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Cultura

“El posmodernismo se ha convertido en un fetiche al que culpar de todo”

El escritor y profesor de filosofía Xandru Fernández publica ‘Las horas bajas’, un ‘falso ensayo sobre el fin de los tiempos’.

El escritor Xandru Fernández. Foto: Luis Sevilla.

Xandru Fernández (Turón, 1970) es profesor de filosofía y autor de una extensa obra literaria, tanto en asturiano como castellano, que arranca en 1990 abarca desde la narrativa y el ensayo, a la poesía, las canciones y la traducción literaria. Como novelista ganó el premio de narrativa Xosefa de Xovellanos en 1994, 1999 y 2011.. Colaborador habitual de CTXT, es asimismo un implacable comentarista de la actualidad política y social en redes. Su último libro “Las horas bajas” (Lengua de Trapo), se subtitula “Un falso ensayo sobre el fin de los tiempos”.

Al principio del libro, expones el despliegue de la imagen hegemónica del filósofo: la imagen barroca del filósofo que ha venido legitimando la gerontocracia de las élites occidentales hasta el siglo XX, donde el anciano maestro habla, y el joven discípulo, escucha. Estas élites han venido sufriendo un declive. ¿Crees que puede haber cambios en esta imagen gracias a la hegemonía del feminismo?

No creo que se vaya a producir una sustitución de la imagen del filósofo convencional, barroca, por otra. Simplemente esa imagen deja de ser funcional. Ya había dejado de serlo, porque el entramado institucional a la que pertenecía, que era la academia, ya había entrado en declive. Y esa figura se había reciclado en otros contextos (en la fantasía, en la religión, etc.) más microsociológicos de la contracultura. Podría tener sentido lo que tú comentas si la academia tuviera la misma función que tenía, pero sigue sin revitalizarse. No asistimos a una reestructuración del sistema educativo donde la forma tradicional de transmisión del saber filosófico vuelva a tener esos cauces.

En este sentido, ¿cómo ves el papel de los intelectuales?

La figura del intelectual es un invento del siglo XX, y sobre todo es un invento de posguerra. Cumplió su papel en Europa, porque se trataba de reconstruir las sociedades maltrechas por la guerra, y en Estados Unidos, porque se trataba de recoger el espíritu europeo para afianzarse como potencia dominante. Pero, después del final de la Guerra Fría, el papel del intelectual es sustituido por otras figuras de diferente índole. En ese sentido, creo que es poco esperable una reedición de la figura del intelectual tal y como estamos acostumbrados a que funcionara en los años 40, 50, 60.

“Es poco esperable una reedición de la figura del intelectual de postguerra”

La construcción de una comunidad exige un nuevo nacimiento, la sustitución del tiempo cronológico-personal por el tiempo mítico histórico-comunitario. La comunidad se construye a partir de un tiempo mítico (epos). ¿Acaso no es este el mismo escenario que se dio en el proceso constituyente de la Constitución de 1978, con la Ley de Amnistía de 1977 como hito?

Son dos procesos diferentes. Uno afecta a la relación del individuo con la comunidad. Otra cosa es el papel del olvido en las sociedades con historia y actualidad escritas como son las nuestras. En el caso de las leyes de amnistía, parece que se da una dialéctica de olvido-memoria, asociada a la idea también de perdón. Es como si, mediante una declaración jurídica, el Estado perdonara (de hecho, es lo que significa “amnistiar”: perdonar) unos crímenes para que la sociedad pueda continuar viviendo sin esa mancha que representan esos crímenes del pasado.

Xandru Fernández. Foto: Luis Sevilla.

