“Iphigenia en Vallecas”: un Zola del siglo XXI

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Roberto Corte
Roberto Corte
Roberto Corte (Oviedo, 1962). Vinculado al teatro asturiano desde 1980, y ligado a la autoría y dirección en el ámbito escénico, en la actualidad colabora como crítico en revistas especializadas.

Iphigenia en Vallecas

de Gary Owen

Interpretación y adaptación: María Hervás

Dirección: Antonio C. Guijosa

Teatro Jovellanos, 3 de enero de 2021, Gijón

Iphigenia en Vallecas es la adaptación de una pieza de Gary Owen interpretada magistralmente por María Hervás. La indiscutible belleza del título –la hija de Agamenón y el mito griego del sacrificio en combustión con el suburbio y la marginalidad– es una metáfora suspendida en el aire sin conexión alguna con el argumento… pero qué importa, a veces el poder evocador de un símbolo deshilvanado, al igual que ocurre en un poema, sirve como complemento de realce y señuelo, y funciona.

Ifi es una joven poligonera de Vallecas, una nini que sofoca y acrecienta su vacío existencial y marginalidad con el alcohol. Vive con su abuela, tiene una amiga fiel y un novio “cortito” y de buen corazón. Su lengua, bronca y afilada, airea un universo destroyer que es su rebeldía. Como es la reina de la belleza presume y desprecia todo cuanto la rodea. Una noche en un bar se lía con un militar mutilado y el amor se manifiesta. Poco después descubre que está embarazada. Su vida puede tener un sentido, hay una lucecita en medio de la estepa. Tras intentar desesperadamente ponerse en contacto con ese hombre se entera de que está casado y, además, tiene una hija pequeña…Las cosas se complican.

Evidentemente el argumento no desdice de otros similares que ya conocemos en las novelas de siglos pasados. Lo nuevo aquí es la forma en que se presentan los hechos –el lenguaje–, el contexto en el que se desarrollan y el arte sublime que tiene María Hervás para atraparnos con un monólogo de hora y media de duración que, sin pestañear, nos tiene cautivos de principio a fin. Su creatividad y capacidad de mímesis es tan grande, y su acierto con el casticismo choni tan verdadero, que una vez vista la pieza incluso a los espectadores bilingües les será imposible imaginarse cómo suena el texto en su inglés de procedencia. Porque a todas luces ha de tratarse de otra obra… no hay parangón. Tal es la originalidad de este trabajo y el fascinante resultado alcanzado en la adaptación. Supongo que la mano y el buen hacer de Antonio G. Guijosa como director también juega su baza. Si la mejor dirección es la que no se nota –y yo estoy bastante de acuerdo con esta premisa– su talento es rotundo. La claridad de intenciones y la armonía de conjunto consiguen un espectáculo redondo. Un poco de atrezo escenográfico, una valla metálica y unos neumáticos, es más que suficiente para situarnos en el hábitat marginal que se precisa. Lo demás es teatro a pelo y a pecho descubierto, sin trampa ni cartón. Como la vida misma. Con un lenguaje destapado y crudo, sin sentimentalismos ni melindres discursivos de ningún tipo. A bocajarro, con el aliento y el brío de la jerga callejera y alguna que otra ráfaga de lirismo. Tan sólo al final el autor se desmarca innecesariamente con un planteamiento a todas luces falso, al darnos a entender que Ifi, la víctima protagonista, se sacrifica por todos nosotros cuando renuncia a una indemnización que le corresponde, para no dañar aún más la maltrecha situación en que se encuentra la Seguridad Social. ¿A cuento de qué?, se pregunta el espectador consciente –como también hace el novio de la heroína–, incapaz de encontrar la relación de causalidad que lo justifique.

Iphigenia en Vallecas nace como un testimonio con vocación de denuncia a modo de J´accuse. Y no lo oculta. Su crítica a una sociedad que consiente que miles de personas vivan en la marginalidad por falta de recursos atraviesa toda la pieza. Lo que ocurre es que esa crítica, al igual que sucede con el buen teatro, emana sutilmente de las desventuras, los sentimientos y el fatum de esa joven rebelde que nos cuenta su vida. Iphigenia en Vallecas es un trozo de vida, una vivisección al más puro estilo zoliano, cuyo principal objetivo es el de sacudir nuestras conciencias. Y a juzgar por el reconocimiento de los espectadores, los muchos premios recibidos y el excelente trabajo realizado por María Hervás, lo consigue. No deja de ser llamativo el que sea precisamente ahora, en tiempos de coronavirus, cuando las reivindicaciones de la obra han cobrado una nueva dimensión, trágica y premonitoria, en su demanda de una sanidad pública de calidad.

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