Los pobres

El límite de la deflagración social está hoy en una reforma laboral que nos saque de la pobreza.

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Víctor Guillot
Víctor Guillot
Víctor Guillot es periodista y dirige el Centro de Interpretación del Cine en Asturias. Ha trabajado en La Nueva España, Asturias 24, El Pueblo de Albacete y el diario digital migijon. Colabora en la Cadena Ser. Su último libro, junto a Rubén Paniceres, se titula "Ceniza a las cenizas. David Bowie y la revolución visual de la cultura pop" (Ed. Rema y vive).

Voy caminando por senderos de pobreza, con todos los pobres acampados en los jardines de Valencia, mirando al cielo como estatuas góticas, con una mirada blanca, alucinada, sin porvenir. Este lumpen-proletariado que reside bajo los puentes del Turia, ha sido barrido del sistema, y forma parte del paisaje de fondo de la vida palpitante, ruidosa y festiva de la ciudad. Me cuentan que la mirada se ha acostumbrado a ellos como al resto de sus ruinas.

En cualquier caso, esta vida miserable, sórdida y abundante sólo confirma la brecha social que vomita pobres con una crueldad feroz desde que estalló la pandemia, querido y desocupado lector, incrementando una desigualdad que empieza a tener matices de posguerra. De nada sirven los ERTE ni las ayudas de emergencia ni el salario mínimo social, si no cambia la redistribución de la riqueza. El cielo se ha vuelto un infierno, una quemadura que nos devuelve a la realidad, cuando uno se mira en el muñón de un pobre. El sistema, gobierne quien gobierne, sigue vomitando pobres bajo las alamedas, acampados en un jardín o bajo el portal de una delegación de hacienda.

Pobres los hay en todas partes. La pobreza no entiende de banderas, ni de comunidades autónomas. Todos son el mismo pobre, en Valencia, en Madrid, en Gijón o Nueva York. Dicen los informes económicos que hay más pobres, también confirman que hay más ricos, incluso nos alertan de ricos que son más ricos que antes de la pandemia. Hay, pues, quien se ha beneficiado de todo y todos sobemos quiénes son los que se están beneficiando en este momento.

“Los ricos de hoy escuchan a Los Planetas y se van a Benicassin en el puente de los muertos”

Llegados a este punto hay que decir sin ningún temor que los ERTE están pagando los salarios que los empresarios no quieren asumir. Que esta pobreza es el envés de una riqueza exudada por la corrupción, el dinero negro, el beneficio blanco y la vieja idea marxista de la plusvalía. Hay que afirmar también que hay empresarios que se lo están llevando crudo gracias a los ERTE. Hay pues una malversación de este mecanismo que sirvió para atenuar el impacto de la pandemia entre la clase obrera que el sistema ha convertido en un mecanismo que garantiza el beneficio de unos pocos, a través del compromiso social de todos nosotros.

El límite de la deflagración social está hoy en una reforma laboral que nos saque de la pobreza. Ese límite está en la irrupción de los pobres que tienen, ya digo, ese aire cosmopolita, universal, incorporados al friso de oro y mierda de la calle. Esta sociología que no necesita de grandes informes nos indica que España está muy empobrecida. Hay algo de posguerra y de vuelta al país pedigüeño de pobres y ricos, de miserables y desvalidos absolutos, de lágrimas sin sal, como piedra en el rostro, que le congela a uno el gesto y, por mucho que lo intentemos evitar, congela hasta las palabras.

Vivimos en una sociedad de clases cerradas, en un feudocapitalismo de tiendas de campaña bajo el puente y tiendas de Zara en las grandes avenidas, de hogueras bajo los soportales y de festivales para pijos; estamos en una paleoburguesía que nada tiene que ver con el interclasismo de Pedro Sánchez ni el gobierno de coalición y progreso. Cada época tiene sus pobres y sus ricos. Los ricos de hoy escuchan a Los Planetas y se van a Benicassin en el puente de los muertos.  Al otro lado del rio, los pobres escuchan la música como monjes templarios, pobres de aureola y de alpargata. A la vuelta de la pandemia vuelve el pobre a su pobreza en una España de mayorazgos, vacía y fría, incapaz de abrigar con un centón.

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