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Opinión

TRAGEDIA Y VERDAD

“Lleguemos a donde lleguemos, ya hemos intuido suficientes momentos de verdad para que nuestro deber sea no olvidarlos”

La tragedia es un procedimiento de la verdad. O al menos así podemos entenderla, desde nuestra distancia con la antigua Atenas, cuando volvemos a los textos en estos días de encierro. La desmesura —del orgullo, de la ambición, de la codicia— se paga. El mal gobernante acaba por encontrar su castigo. La sangre es preludio de más sangre. La empresa de guerra no siempre beneficia al fuerte. No hay ley que contenga la indignación de alguien que ama. Personajes llevados al extremo para entregarle a la comunidad de los espectadores un momento de verdad, un instante de iluminación que guiase sus vidas morales y políticas.

“No deja de rondarme la idea de que todo cuanto ha ido ocurriendo nos proporciona continuos instantes de verdad para quien quiera aceptarlos”

Sé que la afinidad entre la tragedia clásica y la nuestra puede ser tenue; aquí no hay trama y la muerte, por desgracia, no es alegórica. Pero no deja de rondarme la idea de que todo cuanto ha ido ocurriendo nos proporciona continuos instantes de verdad para quien quiera aceptarlos. Rasgando la falsedad del sistema, la pandemia nos obliga —si no somos necios ni intentamos guarecernos en nuevas mentiras— a confrontarnos con múltiples verdades incómodas, casi insoportables. Que nuestro sistema de salud peligra tras años de recortes y se sostiene, mal que bien, gracias a la profesionalidad de miles de hombres y mujeres que viven al borde de la infección. Que nuestras residencias de ancianos son morideros, con frecuencia en manos de corporaciones del cemento y fondos de inversión extranjeros. Que nuestro “crecimiento” económico vuelve a ser, una vez más, una cadena de trabajo tan precario y explotado que se desmorona si se detiene. Y que nuestros caciques siempre encuentran el modo de socializar las pérdidas, mientras a nosotros nos queda, como mucho, la esperanza de socializar el dolor.

Ya sabemos que no conviene anticiparse al final de una tragedia; quizás algún motivo que aún no vemos, entre los muchos que nos abruman, termine por llevarnos a una conclusión inesperada. Evitaré, por tanto, las teorías. Pero, lleguemos a donde lleguemos, ya hemos intuido suficientes momentos de verdad para que nuestro deber sea no olvidarlos, para que estemos moralmente obligados a aceptar aquello que nos revelan. Porque del mismo modo que no hay tragedia sin verdad, no puede haber verdad sin consecuencia.

Fruela Fernández
Escrito por

Escritor, traductor y profesor universitario.

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