La “nueva normalidad” (II)

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Eduardo Romero
Eduardo Romero
Es activista y escritor, co-fundador del colectivo y local Cambalache de Oviedo/Uviéu. Entre sus libros "En Mar Abierto" (2016) y "Autobiografía de Manuel Martínez" (2019).

“(…) una narrativa molecular que retrata la enfermedad en gran medida en términos de un conflicto entre el virus y la inmunidad, entre la evolución viral y la capacidad de la humanidad para producir vacunas y antivirales adecuados, entre el rojo natural de la glucoproteína y el blanco de la bata de laboratorio. Los paradigmas compiten entre sí -quizás por sus beneficios políticos, comerciales o institucionales-, resultando difícil articular otra narrativa. (…) ¿Qué hay del contexto más amplio del virus?” (2009)

“Al hacer capitalista a la naturaleza se hace que el capitalismo sea algo natural. Las disparidades en la salud surgen de nuestros genes o de nuestras entrañas, no de los sistemas de apartheid” (2012)

“De hecho, siguiendo al geógrafo Jason Moore, la producción capitalista no tiene una epidemiología, sino que más bien es una epidemiología” (2015)

Utilizar la crisis del coronavirus para probar los últimos métodos de control autocrático es un sello distintivo del capitalismo del desastre. En lo que respecta a la salud pública, prefiero atenerme a la confianza y la compasión, que son variables importantes en una epidemia. (2020)

[todas son citas de Rob Wallace, autor de Grandes granjas, grandes gripes. Agroindustria y enfermedades infecciosas (Capitán Swing, 2020)]

El coronavirus es un gran promotor del civismo. Ayer la policía intervino en Gijón en una casa en la que se juntaban veintiocho gitanos. Migrantes y gitanos. Gente que se toca todo el rato, que se abraza, que grita y mete ruido. El virus se contagia mucho más si gritas y te magreas. El civismo europeo, por el contrario, es de naturaleza silenciosa e individualista. Nada de apelotonarse o tocarse, nada de dar voces. Los cívicos agentes de las multinacionales firman desde su teléfono la destrucción de los humedales de toda una región. Se saludan con el codo mientras acaparan millones de hectáreas de una antigua colonia. Talan un bosque desde Londres, y plantan en él palma africana. Agujerean una montaña para abrir una mina. Deslocalizan en el Sur industrias distópicas que producen decenas de millones de cerdos y de pollos. Luego echan la culpa del origen del ébola y del coronavirus a los murciélagos y a los pangolines. Y miran con horror a esa gente que, venida de cualquier rincón del mundo, no sabe lo que es el civismo.

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Los milicos siempre han cuidado de nosotros. En Somalia, protegen desde hace años a los mercenarios que ametrallan piratas autóctonos. Garantizan de ese modo que en las cartas de nuestros restaurantes siga abundando la ventresca. En Oriente Medio y en el golfo de Guinea, sus batallas contra terroristas y piratas, o contra piratas terroristas, aseguran el tránsito libre e ininterrumpido de petróleo. Tránsito libre e ininterrumpido quiere decir que el petróleo que antes estaba allí, en el subsuelo, ahora está aquí, en los depósitos de nuestros coches y de nuestras calefacciones. Como por arte de magia.

Lo cierto es que ahora, en la nueva normalidad, los milicos nos cuidan también sin necesidad de salir de casa. Desde que las pandemias han saltado la valla y son también cosa de España, no han parado de desinfectar calles, instalaciones, hospitales. También han protagonizado millones de ruedas de prensa. Lo de desinfectar calles algún día lo tendrán que explicar. Yo, por el momento, no encuentro evidencia científica, tan sólo evidencia propagandística. Y, ejem, las ruedas de prensa ya las describió César Rendueles: sermones cuartelarios desechados del guion de La escopeta nacional.  “Por el momento no se contempla ningún despliegue de las Fuerzas Armadas para hacer cumplir las restricciones de movimiento”, llegó a decirse en Madrid. Cuando se dé ese momento, si se da, esperemos que no confundan a la gente con piratas, esos subhumanos de tierras ignotas.

Últimamente, los milicos también se han convertido en rastreadores. Desde el cuartel Cabo Noval, en las cercanías de Oviedo, cuarenta y cinco militares se dedican a hacer llamadas telefónicas. Los periódicos publican reseñas épicas de estas misiones. Quienes dedicaban su jornada laboral -cuentan los periodistas- a hacer simulaciones de combate, ahora forman parte de un call center. Los publirreportajes no pagados narran la delicada, empática y cuidadosa tarea que acometen. También dejan caer “que la crisis sanitaria obliga a facilitar la tarea de rastreo y a no ocultar información”. Esto quiere decir que, si te llaman del cuartel, tienes que contar tu vida y la de los tuyos a ese teniente que antes hacía simulaciones de combate, es decir, preparativos para matar en Afganistán, Irak, Somalia, Nigeria.

