“Un poema es un lugar raro donde se guarda la vida”

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Bernardo Álvarez
Bernardo Álvarez
Graduado en psicología y ahora periodista entre Asturias y Madrid. Ha publicado artículos en ABC, Atlántica XXII, FronteraD y El Ciervo.

La poesía de Olvido García Valdés (Santianes de Pravia, 1950) es como un susurro para ese “que oye ahí atrás/que no eres tú”, para ese otro o más bien para el vacío que llevamos dentro. “confía en la gracia” (Tusquets, 2020), así sin mayúscula, es el último de sus libros. Un volumen espinoso y lleno de puertas de entrada, requiebros y rincones deslumbrantes, construido con poemas escritos entre 2012 y 2019.

García Valdés ha sido directora del Instituto Cervantes de Toulouse y directora general del Libro y Fomento de la Lectura, un cargo del que dimitió a los quince meses de ser nombrada. En 2007 recibió el Premio Nacional de Poesía por su libro “Y todos estábamos vivos” y en 2016 el Premio de las Letras de Asturias. García Valdés responde por correo electrónico las preguntas de Nortes desde Toledo, donde vive.

Los poemas están escritos entre 2012 y 2019, antes de la pandemia, pero son muy pertinentes para intentar comprender lo que hemos vivido: la fragilidad del cuerpo, nuestro arraigo en la naturaleza, la persistencia del dolor y de la muerte…

Me alegro mucho de que lo veas así. La mía es una poética de la inmediatez y de lo libre (que es tal vez la que nos pide un trabajo más arduo), y los poemas concebidos de este modo son por naturaleza enormemente frágiles e inestables –hasta que el tiempo les proporcione, por así decir, cierta fijeza–. Y, por otra parte, la situación objetiva también les afecta. Recuerdo que cerré el libro en los primeros días de enero, y luego vino la pandemia y el confinamiento; a la altura de abril, con el dramatismo que habían tomado las cosas, pensé cómo afectaría todo eso al libro, a los poemas, y lo releí un par de veces para verlo desde ahí; me pareció que resistía, y que había incluso cierta rara anticipación en lo abrupto y la tonalidad, y me quedé tranquila. Esa sensación tuya de lectura parece coincidir.

¿También de esta nos salvarán, como escribes, “la nada y el miedo” que llevamos dentro?

Me temo que no. Habrá que confiar en las mascarillas y las vacunas. Esos versos (“confía en ti, se dijo, y sintió que volvía /la frase, confía en la gracia, eso que está /en ti, la nada y el miedo que hay /en ti te ayudarán…”) de alguna manera invocan lo que en el libro se llama “la gracia”, una especie de suspensión, una reacción que nos sorprende a nosotros mismos en un momento difícil, como un quedar en suspenso y que de pronto aparezca una apertura, otra respiración; la veo como una reacción del propio cuerpo, y en cierto modo una sabiduría, un dejarse caer en lo más frágil de uno mismo. Para la pandemia, mejor confiar en las vacunas y las mascarillas.

Mientras escribías el libro fuiste directora general del Libro y Fomento de la Lectura, y dimitiste al cabo de poco tiempo: ¿Pintan algo los poetas en las instituciones?

No sé… La gestión requiere inteligencia y entrega, como también la poesía; la dificultad es de otro orden. Para mí, esa fue una etapa estimulante, intensa, pero en la que escribí muy poco. Había que pensar e intentar poner en marcha proyectos imprescindibles (como un Centro Nacional de Traducción, por ejemplo), que todos los países de nuestro entorno tienen. Se trataba, como sabes, de recuperar una Dirección General que hacía años había sido suprimida por los gobiernos anteriores, y la dificultad mayor fue la presupuestaria. El libro –algo que, no lo olvidemos, cubre un arco que va de quien escribe a quien lee– es un sector de una importancia cultural y económica enorme, y requiere también que se cuide el equilibro entre los componentes de ese arco.

Tal como fueron las cosas, la recuperada Dirección General no tenía presupuesto propio, en el conjunto de unos presupuestos –vigentes hasta hace unos días–, que eran los del gobierno que la había suprimido. Poner en marcha los proyectos necesarios no era factible en esas condiciones y no compensaba la dedicación y el esfuerzo. Al presentar mi renuncia y recuperar mi mesa de trabajo, retomé todos los materiales que tenía y me puse a ver qué libro era ese, y resultó ser confía en la gracia.

“Envejecer es bueno”, dices en el liminar del libro, que ya empieza a contracorriente del espíritu juvenil e individualista de la época.

