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Opinión

El capitalismo que no volverá

Quienes abogan por reformar el capitalismo empiezan a dejarse de nuevo oír, con propuestas tan racionales, como la renta básica.

En 2008, al poco de emerger la Gran Recesión, el entonces presidente francés, el conservador Nicolas Sarkozy, proponía reformar y refundar el capitalismo. Fue el único de los grandes dirigentes mundiales que tuvo la suficiente humildad, y cierta dosis de miedo al futuro, para apuntar desde dentro a los culpables de aquella crisis, cuyas consecuencias en forma de pobreza y desigualdad perviven. Reconocía que en el moderno capitalismo los especuladores se habían impuesto a los emprendedores.

La propuesta y la advertencia de Sarkozy cayeron en saco roto. Apenas algunos pensadores y un puñado de empresarios se tomaron ese reto en serio, empezando a analizar críticamente los males del sistema económico que domina prácticamente sin excepciones ni rivales el mundo. En España atizó el debate “El País”, el buque insignia del capitalismo mediático más inteligente, ese sector del dinero y el poder asustado ante las consecuencias de sus propios excesos. El periódico madrileño, en manos de la banca y el gran capital globalizado, dio incluso especial protagonismo en sus páginas a ensayistas como Thomas Piketty, abiertamente partidario de medidas de socialización de los grandes sectores, en una onda que poco tiempo atrás hubiera parecido puro colectivismo.

“La propuesta y la advertencia de Sarkozy cayeron en saco roto. Apenas algunos pensadores y un puñado de empresarios se tomaron ese reto en serio”

Ahora, cuando apenas hemos entrado en la segunda Gran Recesión del siglo XXI, que será mucho más demoledora que la anterior, cabe plantearse si para reformar y refundar el capitalismo aún se llega a tiempo. El coronavirus es hijo suyo y lo está devorando, como los pulmones de los infectados en esta pandemia globalizada.

Demonizar sin matices al sistema capitalista es simplista e incluso injusto. Es discutible que sea intrínsecamente perverso y parece evidente que ha contribuido al avance de la humanidad y al progreso, no sin la colaboración imprescindible del movimiento obrero, un contrapeso a sus tendencias más peligrosas, el individualismo y el darwinismo social.

La iniciativa privada- más que el libre mercado, que es una falacia, porque el intervencionismo de Estados y grandes corporaciones lo convierten en utopía- ha contribuido a la creación de riqueza, beneficiando a las clases populares, aunque mucho menos que a las dominantes, porque la desigualdad no ha cesado de crecer. Un fenómeno que se observa mejor a la luz del fracaso del estatalismo de los antes llamados países de “socialismo real”, más empobrecidos y también desiguales socialmente, con una élite privilegiada que ejercía el poder con nepotismo.

Pero el capitalismo, que vivió su época dorada tras la II Guerra Mundial y su pacto con la izquierda que dio lugar al Estado del Bienestar, y que incluso fue popular en Gran Bretaña cuando Margaret Thatcher desmanteló todos esos logros con su ola neoliberal y privatizadora, empezó a mostrar su cara más monstruosa con el inicio del siglo XXI.

Desaparecido el freno y la influencia que suponía “el socialismo real”, el capitalismo se convirtió en un caballo desbocado dispuesto arrasar con los derechos sociales conseguidos con sangre, sudor y lágrimas por las clases trabajadoras durante generaciones. Conseguida la hegemonía en el fin de la historia que describió Francis Fukuyama, el sistema, único e incuestionable, empezó a dar la razón a sus enemigos, que no ven en sus entrañas más que codicia y una ambición desmedida de acumulación de riqueza. Las consecuencias son tan indiscutibles como la ausencia de competencia y de un sistema crítico alternativo: empobrecimiento de las clases populares y los jóvenes, precariedad, desigualdad…. Su crecimiento descontrolado, haciendo buena la predicción de Marx, lo conduce a su propia autodestrucción, porque antes perecerá la humanidad que el planeta Tierra contra el que atenta con violencia depredadora el capitalismo. A pesar de las señales que nos envía la naturaleza, como el inquietante cambio climático.

