Arte Confinado: Danza de la ballena varada

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Luis Feás
Luis Feás
Periodista, crítico de arte y comisario de exposiciones. Ha escrito en La Voz de Asturias y Atlántica XXII entre otros medios. http://luisfeas.com/contacto/

La artista María Peña Coto (Oviedo, 1989) vive la crisis pandémica un tanto desconcertada, como si se encontrara varada en una playa solitaria, rodeada de un mar de incertidumbre. Aislada del coronavirus y de los suyos en su piso-estudio de Avilés, confiesa no saber muy bien cómo salir de ésta: “Intento deshacerme de todas las inseguridades que me produce esta situación y me mantengo en un estado de falsa tranquilidad que me aporta calma, pero me desconecta del impulso de crear. No estar centrada en crear me genera ansiedad, porque las redes sociales parecen decirnos a los artistas: ¡Es tu momento, ponte a pintar, comparte tu arte! (y no pienses en que el arte y la cultura son lo primero que se deja caer ante una crisis)”.

Así que para paliar esta ansiedad, para tener la sensación de aportar algo, empezó a dar clases de pintura gratuitas online. “Pero ponerme a crear… lo he hecho, aunque aún no he encontrado la manera de expresar la rabia que me da tener que haber mandado a la mierda los esfuerzos de los cinco meses que llevaba en París empezando nuevos proyectos, tejiendo redes que de un día para otro han desaparecido”.

A la casilla de salida

Licenciada en Bellas Artes por la Universidad Complutense de Madrid, con un máster en Cooperación Internacional y Desarrollo, la artista siempre ha mostrado una preocupación constante por la vulnerabilidad de la pobreza, los habitantes de las aglomeraciones urbanas, las víctimas de la emigración, las superpoblaciones del Tercer Mundo y su efecto sobre el medio ambiente. La toma de conciencia se produjo en 2009, cuando asistió como activista de Oxfam Intermón a la cumbre internacional sobre cambio climático de Poznan, Polonia, en una experiencia que le abrió los ojos a los principales retos globales de nuestro tiempo.

Desde entonces la inquietud sobre las consecuencias de la forma de vida de las sociedades occidentales en el medio ambiente es un asunto recurrente en su trabajo, que la ha llevado desde Asturias a pasar largas estancias en São Paulo, Lisboa, Londres, Yakarta, Pekín, Nueva York o Madrid, lugares todos cuyos suburbios se ha dedicado a explorar y en muchos de los cuales se ha cebado la pandemia. Su activismo, que es también social, con un fuerte compromiso por ejemplo con Haití, se plasma artísticamente en acrílicos sobre lienzo, fotografías transferidas, ensamblajes hechos con materiales reciclados o vídeos en los que recoge sus performances, como la que le hizo recorrer, a ciegas y con tacones, varios kilómetros de la Gran Muralla china para denunciar las barreras y los límites que se imponen a las mujeres.

Su último proyecto la llevó a París, de donde se tuvo que ir de una manera un tanto triste: “Me fui de París sin despedirme de nadie, dejé mi piso de un día para otro, empaqueté mis cosas en una noche y arrinconé lienzos, telas y pinturas recién compradas con los que no podía viajar. El último día fui a correr hasta un puente cerca de mi casa, en el parque de La Villette, donde había un campo de refugiados urbano con unas 400 personas. Hasta hacía una semana iba todos los fines de semana con un programa la organización para la que trabajaba, e incluso había planteado empezar un proyecto artístico con uno de un chico del Congo, pero, dos días después de la última visita y antes de que estallara toda esta crisis del COVID-19, la policía desalojó el campamento. Se los llevaron sin previo aviso ni elección posible”.

La palabra que más repite es rabia: “Fue ver el puente vacío y romper a llorar. ¡Me dio tanta rabia cuando les echaron de esa forma y me daba ahora tanta rabia irme así! Volví a casa a seguir haciendo la maleta, corriendo y llorando, una escena patética, incómoda e incluso cinematográfica. Me despedí de mis compañeros de piso dejando la distancia de seguridad y cogí un vuelo, escala en Madrid, llegada a Asturias, taxi a Avilés, recoger las llaves del buzón y sin ver a nadie vuelta al estudio, a la casilla de salida”.

Con el frío de la distancia

Premio Asturias Joven de Artes Plásticas 2016, la artista asturiana siente “rabia, frustración y miedo, mucho miedo al futuro. Eso es lo que todavía no he conseguido trasladar a mi obra y no sé si lo haré”, asegura. Sin embargo, en cuanto empezó el encierro se puso a pintar, sin saber muy bien hacia dónde iba pero lo que le salió es la obra que aquí se reproduce, protagonizada por una ballena salvada de su varamiento. Es un acrílico sobre lienzo que encaja perfectamente con su producción en general, conectada con el activismo animalista que todavía busca la conexión respetuosa del medio urbano con el natural.

Asimismo ha grabado un vídeo (https://youtu.be/wsHzv4t5PCU) del proceso de creación del cuadro, en el que se la ve pintando y reflexionando, en un baile creativo que la deja exhausta pero busca generar sensación de acción y movimiento, para integrar al espectador e incitarle a hacerse preguntas.

Whale (este es el título de la obra) “tiene mucho que ver con la situación que estamos viviendo, pero también con los proyectos en los que estaba trabajando en París, ya que una ballena era la co-protagonista de un proyecto que estaba haciendo con una amiga bailarina mezclando pintura, vídeo y danza. Trabajábamos sobre los movimientos del agua, las olas y el viento en una reflexión sobre la fuerza del medio natural y nuestra vulnerabilidad ante ella”. Además de con esta amiga, en colaboración con un escritor neozelandés y otro argentino estaba ilustrando historias vinculadas a las migraciones con encuentros y entrevistas informales, al tiempo que impartía formación sobre arte e impacto social.

María Peña dice que “eso es lo que me gustaría seguir haciendo”, pero reconoce que “esta situación se ha metido entre medias y quiera o no va a estar presente en mis proyectos. Para empezar, porque ahora si sigo con todo esto tendrá que ser con el frío de la distancia”.

¿Es que no le importa el virus? “El virus, el maldito virus. Sí, me asusta que pueda afectar a gente a la que quiero, perder a una generación, me horrorizan las cifras de muertes, la soledad de esas muertes, pero me asusta aún más la miseria que se avecina, las dificultades, las crisis en países con mayor inestabilidad y la vulnerabilidad de colectivos ya antes vulnerables”.

También le preocupa “el futuro del arte, que intentemos recuperar la economía mundial sacrificando este sector entre otros, y, claro, me preocupa mi futuro. No consigo visualizar ni dónde ni cómo va a ser. Como artista nómada empeñada en centrarme en lo social, el futuro siempre ha sido inestable y complicado, casi tanto como excitante y motivante; pero nunca lo había visto negro, tan negro. Verlo así quizás es lo que me hace buscar esa calma forzada que espero romper pronto”.

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