En efecto, envejecer es bueno. Pero cuesta llegar a sentirlo y a pensarlo así. Lo explicas muy bien: vivimos en un mundo que parece diseñado para los jóvenes. Es lo que prescriben los grandes conformadores de la mentalidad o ideología dominante, es decir, el deporte, la moda, la música, las redes sociales… Todo ello canalizado por los medios, los tradicionales y las potentes plataformas digitales. Ya sabemos que es un asunto económico, claro; este capitalismo feroz en el que estamos inmersos controla sus públicos, que deben ser eternamente jóvenes y saludables y felices… El envejecimiento y la muerte son casi un tabú, y una fuente de infinitas neurosis y angustias para quienes en el fondo saben que ni la juventud es como la pintan (los jóvenes son jóvenes, pero no tontos), ni se pueden mantener indefinidamente en ella (enseguida ven cómo empujan las nuevas oleadas más jóvenes). Todo resulta bastante paradójico y perverso, porque al mismo tiempo que se aclama y glorifica la juventud, los jóvenes, especialmente en las épocas de crisis económica, son los más dañados y precarizados…

En fin, solo vivimos una vez, y elegir cómo queremos vivir es una responsabilidad de cada uno y cada una. Dentro de lo posible (quizá hay dificultades objetivas que no se pueden modificar, y aun así hay que intentarlo), dentro de lo posible, creo que hay que tratar de hacer a lo largo de la vida un trabajo sobre nosotros mismos que nos compense en cierto modo del absurdo que a priori es vivir. Para mí ese proceso se ha ido enlazando en gran medida con la escritura de poemas. Lo que digo al comienzo del libro es tal cual: Escribir es agradecer. Envejecer es bueno.

“Sin voluntad de poema”

Para ti el poema no es tanto expresión como escucha o apertura, un recipiente en el que se encuentran voces y sensaciones dispersas. ¿Por qué y para qué hacer callar al poema y ponerlo más bien a escuchar, a empaparse de lo que pasa a su alrededor?

Sí, quizá eso se ha ido acrecentando con los años, en los sucesivos libros. La mía es una escritura receptiva, de lo que “llama” para ser escrito, despegada, pese a la raíz personal; en cierto modo, se podría decir despersonalizada y, sin embargo, íntima. Funciona hacia lo que mueve la atención, sin voluntad de poema, pese a la torsión formal que se refleja en la lengua de muchos de ellos. Este trabajo de la percepción y la lengua es lo que más me interesa. Ya sabemos que la lengua manda siempre (hay una tradición, unas formas fijadas, una relación establecida, según códigos “poéticos”, con la subjetividad…) y el poema tiene que trabajar con ella y contra ella, trabajar con ello, con eso que en el poema debe ser real.

Lo que aparece en el libro es un estadio de ese trabajo; un resultado inestable, como decía antes. Un poema, o la poesía, si es el caso, es un resultado inestable; en primer lugar, para quien escribe, y del mismo modo para quien lee. No hay “mármol”, hay flujos de materias que en un momento cuajan o parecen cuajar. Se trata siempre de un presente, esa pata coja, sobre el que pasa el tiempo.

¿Debería la poesía superar esa imagen tradicional del poeta que, al escribir, expresa y comunica sus sentimientos y vivencias?

Creo que sí, pero depende de cómo lo mires. En el espacio de la poesía –el de quienes escriben poemas o los leen–, como en el del arte o la música, coexisten tiempos muy distintos; depende de lo que quieras encontrar ahí, escribiendo o leyendo. Me parece que eso no ocurre, por ejemplo, en el campo de la ciencia, que, teniendo que conocer muy bien el pasado, se desarrolla siempre en lo más avanzado de lo contemporáneo.

Para mí, lo que el poema busca no es expresar pensamientos o sentimientos, sino mostrar la herida de lo vivo y de la vida. Eso hacen los grandes; pienso ahora, por ejemplo, en el argentino Juan Laurentino Ortiz; en sus poemas hay al mismo tiempo una extraordinaria presencia del mundo, y fluidez, impermanencia, y eso está hecho de la peculiaridad de su lengua y de la forma que van tomando sus versos… Yo he dicho a veces que un poema es un lugar raro donde se guarda la vida; así lo creo, porque, si merece la pena de ser vivida, la vida acaba siendo, como comentábamos, un trabajo que vas haciendo sobre ti mismo; y escribir poemas es la forma que ha ido adquiriendo ese trabajo en mi caso. De algún modo eso entra en el poema, y más que con el yo, tiene que ver con la vida. Alguien dijo que la poesía es crítica de la lengua y crítica de la vida en una sola pieza, ¿no?

“Aquella cocción mortal para la que no hubiera expresión ni posible acercamiento”, escribes. ¿Se puede decir, expresar la vida y contenerla en palabras, o es un esfuerzo fracasado de antemano?

