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Opinión

Testigos de la promesa

Haber sido testigos de aquella promesa nos deja una doble obligación generacional.

Quienes nos criamos en la Cuenca minera poco después de la Transición escuchamos más de una vez una historia que nos sorprendía: en los años 70, la Unesco había otorgado a Langreo el título honorífico de “kilómetro más culto de Europa”. Había pequeñas diferencias en los relatos: algunos afirmaban que el reconocimiento se remontaba a los 60, mientras otros matizaban que era compartido con una zona de los Países Bajos. En lo que siempre coincidían era en la clave de la densidad: en algún kilómetro del valle —que, pese a todo, nadie había ubicado— existía una concentración de escuelas, institutos, bibliotecas y teatros que superaba incluso a los países del Norte.

Si el bulo había circulado con tanta alegría, hasta convertirse en verdad asumida, era porque revelaba una imagen ideal de Langreo, aquello que deseaba ser

La historia, por supuesto, era falsa: un bulo, como se llamaba a las fake news antes de que la seducción de lo anglófono nos pudriera el habla. A pesar de su falsedad, sin embargo, siempre he creído que contenía un momento cierto, un retrato psíquico que importaba. Si el bulo había circulado con tanta alegría, hasta convertirse en verdad asumida, era porque revelaba una imagen ideal de Langreo, aquello que deseaba ser: un lugar donde la dureza industrial sostendría un sistema educativo tan amplio que las siguientes generaciones ya no bajarían a la mina ni entrarían a la fundición, sino que pasarían por fin al bando de los oficinistas, de los ingenieros, de los que tienen despacho y un título colgado en la pared. Los hijos e hijas más brillantes de la clase obrera la superarían —sin remordimientos, alentados por ella misma—, mientras los más torpes seguirían en el tajo, afianzando la base, según la ley que enunciaba aquella terrible frase popular: “El que val, val. Y el que nun val, pa Ensidesa”.

Han pasado varias décadas desde que escuchamos, entre extrañados y halagados, aquella fantasía. Como tantos rincones de Europa, Langreo se consume con el final de su industria sin que ese kilómetro de cultura se haya convertido en un lugar habitable. La mayoría de sus hijos pertenecemos ya a otra clase, aunque no a aquella que codiciaba el inconsciente local, sino a ese nuevo intersticio precario que se expande y se ensancha. Pero haber sido testigos de aquella promesa nos deja una doble obligación generacional: reconocer la complicidad del mundo obrero en su propia derrota y, a la vez, reivindicar los momentos mejores de esa voluntad colectiva. En este confuso cambio de época, cuando Asturias necesita más que nunca la imaginación, recordemos aquel futuro que ya no existirá para atrevernos a pensar otro que aún sea posible.

Fruela Fernández
Escrito por

Escritor, traductor y profesor universitario.

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