El sindicalismo que viene

Jose, Arantxa y Lorena, trabajadores de hostelería, alimentación y telemarketing, afiliados a CSI, CCOO y CGT, conversan para 'Nortes' sobre el trabajo y el futuro del movimiento obrero.

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Diego Díaz Alonso
Diego Díaz Alonso
Historiador y activista social. Escribió en La Nueva España, Les Noticies, Diagonal y Atlántica XXII. Colabora en El Salto y dirige Nortes.

No trabajan con casco y mono soldando en una fábrica o picando carbón en una mina. A pesar de ello se reivindican como parte de la clase trabajadora y un jalón más en la historia del movimiento obrero. Tampoco son profesionales de los servicios públicos. Junto a la industria, el otro gran nicho de afiliación sindical en la España del siglo XXI, en la que tan solo un 13,7% de los asalariados pertenece a un sindicato.

El mercado laboral no se lo ha puesto fácil. Están en la primera línea del frente del capitalismo salvaje. En ese inmenso sector servicios en el que la organización sindical y la negociación colectiva lo tiene complicado para desarrollarse. Su historia es la de tantos otros miembros de su generación, hijos e hijas de las sucesivas reformas laborales que han ido degradando las condiciones laborales de la gente trabajadora desde los años 80. Han conocido desde muy jóvenes la precariedad, las horas extras y el trabajo mal pagado. Sin embargo, a diferencia de otros coetáneos, ni Jose, ni Arantxa ni Lorena han asumido con resignación las leyes del mercado, y al contrario, conspiran a diario para subvertirlas a través de la unión y la acción colectiva. En el fondo es es la historia del movimiento obrero. La historia de minorías subversivas que, de cuando en cuando, dan con el click que hace moverse a una empresa, un sector, una comunidad, una clase, o a veces, todo un país.

Lorena García: “Hay gente que son Fans de la Empresa”

Arantxa Carcedo (Caborana, Aller, 1974) conoció desde muy joven la precariedad laboral. Antes de llegar al puesto de pescadera en Alimerka, ayudó a su madre en el bar del pueblo, vendió seguros, trabajó en una crepería y en una tienda de la cadena Yupi en la zona alta de Oviedo, atendiendo a una clientela, según sus propias palabras, “muy pija”. Tenía veintipocos años. Principios del siglo XXI. El sueldo no era del todo malo, 100.000 pesetas en nómina y otras 40.000 en riguroso negro. O lo tomabas o lo dejabas. Seis días a la semana. Jornadas de 11 y hasta 12 horas. “Libraba los jueves, cuando todos mis amigos trabajaban. Lo único que podía hacer era ir al cine. Iba sola y casi siempre estaba tan cansada que me terminaba durmiendo a mitad de película”.

En su curro fue la única que secundó la huelga contra la reforma del subsidio de desempleo hecha por el Gobierno de José María Aznar. En la empresa le ofrecieron moverle el día de descanso por el de la huelga. No quiso. Aunque no estaba afiliada a ningún sindicato quería hacer huelga y que le descontasen el sueldo del día. Que en las estadísticas oficiales figurase su rechazo a la reforma del PP. Sus compañeros pensaron que la despedirían, pero no pasó nada. De hecho, le ofrecieron un contrato indefinido. Estaba bien valorada como trabajadora, y podría haber seguido trabajando allí, pero aquella vida no le gustaba. A pesar de su juventud tardó años en poder disfrutar de un sábado de fiesta. Por eso entrar a trabajar en Alimerka, sin ser ninguna maravilla, fue casi una liberación en comparación con los anteriores empleos que había soportado.

Después de terminar el instituto Lorena García (Uviéu, 1980) decidió ponerse a trabajar cuanto antes. Estudió un módulo de FP de administración y luego comenzó en diferentes oficinas en las que le pagaban “una puta mierda”. Acabó trabajando en el Blockbuster, donde tenía condiciones un poco mejores que en sus anteriores trabajos de administrativa. De allí pasó al sector del telemarketing con Teletech, una subcontrata de Amena. Era el año 2005. Al poco tiempo France Telecom engullía un conglomerado de empresas, entre las que estaba la suya, y terminaba en una subcontrata de Orange, nuevo nombre de la compañía de telefonía francesa tras su privatización. A pesar de realizar un trabajo prácticamente idéntico, las condiciones laborales eran bastantes peores que las de los trabajadores y trabajadoras de la empresa matriz. En el Polígono de Espíritu Santo, a las afueras de la capital asturiana, prontó contactó con el comité de empresa. Le gustaba lo que decían los de la CGT y terminó metiéndose hasta el fondo en el sindicato rojinegro. Considera que a pesar de que hay un grupo muy activo, su empresa es un lugar difícil para hacer sindicalismo: “La gente solo se mueve cuando está muy puteada y lo ve muy negro. Te pasas todos los días compitiendo contra la cultura corporativa que fomenta la empresa”. Espacios diáfanos, globos, buen rollito, sofás, videojuegos y una huerta ecológica para que los trabajadores se relajen en los descansos. “Hay gente que son fans de la empresa, que trabajarían casi gratis si se lo pidieran. Son teleoperadores pero se creen que están en Google o que son brokers de bolsa. Nos ven como unos cenizos a los sindicalistas” señala Lorena acerca de las dificultades para hacer trabajo sindical en un entorno en el que muchos trabajadores no se ven como tales y creen que la movilización y la organización colectiva son cosas del siglo XIX que no van con ellos.