 Es difícil responder; seguimos en el ámbito de las preguntas anteriores. Creo que ese es un poema de particular condensación. Las palabras que citas están al comienzo, pero marcadas por una dirección contraria, “todo era inverso”: “todo era inverso de aquella / cocción mortal para la que no hubiera / expresión ni posible / acercamiento”. Y el poema entero se desenvuelve en esa tensión, evocando, contraponiendo y anudando percepciones e imágenes…

Pero quizá para acercarnos a esa pregunta –¿puede el poema expresar la vida y contenerla en palabras?–, sea siempre más útil actuar como lectores. Piensa en Vallejo, piensa en Dickinson. No hay duda; como lectores, la respuesta es siempre afirmativa, con una rara clase de asentimiento, además, diáfana y afectiva. ¿Puede el poema…? Claro que puede.

“El mundo, recordó, en cuanto enteramente vacío de Dios, es Dios mismo”, ¿es para ti la poesía, el arte en general, una forma de construir una religiosidad sin Dios?

Esos versos evocan palabras de Simone Weil. Y sí, podríamos describirlo de ese modo, una religiosidad, o mejor una vida del espíritu, sin Dios. Nietzsche hacía una distinción, que siempre me pareció muy importante, entre un arte monológico y lo que llamaba un arte ante testigos. Quien pinta o escribe, quien hace su obra “olvidado del mundo”, y quien la hace contando con la vista de los demás. E incluía la plegaria y todas las obras que implican una fe en Dios, todo el lirismo de la oración, en esa categoría de un arte con testigos, pues todavía no existe para ellos ninguna soledad; solo nosotros, los ateos –decía–, hemos hecho este invento. Y seguramente sí, una soledad radical está en la vida del espíritu y en la poesía y el arte que más me interesan.

“La hermosura, el sufrimiento, lo que nos hace pertenecer siendo otros”. ¿Son la belleza y el dolor entonces las únicas formas que tenemos de vincularnos, de sentirnos parte de un mismo sustrato común?

No sé… Quizá todo viene con la atención. Con la escucha de lo que les ocurre a los otros y con una escucha interna, que nos vacíe del pensamiento y los sentimientos y perspectivas convencionales. El campo, la naturaleza son elementos esenciales para ese modo de estar. Algo como un tejido o un espacio en el que tiene cabida la piedad y en el que podemos sentirnos caminando juntos.

No perder pie en el mundo

Me ha llamado la atención que, en un libro de un tono en general bastante místico y contemplativo, haya un par de poemas sobre el trabajo: sobre una camarera que monta una terraza, un albañil en una obra… ¿Piensas que, pese a todo, la poeta no debe perder pie del mundo en el que vive ni alejarse de los prójimos que le rodean?

¡Pero en mis libros hay muchos poemas que tienen que ver con el trabajo…! Me vienen a la cabeza unos versos de ella, los pájaros (escrito a finales de los 80 y primeros 90): “Cuando voy a trabajar es de noche, / después amanece poco a poco, / hace mucho frío aún. / A menudo en el cine / me parece oír lluvia azotando el tejado, / como si no hubiese lugar / donde guarecerse. / Hoy alguien en un sueño dijo: / ten, en esta garrafa / hay agua limpia, por si toma moho / la del corazón.”

No sé si es una cuestión de deber, me parece más bien de poder… No podemos perder pie del mundo en el que vivimos, no podemos evitar ver, sentir, escuchar todo lo que nos rodea; ese es también nuestro alimento, para bien y para mal, ¿no te parece?

Escribes en el poema sobre la camarera “¿qué piensa?, ¿cuántas horas va a durar su jornada?, ¿cuánto le pagan?”. Al fin y al cabo, si la poesía es una mirada que indaga en el universo y presta atención al mundo, esas son preguntas tan pertinentes como las cuestiones más metafísicas que podamos plantearnos…

Exacto, así es. Y, por otra parte, es curioso. Ese poema, por ejemplo, parece un poema “de personaje”, y lo es –una camarera monta una terraza cubierta, a primera hora de una fría mañana de febrero–, y sin embargo recuerdo que nació más bien como un poema de ritmo. Lo que me hizo tomar nota fue el ritmo con el que la chica hacía las cosas que se van describiendo. Es algo en lo que no solemos pensar, pero cuando realizamos habitualmente cualquier tarea –montar una terraza–, los movimientos, y el orden en que se efectúan, se han hecho casi autónomos de nosotros; es lo que Jean François Billeter llamaría un “cambio de régimen de actividad”. Los movimientos y las acciones de la chica eran, pensé, los de un ballet contemporáneo. Y fue ahí donde entraron las preguntas que citas: “¿qué piensa?, ¿cuántas horas va a durar / su jornada?, ¿cuánto le pagan?”. Como si la precarización laboral, tan generalizada hoy, fuera aún más intensa respecto a la “calidad” (quiero decir la absorción, la entrega) del trabajo.