En el caso de España nos encontramos con la mezcla de muchos elementos que hacen muy difícil ese perdón colectivo. Porque, por un lado, la propia estructura jurídica y política que amnistió y puso el contador a cero en 1977 es heredera legítima de una de las partes en conflicto en la guerra civil. En cualquier escenario posible, el perdón se lo tendrían que otorgar las víctimas al Estado, y, sin embargo, es el Estado el que perdona a las víctimas. Es un proceso asimétrico que es muy difícil de razonar, ya no en términos jurídicos, pues ahí casi todo se puede razonar, sino en términos narrativos. Lo estamos viendo estos días con la instrumentalización que están haciendo de la monarquía. ¿Por qué lo pueden hacer? Porque en el fondo tienen razón: es su rey, no es el rey de la otra mitad. La ficción del rey de todos, que tenía Juan Carlos I, pudo haber funcionado, pues para eso se inyectaron millones de pesetas en los medios de comunicación para hacerlo funcionar. Pero no dejaba de ser el heredero del dictador. Y eso quizás las generaciones más jóvenes fueran olvidándolo o dándole cada vez menos importancia, pero lo cierto es que la parte intelectualmente armada del régimen lo saca a relucir cada vez que hay una crisis, lo cual indica que no funcionó ese pacto de amnistía.

Perteneces a la generación baby boom española. Argumentas que esta generación se caracteriza por poner la juventud en el centro, constituirla como tema, sujeto y objeto de discurso. Además, los baby boomers lograron construir un epos realmente absorbente, y actualmente sigue bloqueando la posibilidad de un relato épico posterior. De igual manera, este relato ha empezado a entrar en crisis. ¿Qué relación cabría señalar entre esta crisis del relato boomer y la crisis abierta con el 15M?

En primer lugar, el término ‘baby boom’ es un término de la sociología norteamericana para designar a la generación de los que nacen justo cuando está terminando la II Guerra Mundial, el primer gran aumento de nacimientos después de la guerra, que llega a la veintena en los años 60 y que protagoniza la revolución sexual, el mayo del 68, etc… En el caso de España, ese baby boom existió, pero de manera más tardía, porque las condiciones económicas eran mucho peores. La gente que pilota la transición en España pertenece a la misma generación y comparte las mismas constelaciones culturales que en otros países hacen las revoluciones del 68, solo que accede a ese poder de una forma retardada en el tiempo, con 8-10 años de diferencia. Pero el efecto es el mismo: esta generación, cuando llega al poder, lo hace suyo e incorpora, por un lado, el conocimiento práctico que les da el haber estado del otro lado: un pasado de extrema izquierda que conoce y domina la retórica marxista, anarquista, etc… Eso les va a permitir crear toda una batería de trucos retóricos antiizquierdistas, contraargumentos que oponer a los sindicatos, al movimiento obrero organizado, funcionando como marionetas de la destrucción del movimiento obrero organizado durante los años 80 y primera mitad de los años 90. El objetivo primordial es el movimiento sindical, lo único parecido a una sociedad civil que en España teníamos. Cuando llega a la mayoría de edad la generación siguiente, que es más o menos la mía, se encuentra con aquello que Aznar le reprochaba a Felipe González: “paro y corrupción”. No hay un horizonte vital al que aferrarse, no hay relato en el que reconocerse como generación.

“El movimiento sindical fue lo único parecido a una sociedad civil que teníamos en la España de los 80 y 90”

Así llegamos al 15M. El 15M supone la irrupción de una generación más joven aún, ajena a toda esa mitología de la Transición en la que crece mi generación, y que, además, al ser ajena a esa transición, pudo volver a caer en los errores e ingenuidades de parte de aquella generación. Me refiero al “no nos falles” de Zapatero. Hay una continuidad, creo que cada vez más evidente, entre el 15M y los jóvenes votantes de Zapatero de 2004 que se sienten defraudados por ese PSOE, igual que muchos votantes de Felipe González se sintieron defraudados con él, solo que los ciclos son otros y esos jóvenes ponen en funcionamiento algo parecido a una revolución democrática, cosa que no se hizo en los años 80.

Hasta el siglo XX, la ciencia era considerada como buena. La contracultura vino a impugnar la relación entre razón, ciencia y felicidad. Hoy, está habiendo una transformación en las relaciones entre la racionalidad tecnocientífica y el cuidado del medioambiente: el desarrollo tecnocientífico y los expertos podrían salvarnos frente a la crisis climática. Recientemente, además, 55 sociedades científicas han escrito un Manifiesto contra la gestión política de la actual pandemia de COVID-19, con el eslogan “En la salud, ustedes mandan pero no saben”. ¿Hay demasiada confianza en la tecnoutopía para salvar el planeta?