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Con el fin de dotar de medios a las tropas españolas, el gobierno ha aprobado recientemente un gasto de 2.100 millones de euros para construir 345 blindados de combate. El mayor contrato de la historia del Ejército de Tierra, dice el flamante titular. Los 8×8 cuentan “con alta capacidad de protección, letalidad y movilidad operacional”. Que tengan una alta capacidad de letalidad quiere decir que pueden matar mucho. Cada carro pesa el equivalente a quince coches. A estos armatostes, obviamente, también los mueve el petróleo. Entre las empresas beneficiarias del suculento contrato, se encuentra Indra, la gran multinacional española de la industria de las fronteras. También la estadounidense General Dynamics. Esta última tiene una fábrica en Trubia. En Asturias, el contrato ha sido una de las noticias del verano. Tú no sabes el mogollón de empleos que garantiza. Sindicatos e izquierdistas lo han celebrado a lo grande.

Por cierto, con el dinero de un blindado, si no me equivoco, se cubre el gasto sanitario de casi trescientas personas internadas en la UCI una media de treinta días. Así que el presupuesto del contrato -más alto que todo el gasto sanitario asturiano del año 2020- daría para doscientas mil personas en cuidados intensivos. Recientemente, el presidente de Asturias Adrián Barbón, ha desglosado las compras extraordinarias realizadas este año con motivo de la pandemia: equipos de protección, respiradores, camas UCI. El esfuerzo alcanza el equivalente a tres blindados y medio. Así que aún quedarían trescientos cuarenta carros de combate. Mientras, estamos verdaderamente desesperadas porque hay algo más de cien plazas de UCI ocupadas por personas contagiadas.

Adrián Barbón, por cierto, ruega encarecidamente que nos quedemos en casa el mayor tiempo posible. El ministro de Sanidad insta también a la reducción de la movilidad. Mientras, el ministro del Interior, para dar ejemplo, ha programado vuelos de deportación a Mauritania, Marruecos, Colombia, República Dominicana. Y es que, por lo visto, las deportaciones son una actividad económica esencial. Que se lo digan a Air Europa, esa empresa que ha llenado los bolsillos de la familia Hidalgo con el sucio negocio de las expulsiones y ahora va a ser rescatada por el gobierno de España.

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En un instituto asturiano, las clases están a punto de empezar. Un día antes, se convoca a las familias a una reunión con un solo punto en el orden del día: el régimen de sanciones. Serán expulsados por un día quienes cometan una falta leve. Una falta leve es, entre otras, bajarse la mascarilla. Serán expulsados por una semana quienes cometan una falta grave. Una falta grave es, por ejemplo, chupar el boli de una compañera. Dando ideas a las familias objetoras, piensa una madre: niño, tú cuando llegues a clase chupa todos los bolis y seguro que te expulsan hasta junio.

Sindicatos e izquierdistas han celebrado a lo grande los nuevos contratos para la fábrica de armas de Trubia

Las clases comienzan. Mesas separadas por la distancia social estipulada. Nadie puede moverse de su sitio durante la clase. Prohibido tocarse. Los primeros días, en el recreo, chavales y chavalas se sientan en el patio, en filas, guardándose metro y medio de separación. Prohibido jugar. A las pocas semanas, se establecen cuadrículas dentro del patio. Cada grupo tiene que restringir su movimiento a la zona que le ha sido asignada. Se imprimen carnets individualizados. Foto, número de identificación escolar, nombre y apellidos, domicilio, curso, grupo. A un alumno le han pedido seis veces su pasaporte en una misma mañana. Si te identifican fuera de tu cuadrícula, estás expulsado. También está prohibido caminar por el pasillo sin la compañía de un profesor. Ni para ir al baño. Si lo haces y te pillan, también te mandan para casa.

(No sé por qué me da que este instituto no está en el centro de la ciudad. Más bien me huele que es uno de esos en los que abundan los hijos e hijas de familias incívicas y gritonas).

Cuando llueve, el recreo se hace en el aula. Simplemente, se para la lección y se descansa en el pupitre. Los chavales sacan sus móviles y comienzan a enviarse guasaps. Y montan grupos de tres para disputar batallas en videojuegos contra equipos de desconocidos.

A un alumno se le ha olvidado el boli en casa. Un amigo le presta uno. Como hay alcohol y gel de manos por doquier, el chaval baña el boli en desinfectante. La profesora les pilla. Compartir material es una falta grave. Una semana expulsados a casa. Mientras todo el mundo mira cómo salen del aula, una niña trafica gominolas, por debajo del pupitre, con su amiga.

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Cuarteles que quieren ser hospitales y escuelas que quieren ser cuarteles. Como canta Albert Pla, todas las cosas del mundo de pronto eligieron cambiarse de sitio. Al tiempo que este fenómeno -en el fondo no tan novedoso- se acelera, Rob Wallace afirma: “debemos dejar de robar la tierra y de provocar la emigración masiva, sólo así podremos evitar que los patógenos emerjan.” Sin embargo, no parece que el capitalismo desbocado vaya a detener el expolio, ni siquiera en aplicación de su propia razón instrumental. Es por ello que los pueblos campesinos e indígenas recrean una y otra vez experiencias de resistencia frente a las multinacionales extractivistas. Sabotean oleoductos, arrancan monocultivos, recuperan tierras, promueven la biodiversidad. Frente a la incesante revolución del capital, tan sólo pretenden que las cosas -las montañas, los ríos, los bosques, los desiertos, los glaciares- regresen a su lugar.

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