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Opinión

¡Es la clase trabajadora, estúpidos!

Lejos de los decretos de defunción, la crisis del Covid-19 ha puesto de manifiesto la vitalidad de la identidad de clase.

Concentración en apoyo a la huelga de EBHI. Foto: 404 Comunicación Popular / Alex Zapico

Desde hace más de tres décadas veníamos asistiendo a la muerte por decreto de la clase trabajadora. Los términos “clase”, “obreros” y “lucha de clases” eran anacrónicos, propios de otro tiempo y otra mentalidad, desfasados. La sociedad había evolucionado hacia la suma de individuos sin intereses comunes más allá de la libertad, el progreso y la prosperidad individual.

Ya no había clase obrera, había clase media, media-alta, media-baja… o ni eso porque ya no había colectivos que forjaran su identidad en base al trabajo, lugares de residencia, culturas comunes forjadas durante décadas, etc. El trabajo estaba en franco retroceso, ya no era el eje de la vida social, ya no se podían articular identidades o fomentar la acción colectiva. Lo que aglutinaba a la gente eran la religión, la nación, los equipos deportivos o identidades que desde diferentes prismas luchaban contra la injusticia y por la inclusión, la igualdad, la defensa del planeta, etc. Existía todo menos la clase porque el mundo había cambiado y ésta ya no tenía lugar en él.

Movilización de los trabajadores de ALCOA. Foto: 404 Comunicación Popular / Alex Zapico.

Estos posicionamientos partían de análisis ciertos: el tamaño de la clase trabajadora tradicional se había reducido de manera notable en occidente, el tejido productivo, el mercado y las relaciones laborales se estaban transformando a marchas forzadas y las organizaciones de clase estaban en franco repliegue, sufriendo derrota tras derrota, tanto en el terreno práctico como sobre todo, en el ideológico. Incluso los sindicatos habían asumido las lógicas neoliberales sin grandes reticencias en su seno.

Para concluir que esta realidad significaba la extinción de la clase trabajadora había que realizar importantes piruetas analíticas, algo de lo que se encargó el neoliberalismo durante años, a través de una guerra ideológica en la que se fue imponiendo con perseverancia. Solo de esta manera podía sostenerse que ya no existía la clase obrera a pesar de que en toda Asia se estaba produciendo un evidente fenómeno de industrialización y que incluso en occidente existían abundante fábricas… y otro tipo de actividades.

Pero llegó el Covid-19 y de repente, todo este discurso forjado durante décadas se vino abajo cual castillo de naipes ante la tozuda realidad que, afortunadamente, ha terminado imponiéndose.

Portesta de las trabajadoras del ERA frente a la sede el organismo público. FOTO: Iván G. Fernández

Consternados por la pandemia descubrimos que los servicios esenciales de nuestra sociedad no eran banqueros, brokers o grandes y pequeños empresarios con ínfulas, sino trabajadoras de la limpieza, de la recogida de basuras, de supermercados, sanitarios, jornaleros, etc. Sin ellos no es que se detuviese la actividad económica sino que se detenía el mundo y corría grave riesgo nuestra salud y nuestra nevera. Redescubrimos la clase. Primer golpe de realidad. Inspirador.

En plena pandemia las empresas comienzan a anunciar ERTES, en no pocas ocasiones injustificados, descubrimos despidos encubiertos, como en EBHI, frecuentes casos de esclavismo, como en el campo, empresas que no cumplen lo pactado en materia de seguridad, como LIDL, y una nueva aceleración de las políticas de deslocalización, como Alcoa y Nissan. Segundo golpe de realidad. Terrible.

El Covid-19 acelera la llegada de la crisis económica, provoca una importante ofensiva patronal… y entonces es la clase trabajadora quien tiene que dar una respuesta como sociedad, lo que se comienza a traducir en un abrupto repunte de la conflictividad. Tercer golpe de realidad. Alentador.

Incluso en el plano gubernamental la “salida social” es reveladora. La primera medida contra la pandemia son los ERTES y la medida estrella el Ingreso Mínimo Vital, una ayuda de que por cierto, lleva en la agenda de los sindicatos desde inicios de los años 90 (aunque con matices). Aunque no se hable abiertamente de ello, las lógicas que sustentan medidas responden a criterios de clase, poniendo en el centro del tablero a la clase trabajadora. Cuarto golpe de realidad. Revelador.

