Tomarse en serio a Vox

Las izquierdas necesitan construir una propuesta político-cultural con voluntad de hegemonía que dispute a las derechas España como proyecto.

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Manolo Monereo
Manolo Monereo
Es un abogado, politólogo y político español. Ha sido militante del PCE e IU y diputado de Unidas Podemos. Su último libro es "Oligarquía o democracia. España, nuestro futuro" (El Viejo Topo).

Lo mejor es empezar por lo importante: el imaginario político-constitucional y la simbología del sistema está fuertemente hegemonizado por las derechas. ¿Exagero? Creo que no. Frente a esto, la izquierda tiene muy poco que oponer y corre el peligro de perder su centralidad en el país. Quisiera argumentar tres asuntos: primero, cómo empezó esta hegemonía; segundo, el contenido del discurso de las derechas y, tercero, lo que significa Vox en este contexto.

Todo empezó con algo que se olvida hoy, a saber, la reacción de los poderes fácticos que llevaron a la disolución de la UCD, el intento de golpe de Estado del 23F y la refundación del Partido Popular. Aznar lo dejó muy claro: una derecha sin complejos que no admitía ninguna superioridad moral de las izquierdas; es decir, de las fuerzas democráticas que emergían de la clandestinidad. ¿Qué significaba esto? Que el PP no estaba dispuesto a criticar el franquismo, a romper en serio con él y que pasaban a la ofensiva para disputarle a las izquierdas el proyecto de país, en momentos, hay que subrayarlo, en el que este cambiaba sustancialmente. No es casualidad que en los años del “felipismo”, de la integración en el OTAN y en el Mercado Común, de reconversión industrial y social, las derechas levantaran una plataforma cultural que tenía en su centro el debate sobre la historia, sobre nuestra reciente historia. La izquierda, como suele ser habitual en ella, miró con desprecio la operación, se centró en la historia profesional y le dejó todo el campo libre a los Pío Moa, a los Jiménez Losantos y los César Vidal. La paradoja era que la izquierda, en nombre de la reconciliación, hablaba poco y con prudencia de la Guerra Civil mientras los publicistas de la derecha la convertían en tema central de sus preocupaciones e iniciaron un trabajo de masas con un objetivo claro: deslegitimar la Segunda República, justificar el golpe de Estado dirigido por el general Mola y, lo más importante, validar la dictadura de Franco.

El discurso de las derechas se ha ido construyendo sobre las debilidades de la izquierda y el viento conservador que venía de Europa y de EEUU. La Transición es analizada como obra de ingeniería de una clase política franquista dirigida por Juan Carlos I. La oposición democrática aparece como actor necesario y, casi siempre, subalterno. Adolfo Suárez, el hombre más odiado por las derechas de la época, está hoy situado en los altares y su aliado, Santiago Carrillo, en los infiernos de la historia. La operación es curiosa: el Partido Comunista, de actor imprescindible en la Transición, se ha ido convirtiendo por las derechas en un obstáculo para nuestra democracia; como dijo un conocido magistrado, lo anormal es que una democracia seria permita la existencia legal de los comunistas.

“Las derechas han sabido patrimonializar nuestro imaginario constitucional y sus símbolos políticos convirtiéndolos en arma contra Las izquierdas”

Las derechas han sabido patrimonializar nuestro imaginario constitucional y sus símbolos políticos convirtiéndolos en arma contra unas izquierdas que, a su vez, ha ido perdiendo consistencia política y capacidad (contra)hegemónica. La operación es inteligente y tiende a expulsarlas del sistema político, arrinconarlas, situándolas a la defensiva y dejarlas sin iniciativa política. Ellas son la anti España. La Constitución se ha convertido progresivamente en algo suyo; sagrada, inmodificable, intocable y cada vez más apartada de la realidad que tiende a ordenar. El rey, la Casa de los Borbones, son defendidos férreamente y sin concesiones; las lucrativas actividades del Rey emérito negadas o, en todo caso, justificadas. La bandera constitucional se ha ido convirtiendo en un instrumento político y arma arrojadiza contra las izquierdas. El nacional-catolicismo retorna como víctima ante la tremenda agresión a la familia y a los valores tradicionales de la cultura cristiana. El problema con este Papa es evidente y lo sortean con cierta habilidad. Resumiendo: de nuevo las derechas tienen Rey, Patria, Dios y, esta vez, Constitución. España es suya.