No es lo mismo discutir el papel de la ciencia en la sociedad estadounidense o francesa que en la sociedad española. En Francia, hace unas semanas, salió también un manifiesto de científicos que reprochaban al gobierno de estar utilizando una imagen estereotipada de la covid-19 para retirar o destruir progresivamente derechos y libertades, y pedían al gobierno que no se ampararan en la ciencia para tomar ese tipo de decisiones, puesto que la ciencia implica fundamentalmente el debate crítico. Si comparas eso con el manifiesto español, las diferencias son abismales: mientras que en Francia están diciendo “no usen la ciencia para tomar decisiones políticas”, aquí en España se está diciendo “no tomen decisiones, dejen a la ciencia tomar decisiones”. Y, además, en Francia, los firmantes del manifiesto eran científicos, epidemiólogos, virólogos, catedráticos de universidad, anestesistas, profesionales de la salud, economistas, etc. con nombres y apellidos. En España son sociedades, y cualquiera que sepa un poco sobre cómo funcionan las sociedades y colegios profesionales en España puede intuir que algo raro hay en esto, ya que la mayoría de ellas son cotos de familias muy entregadas a ciertas ramas de la medicina, y correas de transmisión de grupos de interés de la industria farmacéutica.

“En España lo que está bajando después de siglos, es la influencia social de cierto pensamiento anticientífico de raigambre católica”

En el caso de una sociedad como la española, en relación a los negacionistas, si rascamos un poco, en la materia social, vemos que ese auge no está por ninguna parte. En España, lo que está bajando afortunadamente, después de siglos, es la influencia social de cierto pensamiento anticientífico de raigambre católica.

“Las horas bajas” es el último libro de Xandru Fernández.

Ahora bien, ¿cómo conjugamos eso con una crítica necesaria al sistema tecnocientífico por su responsabilidad con la degradación del medio ambiente o su complicidad con los intereses farmacéuticos, etc.? Como siempre, hilando muy fino; pero lo que no podemos hacer es una política de bloques y posicionarnos contra la política como un todo, contra la técnica como un todo, o viceversa. Creo que hay que ser materialista: el materialismo implica pluralismo, y hay que distinguir en cada bloque los granos y los cúmulos de los que está formado, y separar una cosa de la otra. Eso es complicado, sobre todo cuando estamos acostumbrados a choques frontales de opiniones muy viscerales. Pero no nos queda otra.

Sugieres que la contracultura es un síntoma de la posmodernidad. En los últimos años, se ha reabierto una y otra vez el problema de la posmodernidad, entendiéndola como una suerte de ideología comandada por las élites capitalistas en su reorientación neoliberal, conformando una trampa de la diversidad en la que cada lucha estaría atomizada. ¿Crees que es síntoma de algo?

Es síntoma de envejecimiento. Y de fracaso. De una parte significativa de una generación y de una manera de entender la política. Me explico: la obsesión con la posmodernidad suele venir del rincón más nostálgico de la estructura mental y partidista del comunismo más clásico, en el sentido PCE de posguerra. Hay un grupo de intelectuales ya de cierta edad, cuya trayectoria académica está entrando en una fase crepuscular, que son conscientes del fracaso político de ese proyecto del que formaron parte, que comparten con todas las familias de la izquierda esa melancolía que decía Mark Fisher, que llevamos arrastrando desde los años 80, y que, a la hora de buscar un culpable de esos males y del fracaso, lo han encontrado curiosamente en un invento de la filosofía de la nueva derecha: la posmodernidad.

“La obsesión con la posmodernidad suele venir del rincón más nostálgico de la estructura mental y partidista del comunismo más clásico”

