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Opinión

Europa en la encrucijada

“Europa está en una encrucijada y si de verdad quiere sobrevivir no le quedará más remedio que virar su rumbo”

Ángela Vallina


Europa está en la encrucijada. El Bréxit es mucho más que la salida del Reino Unido de la Unión, es también un símbolo de la desafección de una buena parte de la ciudadanía de un proyecto que ven lejano y ajeno, que no está al servicio de las personas sino que, por el contrario, atenta contra sus intereses individuales y colectivos en tanto en cuanto que miembros no de un conjunto sino de un país concreto.

Yo soy europeísta. Desde IU siempre hemos defendido la idea de Europa, una Europa fuerte y unida, cada vez más. Obviamente, nuestra idea de Unión Europea no es la que está en marcha, pues creemos que es ese modelo el que espanta a la ciudadanía, que entiende, no sin razón, que la construcción no responde a un proyecto para mejorar la vida de la gente sino para aumentar los beneficios de las corporaciones industriales y financieras.
Escribo estas líneas con una crisis sanitaria sin precedentes: una pandemia mundial, con unas cifras escalofriantes de muertes e infecciones. Nuestros socios del norte, lejos de implicarse sin dudas ni fisuras, pretendieron invertir la realidad culpabilizando a las víctimas de la crisis sanitaria convirtiéndolas en responsables. Así, tuvimos que asistir a la “repugnante” -en palabras del primer ministro de Portugal, Antonio Costa.- posición del ministro de Finanzas de Países Bajos, Wopke Hoekstra, que, mientras los cadáveres se acumulaban, pedía cuentas de por qué España o Italia no podían responder por sí mismos a los retos de la pandemia.

Nuestros socios del norte culpabilizand a las víctimas de la crisis sanitaria convirtiéndolas en responsables

Esa visión del “sur” como un territorio de la pereza y el “dolce far niente”, no es nueva. También de Los Países Bajos, el presidente del Eurogrupo, Jeroen Dijsselbloem, terminó embarrado cuando, en un mensaje para sus socios del norte, se columpió argumentando en alusión a los países mediterráneos que “uno puede gastarse todo el dinero en copas y mujeres y luego pedir que se le ayude”.

Traigo esto a colación porque ha sido precisamente ese modelo de Europa el que ha hecho que una parte importante de europeístas convencidos hayan abandonado toda esperanza o estén entrando en la difícil senda de la desafección.

También a HJoekstra le respondió la ministra de Asuntos Exteriores Arancha González Layam replicándole en un tuit: “estamos juntos en el mismo barco europeo. Hemos chocado contra un iceberg. Ahora todos corremos los mismos riesgos. No hay tiempo para discusiones sobre supuestos pasajeros de primera o segunda clase. No es momento de defraudar a nuestros ciudadanos”.

Lamentablemente, sí que ha habido una Europa de primera y segunda clase, lo que en otro tiempo llamaban la Europa de las dos velocidades. Y, aún más lamentable, hay una parte de esa Europa que sigue apostando por una unión de clases distintas. No hablo de países, o no sólo. Hablo de quienes anteponen el beneficio económico incluso a la vida de las personas, con coronavirus pero también sin él.

Europa está en una encrucijada y nuevamente vemos cómo los intereses que se tratan de imponer son los de los negocios. Un gran negocio envuelto en el celofán de una Unión que pretende venderse como espacio de los derechos pero que, si no lo evitamos, sólo será un negocio para unos pocos.

Europa será la Europa de los Pueblos o no será. Desde la izquierda real es lo he hemos defendido y también ha sido la izquierda real la que ha tratado de desenmascarar los movimientos de los grupos económicos para hacer de la Unión simplemente un supermercado para hacer negocios, donde la ciudadanía pierde su condición de tal para convertirse solo en una pieza de su engranaje de los balances financieros, bien como productores, consumidores o, si no encajan, invisibles.

Estamos en una encrucijada no porque sí, sino porque los grandes grupos ideológicos se han doblegado a los intereses de las multinacionales. Baste saber que los supuestos bloques antagónicos, la socialdemocracia por un lado, y los conservadores y liberales por el otro, han sido cómplices en este camino, coincidiendo en más de un 80% de las votaciones en sus votos.

La Europa que niega asilo y refugio, la Europa que pone vallas en sus fronteras -muros como el que Trump pretende entre EEUU y México-; la Europa cínica que prefiere dar la espalda a quien con más virulencia está sufriendo los efectos del coronavirus, es el resultado de esas décadas de una construcción europea en el que la cuenta de beneficios solo atiende a números y no a bienestar.

La Europa del norte, la que impuso el desarme industrial de países como España, Portugal o Grecia cuando entraron en el club, entonces de “los doce”, se sitúa con una supuesta superioridad “moral”

La desafección está detrás de los movimientos eurófobos de los que se está aprovechando la ultraderecha y el populismo. Y no extraña: se habla de Venezuela hasta el aburrimiento, pero se silencian las atrocidades de Arabia Saudí; se habla del terrorismo islámico, pero no de las barbaridades de Israel en Gaza contra el pueblo palestino; se habla de Marruecos y de su Rey calificándolos de “amigos” y hasta “hermanos”, pero se callan las voces de los saharauis sometidos a su ilegal ocupación.
Europa se comporta como un perrito faldero de Estados Unidois, en un seguidismo bochornoso de su política exterior simple y llanamente porque no hay una política exterior propia.

