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Pensamiento Post-corona

Del Big Brother al Big Data

Un viaje a la crisis global a través del pensamiento crítico: de Judith Butler a Paul B. Preciado, pasando por ‘Bifo’ o María Galindo.

Ilustración: Mybro.

Pulsas el botón del mando a distancia y te estalla en la cara un noticiero de sobra conocido en el que se repiten las mismas imágenes una y otra vez: hombres y mujeres entubados en camas de UCI improvisadas, hombres y mujeres ataviados con EPIs, mascarillas y pantallas, hombres y mujeres anunciando datos y decretos en ruedas de prensa, hombres y mujeres, franqueados por estanterías repletas de libros, opinando por videoconferencia… El día de la marmota del confinamiento infinito. Adivina. No te van a contar nada nuevo. Suenan los aplausos, las sirenas y se alcanza, se aplana o se desescala una curva que se queda con el signo y obvia su significado y su significante, que se queda con el número y se olvida del ser humano. Lenguaje estadístico, metáforas bélicas, riñas de patio de colegio en el congreso, ese pueril “y tú más” ahora con las funestas y arrojadizas cifras de muertos… Ya está bien. Pulsas el botón rojo. Fundido a negro en tu televisor. Por fin, emerges a la superficie, sales a por aire, como en la novela de Orwell y descansas del ruido mediático en el que estabas sumergido. ¿Y ahora qué?

¿Y si nos vamos de viaje? ¿Y si me sigues en una vuelta a éste, nuestro mundo global, a través de algunos de sus pensadores contemporáneos? Ojo, ni son todos los que están, ni están todos los que son, pero, trataremos de trazar un mapa que nos ayude a entender y a leer esta crisis planetaria y sobre todo a prepararnos para lo que está por venir. Venga, no hace falta billete, vayamos directamente al origen de todo.

Primera parada: Grupo Chuang. China.

Que la crisis es una consecuencia del capitalismo está más que claro. El problema sito en el mercado mojado de Wuhan, —ahora, para Estados Unidos, en el Instituto de Virología de Wuhan—, es para el colectivo disidente chino conocido como Grupo Chuang una consecuencia del feroz capitalismo que devora los hábitats naturales de los animales salvajes y los arrincona en nuevos territorios en convivencia con el hombre. De ahí, saltan sus virus a nosotros. El Grupo Chuang, en su ensayo Contagio social, explica cómo China se ha convertido en la fábrica del mundo en “un proceso de migración interna hacia las ciudades, la transformación sistemática de la “periferia”, la desforestación de los bosques nativos, la reforestación con monocultivos, las cada vez mayores extensiones de producción agro–ganadero–industrial y la colosal minería a cielo abierto de carbón, hierro, aluminio y metales raros. Este desgarramiento del tejido ecológico no solo pauperiza sistemáticamente a la población rural, sino que sienta las bases para que algo supuestamente aleatorio como el surgimiento, mutación y propagación de una nueva cepa viral, sea un proceso enormemente asentado en la transformación capitalista del Planeta Tierra”. Y compara el fenómeno de propagación del covid-19 con la reciente crisis del ébola en África. “La enfermedad se presenta a menudo como si fuera algo parecido a un desastre natural; en el mejor de los casos sería algo azaroso, y en el peor se culpa a las prácticas culturales “inmundas” de los pobres que viven en los bosques. Pero el momento en que se produjeron estos dos grandes brotes (2013–2016 en África occidental y 2018–presente en la RDC) no es una coincidencia. Ambos han ocurrido precisamente cuando la expansión de las industrias primarias ha desplazado aún más a los habitantes de los bosques y ha perturbado los ecosistemas locales”.

Segunda parada: Franco “Bifo” Berardi. Italia.

