“No se entiende que Asturias no tenga un museo del movimiento obrero”

El historiador y profesor de la Universidad de Uviéu Rubén Vega, coordina una investigación comparada sobre procesos de desindustrialización en todo el mundo.

Recomendados

Diego Díaz Alonso
Diego Díaz Alonso
Historiador y activista social. Escribió en La Nueva España, Les Noticies, Diagonal y Atlántica XXII. Colabora en El Salto y dirige Nortes.

Rubén Vega García (Xixón, 1961) es profesor de Historia Contemporánea de la Universidad de Oviedo/Uviéu. Sus investigaciones se han centrado especialmente en dos grandes temas: el movimiento obrero posterior a la Guerra Civil y los procesos de desindustrialización, con especial atención al caso asturiano. Sus dos primeros libros estaban precisamente dedicados a la desindustrialización de su ciudad, Xixón, y a la formación en ese contexto de conflictividad laboral y social, de un nuevo sindicato, la Corriente Sindical de Izquierdas, de marcado carácter gijonés. Con posterioridad ha estudiado el caso asturiano y gijonés en relación con procesos similares en todo el mundo. Es, asimismo, especialista en historia oral y ha estado detrás de exposiciones como “Liderazgos femeninos en comunidades mineras” o documentales como “Hay una luz en Asturias”, “Donde habita el olvido” o “Memorias culturales de un pasado industrial”. Coordina el proyecto “Cambio sociocultural. Memoria, patrimonio e identidades en contextos de desindustrialización” que se encuentra dentro de un Plan Nacional de I+D, y en cuyo blog Memorias Culturales de la Industria Asturiana colabora el equipo de Nortes. Vega no es un economista ni un geógrafo, le interesan sobre todo la memoria y los imaginarios de los habitantes que vivieron pasados industriales, y como estos pesan sobre el presente de estas comunidades y sobre las nuevas generaciones.

¿Qué rasgos tienen en común los territorios enfrentados a procesos de desindustrialización?

No se si comparten mucho… No es un cambio sencillo y probablemente sea un proceso traumático en todas partes. Con una sensación de pérdida que sí es común a todos los teritorios en los que la minería y la industria ha desaparecido o ha pasado a ocupar un lugar más secundario. Quizá no se añora tanto aquella vida porque fuera buena, como porque era de algún modo más sólida. Ofrecía proyectos de vida predecidibles, y lo que ha venido después ha sido una vida líquida, cuando no gaseosa.

¿Eso no es algo común a todo el mundo capitalista occidental?

Quizá en los territorios con mucha densidad industrial y obrera se percibe mejor cómo el capitalismo desmontó desde los años 70 unas bases que parecían muy sólidas: trabajos, sociabilidad, comunidad, organizaciones obreras y horizontes utópicos…. Lo que cambió radicalmente en todos estos lugares después de la desindustrialización fue la sensación de progreso, la confianza en que el futuro traería siempre vidas mejores.

A pesar de las resistencias, que en algunos lugares son muy fuertes, el movimiento obrero no logra frenar esos procesos

Hay un cambio tecnológico acelerado que permite la deslocalización de la fábrica y su división en muchas partes, que incluso pueden estar ubicadas en continentes diferentes. Se puede producir muy lejos, de manera muy fragmentada, y con una mano de obra mucho menos cualificada. Esos cambios reducen las posibilidades de resistencia y organización de los trabajadores. En todo caso, cuando hablamos de desindustrialización, hablamos de un fenómeno a escala global y que no es solo contemporáneo. Hubo procesos de desindustrialización en el XIX y XX, por ejemplo con cuencas mineras que se agotaban o tejidos industriales locales y regionales que desaparecían. También hay procesos de desindustrialización fuera de Europa y de los EEUU. Por ejemplo en Argentina hay una desindustrialización que arranca con la dictadura militar y que sigue con los gobiernos neoliberales de la democracia. También Brasil pierde la industria naval muy potente que había llegado a tener en los años 80, cuando se convirtió en uno de los grandes productores navales a nivel mundial.

El historiador Rubén Vega. Foto: David Aguilar Sánchez.

¿Existe algún proceso de reindustrialización exitoso?