Y dentro, dentro de la unión, la Europa del norte, la que impuso el desarme industrial de países como España, Portugal o Grecia cuando entraron en el club, entonces de “los doce”, se sitúa con una supuesta superioridad “moral” -léase económica-, por su diligencia, esfuerzo y austeridad frente a los vagos del sur a los que pretenden convertir en sus sirvientes en días de vacaciones.

En esta encrucijada, como decía, Europa tiene que reconducir sus pasos si quiere sobrevivir. De conservadores y liberales nada se puede esperar y, hay que ser realistas, tampoco podemos tener demasiadas esperanzas en la socialdemocracia, a la vista de lo ya visto que es un paulatino abandono de la ambición para legislar a favor de las personas, doblegados -o comprados- para desarrollar políticas a favor de las grandes corporaciones. Baste decir que los lobbies tienen garantizado el acceso a los eurudiputados y mandatarios europeos, por ley, y que las puertas giratorias de la política no son, en absoluto, una excentricidad de la política española.

Los acuerdos de comercio como el TTIP, con Estados Unidos y afortunadamente fuera de juego, oel CETA con Canadá demostraron, una vez más, que la UE se pliega a los intereses económicos de las grandes corporaciones, abandonando a sus ciudadanos, edulcorando la traición en supuestos beneficios económicos. Pero, ¿Beneficios? ¿para quién? No desde luego para una ciudadanía que verá en sus mercados productos que hasta entonces estaban prohibidos según la legislación europea por considerarlos no seguros y que, ahora, gracias a ese acuerdo de comercio ingresarán en territorio europeo sin filtro. Todo en nombre de las rentabilidad y el crecimiento aunque la una y el otro no sea, en realidad, lo que necesita la mayoría sino tan solo un modelo económico que hace aguas.

La Unión Europea, desde su germen de la CECA, nació con la vocación de garantizar el progreso y la paz, pero a medida que el club se ha ido ampliado lo ha hecho con unidades de primera y segunda clase, de tercera y, hasta vagones jardinera…
Esas diferentes clases las ejemplifican los ajustes e intervención en Grecia, donde sacrificaron sin dudar a su población. Esos miembros intocables o perfectamente doblegables quedaron al descubierto en los cumplimientos (inclumplimientos) del déficit público: cuando Francia o Alemania, de forma reiterada y sistemática sobrepasaban los limites máximos establecidos se miraba a otro lado. Cuando esos topes los infringían los países del sur, desde el norte salían las voces de quienes exigían la intervención, obviando, siempre, realidades que suponen jugar con las cartas marcadas, en una división de la economía en la que una parte de Europa, la rica, se quedaba con la habitación del hotel, dejando a la otra airearla y limpiarla.

No sólo es un reparto de las actividades en las que se pretendió que el sur se convirtiera en poco más que una inmensa playa, sino, también, en el modelo económico fiscal, en el que lejos de promover una armonización se potenció la divergencia.

Holanda, que pide tener capacidad de intervención en las economías de Itala o España, no tiene en cuenta que una buena parte de las riquezas de esos dos países meridionales, terminan en sus manos gracias a que es un paraíso fiscal. Sí, grandes empresas como Inditex, Mcdonalds y hasta la sueca IKEA terminan llevándose los beneficios al país de los tulipanes porque allí pagan menos. Y lo saben.

Nadie puede sorprenderse de esta Unión Europea, de varias clases, velocidades y fiscalidades. De hecho, la capital económica de la Unión es Luxemburgo, un gran paraíso fiscal que no sólo no cuestionan los dos grandes bloques ideológicos sino que lo han hecho posible, porque no están al servicio de sus votantes, de la ciudadanía, sino de los intereses de las grandes corporaciones.

Europa está en una encrucijada y si de verdad quiere sobrevivir no le quedará más remedio que virar su rumbo. Lo que sucedió en Gran Bretaña es un mal que puede extenderse y que se extenderá si la ciudadanía no ve en la Unión ese territorio que garantizará su bienestar sino, al contrario, ese monstruo que les robará su futuro.

El virus COVID19 ha vuelto a poner el foco en las tensiones entre quienes solo defienden la economía -la de las grandes corporaciones y sus paraísos fiscales- y una ciudadanía que asiste aterrada ante la falta de empatía de quien ante los cadáveres se afana en sacar la calculadora para ver como sacar rendimiento incluso de la muerte de una pandemia mundial.

Europa, la Europa de los pueblos, tiene futuro, pero sólo desde la izquierda real, del lado de la ciudadanía ese futuro será posible.

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¿Resistiré?

Ángela Vallina
Escrito por

Es portavoz parlamentaria de IU en la Junta General del Principado. Ha sido eurodiputada y alcaldesa de Castrillón.

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