El día que mataron a Carlo Giuliani

Se cumplen 20 años del asesinato de este manifestante en Génova, en el marco de lo que Amnistía Internacional calificó de masiva violación de los Derechos Humanos.

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Juan Pastor
Juan Pastor
Es psicólogo social, profesor de la Universidad de Oviedo/Uviéu y autor de "Michel Foucault. Caja de herramientas contra la dominación".

El G-8 está reunido en un bunker (zona roja). Nuestra idea es rodearlos pacíficamente, nuestras caras de colores, las manos de blanco. Una valla de cinco metros les protege. Los carabinieri se preparan para cargar y entonces sabemos que esta vez van en serio, que esta vez no nos van a servir los neumáticos y las botellas de plástico. Comienzan con chorros de agua, como en esas imágenes de Chile, tras el agua nos disparan gases: un disparo, dos disparos, diez, veinte. Salen a por nosotros como búfalos, como dementes, como orcos. No es defensa, es un ataque. Levantamos las manos para recordarles que es una manifestación pacífica; pero no sirve de nada y la fiesta se vuelve batalla.

Nos atacan, nos apalean, nos lanzan gas pimienta mezclado con gas lacrimógeno, también pintura líquida, para marcarnos, nos dan patadas, rodillazos, buscan nuestras cabezas con sus porras, nos disparan, nos atropellan, nos roban, nos crucifican. Seis contra uno, ocho contra uno, mil contra uno. No importa que hablemos el mismo idioma porque no hablamos el mismo idioma. Nos meten en una guerra, a nosotros que lo único que sabemos de las guerras lo hemos visto en televisión. Siguen atacándonos con saña, sin piedad. Hay ruidos, gritos, humo. Corremos, qué otra cosa podemos hacer, nos empujamos, nos dispersamos. Los que caen son pisados y golpeados salvajemente. Nos pegan, nos tiran al suelo, nos patean, nos esposan, nos detienen, nos encierran. Y todos tenemos sangre en la cara. Siguen avanzando, arrasando todo lo que se encuentran a su paso. Nos protegemos, nos resistimos como podemos; pero es inútil, como pelearse con el mar a puñetazos. Éramos niños luchando contra robocops, no teníamos ninguna posibilidad. Ni la magia maya nos hubiera salvado. Estaba claro que ese día iba a morir alguien. Y mejor que fuera de los nuestros. Siguen avanzando sobre nosotros, siguen atacándonos con sus espadas y sus rayos láser. Nos abren la cabeza, nos sacan los dientes, rompen nuestros huesos, nos disparan como a enemigos, nos detienen como a criminales. Nunca habíamos visto tanta sangre, nosotros que venimos de las clases medias urbanas. No podían lanzarnos vivos al mar; pero borraron nuestras sonrisas y nos hicieron crecer de golpe. Estaban tan fuera de sí, drogados seguramente, que uno de los policías golpeó con su porra a un perro que se encontró por el camino. Todos lo vimos. Todos escuchamos el aullido del pobre animal. Todos vimos también el salvaje ataque a veinte chicas de quince años en via Tolemaide. Aún recuerdo sus caras, desfiguradas. Fue horrible. Jamás habíamos visto semejante brutalidad, ni en la noche ni en las películas. Disfrutaron machacándonos, de eso estoy seguro. Hay varios cuerpos inconscientes por el suelo, todos nuestros, claro. Mientras pasan a su lado, los policías golpean, casi sin ganas, algunos de esos cuerpos inconscientes. Se reagrupan, se están reagrupando, preparándose para la carga final, la que definitivamente acabará con nosotros, esa que llevan días, tal vez años, esperando. Levantamos las manos, gritamos que es una manifestación pacífica. Ellos cantan, gritan, nos insultan, avanzan rítmicamente hasta que empiezan a correr y ya todo es caos, sangre, gritos, ruido. Esta segunda carga es aún más violenta que la primera.

“Levantamos las manos para recordarles que es una manifestación pacífica; pero no sirve de nada y la fiesta se vuelve batalla”

Ahora llega tu turno. Escucha. Aparecen sus tanques, que se llevan por delante nuestras precarias barreras. Todo se lo llevan por delante, fanáticamente. En el aire se percibe esa electricidad que dicen precede a los grandes acontecimientos. El tiempo se detiene, como en las películas, y de pronto se escuchan dos disparos. Uno te atraviesa el ojo izquierdo y otro te da en la frente. El sonido de los disparos no estaba en el guion y nos miramos unos a otros, desconcertados. No eran petardos, eran balas, y tú yaces en el suelo, en medio de la plaza, todos lo vemos. Todos vemos también el Land Rover que lleva al asesino, ninguno deja de ver cómo pasa dos veces por encima de tu cuerpo, hundiéndote muslos y estómago. Dos veces. El conductor dirá luego al juez, el mismo que exculpó a tu ejecutor, que creyó que eras una bolsa de basura. Eso éramos para ellos. Lanzamos piedras a los coches, les llamamos asesinos, bastardos. Tratamos de moverte; pero enseguida llega la policía. Te patean, te destrozan el cráneo, a continuación muestran una enorme piedra a las muchísimas cámaras que allí hay. Quieren hacer creer que te matamos nosotros; pero nadie les cree. La batalla continúa alrededor de tu cuerpo sin vida. La policía te rodea, no quieren que te vean. Tu cuerpo sigue crucificado en el asfalto sin recibir atención médica. Más de media hora después llega la ambulancia. Intentan reanimarte; pero, evidentemente, es tarde. Una enfermera se lleva las manos a la cabeza. Todo se para y se calla cuando cubren tu cuerpo con una sábana blanca. Sentimos impotencia, odio, apretamos puños y dientes. Suena un violonchelo.