Que la culpa de todo la tiene el capitalismo es algo que está presente en más autores. Franco “Bifo” Berardi, filósofo y profesor universitario italiano, compara en su artículo Crónica de la psicodeflación, a la sociedad con un cuerpo capitalista enfermo. Dice Bifo que vivíamos en el cadáver del capital, un cuerpo siempre en movimiento que se ha visto ahora obligado a frenar de súbito, a detener la locura productiva del progreso que ya estaba en sus últimos estertores. No obstante, mantiene una visión optimista de la recuperación de ese cuerpo, pero después apunta que también esta crisis del coronavirus puede leerse desde un punto de vista neoliberal, por el que estaríamos “en el umbral de una forma tecno totalitaria en la que los cuerpos serán para siempre repartidos, controlados, mandados a distancia”.

El pensador italiano “Bifo”. Foto: David F. Sabadell.

Tercera parada: Srecko Horvat. Croacia.

Eso mismo opina el filósofo Horvat que cree que “pronto nacerá una forma más peligrosa de capitalismo, que contará con un mayor control y una mayor purificación de las poblaciones». Y en ese sentido afirma que «el miedo a una pandemia es más peligroso que el propio virus. Las imágenes apocalípticas de los medios de comunicación ocultan un vínculo profundo entre la extrema derecha y la economía capitalista. Como un virus que necesita una célula viva para reproducirse, el capitalismo también se adaptará a la nueva biopolítica del siglo XXI”.

Cuarta parada: Santiago López Petit y Patricia Manrique. España.

La justificación de esa biopolítica, de ese control férreo de la sociedad en aras de su salud y supervivencia es algo que tampoco se le pasa por alto a Santiago López Petit, químico y filósofo barcelonés, afirma que “permanecemos encerrados en el interior de una gran ficción con el objetivo de salvarnos la vida. Se llama movilización total y, paradójicamente, su forma extrema es el confinamiento. La mayor contribución que podemos hacer es ésta: no se reúnan, no provoquen caos, afirmaba un importante dirigente del Partido Comunista Chino. Y un mosso que vigilaba ayer Igualada añadía: recuerde que, si entra en la ciudad, ya no podrá volver a salir, mientras le comentaba a un compañero: el miedo consigue lo que no consigue nadie más”.

El miedo ese viejo conocido de los poderosos, ese gran catalizador que doblega la voluntad humana, esa arma que ahora mismo nos tiene a todos encerrados en casa por temor a contagiar y ser contagiados. Es sabido como afirma López Petit y como ya apuntaba el colectivo chino Chuang que “el capitalismo desbocado produce el virus que él mismo reutiliza más tarde para controlarnos. Los efectos colaterales (despolitización, reestructuraciones, despidos, muertes, etc.) son esenciales para imponer un estado de excepción normalizado. El capitalismo es asesino, y esta afirmación no es consecuencia de ninguna afirmación conspiranoica. Se trata simplemente de su lógica de funcionamiento”.

Santiago López Petit. Foto: Álvaro Minguito.

Ese miedo, doblemente peligroso, que se inocula en la población y que crea ciudadanos que se convierten en guardianes de la moral del confinamiento, de la moral del estado, esbirros que perpetúan un totalitarismo de balcón, no le es indiferente a Patricia Manrique, investigadora independiente, licenciada en Filosofía, y Pensamiento Contemporáneo, que comparte en Hospitalidad en inmunidad virtuosa su visión del fenómeno: “El confinamiento y el estado de alarma tienen el obvio peligro de (…) que se imponga la actitud autoritaria y de inmunidad viciosa en la sociedad civil, provocando situaciones como las que veíamos recientemente en un vídeo en que una mujer jaleaba a unos policías mientras estos reducían a otra que pedía socorro, o las reiteradas imágenes de vecinos increpando a transeúntes sin saber a qué obedece su estar en la calle. Eso es un exceso inmunitario, una inmunidad viciosa, cerrada por completo al otro, idiota”.

Patricia Manrique.

Quinta parada: Judith Butler. EEUU.