“China es la criatura perfecta surgida en el laboratorio en el que se ensayan las nuevas formas de dominación totalitaria: reúne lo peor del capitalismo y lo peor del socialismo”

Hasta no hace mucho, más o menos hasta la crisis del 2008, la clave del éxito del capitalismo era su identificación con las libertades y la democracia. Funcionaba como un axioma que permitía justificar sus abusos. Será injusto, pero no hay democracia sin capitalismo, decían sus defensores. Y era cierto. Pero ese nexo también se ha perdido, hasta poder enunciarse el razonamiento contrario. El capitalismo salvaje y sus desmanes han alentado los populismos y los caudillismos en todo el mundo, incluyendo los países más desarrollados: Trump en Estados Unidos, Johnson en Gran Bretaña, Orban en Hungría, Bolsonaro en Brasil…la extrema derecha en la mayor parte de Europa.

Y a la vez surge una gran potencia mundial, que compite con los Estados Unidos: China, que combina el capitalismo de Estado en lo económico y el comunismo más represor en lo político. China es la criatura perfecta surgida en el laboratorio en el que se ensayan las nuevas formas de dominación totalitaria: reúne lo peor del capitalismo y lo peor del socialismo. En el seno del monstruo parido en ese espantoso aquelarre surgió y comenzó a extenderse sobre la tierra el coronavirus precisamente. Que eso sea una casualidad o una causalidad es uno más de los incontables enigmas de la pandemia. La democracia ya no es indisociable del capitalismo. Es más, para el capitalismo la democracia empieza a ser un problema. O la democracia se enfrenta al monstruo capitalista en expansión, o éste la devora, como el coronavirus a nuestros organismos.

“¿Prevalecerán los criterios de científicos, técnicos y especialistas sobre el poder omnímodo de la casta de los políticos que secuestró a la democracia?”

Incontables son las incógnitas que se plantean sobre el tipo de sociedad que llegará con el fin de la pandemia, que ya se vislumbra, pero nadie duda que será distinta. ¿Prevalecerá lo social y la defensa de los servicios públicos frente al tsunami privatizador y la ola neoliberal? ¿Saldrá ganando el humanismo aparcado frente al individualismo en alza? ¿Prevalecerán los criterios de científicos, técnicos y especialistas sobre el poder omnímodo de la casta de los políticos que secuestró a la democracia? ¿Habrá más meritocracia y menos dedocracia? ¿Frenar el cambio climático y la destrucción de la naturaleza serán una prioridad frente al desarrollismo y el culto a la religión de la economía? ¿Se impondrá la seguridad a la libertad, restringiendo derechos fundamentales?

Pero ninguno de esos interrogantes es tan nuclear como el futuro del capitalismo. Hay quien barrunta una revolución por los millones de damnificados en lo social que dejará el coronavirus, con desempleo masivo y empobrecimiento colectivo. Otros predicen una contrarrevolución, con un ascenso imparable de la extrema derecha, que ya puso en marcha en plena pandemia, en medio de muertes y tragedias, su macabra e inmoral estrategia. Frente al optimista que prevé una vuelta de los valores perdidos y algo parecido al pacto social que se logró tras la II Guerra Mundial, contrasta el catastrofismo del pesimista, que llegado al extremo teme un tercer conflicto, que sería apocalíptico, con el uso de armas biológicas que dejarían muy atrás los efectos del misterioso coronavirus.

Quienes abogan por reformar y refundar el capitalismo empiezan a dejarse de nuevo oír, con propuestas tan racionales, planteadas hace tiempo por muchos economistas, como la renta básica universal, algo absolutamente compatible con el sistema. No lo es tanto otra de las propuestas sobre la mesa, el decrecimiento, porque en la perversa lógica del capitalismo está el crecimiento irrefrenable. Lo apuntaba Marx, que acertó en su diagnóstico y no en sus recetas, según nos ilustra la historia. Aunque esto, que el problema del fracaso del socialismo como alternativa al capitalismo no fue Marx sino los marxistas, también es discutible y aún es objeto de debate.

Solo algo parece seguro. Reforma o sustitución, el capitalismo que conocemos no sobrevivirá al coronavirus.

Xuan Cándano
Escrito por

San Esteban de Bocamar (1959). Periodista. Redactor en RTVE-Asturias. Fundador y exdirector de Atlántica XXII. Es autor de "El Pacto de Santoña" (Madrid, 2006)

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