José Cortés (Castuera, Badajoz, 1992) iba para maestro, pero acabó estudiando cocina. Llegó a Asturies previo paso por Canarias, donde estuvo algún tiempo trabajando en cocinas de hoteles. Lo primero que le llamó la atención de la hostelería asturiana es el nivel de explotación en comparación con el archipiélago canario, donde la existencia de grandes complejos hoteleros permite la unión y organización de los trabajadores. “Todos los hoteles tienen sus sindicatos y comités de empresa y se respetan los derechos, las pagas extras y los descansos” comenta Cortés, que lo compara con el caso asturiano, donde “el salario es por convenio, pero no las condiciones”. Es consciente de las dificultades de un sector tan disperso y atomizado como la hostelería para dar la batalla sindical, pero a pesar de ello se muestra satisfecho con que desde la CSI hayan logrado organizar una sección sindical en el restaurante Kraken del Acuario de Xixón. Ahora trabajadores del Acuario y de su restaurante luchan unidos por el reconocimiento de sus derechos frente a la empresa concesionaria de este equipamiento municipal, que sigue regateando la categoría profesional a gente como él, que apenas pasa de los 1.000 euros de sueldo.

A veces la gente tiene más miedo a las represalias del que en realidad deberían tener

Los tres coinciden en señalar que muchas veces la gente tiene más miedo a las represalias de los jefes del que en realidad deberían tener. “Sin unión de los trabajadores no vamos a conseguir nada. La empresa insiste mucho en eso de que somos una gran familia pero luego llega la pandemia y se demuestra que todo es mentira” explica José. Arantxa, delegada de CCOO en Alimerka, explica cómo en una empresa y en un sector sin apenas tradición sindical lograron organizarse y desafiar a la patronal con una huelga inesperada en las navidades de 2019. “El sindicalismo requiere mucha paciencia y mucha pedagogía. A veces es agotador y no se puede ser cortoplacista” explica esta trabajadora de la segunda empresa con más empleados de Asturies. 6400. 300 menos que la primera: ArcelorMittal. Arantxa ha ido viendo la evolución de muchos de sus compañeros y compañeras. De vivir con miedo a hacer huelga e involucrarse en los piquetes. “Usamos todos los medios para comunicarnos con la gente. Das igual que sea el tablón sindical o las redes sociales. Todos los meses visitamos todas las 168 tiendas. El boca a boca es fundamental. Hay que ser constante” señala esta sindicalista, que aún recuerda las largas noches de inventario que hacían cada mes cuando ella entró a trabajar, contando uno a uno todos los productos de la tienda. “Ahora trabajamos 40 horas. Si eso se cumple es gracias a la batalla sindical que dimos” explica orgullosa Arantxa, que lamenta la campaña de los medios y del sistema contra los sindicalistas, presentándolos como vagos y vividores. Ni Jose, ni Arantxa ni Lorena están liberados al 100% para la actividad sindical. Todos compatibilizan sus puestos de empleo con su actividad sindical, tanto tirando de las horas sindicales, como del tiempo libre. Resuelven dudas de compañeros, les acompañan a juicios, participan en asambleas o reuniones, visitan centros de trabajo, dan apoyo psicológico o ayudan a preparar una demanda laboral. “No tenemos horarios” resume Lorena, que explica que su teléfono está siempre operativo para ayudar a quien lo necesita.

Arantxa tiene claro que si quieres que tus compañeros se fíen de ti “te tienen que ver la cara y ser además de reivindicativo un trabajador o trabajadora ejemplar”. Para ella es fundamental no solo hablar de los problemas cotidianos de la empresa, sino también llevar a los centros de trabajo cuestiones más generales como la subida del salario mínimo, la derogación de la jornada laboral o la brecha salarial de género. En ese sentido considera que los paros de dos horas en la huelga feminista del 8M de 2018 fueron claves den Alimerka para que muchas compañeras perdieran el miedo. ¿Y los esquiroles? Arantxa distingue grados. Los que van a trabajar con vergüenza, porque tienen miedo o una situación personal muy complicada, y que define como “recuperables”, y los pelotas profesionales. Reconoce que con determinados perfiles muy serviles con la empresa, la relación es cuando menos tensa.

Sus experiencias son muy distintas, pero todos coinciden en algo: la gente pierde el miedo cuando ve logros. Las conquistas animan más que los discursos, y cuando se consiguen cosas los compañeros entienden que la unión y la movilización sirve para mejorar la vida. José lo resume así: “Hemos dejado que nos quiten los derechos. O nos unimos y nos movilizamos o vamos a vivir peor que nuestros padres y madres”.

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