Se acaba de anunciar un alto el fuego entre Israel y Palestina que debería llamarse,
para hablar con propiedad, un alto el genocidio. Que entren las ambulancias en Gaza, la
ayuda humanitaria, los alimentos, el agua potable, la luz. Y, aunque nadie pueda decir
que no sabe lo que ha ocurrido y lo que está ocurriendo, que entre la prensa
internacional. Después de miles de asesinados, porque no hablamos de una guerra, sino
de un genocidio, de miles de heridos, amputados, destrozados, de miles de desplazados,
de miles de torturados, de miles de huérfanos, que entren la prensa y los observadores
internacionales.
Como no hablamos de una guerra, es difícil imaginar esta tregua que se anuncia. Habrá
que enfrentarse a la imagen de un país que ha sido arrasado y quemado desde sus
cimientos, a una población diezmada, masacrada, desplazada y que no tiene a dónde
regresar, a la imagen de colegios, hospitales, viviendas, universidades y mezquitas
reducidas a polvo y escombros. Todo esto de un lado. Del otro, un país acusado de
genocidio, con incontables crímenes de guerra a sus espaldas y con un botín entre los
dientes, botín que no soltarán fácilmente, ya que se habían prometido a sí mismos
tierras e impunidad. El ministro israelí de Seguridad Nacional, de extrema derecha,
Bem-Gvir, alardea de haber evitado el acuerdo hace meses y protesta contra lo firmado
ahora. De momento Israel sigue asesinando civiles sin tregua ni piedad, como si temiera
desperdiciar un sólo minuto antes de la entrada en vigor del alto el fuego.
“Más de 45.000 palestinos muertos y 2.000 israelíes son suficientes”, ha dicho el
ministro de Exteriores, José Manuel Albares, al conocer el anuncio de alto el fuego.
Suficientes ¿para qué? ¿Qué tiene en la cabeza este hombre, el mismo que apoyó a los
hinchas del Maccabi de Tel Aviv cuando en Ámsterdam cantaron aquello de “no
quedan escuelas en Gaza porque no hay niños en Gaza” y dijo que eran víctimas de
antisemitismo porque un grupo propalestino se les enfrentó? Para ser ministro de
Exteriores un poco de historia debería conocer, al menos la suficiente para saber que los
palestinos son semitas también. Claro que entendemos como “antisemitismo” la
persecución específica contra los judíos, no contra todos los semitas, pero el genocidio
que han llevado a cabo los sionistas contra los palestinos anima a reconsiderar un poco
los términos y, sobre todo, a dejar de calificar a cualquier ciudadano de Israel como
víctima incluso cuando es victimario. El racismo y la brutalidad del estado israelí no
parecen haber impresionado mucho al ministro. Esta misma semana Albares rechazó
vetar la entrada en España al equipo de baloncesto del Maccabi de Tel Aviv, ese con
seguidores tan despreciables, y argumentó que había que separar el deporte de la
política. El mismo Albares que corrió para ser el primero en proponer la expulsión de
Rusia de las competiciones deportivas. Con estos antecedentes y sin haber tenido jamás
el coraje de decir la palabra “genocidio”, mejor no saber qué piensa Albares cuando
dice que 45.000 palestinos muertos (en realidad, muchos miles más) son suficientes. En
cualquier caso, a los genocidas no les parecen suficientes porque hoy mismo (16 de
enero) han asesinado a la doctora palestina Hala Abu Ahmed y a su familia, al
periodista Al-Shayah, al trabajador humanitario Ihab Fisal, a su mujer y a sus dos
hijos… a decenas de civiles, como cada día.
España, que no ha roto relaciones con Israel y que ha permitido el envío de armas a un
ejército criminal, alivia un poco la vergüenza y la ira que en tantas de nosotras ha
provocado con su actitud anunciando ayuda humanitaria para Gaza. La ayuda llegará a
los palestinos sólo si Israel levanta, cosa que todavía no ha hecho, el bloqueo ilegal
sobre los territorios ocupados. Que entre la ayuda humanitaria y que entren los
observadores independientes, que documenten, como exige Amnistía Internacional,
las violaciones de derechos humanos, que entrevisten a las víctimas y a los testigos, que
elaboren los informes necesarios para llevar a los criminales, a los responsables del
genocidio, ante la justicia.
Que hablen todos los huérfanos, los que han perdido a sus padres, los que han perdido a
sus hijos, los huérfanos de amigos, los huérfanos de hogar, los miles que lo han perdido
todo. De todo aquello de lo que se puede ser huérfano, los palestinos lo son. Y que haya
rendición de cuentas. Hablando de la brutalidad imperialista, el historiador romano
Tácito escribió una frase que se ha convertido en una de sus citas más conocidas:
“hacen un desierto y lo llaman paz”. Muchas imágenes aéreas de ciudades palestinas
como Rafah son precisamente eso, un desierto. No sabemos si lo llamarán paz, si el alto
el fuego se consolidará, pero, de momento, sin justicia, sin rendición de cuentas, todos
nosotros nos encontramos también huérfanos, huérfanos de humanidad por haber
consentido el genocidio de Gaza.



