¿Qué ocurre cuando las categorías marxistas de la historia no se cumplen? Se produce una especie de agotamiento del paradigma progresista acompañado de una crisis de fundamentación de las ciencias, que ya venía de lejos pero que estalla de forma dramática en los años 70, y se acuña el término ‘posmodernidad’ y tiene cierta fortuna, sobre todo en la industria editorial francesa. Cualquiera que tenga un poco de paciencia puede hacer la prueba de confrontar el pensamiento de tres autores en los que en la actualidad se les acusa de representar esa posmodernidad filosófica, como pueden ser Foucault, Judith Butler y Castoriadis. No vas a encontrar nada porque son propuestas y planteamientos muy diferentes. Creo que es un fetiche fabricado para tener un enemigo al que culpar. A mí me resulta, desde la admiración que me merece esta persona, muy complicado que Francisco Erice haya dedicado un libro entero a analizar esto. Entiendo que forma parte de ese grupo que tiene que encontrar una forma de reconstruir la trayectoria y ver qué falló; pero no estoy en absoluto de acuerdo con ese diagnóstico. Yo no me creo que el problema fuese que íbamos ganando, que el movimiento obrero iba ganando, y entonces por culpa de las feministas y las personas trans hayamos empezado a retroceder. Aquí no íbamos ganando nada: íbamos más bien perdiendo. Si tenemos un movimiento reciente que sea anticapitalista de raíz exitoso es el feminismo, no tenemos otro.

También comentas que la posmodernidad significó la ruptura del consenso moderno de la idea de progreso. Expones tres posibles razones para dar por finalizada, hoy, el progreso de la Modernidad. La que llamas ‘Posibilidad Naphta’, inspirada por la crítica de Nietzsche a la paradoja del progreso, dice: para progresar y no caer en la parálisis, debemos olvidar; pero la ideología del progreso consiste en la exaltación de la memoria. Esto tiene su eco en la cultura pop con la idea de ‘retromanía’ de Simon Reynolds y la idea de Mark Fisher de que, tras disiparse la niebla de la fe en el progreso, solo queda el capitalismo y sus fetiches. ¿Cómo crees que funciona la retromanía en España en la actualidad? ¿Seguimos huérfanos de referentes culturales, en un revival constante?

Precisamente por circunstancias casi exclusivamente generacionales, hay un enfoque de análisis de la cultura popular excesivamente centrado en la música. Y la música, como cualquier expresión cultural, tiene unos componentes de clase, de género y de raza muy importantes.

Foto: Luis Sevilla.

Ese recurso al reciclaje, la ‘retromanía’ de Reynolds, no es una tendencia nueva en la cultura de masas del siglo XXI, como si en el siglo XX solo hubiera existido como presencia latente, como fantasma. Lo que defiende Reynolds es que eso que siempre estuvo latente en la música pop, de repente en el siglo XXI es toda la música pop. Tú partías de la “posibilidad Naphta”, y en el fondo, no concebimos la creación de algo nuevo salvo por el procedimiento de recomponer los trozos de lo que nos ha traído hasta aquí, de la tradición. En la música pop se ve bien, y en la música pop española se ve de una forma clara y cristalina. El fenómeno de Rosalía es muy elocuente al respecto: no representa nada que no haya representado Madonna no hace mucho. En una gala de los Goya, Rosalía salió cantando una canción de Los Chunguitos con un coro catalán, y una escenografía 100% burguesa. Ahí se ve la necesidad constante que tiene la cultura pop española de codearse con el estereotipo de la alta cultura. Eso ya no es ni retromanía ni nada: eso es desclasamiento, ni siquiera interclasisimo.

Vídeo de Correos para el 12 de Octubre.

Si me genera algún tipo de preocupación, no es de índole estética, ni siquiera académica, sino política. Te pongo un ejemplo: la canción del anuncio de Correos. Si escuchas con atención la letra, tiene dos versos que son sobrecogedoramente falangistas: “Arriba los productores con su dedicación / Abajo los exaltados que destruyen la nación”. Eso lo podría firmar José María Pemán perfectamente. Primero, por el uso del “arriba”, que es claramente lenguaje falangista. Segundo, por “los productores”. ‘Productor’ es el típico término del franquismo para no usar el término de ‘trabajador proletario’ porque estaba demasiado contaminado de ideología socialista. No estamos en la dimensión vanguardista de olvidar todos los clichés para generar novedades estéticas, sino en el olvido del significado colectivo de unas ideas que dinamizaban socialmente a las clases populares para introducir otras ideas que pueden dinamizarnos en sentido contrario, que pueden dinamitarnos como clase.

¿Cómo ves este creciente auge de una “izquierda melancólica”, cuyo único proyecto político es esa misma recreación en los referentes del pasado?