Reconstruir la prosperidad de los momentos de esplendor de la industria en una ciudad o región es siempre complicado. Aunque los resultados no sean catastróficos y aquello no se convierta en un erial, el recuerdo de los “buenos tiempos” siempre pesa en el imaginario colectivo de un modo traumático. El caso de Pittsburgh comparado con Detroit y con otras localidades de lo que en EEUU se llama el “cínturón del óxido” no sale mal parado. Es aceptable. El caso del Ruhr a menudo se ha idealizado desde Asturias. La fábrica de Opel, que era la gran esperanza, cerró la década pasada y la principal empresa de la región es a día de hoy la Universidad de Bochum, que forma universitarios sobre todo para emigrar a las regiones más prósperas de Alemania. Quizá Euskadi, con industrias más pequeñas, más tecnológicas y más dispersas, muchas de ellas de capital vasco, sea uno de los casos más exitosos a nivel mundial. Que esa reindustrialización se produjera a pesar de un alto grado de conflictividad laboral y social, con terrorismo incluido, revela que hay factores que pesan más a la hora de decidir el futuro económico de un territorio.

Ese peso de la identidad postindustrial parece mucho presente en las zonas que albergaron minas

Se sigue siendo cuenca minera todavía muchos años después de que hayan cerrado las minas. La mina es un elemento identitario de primer orden, relacionado con la peligrosidad del trabajo, y con la identidad colectiva y el orgullo profesional de los que lo desempeñan o han desempeñado. Eso tiene su plasmación en una conservación del patrimonio generalmente mejor que en otras localidades con pasado industrial. También de la memoria colectiva. Es raro que en una cuenca minera no haya memoriales de luchas obreras o de accidentes y muertos en el trabajo.

“Reconstruir la prosperidad de los momentos de esplendor de la industria en una ciudad o región es siempre complicado”

¿Cómo valoras la conservación del patrimonio minero e industrial asturiano?

Con luces y sombras. Partíamos en los 80 de una absoluta falta de sensibilidad en la que se arrasó con todo. A partir de los 90 hubo más conciencia, aunque muy ambivalente. Gijón tiene un saldo desolador. Lo que no fue engullido por la remodelación urbanística de esa década y la siguiente, como el dique de Naval Gijón y la Camocha, se está dejando caer. Avilés asistió impasible en el pasado a demoliciones de patrimonio siderúrgico y da síntomas de convertirse en reincidente. En las cuencas mineras inicialmente hubo rechazo a convertir en museo y atracción turística aquello por lo que se había luchado para que siguiera siendo lugar de trabajo, pero luego es donde más patrimonio y mejor se ha conservado, en parte gracias a la sociedad civil. El Ayuntamiento de Mieres está teniendo ahora una política muy interesante con varias rutas guiadas, y la recuperación del Pozu Espinos y del Santa Bárbara. Oviedo parecía comprometido a salvar la Fábrica de Gas y La Vega, pero con la derrota del tripartito ha retrocedido, y cuando a los políticos no se les ocurre nada que hacer con el patrimonio, los constructores ya tienen una propuesta para esos espacios…

Asturies tiene varios museos mineros, otro de la siderurgia y uno más del ferrocarril… ¿Cómo valoras esa red?

Hay una constante en los museos de la industria en casi todas partes que es la invisibilización del trabajo y de los trabajadores. En general tienden a girar sobre las máquinas y la fascinación tecnológica, pero no aparecen las imágenes y las voces de los trabajadores que estaban allí. Ya no digamos el conflicto. No se entiende por ejemplo que Asturias no tenga un museo del movimiento obrero. Podría ser incluso un atractivo turístico porque el movimiento obrero es un elemento identitario de esta comunidad. Mucha gente relaciona Asturias con la revolución del 34, con las luchas mineras durante el antifranquismo… En EEUU, que no es precisamente el lugar más rojo del mundo, Matewan es un lugar de peregrinaje de personas que van a conocer las luchas sociales que se dieron allí, y que están reflejadas en una película que puso este sitio de Virginia en el mapa. En Asturias se llegó a hablar de un proyecto de museo del movimiento obrero en la mina San Vicente de El Entrego, pero nunca llegó a cristalizar. Ahí el SOMA ejerció durante años un papel de perro del hortelano. Ni hacía nada ni dejaba que otros hicieran, y al final todo quedó en nada.

Actualidad

1 Comentario

  1. Diego Díaz nunca tien problemes en falar de CSI (al que aquí menciona como si el entrevistado no hubiera estudiado bastantes más coses). Eso sí, de la salida de CSI Feminismu (que salió hasta en EC) ante la probable purga por venir y del casu del pederasta coleguilla de Morala (por mucho que trate de negalo), ni mú. Prensa alternativa lo llamen.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here