Con la llegada de Vox se produce un cambio cualitativo, una ruptura que cambia agenda y sistema. De la derecha sin complejos pasamos a un nacionalismo español explícito con vocación de mayoría, de gobierno y de poder. ¿Cómo ha sido posible esto? Los factores que lo explican son internos, ampliados por los vientos de la época y tienen que ver centralmente con el intento de secesión de Cataluña y la posible ruptura del Estado español. Los actos tienen consecuencias. Se produjo una reacción enorme en Cataluña y en el resto de España. Dicho de otra forma, el paso del autonomismo al independentismo generó una crisis existencial del Estado, una “autonomización” significativa de sus aparatos e instituciones y, sobre todo, la emergencia de un potente nacionalismo español con voluntad de hegemonía en sentido estricto.

La singularidad española tiene que ver con el tipo de derecha que es el PP. El partido refundado por Aznar y el partido Vox tienen la misma tradición, el mismo sustrato ideológico y, en último término, el mismo discurso político. El militante del PP, una parte de sus votantes, sueñan con la jefatura de Abascal, se sienten sentimental y culturalmente parte del mundo de Vox y como, además, empiezan a tener la sensación de que su discurso tiene posibilidades de vencer, la situación de Pablo Casado se hace difícil y sin salidas claras. Ha existido la duda de si Vox pretendía ser un instrumento para cambiar al PP o construirse como alternativa a él. Todo apunta a que hoy Vox se siente con fuerza para convertirse en la derecha mayoritaria, cambiar el mapa político del país y, es mi opinión, de régimen.

Toda sociedad necesita auto representarse, construir imaginarios que validen las instituciones y una simbología que los identifique. Si se analizan con cuidado y con cierta distancia el nacionalismo español y los nacionalismos periféricos que hoy son independentistas, se observarán similitudes, estrategias parecidas, una lucha sin cuartel por la memoria histórica, por la construcción de comunidades imaginadas que justifiquen la ruptura y legitimen la polarización política. No les interesa la historia de los historiadores, sino aquella que se pueda convertir en sentido común de masas, en fundamento de una identidad. Lo más dramático es que la izquierda se encuentra cada vez más al margen de este juego, sin proyecto claro de país, obligada a pactar con las fuerzas nacionalistas para alcanzar su modesto programa económico-social.   

El dilema no es fácil de resolver, pero al menos habrá que hacerlo emerger y convertirlo en problema: o dejamos España como concepto e imaginario a las derechas o la disputamos desde otra propuesta política y cultural. Hay quien piensa que la cuestión puede ser eludida y hay quien defiende, más o menos, que no tiene solución. Otros, más audaces, piensan que es bueno y posible romper en varios pedazos el España, es decir, ir alegremente a la guerra civil o al golpe de Estado. Durante mucho tiempo se pensó que la globalización y la integración europea resolverían los viejos y nuevos problemas territoriales. La construcción de la Europa Unida iría deconstruyendo el Estado nacional y, por caminos contradictorios, terminaríamos en otro que reconocería la singularidad de las distintas nacionalidades históricas. A más Europa menos España.

“O dejamos España como concepto e imaginario a las derechas o la disputamos desde otra propuesta política y cultural”

