El camarote (y el hermano Marx)

La lógica del crecimiento del capitalismo está llevando a la civilización al abismo.

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Xuan Cándano
Xuan Cándano
San Esteban de Bocamar (1959). Periodista. Redactor en RTVE-Asturias. Fundador y exdirector de Atlántica XXII. Es autor de "No hay país".

En marzo de 1986, en la campaña del referéndum que acabaron ganando los partidarios de continuar en la OTAN, Gustavo Bueno intervino en favor del no ante un centenar de mineros en el pozo Fondón de Hunosa, a las siete de la mañana. Era una época en la que el filósofo aún se alineaba con la izquierda, sobre todo con la comunista, que lo escuchaba con fervor desde el antifranquismo, para la que el profesor riojano era un referente. Más tarde vendría su giro a la derecha y hacia el nacionalismo español, aunque en realidad es discutible que Gustavo Bueno haya cambiado sustancialmente de pensamiento. Venía del falangismo, siempre fue partidario de un Estado fuerte y no ocultaba su orgullo por el Imperio español, de manera que aquella oposición a la OTAN controlada por los Estados Unidos era tan natural como su simpatía por la Unión Soviética durante la Guerra Fría.

Acompañado por unos cuantos periodistas, cámaras de televisión y técnicos, Gustavo Bueno convirtió a aquel pozo histórico en un aula universitaria o un ateneo obrero, algo nada ajeno a la cultura popular en las cuencas mineras. Los mineros, envueltos en sus monos, con sus lámparas y utensilios a mano, escucharon con atención a aquel filósofo ya entrado en años, fino de estampa y de pico, que arremetía contra el PSOE y el militarismo. Finalizada su intervención se inició un coloquio y los mineros fueron invitados a tomar la palabra. Creo que alguno lo hizo previamente, pero solo recuerdo las palabras de un minero ya veterano al que sus compañeros ridiculizaban con burlas en cuanto abrió la boca. Enfatizaban con cierto cachondeo que era de derechas. Debía de ser el solitario minero conservador, o al menos el único que lo reconocía, en aquel turno mañanero del pozo, que llegaría tarde al tajo, incumpliendo su jornada laboral, por escuchar a aquel intelectual de gafas y oratoria académica. Su intervención fue más breve y mundana. La recuerdo más o menos así:

– Estará muy bien esto que nos cuenta, ¿pero a nosotros que nos va con la OTAN? ¿ Quien me va a pagar a mi el sueldo que me descontarán al entrar tarde a trabajar por escucharle a usted hablando de la OTAN?

Arropado por el resto de los mineros y por los sindicalistas que lo secundaban, Gustavo Bueno, que podía ser colérico, apeló aquel día a la ironía, provocando grandes carcajadas en aquel auditorio tan proletario:

– ¿Qué a usted no le va nada con la OTAN? ¿Qué no le importa la OTAN? Me recuerda usted a unos ricos, gente muy adinerada, que viajaban en un gran transatlántico, en un camarote de lujo. Estalló una gran tormenta y les fueron a avisar para abandonar el barco. A nosotros que nos importa la tormenta, con lo bien que se está en el camarote, respondieron. Y así, disfrutando de aquel camarote, del champagne y la comida exquisita, se fueron a pique con el barco. Hicieron como usted, que no le importa la OTAN, solo el jornal que no cobrará.

Bueno en la mina.

Últimamente pienso mucho en aquella escena y en aquella respuesta porque parece una metáfora de los tiempos que nos está tocando vivir. El cambio climático provocado por el hombre y las emisiones contaminantes de la industrialización ya es una amenaza real, una muestra de la autodestrucción progresiva del planeta, que se manifiesta en grandes desastres medioambientales, como este último en el Levante español. Pero el ser humano sigue insensible ante la destrucción de la Tierra, la codicia y la ignorancia lo devoran, prefiere asistir en su camarote de lujo, dedicado a consumir desaforadamente y despilfarrar sin recato, a su propio final. Total, llegará en ochenta o cien años, dicen los más optimistas, ajenos a otro mundo que no sea el suyo, incluso al que heredarán sus descendientes.