Como idiota es pensar que el virus no discrimina. “La desigualdad social y económica asegurará que el virus discrimine. El virus por sí solo no discrimina, pero los humanos seguramente lo hacemos, modelados como estamos por los poderes entrelazados del nacionalismo, el racismo, la xenofobia y el capitalismo”. Judith Butler, la filósofa posestructuralista estadounidense toma el pulso en su artículo El capitalismo tiene sus límites a la sociedad norteamericana, máximo exponente del sálvese quién pueda. Y quién puede en EEUU es siempre el que tiene dinero. Pero quizá la pregunta, para el resto del mundo, es si debemos salvarnos a cualquier precio. Es decir, bajo férreas mediadas de control social.

La filósofa norteamericana Judith Butler.

Sexta parada: Byung-Chul Han. Asia y Europa.

Las experiencias en la gestión de la crisis en Asia han sido muy positivas o al menos así nos lo han vendido aquí en occidente. ¿Por qué ha funcionado sus medidas de control de la pandemia y por qué se nos habla tan positivamente de ellas? Son dos preguntas capitales para entender la que se nos avecina. Y para resolverlas nadie mejor que el filósofo coreano afincado en Alemania, Byung-Chul Han, que, en su artículo del 22 de marzo en El país, nos da las claves.

Nos explica Han que la conciencia crítica ante la vigilancia digital es en Asia prácticamente inexistente. Allí no se habla de protección de datos. Todo lo contrario. China tiene un sistema de crédito social inimaginable para nosotros, que permite que cada ciudadano sea evaluado en base a su conducta social. Por lo que no hay ningún momento de la vida cotidiana que no esté sometido a observación. “Se controla cada clic, cada compra, cada contacto, cada actividad en las redes sociales. A quien cruza con el semáforo en rojo, a quien tiene trato con críticos del régimen o a quien pone comentarios críticos en las redes sociales le quitan puntos. Por el contrario, a quien compra por Internet alimentos sanos o lee periódicos afines al régimen le dan puntos. Quien tiene suficientes puntos obtiene un visado de viaje o créditos baratos. Por el contrario, quien cae por debajo de un determinado número de puntos podría perder su trabajo”. Aterrador, ¿verdad? Continúa Han explicándonos que en China es posible esta vigilancia social porque se produce un intercambio de datos entre los proveedores de Internet y de telefonía móvil y las autoridades. A este férreo control, se suman las más de 200 millones de cámaras de vigilancia, muchas de ellas provistas de reconocimiento facial, que observan y evalúan a los ciudadanos en los espacios públicos.

El pensador surcoreano Byung-Chul Han.

Hans nos advierte de que “toda esa infraestructura para la vigilancia digital ha resultado ser ahora sumamente eficaz para contener la epidemia. Cuando alguien sale de la estación de Pekín es captado automáticamente por una cámara que mide su temperatura corporal. Si la temperatura es preocupante todas las personas que iban sentadas en el mismo vagón reciben una notificación en sus teléfonos móviles”. Y en esa línea afirma que, “al parecer el big data resulta más eficaz para combatir el virus que los absurdos cierres de fronteras que en estos momentos se están efectuando en Europa. Sin embargo, a causa de la protección de datos no es posible en Europa un combate digital del virus comparable al asiático”. Lo cual no es del todo cierto, ya que, actualmente, la Comisión Europea está trabajando en el proyecto PEPP-Pt (Rastreo Paneuropeo de Proximidad para Preservar la Privacidad). En él participan ocho de las mayores compañías de móviles del continente, entre ellas: Deutsche Telekom, Telefónica, Vodafone Telecom Italia y Orange. Facilitarán datos agregados al gobierno de cada estado miembro. Lo harán recopilando la información de miles de móviles y, según aseguran, de forma anónima y siendo eliminados una vez haya pasado la crisis sanitaria. Se combinará el big data y la inteligencia artificial para trazar un mapa territorial de la Covid-19 y evaluar los efectos de las medidas de confinamiento implantadas. Esto permitirá definir patrones de expansión del virus y revisar o endurecer las órdenes de cuarentena.