La dialéctica entre la Unión Europea y los Estados nacionales se está haciendo muy viva en este periodo. Hay muchos falsos debates y demasiadas posiciones cargadas ideológicamente. La lógica operacional de la Comisión y del Tribunal de Justicia de la Unión generan resistencias que hacen fuertes a los soberanistas de derechas y da mucha munición a los populismos conservadores. El objetivo es ya diáfano: una constitución (formal y material) supranacional sin proceso constituyente, es decir, cambiar el régimen político de los Estados eludiendo los gravosos procedimientos democráticos para su reforma. No cabe confundirse, ninguna de estas fuerzas de derecha dura pondrá en cuestión este tipo de integración europea; ninguna pretende realmente volver al Estado nacional. Nada temen más que a la soberanía popular sin la red de la Unión Europea. Es un juego de estrategias, controversias controladas y en el fondo regladas,” tira y afloja” que alinean pedazos de la opinión pública y que ayudan a mantenerse en el poder a supuestos patriotas nacionalistas. La razón última parece también clara: están de acuerdo con este concreto y preciso tipo de integración neoliberal que es la Unión Europea; con el proyecto político-militar que la cohesiona, la OTAN; y, y esto es decisivo, con la alianza geoestratégica que la une subalternamente a los EEUU. Todo lo demás puede ser importante, discutible y hasta conflictual, pero secundario, muy secundario.

El impulso de los tiempos no va por estos caminos, creo. Los Estados nacionales no se están diluyendo en parte alguna; más bien está emergiendo un nuevo tipo de Estado más intervencionista, con mayores responsabilidades sociales y, sobre todo, económicas. Vox es en esto ejemplar único. Como neo-franquistas confunden la soberanía nacional con su negociación con los que mandan en Europa y en el mundo. Aceptarán, como siempre, lo que decidan las grandes potencias. No cuestionarán en serio la pertenencia a la OTAN, ni la existencia de bases militares en el suelo patrio, ni mucho menos las reglas básicas de la Unión Europea. Protestarán, se enfadarán muchísimo y clamarán al cielo; al final harán lo que les exijan los que mandan y no se presentan a las elecciones. Menos soberanía a cambio de más poder para las viejas y nuevas élites. Nunca discutirán las orientaciones de la oligarquía financiera-corporativa, son más neoliberales que el PP.  Se conforman, como Ayuso, con ser los gestores leales de los fondos de inversión, de los fondos buitres, de las grandes transnacionales; eso sí, en nombre de la sacrosanta independencia nacional. Su única condición: nosotros mandamos, nosotros decidimos. La soberanía del pueblo español nada vale; somos nosotros los que garantizamos vuestros intereses. España de nuevo en venta.

La izquierda española vive al día y carece de un proyecto solvente que genere compromiso y movilización. Confunde consignas con programa, frases, más o menos altisonantes, con ideario Hay quien defiende la necesidad de ir a las cosas y centrarse en resolver los problemas vitales de las personas, lo que me parece bien. Mi acuerdo se agota cuando se dice o se insinúa que el ideario, el programa y la estrategia carecen de importancia, o algo peor, son un obstáculo para la unidad de las izquierdas. El programa sería, por lo tanto, algo técnico y las propuestas, medidas surgidas de un contexto social juicioso. Basta observar lo que cuesta aprobar mejoras tan moderadas, tan poco socialdemócratas en el gobierno de coalición PSOE/Unidas Podemos para saber que el debate político-ideológico está más vivo que nunca y que pronto, muy pronto, veremos la reacción de la UE, cuando Alemania supere su crisis. De inmediato, se habla de un pacto –secreto– con la Comisión para acordar un programa completo de “reformas” a cambio del “maná” de los fondos de recuperación. Veremos ideología de alto voltaje camuflada de reglas supuestamente técnicas, de sesudos burócratas de una UE preocupada, como siempre, por los derechos y el bienestar de la ciudadanía europea.

¿Qué significa tomarse en serio a VOX? Ser capaces de construir una propuesta político-cultural con voluntad de hegemonía que dispute a las derechas España como proyecto e imaginario socialmente vivido. Otra España posible no puede ser pensada como abstracción; está aquí, delante de nosotros. Hay que hacerla emerger, definirla y, sobre todo, organizarla sabiendo que es un proceso a medio y largo plazo y, es bueno decirlo, que no pude confundirse con una simple propuesta electoral. En España un proceso alternativo tiene que ver con tres asuntos que andan sueltos y que es necesario engarzar en torno a una idea fuerte de soberanía popular: República, democracia federal y socialismo.

El debate continuará.

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