Alegoría del burro y el rebuzno

Burro es una semblanza lírica y una alegoría extraordinaria, un testimonio de la condición humana.

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Roberto Corte
Roberto Corte
Roberto Corte (Oviedo, 1962). Vinculado al teatro asturiano desde 1980, y ligado a la autoría y dirección en el ámbito escénico, en la actualidad colabora como crítico en revistas especializadas.

Burro, de Álvaro Tato

Dirección y música original: Yayo Cáceres

Reparto: Carlos Hipólito, Fran García, Iballa Rodríguez y Manuel Lavandera

Centro Niemeyer, 20 de diciembre, Avilés

Burro representa al animal maltratado por el hombre, pero también al burro antropomórfico, portavoz del hombre humilde maltratado por los poderosos, tal y como hizo Pilar Enciso y Lauro Olmo en Asamblea General, pieza con burro apestado sobre quien caían las culpas de todos los males que nos afligen, que tuve la suerte de interpretar en mi adolescencia y que ahora este hermoso trabajo de Ay Teatro me la recuerda. El burro es personaje protagonista indiscutible en la literatura universal, símbolo de paz y trabajo que asoma sus protuberantes orejas peludas por todos los géneros y épocas, siendo el Platero de Juan Ramón la obra cumbre por antonomasia, por más que el tontaina y listillo de Alberto Manguel en su reputado libro sobre la lectura la considere una bobería. Álvaro Tato ha escrito el texto con cariño y mimo hacia el burro, con inteligencia, alejándolo del panfleto acusatorio que denuncia su extinción o del dogma y la batalla animalista. La tracción animal ha desaparecido de nuestras vidas para siempre rompiendo el ceñido vínculo que teníamos con los cuadrúpedos domesticados. Burro es un repaso ameno y divertido por los 6000 años vividos en compañía de los humanos, desde su origen como animal totémico hasta que llega a ser “carne de circo y matadero”. Con anécdotas y testimonios sacados de crónicas y materiales diversos, desde El asno de oro de Apuleyo, La disputa del asno del muladí Fray Anselmo de Turmeda, la Misa del asno medieval, la Biblia, el Quijote, o el burrito de Moguer, esa maravillosa elegía andaluza a la que se le rinde cumplido y justo homenaje en el apartado final (Platero es libro de amor a la vida muy triste, tristísimo, y la prueba que nos pone el intelecto para medir nuestra sensibilidad.)

Carlos Hipólito en “Burro”

Carlos Hipólito, con la versatilidad que le caracteriza como intérprete, bajo la dirección de Yayo Cáceres, se transmuta en el burro protagonista atado a una estaca y sin apenas caracterización. Tan sólo unas rampas revestidas con tablas y unas pacas de paja bastan para crear la ambientación. Sus movimientos y gesticulación, saltos, rebuznos y posición de patas, aluden sutil y directamente al cuadrúpedo sin caer en la chanza ni en la caricatura, siempre más evocador que mimético y con la habilidad que denota las muchas horas de observación ante el animal. Lo acompañan en la singladura de esta fábula épica el músico guitarrista Manuel Lavandera y los actores Fran García, habitual de Ron Lalá que interpreta varios personajes y se ocupa de la percusión, e Iballa Rodríguez, debutante que se luce con la flauta y los múltiples interlocutores con los que se cruza el protagonista. Todos ellos a un ritmo ágil y desenfadado, con canciones, onomatopeyas e interjecciones musicales que refuerzan y redondean la poética del planteamiento general (el tono de Carlos Hipólito por momentos me recordó a Alberto Cortez). La profundidad del relato y los juegos lingüísticos están presentes desde el principio. Burro es una semblanza lírica y una alegoría extraordinaria, un testimonio de la condición humana. El diálogo entre un jumento y su sombra, entre la realidad y el deseo, en un mundo donde “respirar duele y vivir cansa”, aunque afortunadamente se nos avisa también de que “escuchar fábulas es no morir del todo”.

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