Han: “A quien cruza con el semáforo en rojo, a quien tiene trato con críticos del régimen o a quien pone comentarios críticos en las redes sociales le quitan puntos”

En teoría, Europa, con la colaboración de cada país elaborará su propia covid-app. Hasta el momento, la propuesta más avanzada se llama DP-3T y pretende ser descentralizada (es decir, los datos se almacenan en cada dispositivo móvil y no en un ordenador central). Google y Apple ya se han ofrecido, amablemente, a alojar esa app en sus dispositivos, lo que supone el 90% de los dispositivos mundiales. App de seguimiento que, además, se instalará automáticamente, sin falta de que el usuario la descargue. Es por tanto para tener muy presente esta aseveración de Hans: “A la vista de la epidemia quizá deberíamos redefinir incluso la soberanía. Es soberano quien dispone de datos”.

¿Y quién va a controlar exactamente esos datos y durante cuánto tiempo? ¿Vamos a permitir mansamente que alguien a quien ni siquiera hemos votado, es decir las grandes corporaciones, como apunta Pep Martorell, de Barcelona Supercomputing Center, almacenen nuestros datos? ¿Serán ellos, serán los gobiernos, será realmente una app descentralizada la que los albergue? ¿Acabará siendo nuestra sociedad como la china? ¿Estaremos nosotros también bajo el control de un ejército de “trackers”, personas encargadas de mirar material filmado por cámaras de seguridad y seguir el rastro de los contagiados y todos las personas con las que han interactuado?

Hans, cuando escribió su artículo en marzo, deseaba que “ojalá que tras la conmoción que ha causado este virus no llegue a Europa un régimen policial digital como el chino. Si llegara a suceder eso, como teme Giorgio Agamben, el estado de excepción pasaría a ser la situación normal”. Todo apunta a que ese va a ser nuestro próximo escenario. ¿Estamos pues en Europa pasando de la dictadura del Big Brother a la del Big data?

Séptima parada: Raúl Zibechi. Uruguay.

Raúl Zibechi, el escritor y pensador-activista uruguayo, lo tiene claro: “El hecho de que las “democracias” europeas hayan copiado los modos chinos de abordar la epidemia de coronavirus es una muestra de que el dragón ya es referente y ejemplo en cuanto al control social de la población”. En su artículo, A las puertas de un nuevo orden mundial, Zibechi aborda esta crisis desde el punto de vista de la geopolítica y su cambio de hegemonía que iría en detrimento de EEUU y en alzamiento del gigante asiático, que controla las principales y decisivas tecnologías: construcción de redes 5G, la inteligencia artificial, la computación cuántica y los superordenadores. Pero, su éxito tecnológico no legitima su política de control social, que en palabras de Zibechi es “asfixiante”.

Raúl Zibechi. Foto: Álvaro Minguito.

Octava parada: Paul. B. Preciado. España.

No obstante, parece que las “democracias” europeas ya comulgan con estos métodos y es cuestión de tiempo que los implementen. Paul B. Preciado, el filósofo español en su artículo Aprendiendo del virus, considera todas estas técnicas: “La extensión planetaria de Internet, la generalización del uso de tecnologías informáticas móviles, el uso de la inteligencia artificial y de algoritmos en el análisis de big data, el intercambio de información a gran velocidad y el desarrollo de dispositivos globales de vigilancia informática a través de satélite” como pornográficas, ya que “se introducen dentro del cuerpo, atraviesan la piel, nos penetran; y (…) porque los dispositivos de biocontrol ya no funcionan a través de la represión de la sexualidad (masturbatoria o no), sino a través de la incitación al consumo y a la producción constante de un placer regulado y cuantificable. Cuanto más consumimos y más sanos estamos mejor somos controlados”.

Paul B. Preciado. Foto: Catherine Opie.