Marx fue una de las personalidades más importantes e influyentes de la Historia, su pensamiento condicionó la reciente, desde el siglo XX. Fue un gran filósofo, su análisis sobre la evolución de la humanidad y la aparición del capitalismo fue certero y brillante. No se le puede culpar del totalitarismo, la barbarie y los monstruos que generó la utopía comunista. El problema no fue Marx, fueron los marxistas. O muchos de ellos, discípulos que interpretaron al maestro como los católicos lo hacen con el Papa, el líder infalible de una religión, donde la fe se impone a la razón.

Como no era infalible, Karl Marx, cuyo análisis del pasado es irreprochable, erró en algunas de sus predicciones, como creer que la revolución socialista estallaría en los países más avanzados por la fuerza del proletariado, cuando lo hizo en la atrasada, medieval y campesina Rusia de los zares. Pero no se equivocó en otras, como la autodestrucción del capitalismo por su dinámica irrefrenable de crecimiento. En ello estamos.

E. Capiro, ‘Marx y Engels en el Rheinische Zeitung’ (1849). Óleo sobre convas

La lógica del crecimiento del capitalismo está llevando a la civilización al abismo. Marx apuntaba a las contradicciones económicas del proceso más que al desastre medioambiental, más difícil de percibir en los comienzos de la industrialización. Ya estamos en el principio del fin. La naturaleza se rebela, ya no soporta más, envía mensajes en forma de catástrofes ambientales, a pobres y ricos, las más recientes en los países más desarrollados en Centroeuropa, Estados Unidos y España. Sin respuesta alguna, las emisiones continúan aumentando y un negacionista del cambio climático, que identifica el modelo de vida americano con el coche y el consumo, arrasa en las elecciones del país más poderoso de la Tierra, uno de los grandes responsables del suicidio medioambiental, que piensa acelerar.

La naturaleza se rebela, ya no soporta más, envía mensajes en forma de catástrofes ambientales

Ya no hay elección, o decrecimiento o muerte, pero el mundo sigue apostando por la autodestrucción. En el camarote de lujo no se quiere ver la tormenta. ¿Decrecer? Eso es de jipis o comunistas. Hay que crecer, engordar hasta que el cuerpo reviente, como en “La gran bouffe”, la película de Marco Ferreri. ¿Repartir en vez de crecer, para atajar la creciente desigualdad entre las clases sociales? ¿Exigir a las grandes multinacionales sin alma y con beneficios escandalosos que dejen de contaminar y que asuman el coste apretándose el cinturón? ¿Cambiar de hábitos sociales, viajar menos, no aspirar a tener varios coches y conformarse con uno? Eso es de tontos y de perdedores que no saben disfrutar de la vida, o sea del consumismo y del desarrollismo, marginales que no aceptan que el capitalismo conquistó para siempre los corazones de la gente.

No les falta razón, los conquistó y los emponzoñó. Tantos filósofos, antes y después de Marx, tanto pensamiento, aunque ahora esté en retroceso hacia el mundo anterior a la Razón y la Ilustración, tanta lectura para entender las complejas dinámicas sociales….para acabar dando la razón a quienes ven sobre todo las explicaciones en la condición humana. Tan simple, tan maniqueo, tan real. La gente en abstracto, como las personas, es buena o mala. O mejor dicho, una misma persona es buena o mala a lo largo de su vida, en un mismo día, dependiendo de la situación, el interlocutor o su humor. Lo mismo pasa con las sociedades, son ciclos históricos. Ahora parece que aflora lo peor de la condición humana, el narcisismo, el egoismo, la insolidaridad, la ignorancia. Mete miéu, decimos en Asturias.

Siempre fui un optimista, el mundo es mejor que el que vivieron mis padres, no digamos mis abuelos. Soy de la primera generación que no padeció una guerra en Europa. La humanidad avanzó enormemente desde las cavernas de los primeros artistas, desde la Edad Media a la que tanta gente parece empeñada en regresar. Aunque sea dando un paso hacia adelante y dos hacia atrás, como decía Lenin en una arenga, porque los avances siempre superaron a los retrocesos. Pero ahora el paso desandando el camino parece tan grande que amenaza con dejarnos caer en un pozo sin fondo, infecto, aterrador, terrorífico como un relato de H.P. Lovecraft.

Y eso que está claramente señalizado desde hace mucho tiempo. Pero desde el camarote de lujo del transatlántico no se ve.

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