El secretario general no piensa en la muerte

La todopoderosa UGT asturiana aspira a ser este olivo milenario que nos enterrará a todos

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Bernardo Álvarez
Bernardo Álvarez
Graduado en psicología y ahora periodista entre Asturias y Madrid. Ha publicado artículos en ABC, Atlántica XXII, FronteraD y El Ciervo.

Si la jactancia con la que los grandes hombres—monarcas, obispos, CEO, generales, tertulianos de Mediaset—aspiran a la eternidad ya resulta embarazosa, nada hay más patético que ese ímpetu de permanencia que embarga a los mandos de medio pelo y a la tropa de advenedizos que pasta en secretarías generales, comisariados políticos y direcciones provinciales. En el paseo del Bombé del Parque San Francisco puede uno caer en la cuenta de lo sonrojante que llega a ser esta sed de notoriedad póstuma entre los mandamases del momento, y de lo desmesurado de sus gestos cuando los inspira el apetito de gloria. Sirva de advertencia a los cuadros orgánicos y jefecillos del mañana.

Entre el puesto de helados y la fuente de las ranas, unos metros más arriba de la estatua de la vaca con dos niños, reparé el otro día en un olivo con una placa a sus pies. Es un olivo grueso y nudoso, que parece brotar de varios troncos trenzados entre sí, de hojas resecas y minúsculas. Un olivo imponente y magnífico, con unas ramas firmes y erguidas que apenas se agitan con la brisa. Un olivo de una presencia magnética e ineludible, dotado de ese aliento mitológico propio del árbol del aceite.

Nada hay más patético que el ímpetu de permanencia que embarga a los mandos de medio pelo

Un olivo así me lo figuro dándole sombra a un pastor de cabras en alguna isleta del Adriático, o sirviéndole de reposo a un bandolero sardo, o como escondite y lecho de amor para las conquistas de un legionario de Roma. Un olivo bajo el que pudo haber escrito sus versos Safo o en el que Aquiles se resguardó de la lluvia. Un olivo milenario se lee en la placa, un ser vivo que estará enraizado en la tierra cuando ya nadie pasee por el Bombé y crezca la maleza en la caja fuerte del Banco de España.

Pero dice algo más la placa: Olivo milenario donado a la ciudad de Oviedo por MCA UGT, siendo su Secretario General Manuel Fernández López “Lito”. Hay una ironía muy cruel, una parodia trágica en este afán de un burócrata obrero, cuyo nombre y aspecto ya habrán olvidado muchos de sus conciudadanos—falleció en 2014—por unir su nombre al de un árbol plantado en el año 1000 antes de Villa y que proseguirá haciendo la fotosíntesis cuando la clase obrera se haya extinguido. Se admiten apuestas: ¿antes de cuántas décadas se tragarán el tronco y las raíces la placa ugetera?

Es como si lo estuviese viendo. Las letras de la placa serán ya ilegibles cuando la pujanza de las raíces empiece a abombar poco a poco, con paciencia de siglos, el bloque de piedra en el que Lito fio su pase a la vida eterna. Se irán saltando los tornillos que unen la placa al pedrusco, ya a punto de partirse en dos mitades que la entropía cósmica irá alejando más y más y más. Y un día, quizás en un par de siglos, de súbito, ya carcomida por el óxido, se partirá como una rama mustia la placa sufragada con fondos del ejercicio 2008 de la Federación del Metal, Construcción y Afines de UGT Asturias. ¿Tanto afiliado—tantas cuotas a cobrar—para esto?

¿Piensan en la muerte los secretarios generales?, ¿saben del paso del tiempo los representantes de la clase obrera?

No sé si Lito habría pensado en esto: ¿piensan en la muerte los secretarios generales?, ¿saben del paso del tiempo los representantes de la clase obrera? Creo que entiendo el simbolismo de la donación del sindicato a la ciudad. La metáfora del olivo milenario, que no se mueve por más temporales que lo azoten, sugiere la inextirpable presencia de la UGT en la región. “Siempre estaremos aquí. Nunca vamos a irnos. Debéis contar con nosotros”, quiere decirnos el sindicato, que consideró oportuno hacerle este presente a Gabino de Lorenzo, el alcalde sol de la ciudad.

No es un recuerdo a los obreros represaliados en la lucha, ni un homenaje a las huelgas que conquistaron paga y derechos. Es solo un monumento de autoafirmación, una muestra de poderío, un símbolo de arraigo en la ciudad y un recordatorio involuntario de lo insignificancia y futilidad de cualquier esfuerzo humano por perpetuar nuestro legado. La todopoderosa UGT asturiana aspira a ser este olivo milenario que nos enterrará a todos. Pero hasta sus secretarios generales enferman, mueren y caen en el olvido. Igual que Safo, Aquiles, los bandoleros sardos, los pastores de cabras y los legionarios romanos. Y el olivo, igual de sordo, igual de impasible, hundiendo sus raíces en el parque San Francisco.

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