Tu obra tiene en general un carácter más o menos místico, que expresa un afán por superar la cárcel del ego, el deseo y la memoria. Suelen asociarse estos temas a la espiritualidad oriental, bien budista o bien taoísta, pero ¿crees que hay también una tradición poética y filosófica occidental en esta línea? Citas al principio a Simone Weil, por ejemplo.

Ya sé que se ha vuelto una palabra de uso común, pero para mí “místico” sigue siendo un adjetivo fuerte, que me resulta difícil emplear en relación conmigo y con mi obra. Respecto al trabajo de vaciamiento del yo, sí, me parece que la tradición occidental tiene también una enorme riqueza; las obras de Juan de la Cruz o el Maestro Eckhart serían quizá las más intensas en esa dirección. En Juan de la Cruz, por ejemplo, se ve que el trabajo espiritual más importante consiste en vaciar el yo, y que esto no es voluntario, no puede hacerlo el entendimiento y la voluntad; solo puede ser un fenómeno –progresivo o no– pasivo, que se padece, que se efectúa en uno.

Lo que él llama “unión con Dios” no es distinto de lo que llama “nada” (el fondo del espíritu –el espíritu– es nada, está vacío). Y parece que en él, en Juan de la Cruz, se produce un fenómeno de “física espiritual”, que consiste en que ese vacío, esa nada, cuando se acepta verdaderamente así, se transforma en un lleno o un todo, que es amor (la noche-luz es amor). Él habla de ello, con el maravilloso desapego que le es propio, como hablaría de una ley de la física.

“Todo es abstracto (…) porque muda inestable”, dice. ¿Creemos saber y controlar más de lo que nos es dado saber y controlar en realidad?, ¿no serán todas nuestras ideologías, nuestras técnicas e instituciones poco más que una ilusión?

Siempre me interesaron mucho los límites de esa distinción lógica y gramatical entre lo abstracto y lo concreto, entre el concepto “árbol” y esta acacia. En el poema que citas eso se mueve en varias direcciones, y de rondón ha entrado ahí la muerte, que es la que tiñe todo, me parece, de espectralidad. Quizá las ideologías, técnicas e instituciones que dices, más que una ilusión, sean las herramientas con las que intentamos, seguramente en vano, defendernos de eso.

¿A tu poesía le va más el paisaje seco y llano de Toledo, donde vives, o el paisaje húmedo y montañoso de tu Asturias natal? ¿Acaso hay unos temas, o un tono, para cada uno de ellos?

Tienes razón, en los poemas suele aparecer el paisaje de los lugares donde he vivido. Está Asturias, claro, especialmente como espacio de la memoria; y el paisaje de los alrededores de Valladolid, donde viví casi veinte años; el de Toledo –más la ciudad, creo, con su relieve característico, que la llanura de la Mancha; y está Andalucía también, y en especial una zona de la Sierra Sur de Jaén, ya cerca de Granada, donde tuvimos una casa muchos años, y en la que pasábamos mucho tiempo.

No sabría decirte si son los paisajes los que dan un tono o es nuestra manera de relacionarnos con ellos. La luz, por ejemplo, o la cualidad del aire son muy importantes para mí. Y están también los paisajes que aparecen en los sueños, que no siempre coinciden con los vividos…

Hemos pasado “de la Edad Media a un mundo de ciencia ficción”, ¿hemos perdido algo por el camino del progreso?

Sí, hemos pasado literalmente de un mundo a otro; yo conocí en el pueblo, de niña, la “traída” del agua; la vida diaria sin agua corriente en las casas está muy cerca de la vida medieval, aunque hubiera luz eléctrica y se escuchara la radio. Eso que llamamos progreso, y que se ha acelerado exponencialmente en la sociedad de consumo y con la revolución digital, ha traído avances incuestionables –en la medicina, en una educación generalizada, etc.–, pero con un coste altísimo. Ha funcionado en realidad como una trampa.

Hemos perdido el norte, el sentido de las medidas que es necesario para una vida buena –buena para nosotros y buena para el mundo en el que estamos–. El consumismo y la globalización parecen dos males imparables, porque son las herramientas de un capitalismo sin freno, en el que los ricos (países y personas) son cada vez más ricos, y los pobres, cada vez más indefensos. Traducido al ámbito de la cultura, vemos cómo eso ha implicado una disminución de la capacidad crítica y una apuesta casi descarada por la cultura como industria de entretenimiento para las distintas clases, estandarizadas, de público. En las últimas décadas se ha escrito mucho y bien sobre estas cuestiones, pero quizá habría que releer aquel libro antiguo, de una lucidez que sigue siendo impagable, Dialéctica de la ilustración.

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