Mark Fisher hace mención a cómo las nuevas formas de trabajo precario, las nuevas formas de escolarización o la medicalización de las depresiones están destruyendo psicológicamente a los individuos de clases populares. Hay una melancolía generada por ver la degradación de las formas de vida en las que creciste y te socializaste. Pero eso se junta con otra forma de melancolía ‘inducida’, aunque no sea el término más exacto, por la evolución, en paralelo a este proceso de desmembramiento de la clase trabajadora, de las formas culturales y el discurso académico. Es como si fueran dos caminos que se van cruzando de vez en cuando, y ahora han vuelto a converger.

“El trabajo precario, las nuevas formas de escolarización o la medicalización de las depresiones están destruyendo psicológicamente a las clases populares”

La hegemonía del pensamiento marxista-hegeliano como base del discurso de los partidos de izquierda, e incluso de los sindicatos, entra en crisis y desaparece del paisaje académico, y al mismo tiempo, desaparece también de los medios de comunicación y del discurso de los partidos políticos y de los sindicatos. Y ahora parece que el concepto ‘clase social’ no lo hemos abandonado nunca, pero es un espejismo: la izquierda lo abandonó durante más de quince años, y aquí no pasó nada. Incluso hemos visto fletar un barco tan vistoso como fue en su día Podemos sin que en su discurso apareciera el concepto de ‘clase’ en ningún momento, salvo cuando se produjo el repliegue identitario de los últimos tres años. Aquí se consideraba posible incluso cargarse el régimen del 78 sin tener un discurso de clase. Eso contribuye a acrecentar esa melancolía de la izquierda, pero sobre todo contribuye a distanciar más a la izquierda de la sociedad. Si le has vendido a la sociedad durante veinte años que no tiene sentido hablar de clases sociales, y de repente reeditas el discurso de las clases sociales, no vas a cosechar donde no sembraste.

¿Debería todo proyecto emancipador en el siglo XXI partir del ‘no hay alternativa’, y solo desde ahí, articular una sociedad alternativa?

Estamos constantemente moviéndonos en el contraste entre posibilismo y utopismo, de las cuales no funciona ninguna. El utopismo, la “alternativa revolucionaria”, no funciona porque no es viable en la sociedad actual, no se dan las condiciones para que se dé una revolución, pero, además, tampoco tengo muy claro qué tendríamos que revolucionar. Pero tampoco la otra alternativa funciona, la alternativa de participar democráticamente en el sistema, ir arañando mayorías cada vez más consistentes, introduciéndonos en los gobiernos y poco a poco hacer lo posible para que se den esas condiciones. Ese es el escenario en el que nos hemos movido en los últimos cien años y los resultados están a la vista, no funciona. La melancolía de la que yo participo, y la nostalgia en la que me identifico es la del movimiento sindical. Sí creo que el movimiento sindical logró una mejora real de las condiciones de existencia de los trabajadores en occidente.

“La melancolía de la que yo participo, y la nostalgia en la que me identifico es la del movimiento sindical”

Ahora bien, como ciudadano, creo que es necesaria esa izquierda gubernamental. No creo que la solución sea refugiarnos en el modelo partido conciencia de clase, partido conciencia de proletariado, etc., pues esa sí que es una salida melancólica. Creo firmemente que hay que mancharse e intentar participar en las estructuras de gobierno y ganar elecciones, como única forma de no acabar mucho peor. No obstante, hay un elemento ético ahí muy importante que es el que acaba destruyendo todos esos proyectos. Por muy grande que sea la amenaza de esos grandes grupos organizados, hay una dignidad y unos principios que el militante de la izquierda gubernamental no puede perder de vista ni dar la espalda nunca. No se puede decir “ahora no es el momento” en determinadas cuestiones, jamás.

Podría resumirse tu posición acerca del progreso en tu idea de que “No cabe emancipación de sujeto alguno si este no concibe su propia servidumbre como un estadio pasado que es posible y deseable superar”. ¿En qué punto está la locomotora del progreso hoy (si es que acaso hay locomotora)?

