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Javi Guerrero, nuestro temeolari asturiano

El dibujante Mauro Entrialgo recuerda a su compañero de andanzas ilustradas en la revista TMEO.

Javi Guerrero. Foto: Alejandro Nafría.

Se tiende a creer que la esencia del humor gráfico del TMEO es, sin más, lo burro. Quizás lo escatológico, lo incorrecto, lo ácrata, lo desmadrado. Pero existen historietistas que producen tebeos burros, escatólogicos, incorrectos, ácratas y desmadrados cuyas páginas no encajarían del todo en nuestra publicación. Porque un temeolari de pro, además de tener algo o todo de eso, también posee otra cualidad imprescindible: una marcadísima identidad autoral. Incluso avistando un solo chiste por unos instantes, es imposible confundir el trazo de Piñata con el de Furillo, el de Ata con el de Mamen, el de Roger con el de Abarrots o el de El Listo con el de Álvaro Ortega. Y no solo en lo gráfico. Sus recursos para narrar siempre destilan una identidad característica personalísima. Porque el verdadero estilo del tmeolari de pro es el estilo propio. Javi Guerrero fue, sin duda alguna, un temeolari de pro. A lo largo de casi una década, regaló a esta longeva obra grupal que es el TMEO alrededor de 200 páginas de inconfundible estilo. Rayajos que configuraban figuras esperpénticas en lo visual junto a sobradas dialécticas y conceptuales en lo narrativo, casi siempre emitidas por personajes solitarios, borrachos, desquiciados y feos que, paradójicamente, a menudo daban más penica que miedo. Cuando se atrevió a abordar de forma autobiográfica su primer ictus, después del cual tuvo que aprender a dibujar con la mano izquierda, comencé la lectura de su novela gráfica expectactante por ver cómo había podido encontrar el tono del relato de semejante experiencia sin caer en la cursilería, el dramatismo o el distanciamiento cínico impostado. Me descojoné cuando, a las pocas páginas, la voz del narrador abandona el objetivo anunciado y se desvía hacia ficciones que introducen un alivio cómico pero, por supuesto, sin alejarse de su atracción por lo sórdido y, al mismo tiempo, tierno.

Tras su último ictus, ya no podía casi hablar ni andar, no nos podía entregar historietas y era difícil comunicarse con él. Podía dibujar, sin embargo, en uno de sus cuadernos, de manera salvaje y más espontánea que nunca, criaturas oscuras y retratos raros. También podía decir sí, no y, pese a todo, seguía siendo capaz de soltar, de vez en cuando, alguna palabrota burra. Más del TMEO no se podía ser.

Javi Guerrero con la revista TMEO en su 30 aniversario. Fotografía: Jorge Salvador.

Mauro Entrialgo
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