Asimismo, Preciado lanza un concepto muy interesante al afirmar que “La Covid-19 ha desplazado las políticas de la frontera que estaban teniendo lugar en el territorio nacional o en el superterritorio europeo hasta el nivel del cuerpo individual”. Por tanto, ese control social a través de la tecnología, ya no sólo es un control de nuestros movimientos o de nuestras asociaciones, si no un control de nuestros propios cuerpos: “El cuerpo, tu cuerpo individual, como espacio vivo y como entramado de poder, como centro de producción y consumo de energía, se ha convertido en el nuevo territorio en el que las agresivas políticas de la frontera que llevamos diseñando y ensayando durante años se expresan ahora en forma de barrera y guerra frente al virus. La nueva frontera necropolítica se ha desplazado desde las costas de Grecia hasta la puerta del domicilio privado. Lesbos empieza ahora en la puerta de tu casa”. Es más: “se reproducen ahora sobre los cuerpos individuales las políticas de la frontera y las medidas estrictas de confinamiento e inmovilización que como comunidad hemos aplicado durante estos últimos años a migrantes y refugiados —hasta dejarlos fuera de toda comunidad—. Durante años los tuvimos en el limbo de los centros de retención. Ahora somos nosotros los que vivimos en el limbo del centro de retención de nuestras propias casas”.

Paul Preciado: “La nueva frontera necropolítica se ha desplazado desde las costas de Grecia hasta la puerta del domicilio privado”

En definitiva, para Preciado nuestro territorio es nuestro cuerpo, un nuevo sujeto techno-patriarcal y neoliberal, que la Covid-19 ha fabricado. Un sujeto que “no tiene piel, es intocable, no tiene manos. No intercambia bienes físicos, ni toca monedas, paga con tarjeta de crédito. No tiene labios, no tiene lengua. No habla en directo, deja un mensaje de voz. No se reúne ni se colectiviza. Es radicalmente individuo. No tiene rostro, tiene máscara. Su cuerpo orgánico se oculta para poder existir tras una serie indefinida de mediaciones semiotécnicas, una serie de prótesis cibernéticas que le sirven de máscara: la máscara de la dirección de correo electrónico, la máscara de la cuenta Facebook, la máscara de Instagram. No es un agente físico, sino un consumidor digital, un teleproductor, es un código, un pixel, una cuenta bancaria, una puerta con un nombre, un domicilio al que Amazon puede enviar sus pedidos”.

Novena parada: María Galindo. Bolivia

¿Desearías ahora que el pesimismo se cierne sobre nosotros volver a pulsar el botón del mando a distancia, enchufarte al runrún mediático? Resite, quizá haya esperanza. María Galindo, activista boliviana, militante del feminismo radical, psicóloga y comunicadora, llama a la insumisión, en este caso, al contagio. Sólo así, ella considera que no podrán tener mecanismos para controlarnos. ¿Drástico? Seguramente, pero para ella el coronavirus es una “militarización de la vida social. Es lo más parecido a una dictadura donde no hay información, sino en porciones calculadas para producir miedo. El coronavirus es un arma de destrucción y prohibición, aparentemente legítima, de la protesta social, donde nos dicen que lo más peligroso es juntarnos y reunirnos”.

La activista y pensadora boliviana María Galindo.

Menos radical es Preciado que nos incita a utilizar “el tiempo y la fuerza del encierro para estudiar las tradiciones de lucha y resistencia minoritarias que nos han ayudado a sobrevivir hasta aquí. Apaguemos los móviles, desconectemos Internet. Hagamos el gran blackout frente a los satélites que nos vigilan e imaginemos juntos la revolución que viene”. ¿Y cómo es esa revolución que viene?

Una revolución humana, en palabras de Hans: “Somos NOSOTROS, PERSONAS dotadas de RAZÓN, quienes tenemos que repensar y restringir radicalmente el capitalismo destructivo, y también nuestra ilimitada y destructiva movilidad, para salvarnos a nosotros, para salvar el clima y nuestro bello planeta”.

¿Próxima parada?

Y bien, lectora, lector, ¿te ha ayudado este viaje a replantearte el escenario en el que estamos inmersos, a delinear tu territorio, tu cuerpo, a asumir nuestra dependencia tecnológica? ¿Has podido tomar el pulso a tus propios miedos? Y bien… ¿cuál crees tú que es el camino a seguir y cuál debe ser nuestra respuesta?

María Ruisánchez
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