héroes de Homero de sus dioses, por seguir con los griegos, el llanto por sus hijos los unía. Y es que los dioses griegos (en este caso sobre todo quiero decir dioses, no diosas), con su animada vida sexual, tenían también hijos mortales y el dolor por su muerte es seguramente una de sus características más humanas. Es muy conocido, por ejemplo, el pasaje de la Ilíada en el que un hijo de Zeus, Sarpedón, héroe licio aliado de los troyanos, muere a manos de Patroclo. Zeus, muy conmovido, estuvo incluso a punto de retirarlo del campo de batalla y salvarlo, pero, finalmente, cedió a las presiones de Hera, que le recordó que no era él el único entre los dioses que tenía hijos combatiendo en Troya y que podría provocar su enfado con este trato de favor. Pero sobre todo Hera le recuerda a Zeus que Sarpedón es un hombre, un mortal, y que no tiene sentido apartarlo de la lanza de Patroclo. Y Sarpedón muere. La imagen de Hypnos (Sueño) y Thánatos (Muerte), hermanos gemelos enviados por Zeus para retirar delicadamente el cuerpo ensangrentado de Sarpedón de la llanura troyana y llevarlo a su patria para que pueda ser enterrado, está entre las más conocidas de la iconografía mítica griega. Conmueve por la delicadeza del gesto con el que levantan el cadáver. De manera que los dioses no sólo lloraban a sus hijos, también querían enterrarlos, algo que no pueden hacer miles de mujeres y hombres palestinos en el infierno en el que viven.

A Prometeo, el héroe amigo de la humanidad, se le castigó no sólo por entregar el fuego a los hombres, sino también, en algunas versiones del mito, por querer hacerlos inmortales. Pretender otorgar la inmortalidad a los hombres o, incluso, tratar de devolverlos a la vida una vez muertos, es una empresa osada que fue objeto de debate moral para los griegos y de recreaciones en diversos mitos. Asumida la inevitabilidad de la muerte, el debate moral se centra en el derecho, incluso el deber, de enterrar a los muertos. Pero para quien no tiene idea de qué cosa es la moral, como sucede con el ejército terrorista de Israel, esto es palabrería.

Es importante no dejar de hablar de Palestina, y es importante también no dejar de leer a Homero. Y se trata de leerlo de verdad, no de apropiárselo con fines espurios como no deja de hacer la extrema derecha norteamericana, y no sólo. Hace pocas semanas Elon Musk recomendó vivamente, en X (antiguo Twitter), la lectura de la Ilíada. Su recomendación iba acompañada de una fotografía de la portada de una traducción de la Odisea. Sin descartar que el sujeto en cuestión crea que Odisea es el subtítulo de Ilíada, lo más probable es que no se haya leído ni la una ni la otra y utilice esa recomendación para alinearse con toda una serie de comunidades de misóginos, extremistas incels y ultraderechistas fanáticos que emplean la antigüedad clásica para justificar sus ideas reaccionarias (ya he hablado de este submundo en https://www.nortes.me/2024/05/26/el-rapto-de-europa). Musk, que sabe tanto de la Ilíada como yo de la fisión nuclear, recomienda su lectura desde esa red que controla y en la que censura las cuentas propalestinas. No lo haría si de verdad hubiera leído a Homero. La filósofa Simone Weil, que sí lo leyó muy bien, escribió que nada había comparable a la épica de la Ilíada, y que quizá podríamos recuperar su espíritu algún día si aprendiéramos a no admirar la fuerza, a no odiar a los enemigos, a no despreciar a los desdichados. Qué sabrá Elon Musk.

No podemos dejar de hablar de Palestina, aunque los genocidas quieran borrarla hasta que no quede ni sueño ni sombra.

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