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Aprendiendo de Cantabria

Los colectivos sociales cántabros hacen frente a la crisis poniendo en contacto a productores locales y consumidores en redes solidarias de apoyo mutuo.

Con el inicio del confinamiento nacía en Cantabria la “Red Cántabra de Apoyo Mutuo” (RCAM), volcada en la distribución de las “cestas de apoyo rural”, una iniciativa que conecta a productores rurales con consumidores urbanos. Irene Puente, estudiante santanderina de 22 años, dedica la mayor parte de su tiempo a las labores de la RCAM. “Llámame tú si puedes, se me han acabado los minutos de llamar a tanta gente”, pide mientras ultima los detalles del reparto de las cestas y encontramos un hueco para charlar. Pertenece al colectivo “Cantabria No Se Vende”, coordinador e impulsor de la RCAM, y es una de las personas que, desde el principio, estuvo al otro lado del teléfono solidario puesto en marcha por esta entidad.

La iniciativa de las “cestas de apoyo rural” nació en el peor momento del confinamiento cuando se cerraron mercados de proximidad, bares y restaurantes, y los pequeños productores no podían vender sus productos. “Un compañero, vecino de uno de los productores, lo comentó en una reunión de la Red y se pensó que podría ser buena idea contactar con pequeños productores y crear estas cestas de apoyo rural. La iniciativa es fruto de una necesidad detectada y del boca a boca entre las productoras” comenta Irene. La respuesta fue mejor de la esperada. Desbordada por las peticiones, con muchísimos correos, los voluntarios y voluntarias de la Red se vieron de un día para otro cerrando 415 cestas. “Nos organizamos a través de decenas de voluntarias que acudieron a un improvisado centro logístico en la Feria de Muestras de Cantabria “La Lechera”, en Torrelavega, donde se compusieron las cestas y salieron para repartirse a los diferentes puntos de Cantabria” explica Irene. No solo fue abrumadora la demanda, sino también la gente que se ofreció a la Red para participar como voluntaria poniendo las horas y la gasolina para llevar los pedidos desde Torrelavega a Castro Urdiales o Reinosa, de forma totalmente altruista. Aunque también participaron las propias productoras, la mayor parte de la cadena de distribución fue puesta por el voluntariado de la Red. Se trata de varios miles de euros que han fluido hacia unos productores en apuros ayudando a sostener sus precarias economías.

Organización de las cestas de pedidos.

Aunque la iniciativa se generó en un principio para dar respuesta a una necesidad muy concreta, la Red aspira a mantenerla en el tiempo, con el horizonte puesto en otra forma de alimentarse más justa y sostenible. “Vemos que estos días se repite la necesidad de que Cantabria vuelva a abrirse al turismo para reflotar la economía. Creemos que esto, tal y como se plantea, destroza nuestros ecosistemas y hace que todo el peso recaiga en un sector terciario que, en situaciones como esta, es muy difícil de levantar. Las cestas pueden ser un buen ejemplo de dónde está la importancia y dónde deberíamos poner el foco. En Cantabria tenemos unas condiciones óptimas para desarrollar un sector primario fuerte y no depender tanto del sector servicios. Queremos que las cestas nos hagan reflexionar sobre nuestro modelo de consumo y el modelo económico que queremos para Cantabria” señala Irene. Gracias a esta iniciativa lanzada en el peor momento de la pandemia, muchas personas han descubierto lo fácil que puede ser consumir de otra manera.

Irene Puente, voluntaria de la Red.

La RCAM está formada por alrededor de 600 personas voluntarias. Surge a través del colectivo Cantabria No Se Vende (CNSV) al que se le van uniendo otros colectivos y asociaciones, algunas de ellas habían empezado paralelamente procesos de organización similares. “Los primeros días llegamos a unas 250 personas voluntarias con un perfil muy diverso, la mayoría, de hecho, no pertenecían a ninguno de los colectivos miembros de la Red o CNSV, sólo les movía la voluntad de ser solidarias en esta situación y aprovecharon la infraestructura que puso en marcha la RCAM. Ha habido señorucas que no podían salir y se ponían a coser mascarillas o pequeñas mercerías o librerías que donaban materiales para hacer EPIs” apunta Irene. Los primeros días la Red se comenzó a gestionar desde una centralita en la que las personas voluntarias coordinaban llamadas con necesidades y ofrecimientos de ayuda. La centralita funcionó como una especie de estación de servicios desde el que se atendía a la gente con mayor vulnerabilidad, sobre todo gente mayor y personas de riesgo. A raíz de esto se inicia también un servicio de acompañamiento telefónico, tanto para hacer la ayuda para la compra, como para escuchar y acompañar en situaciones de soledad y desamparo. Muchas personas del ámbito social y psicológico se pusieron a disposición de la Red, pero también grupos de “makers” con impresoras 3D, se encargaron de hacer pantallas de protección

Cartel de las cestas.

No es la única iniciativa surgida desde abajo para hacer frente a las consecuencias sociales de la pandemia. También están “Apurri” (verbo cántabro que refiere a la acción de acercar-pasar algo una persona a otra), un grupo de Facebook donde la gente ofrece cosas que ya no le sirven o que creen que pueden tener una segunda vida o piden cosas que necesitan como muletas o cargadores de móviles, o DonoMiWifi”, una aplicación que sirve para que puedas compartir tu wifi de forma segura con personas de tu entorno cercano que no tienen acceso a internet. Junto a estas, han cobrado importancia otras que ya venían de antes, como el Banco Obrero de Alimentos, que atiende las necesidades básicas de familias trabajadoras sin empleo.

Vídeo de las actividades de la Red Cántabra.

Entre los objetivos de la Red para esta nueva fase están el impulso a la sensibilización hacia la importancia de comprar en el comercio de barrio. “Tenemos voluntarias recorriendo los locales, informando de la campaña y colocando carteles en las tiendas recordando al vecindario porqué es necesario sostener el comercio local” señala Irene, para quien “ver a las voluntarias dispuestas prácticamente a cualquier hora del día para echar una mano a sus vecinas” es la parte que más la ha emocionado de estos meses de auto-organización popular: “Es más que una consigna eso de que solo el pueblo salva al pueblo, es verlo patente todos los días, en todas las acciones y todas las iniciativas llevadas a cabo”

Álvaro Villegas
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