No todo vale

Al igual que las familias con sus descendientes, la sociedad tiene que poner algunas barreras para evitar un mundo sin límites

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Nuria Saavedra
Nuria Saavedra
Activista feminista y LGTBI+, trabajadora social y profesora en un instituto de Xixón.

En estos días estamos viendo el esperpento de la última campaña electoral del todo vale. Pero no es algo puntual ni focalizado en un territorio o en unas elecciones. Esta forma de expresarse y de situarse ante lo diferente indica una forma de ser y de estar, un camino y unas metas que suelen ser conscientes, aunque no siempre manifiestas y visibles. Quienes hemos hecho el camino a Santiago sabemos que no solo importa llegar: fundamentalmente hemos entendido que el final depende de cómo hayas hecho las etapas. En el camino vas entendiendo que todas las personas con las que nos encontramos nos podemos necesitar y que la cooperación forma parte de la experiencia. Pero también te vas haciendo consciente de que cada persona tiene su ritmo y su estrategia para llegar, e incluso, en algún caso, la picaresca para conseguir litera en alguno de los abarrotados albergues en los días más concurridos.

Todas las personas tenemos muchos caminos por transitar, pero la cuestión es si debe haber límites y dónde deben situarse. Al igual que las familias con sus descendientes, la sociedad tiene que poner algunas barreras para evitar un mundo sin límites, donde todo vale. El darwinismo social (que posibilita la supervivencia de quien tiene más capacidad de resistir porque es más fuerte y tiene más recursos) siempre está al acecho ante situaciones de crisis. Claro que soy intervencionista, porque una dejación de funciones del Estado (directa o indirectamente) da alas a quienes tienen más poder y excluye a quienes tienen más obstáculos. Este evidente conflicto nos debe llevar a reorganizar el equilibrio entre la intervención del Estado y la libertad individual.

Claro que soy intervencionista, porque una dejación de funciones del Estado da alas a quienes tienen más poder

Pero ¿cómo y dónde nos situamos, a nivel personal, cuando todas las partes utilizan los mismos términos, aunque con distintos significados: libertad, mentiras, fakes, justicia, derechos, etcétera? ¿Cómo puedo saber yo que la persona con quien me identifico dice la verdad y que no es solo una forma de conseguir mi apoyo?

Desde luego, nadie tiene la verdad absoluta. Pero hay elementos que nos ayudan identificar dónde está cada propuesta. Los hechos y las palabras nos dan información de las personas y de las acciones. En un mundo donde hay mentiras y engaños es difícil entender qué hay detrás de cada posicionamiento o reacción. Por tanto, una respuesta rápida, sencilla, superficial no suele ser la respuesta a algo complejo. Si la respuesta es rápida, tiene posibilidades de ser engañosa. Pero a veces parece que deseamos una respuesta rápida y sencilla, quizás porque no nos complica la vida. Ser conscientes de los engaños implica dolor y compromiso.

Por otro lado, nos encontramos con el término “intolerante”, que se encuentra íntimamente relacionado con el respeto a las ideas contrarias o diferentes. Nos hallamos ante uno de los dilemas más recurrentes en política. ¿Hay que dialogar con la extrema derecha? ¿Hay que poner un cordón sanitario para no desprestigiar las instituciones con su entrada en los gobiernos democráticos y posibilitar ascensos que deriven en procesos que nos recuerda la Historia? Personalmente, opino que el diálogo debe tener límites, el límite son los Derechos Humanos, que están recogidos en una Declaración Universal y se han ido desarrollando en distintas legislaciones.

En un mundo donde hay mentiras y engaños es difícil entender qué hay detrás de cada posicionamiento o reacción

Todos los actos humanos que infravaloran, niegan e incumplen las normas de convivencia tienen sus consecuencias, pero no todas son sancionadas. ¿Por qué alguna persona, grupo, entidad o institución podría estar por encima del respeto a los Derechos Humanos y las instituciones? No hay ninguna razón que pueda justificarlo. Todas las personas debemos ser iguales ante la Ley. Nadie debe ser impune. La Justicia debe actuar, y parecer que actúa, con equidad. Sería un error que nada ni nadie se crea impune y así lo transmita, ya que repercutiría en el propio sistema. En el siglo XXI, si alguien quisiera dañar al sistema democrático probablemente no lo haría directamente, establecería estrategias más eficaces que pasarían por “demostrar” que las instituciones y las personas que participan en ellas no son justas y están siendo manipuladas. Extender la duda ante todo sería la forma de ir deslegitimando el sistema (“todos los políticos son iguales”, “todos roban”, etc.), pasar del todos lo hacen al por qué no yo, cuyo objetivo es ampliar el número de personas que legitiman el todo vale. Este el fondo de la cuestión, permitir una deriva discursiva que va en contra de los Derechos Humanos requiere de nuestra aprobación y participación.

Pero ¿quién pierde ante esta deslegitimación del sistema democrático? Siempre pierden quienes más dificultades tienen, y ganan quienes tienen más poder y más recursos. Por eso, cualquier mensaje populista que vaya en contra del sistema democrático, aunque este sistema tenga muchos aspectos que mejorar, va en contra de la ciudadanía. Y además no le importará atacar a quien sea (mujeres, LGTBI+, ecologistas, etc.) para conseguir sus fines. Un sistema democrático busca que todas las personas y colectivos tengan sus espacios y derechos, pasado, presente y futuro. Por ello, quien vaya en contra de las normas de convivencia y de los Derechos Humanos debe ser limitado, no solo en sus acciones contra la integridad física de las personas sino también contra el deterioro de los valores democráticos.

Entonces, ¿cómo nos tenemos que situar ante los acontecimientos? No creo que -de forma natural en la mayoría de los casos- exista neutralidad ni equidistancia frente a las partes en conflicto. Pensemos en nuestras propias experiencias. En mi opinión, hay que situarse ante los hechos con inteligencia emocional, ver a quién benefician y a quién perjudican, y analizar cuáles buscan el interés general y el bien común. Las palabras pueden ser engañosas; los sentimientos, utilizados; y los sentidos, manipulados. Por eso, todo lo que no nos lleve a reflexionar y a madurar, es más fácil de ser conducido a una trampa. Quizás, a veces, nos dejamos llevar por lo instantáneo, el momento. Pero si queremos pensar en el presente y en el futuro, parémonos y hagámonos conscientes de quién está dirigiendo nuestra vida personal y social (¿yo soy quién decido y dirijo mi vida?) y si todas las personas tienen cabida en ella, sin ningún tipo de distinción, pero siempre dentro de los límites de los Derechos Humanos y del Bien Común. No todo vale: no vale restringir derechos o permitir el acceso a un solo grupo privilegiado, engañando con medias verdades, falsedades o manipulaciones; no vale, faltar el respecto al pasado ni al presente, a la Historia y a la Ciencia. Vale pensar en todas las personas, especialmente, en quiénes más dificultades han tenido y tienen en su vida con el objetivo de promover que puedan vivir una vida realmente digna.

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