Confinamiento: reflexiones de un aniversario

A un año del inicio del confinamiento, ¿todo sigue igual?

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Christian Ferreiro
Christian Ferreiro
Graduado en filosofía por la Universidad de Oviedo/Uviéu. Inculto cinematográfico en tratamiento. Esperando ser docente de secundaria en un futuro no muy lejano.

365 días desde el inicio del confinamiento. Muchos pensamos, inocentemente, que en unas pocas semanas se terminaría; pero la pesadilla solo acababa de comenzar. Los días se sucedían, uno tras otro, como si de un proceso industrial fordista se tratase: un lunes y un viernes se parecían tanto que daba hasta vértigo. Y a todo esto, añadirle el teletrabajo, el telestudio, el cuidado de personas mayores, la reclusión de la violencia machista a las cuatro paredes…

Por orden: Byung-Chul Han, Slavoj Zizek, Judith Butler y Paul B. Preciado

Los personajes más mediáticos del mundo de la filosofía no tardaron demasiado en alzar la voz –en muchos casos, alentados por unos medios de comunicación en búsqueda de certidumbre donde solo hay, paradójicamente, preguntas y problemas: la filosofía–. Judith Butler, Jean-Luc Nancy, Byung-Chul Han, Slavoj Žižek, Giorgio Agamben, Paul B. Preciado y un largo etcétera, cuyos textos quedaron recopilados en el libro Sopa de Buhan, disponible en internet, aplicaron sus viejas teorías y conceptos a una realidad nueva que no terminaban de comprender. La pandemia nos dio un golpe de realidad, dejándonos K.O. durante demasiado tiempo, y de la que aún intentamos recomponernos. Y la filosofía mainstream no estuvo a la altura. Quedó patente, de nuevo, que no existe una filosofía perenne, que dé todas y cada una de las respuestas de manera definitiva, pues toda persona filósofa es hija de su tiempo, y no va a poder saltar nunca más allá de su propia sombra. «El búho de Minerva inicia su vuelo al caer el crepúsculo».

Curiosamente, también se pronunciaron múltiples gurús de la economía de libre mercado, y es reseñable el episodio de la editorial de Financial Times el 3 de abril de 2020, en pleno confinamiento: “Será necesario poner sobre la mesa reformas radicales, que inviertan la dirección política predominante en las últimas cuatro décadas. Los gobiernos tendrán que asumir un papel más activo en la economía. Deben ver los servicios públicos como inversiones, no como cargas, y buscar fórmulas para que los mercados laborales sean menos inseguros. La redistribución volverá a estar en la agenda; los privilegios de las personas mayores y de los más ricos serán cuestionados. Políticas consideradas excéntricas hasta ahora, como la renta básica o los impuestos a las rentas más altas, tendrán que formar parte de las propuestas”. (Recogido en Contra la igualdad de oportunidades, de César Rendueles)

Foto: Iván G. Fernández

Esta actitud se generalizó de manera sorprendente, y se podría decir que, en cierto modo, ha vuelto a formar parte de nuestro sentido común. Medidas que, poco tiempo atrás, hubiesen sido «socialcomunistas», sin embargo, abrían editoriales. Durante un tiempo, se tomó muy en serio reeditar el «espíritu del 45» y «un nuevo Estado del bienestar». Concretamente en España, en abril, Pedro Sánchez llegó a hablar de unos «Nuevos Pactos de la Moncloa», para vergüenza de los historiadores más críticos con los pactos de 1977. Sin embargo, no hay que olvidar: Sánchez estaba bastante preocupado por sacar adelante unos Presupuestos Generales del Estado, que no se aceptarían hasta diciembre de 2020.

Foto: Iván G. Fernández

Al cocer, siempre mengua. Las grandes transformaciones, más o menos radicales, no se producen de un día para otro; requieren de algo más. Lo cierto es que ahora, justo cuando se cumple un año de la cuarentena forzada por la pandemia, a pesar de que ya están suministrándose –más lento que rápido– las diversas vacunas, a pesar de la respuesta social al progresivo auge de represión policial, a pesar de ver la luz al final del túnel… se ha ido generalizando una sensación de «todo sigue igual». Por no hablar de la ya tipificada «fatiga pandémica» –estado de agotamiento psicológico por las restricciones y precauciones que se recomienda adoptar durante una pandemia– y de la ya familiar «infoxicación» –sobrecarga de información constante e ininterrumpida difícil de procesar, proveniente de las redes sociales, internet, etc.–

¿Qué hacer? A mediados de la década de 1970 las políticas «keynesianas» (políticas económicas redistributivas, poder sindical obrero, convenios sindicales colectivos, gran gasto público y papel del Estado en la economía, etc.), base de los llamados «Estados del bienestar» implantados por todo occidente, dejaron de funcionar y el sistema entró en crisis. Cómo y por qué el neoliberalismo devino hegemónico es una pregunta que aún no tiene respuesta unívoca; pero hubo alternativas. El plan Rehn-Meidner en Suecia fue una de ellas: una propuesta de compra paulatina a los dueños de las empresas su participación en sus propios negocios, para ir convirtiendo a Suecia literalmente en una democracia de trabajadores/propietarios de participaciones. Como bien es sabido, este plan no se llevó a cabo, sino todo lo contrario: contrarreforma neoliberal. Pero es importante resaltar que, en ese momento de crisis sistémica, hubo alternativas. Y la decisión de implantar las doctrinas neoliberales fue una decisión fundamentalmente política.

Esto, aunque pueda parecer lejano y descontextualizado, debe hacernos reflexionar. Los vientos económicos parecen apuntar hacia un cambio –no sabemos si estructural o coyuntural– del sistema, no cabe duda. El modelo neoliberal es un modelo caduco, agotado. Y la pandemia lo ha vuelto a confirmar, junto con la intensificación de sus consecuencias más desgarradoras. Nadie niega esta realidad, excepto sectores marginales de la iglesia económica más fundamentalista. La cuestión es: ¿qué dirección tomar? Esta, como otras muchas veces, será una decisión política. Es decir, una decisión que incumbe al conjunto de la sociedad civil y que nos interpela y nos debe interpelar como tal.

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