No fue en la Selva Lacandona o en el África negra sino en una plaza en el centro de Europa.

Lloramos como lo que éramos: niños. Los vecinos gritan basta desde los balcones de sus casas, algunos vecinos bajan incluso a la calle. Buscamos algún periodista a quien contar lo que hemos visto, necesitamos hacerlo, todo esto es demasiado y no podemos mantenerlo dentro.

Éramos muchísimos, más que nunca; pero no fuimos los suficientes y perdimos, y a ti te tocó morir para que parasen las balas. No teníamos sitio en nuestras mochilas para tanta rabia y, sin embargo, no hicimos nada. Llevabas una camiseta blanca de tirantes y un pasamontañas como Marcos. Te llamabas Carlo, Carlo Giuliani. Apenas eso sabemos de ti: cómo vestías ese día y cómo te llamabas; pero desconocemos el color exacto de tus ojos, qué cosas imaginabas antes de quedarte dormido, que querías ser de mayor. Y no queremos calcular cuántos años tendrías ahora.

Veintitrés años, como Ian Curtis o River Phoenix, el inolvidable protagonista de Mi Idaho privado. Para mí siempre tendrás veintitrés años, siempre serás joven, inconformista, valiente, no como nosotros, cada día más cansados, más viejos y más cínicos.

“Los vecinos siguen gritando basta, nosotros gritamos asesinos y ellos siguen pegándonos”

Vuelven a atacarnos. Los vecinos siguen gritando basta, nosotros gritamos asesinos y ellos siguen pegándonos, golpeándonos, siguen y siguen, no paran, no se cansan. Se desahogan con nosotros, nos pisan, se ensañan, descargan sobre nuestros cuerpos sus frustraciones, sus pequeñeces. Una masacre, esa es la palabra. Los helicópteros sobrevuelan el campo de batalla. Nos bombardean. Lloramos y nos detienen, pedimos ayuda y nos detienen, vamos a los hospitales y allí también nos detienen. Nos insultan, nos llaman pedazos de mierda y bastardos. Y todos tenemos la cara roja de sangre.

Al día siguiente, y a pesar de que el primer ministro Ciampi recomendó a los genoveses que no salieran de sus casas, más de trescientas mil personas salimos a la calle con lazos negros hechos con bolsas de basura. Lanzamos globos, levantamos las manos, gritamos de nuevo asesinos y nos repetimos unos a otros que sigues vivo; pero no es así. La luz y los colores vuelven a unas calles que te rinden homenaje, no sé si el mejor homenaje. De las ventanas cae agua y en el suelo vuelven a crecer las flores; pero ya nada es igual, ya nada lo volverá a ser. Tomamos las calles de nuevo para demostrarles que no tenemos miedo; pero no es cierto, ahora lo tenemos. Y con razón, pues esto aún no se ha acabado, no han tenido suficiente, quieren más. Lo siento; pero tengo que volver a contar lo mismo: gases lacrimógenos, manos arriba, carreras, humo, ruido, la policía avanza, nosotros retrocedemos, algunos se quedan atrás, se caen al suelo y entonces cabezas abiertas, narices rotas, bocas ensangrentadas. No importa el sexo o la edad, para ellos somos todos lo mismo: pedazos de mierda. No se cansan, tienen mucha energía dentro, nos tiran al suelo, nos inmovilizan, nos asfixian con sus porras, nos pegan puñetazos, patadas. Tres contra uno, seis contra uno, mil contra uno.

Ese día los periódicos dijeron: muerte accidental de un anarquista.

Por la noche asaltan la escuela donde dormimos. Nos golpean, con más rabia aún si cabe, nos humillan, rompen nuestras cámaras y nuestros ordenadores, nos detienen a todos, destruyen las pruebas de la infamia. Parece Chile o México; pero es Italia, Europa. El asalto a la escuela Díaz, sede del Foro Social y de las comisiones legal y de medios, se salda con noventa y tres detenidos, noventa y tres heridos, tres de ellos muy graves, uno en coma. Todos los detenidos esa noche sufrimos torturas. Todos. La policía muestra las armas requisadas, las que justifican el asalto: dos cócteles Molotov. La televisión local de Génova muestra cómo son los propios policías los que introducen los cócteles Molotov. Un agente confiesa que le ordenaron trasladar pruebas falsas a la escuela.

Amnistía Internacional definió lo ocurrido en Génova como la más grande y masiva violación de los Derechos Humanos en Europa desde la Segunda Guerra Mundial.

A los pocos días volvimos a nuestras casas, derrotados. Fue nuestra primera derrota, acaso también el principio del fin. Alguien dijo, y tenía razón: Nada volverá a ser como antes.

Hay cosas que duelen: no se condenó a nadie por el asesinato de Carlo Giuliani.

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