Repartidor de la cooperativa de bicimensajeros La Luna. Foto: 404 Comunicación Popular / Alex Zapico

La clase se reconfigura…

Ha tenido que llegar una pandemia para que todo el mundo, incluso desde el gobierno, reconozca lo obvio: que la clase trabajadora existe y que es la identidad social que mejor puede enfrentarse al neoliberalismo y emprender iniciativas que culminen en un mundo mejor.

Esto no debería coger por sorpresa a nadie y no solo porque fuera evidente que la clase obrera existía, sino porque desde 2017 se viene produciendo un repunte de la conflictividad que, aunque a modo de diente de sierra, está recuperando (y todo apunta que va a superar) los niveles de los primeros años de las crisis del 2008. Ello a pesar de estar inmersos en un periodo de crecimiento económico, de la escasa conflictividad del sector público y de lo mermado de un sector industrial cada vez más escaso.

Protesta de los trabajadores del Hotel Reconquista de Oviedo/Uviéu. Foto: 404 Comunicación Popular / Alex Zapico.

¿Por qué? Porque a pesar de que se ha mantenido que sin una mayoría de metalúrgicos no existía la clase trabajadora, lo cierto es que ésta existe y es muy amplia. Lo que pasa es que la evolución productiva y económica ha variado su configuración y mientras los sectores tradicionales del movimiento obrero han perdido fuerza, los riders, las kellys, la limpieza, el comercio y la hostelería han ido ganando presencia entre la actividad laboral de la clase trabajadora y en sus barrios.

Estos nuevos sectores llevan aproximadamente un lustro protagonizando, cada vez con más fuerza, movilizaciones alentadas por una serie de reivindicaciones tradicionales del movimiento obrero: reconocimiento colectivos, conciliación laboral y familiar, seguridad, incrementos salariales, ampliación de derechos, etc. Todo bajo el paraguas de colectivos o plataformas que se asemejan a los sindicatos tradicionales y que en no pocas ocasiones comienzan a integrarse en los mismos.

Pintada en apoyo a los trabajadores de EBHI

Y todo con una característica propia que conviene tener en cuenta: sus movilizaciones son ofensivas, centradas en la conquista de derechos ante las empresas. Mientras los sectores tradicionales, como ejemplifican estas semanas Nissan, Alcoa o EBHI, tratan de impedir despidos, cierres y deslocalizaciones, los supermercados exigen mejoras en los convenios o que se cumplan nuevos acuerdos que redundan en el beneficio de los trabajadores y los riders reclaman ser reconocidos como asalariados

Para lo que ha servido el decreto de defunción forzada, además de para la batalla ideológica, ha sido para tratar de exterminar sectores industriales que por fortuna se resisten a fenecer y que puede que gracias a la pandemia logren revertir las tornas de su destino, al menos en parte.

Y el conflicto se repolitiza

La evolución de los últimos años ha traído asociada además una repolitización de los conflictos laborales, facultad de la que carecían desde hace bastantes décadas. Las reivindicaciones de los nuevos colectivos de trabajadores que exigen mejoras para poder tener un vida más digna se enfrentan a las lógicas capitalistas del máximo beneficio y de la sociedad individualizada. La participación en la conflictividad laboral de los trabajadores públicos, en especial de la sanidad y la enseñanza, ha supuesto además un salto cualitativo ya que el mero hecho de enfrentarse a directrices eminentemente políticas y llevadas a cabo a través de los programas de gobierno de los diferentes partidos, politiza los conflictos desde su inicio.

Huelga en los supermercados LIDL.

Pero además, los conflictos del sector público han ido poniendo sobre la mesa una crítica hacia hacia los modelos de gestión neoliberal, que con posterioridad se ha convertido en una confrontación contra el propio neoliberalismo como ideología. Una confrontación ha ido impregnando en los últimos años toda la conflictividad, análisis y discursos del sindicalismo y la clase trabajadora.

De esta manera, la clase trabajadora se vuelve a erigir como un sujeto colectivo para la acción social y política por méritos propios, a pesar de que se la quería ver muerta y enterrada.

A los que todavía no entienden lo que pasa hay decírselo bien claro: Es la clase trabajadora ¡Estúpido! ¡Es el motor del cambio!

Héctor González
Escrito por

Es historiador, sindicalista y anarquista.

1 Comentario

1 Comentario

  1. José Manuel Prieto Carril

    7 junio 2020 a las 18:41

    Está bien estructurada la opinión, lástima que ese motor del cambió (clase trabajadora) funcione cada vez más en modo “máquina de vapor”. Hubo un tiempo que se acercó al motor de explosión (más eficiente) pero, sigue muy lejos de los impulsos firmes, certeros y contundentes que da la energía eléctrica.

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