Julio Anguita

Manolo Monereo recuerda a su amigo y compañero Julio Anguita, cuando se cumple un año de la muerte del ex coordinador de IU y dirigente del PCE.

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Manolo Monereo
Manolo Monereo
Es un abogado, politólogo y político español. Ha sido militante del PCE e IU y diputado de Unidas Podemos. Su último libro es "Oligarquía o democracia. España, nuestro futuro" (El Viejo Topo).

Era un automatismo en mí. Cada vez que pasaba algo importante, lo llamaba por teléfono para pedirle opinión. Se aprendió mi número y, si podía, me contestaba rápidamente. Hoy me queda la enorme desazón por no poder discutir con él, por no saber cómo vería él las cosas. En este año han pasado muchas, algunas trascendentales. A veces he pensado que es mejor que no se haya enterado; otras, le habrían divertido. Nunca decía eso de “ya lo dije yo”; sabía que el pecado que no se perdona en política es acertar antes de tiempo y decirlo. Durante casi tres años nos vimos semanalmente a solas; me exprimía como a un limón preguntándome sobre personas y sobre acontecimientos. Y, sobre todo, me exigía un debate estratégico sobre las grandes cuestiones, sobre los problemas que habría que afrontar y sobre lo que él pensaba de la actuación de Unidas Podemos y del PCE. El Julio con el que conviví en su última etapa era un político sabio, prudente, que no podía eludir el sufrimiento y el dolor que le producían una situación cada vez más mala y unas actuaciones que no comprendía y con las que empezaba a estar en desacuerdo.

“Nunca decía eso de ya lo dije yo

Durante el último año, muchas veces he pensado en lo que diría Anguita sobre el gobierno de coalición PSOE-UP, sobre el papel del PCE en esta compleja situación o sobre lo que queda del 15M o sobre la salida de la política de Pablo Iglesias. Me lo puedo imaginar, pero prefiero no indagar sobre ese silencio. Ahora bien, Julio nos dejó líneas de trabajo, reflexiones atinadas sobre el papel de la política y de los políticos, sobre el programa necesario y el proyecto de país, sobre el comunismo como ideología organizada y sobre las alianzas políticas y sociales. Los que nos formamos con él -unas veces de acuerdo y otras en desacuerdo- supimos que tenía un pensamiento fuerte, una concepción del mundo fundada racionalmente y un inmenso amor por su patria y por sus gentes. Anguita formó su propio carácter desde las victorias-las menos- y las derrotas -las más.

Proyección de Picando Lletres en Mieres, Asturies.

Tres cuestiones lo marcaron mucho: su oficio de maestro (pedagogía), su afición al teatro (el arte de la retórica) y su amor a la historia (pensar históricamente). Estos tres elementos se sintetizaban y se organizaban desde un punto de vista comunista que siempre tuvo y que nunca le abandono. Intentó ser comunista, sin grandes palabras, sin grandes gestos, pero siempre fue en serio, en serio. Su relación con el PCE fue compleja y de lealtad absoluta. La palabra fidelidad no le iba; lo suyo era pasión razonada, convicciones y sentimientos. La bandera roja y la hoz y el martillo eran algo más que símbolos y se encarnaron en su vida. Eso sí, siempre austeramente, con serenidad, con clasicismo romano, sin altisonantes palabras. Son los actos, los proyectos y las propuestas las que definieron su modo de ser comunista entendido como una elección de vida.

“Su relación con el PCE fue compleja y de lealtad absoluta”

Anguita llevaba muy mal ser compadecido. En él no había mística de la derrota. Luchó, combatió hasta el final y no consiguió sus objetivos. Somatizaba la política y las traiciones -que las hubo- terminaron por afectar a un corazón que se fue debilitando en una durísima contienda política, en la que se emplearon todos tipos de métodos y donde los canallas aparecieron al servicio de poderes y poderosos. Pablo Iglesias experimentó en carne propia este tipo de “tratamiento” que los que mandan y no se presentan a las elecciones dedican a sus enemigos. No hay que olvidarlo, es algo más que lucha política; se trata de escarmentar en cabeza ajena. El mensaje: quien se atreva a cuestionarnos serán combatidos hasta el final; no habrá ni olvido ni perdón. Es la lucha de clases, es la lucha de clases. Es el odio de clase que siempre han sentido las viejas y nuevas oligarquías dedicadas a su duro trabajo de vender España a cambio de controlar a los españoles; siempre acaban, como hoy con la Unión Europea, entregando independencia nacional y soberanía a cambio de que les aseguren el control omnímodo sobre unos hombres y mujeres mil veces derrotados y otras tantas en pie reclamando dignidad, derechos y Patria, es decir, República.

Julio Anguita y Susana López van siempre juntos en mi memoria. Las últimas conversaciones con Julio fueron sobre ella. Le impresionó mucho su muerte. Agustina me lo confirmó. Susana murió el 30 de abril del 2020. Unos días antes llamó a Julio y a Araceli, mi compañera, en lo que luego supimos que era una despedida. Susana era el prototipo de cuadro dirigente comunista. Venía del movimiento obrero y la conocimos en el IX Congreso del PCE defendiendo el leninismo. Era una mujer con mucha personalidad, con un juicio independiente y una cierta dosis de impertinencia: te decía las cosas a la cara sin diplomacia. Así se lo hizo a Julio más de una vez, he sido testigo de ello. A Julio, algunos le pasaban la mano por la espalda y otras le decían la verdad, aunque no fuera agradable. Era muy orgulloso y siempre tuvo predilección por este tipo de personas que le decían lo que pensaban y, a la vez, se entregaban al trabajo y defendían los acuerdos colectivos con arrojo.

“Era muy orgulloso y siempre tuvo predilección por este tipo de personas que le decían lo que pensaban”

Anguita valoraba mucho el trabajo colectivo, la deliberación pública y el respeto a los acuerdos legítimamente tomados. Con Julio no recuerdo ninguna decisión fundamental del PCE o IU que no se haya tomado colectivamente con informes por escrito, con luz y taquígrafos. Dedicaba mucho tiempo a construir dirección colectiva, al debate político y a promocionar cuadros dirigentes. Nada es más injusto que calificarlo de caudillo. El término líder no estaba en su vocabulario y le ofendía. Él era otra cosa, un dirigente entre dirigentes, sometido a las decisiones colectivas y garante de los acuerdos.

Su figura seguirá creciendo con el tiempo. Antonio Gramsci, dirigente del Partido Comunista de Italia, escribió un artículo dedicado a la muerte de Lenin que se titulaba Jefe. En tiempos en los que el líder es todo y el Partido nada, ser dirigente de un proyecto histórico significa otra cosa: representar una esperanza colectiva, una voluntad de emancipación social, una pasión que se convierte en estrategia y programa.

Julio es el futuro, nuestro futuro.

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