La imagen del progreso tecnocientífico, del aumento progresivo de la felicidad gracias a la ciencia, creo que sigue funcionando y sigue teniendo mucho éxito. Lo que no creo que esté tan viva es la idea de progreso social, moral, en el que creía la Ilustración, así como la idea de utopía. Esto es porque no hay una representación social del modelo que queremos y a dónde queremos progresar. Si tenían una ventaja los discursos del marxismo, del comunismo y del anarquismo clásicos era que podían visualizar el punto de llegada: la sociedad sin clases, la sociedad sin pobreza… Hoy día, le dices a alguien que crees en una sociedad sin clases y la inmensa mayoría no es que te mire raro como diciendo que eres un ingenuo, sino que será incapaz incluso de concebir de qué estás hablando.

“Hoy día, le dices a alguien que crees en una sociedad sin clases y será incapaz incluso de concebir de qué estás hablando”

En cuanto a la desaparición de la pobreza, nos movemos entre dos modelos: uno es el modelo limosnero tradicional, que precisamente gracias al progreso científico, algún día nadie pasará hambre. Pero nadie pasará hambre porque hayamos conseguido crear artificialmente alimento para todo el mundo, no porque hayamos sabido repartir mejor ni porque hayamos destruido la posibilidad de que una minoría se lucre a costa de la posibilidad de crear alimento para todo el mundo. Y el otro modelo de discurso y de sociedad en el que estamos instalados es el de que la pobreza es inevitable porque, para que unos puedan vivir bien, otros tienen que vivir mal. Es el paradigma competitivo clásico, que es socialmente muy exitoso, y me da la sensación de que se va a reforzar a raíz de la situación que estamos viviendo con la pandemia. La destrucción de la sanidad pública lo que está haciendo es reforzar la confianza en la sanidad privada, pues no hay más que ver la televisión con todo tipo de anuncios de aseguradoras, mutuas, etc.., y no tardaremos en verlo con la educación también.

Comentando a Walter Benjamin, dices que Las extremas derechas actuales son benjaminianas: su revisionismo histórico es un proyecto de demonización del adversario, resucitando los muertos del pasado con ansias de venganza, contando además el relato sobre las izquierdas. ¿Cómo dar la batalla a esta extrema derecha benjaminiana?

Si tuviéramos la respuesta a esa pregunta, seríamos todos mucho más felices, ¿no? Hay algo en los grandes proyectos de la izquierda que nunca funcionó bien, y es la agresividad. Son proyectos muy poco agresivos, y curiosamente todo el aparato retórico de la derecha y del centro-derecha afirma todo lo contrario. Antes estaba leyendo un tweet de Rocío Monasterio que acusaba al Che Guevara de haber matado a un campesino. Las respuestas a esa acusación son siempre la negación: “no fue el Che”, “no era un campesino, era un militar responsable de asesinatos”, “era un criminal”. Nunca verás en la izquierda esa desfachatez que encuentras en la extrema derecha del “sí, ¿y qué?”. Tenemos que aprender no a ser más violentos, sino la desfachatez. Es decir, no pasa nada por defender abiertamente tus ideas. No me puedo creer que un ministro, una minsitra o un vicepresidente del gobierno digan determinadas cosas que suenan a disculpa por ser lo que son. Eso nunca lo vas a encontrar en un político de derechas, porque son desprejuiciadamente de derechas. Las derechas saben perfectamente qué sociedad quieren y de qué lado de la trinchera están. El carlista y el falangista se entendieron perfectamente a la hora de masacrar comunistas.

“Nunca verás en la izquierda esa desfachatez que encuentras en la extrema derecha del sí, ¿y qué?

Parece que hay grandes debates y gente que se rasga las vestiduras por prohibir llevar símbolos franquistas, que en la Universidad Laboral esté el escudo franquista, etc… Puede parecer que te quedas en la superficie, pero al menos es hacer algo. Hacer frente a esos miedos creo que es un paso importante. Y hay que desestabilizar y afearles la conducta, hacerles ver que no son bienvenidos ni son animales sociales, y que, por tanto, si quieren vivir en sociedad, tienen que aprender ciertas pautas, al igual que nosotros aprendimos a convivir.

Christian Ferreiro
Escrito por

Graduado en filosofía por la Universidad de Oviedo/Uviéu. Inculto cinematográfico en tratamiento. Esperando ser docente de secundaria en un futuro no muy lejano.

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