De las furias a las benévolas; el diálogo imposible

Escuchar las quejas por lo perdido de las Asociaciones de Víctimas del Terrorismo es un deber solidario compatible con ignorar y transformar su personal deseo de venganza en proyecto colectivo de reparación, paz y bien común.

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Guillermo Rendueles
Guillermo Rendueles
Es psiquiatra y escritor. Su último libro es "Las falsas promesas psiquiátricas".

Martha Nussbaum nos recuerda cómo Atenea crea la justicia en la polis por la metamorfosis de las Furias -unas figuras que Esquilo describe como perras que revientan de sangre– en las Eumenides -unas divinidades benévolas y armoniosas- que seguirán vivas en el subsuelo de la ciudad para perseguir al criminal desde los tribunales en un marco impersonal de justicia. El castigo sirve ahora no para vengar el crimen o reparar en fantasía el pasado, sino para disuadir en el futuro de actos criminales en un marco de utilidad y convivencia comunitaria  

Hasta entonces el deber de venganza familiar había envenenado la vida de los héroes atormentándolos y no permitiéndoles ser ellos mismos hasta que no cobraban en sangre las deudas del pasado. Pasado que impedía cualquier biografía -necesitada de un proyecto de futuro- hasta cumplir el deber de venganza. Orestes o Electra estaban incapacitados para la vida por el tormento de esas furias que reducían su tiempo al pasado, su repertorio sentimental a la Ira que les incapacita para cualquier vínculo amoroso y para anticipar un proyecto propio hasta no haber pagado sus deudas con los muertos.

Los tribunales de justicia que la diosa regala a la ciudad, compuestos por ciudadanos libres como jurados que imponen leyes, rompen ese vínculo personal entre los criminales y las familias de sus víctimas. Las diosas de la venganza y la ira quedan enjauladas en la obra de Esquilo substituidas por la comunidad que convierte la justicia en algo humano que tiende al bien común de la polis en un futuro y no intenta el imposible de modificar el pasado para restablecer el cosmos que el crimen alteró. Aceptar el daño producido por el criminal como lo irreparable real y elaborar el duelo que ese drama conlleva es la difícil tarea que persiste hasta hoy.

Por ello combatir la ira como un sentimiento infantil impropio del ciudadano griego o romano fue una tarea en la que la filosofía estoica consiguió éxitos rotundos que desapareció en el cristianismo. Con la moral monástica cumplir la fantasía de una justicia que castigando devuelva el equilibrio cósmico alterado por el crimen persistió hasta nuestros días. Vigilar y castigar -nos recuerda Foucault- es el proceso que determina las formas no solo de nuestras cárceles sino de nuestras escuelas u hospitales. Reaparece así el discurso iracundo-vengativo afirmando que es bueno que el criminal sufra, aunque ese sufrimiento no repare las desgracias del pasado porque ese dolor restablece la justicia en el mundo. La impotencia para frenar el mal parece compensarse así con el castigo a posteriori como si el futuro pudiese dar marcha atrás a la historia.

“Las diosas de la venganza y la ira quedan enjauladas en la obra de Esquilo substituidas por la comunidad que convierte la justicia en algo humano que tiende al bien común de la polis”

Ese intento de la justicia medieval de reequilibrar con la sentencia el orden natural roto por el criminal se hace nítido en los relatos de los tormentos justicieros que tanto gustaban a Foucault. Una criada que ha asesinado a su señora tras la ceremonia de la confesión en una iglesia cercana es conducida con una vela en la mano a un tablado donde el verdugo le corta la mano con la que ha cometido el crimen, y con el mismo cuchillo que ha usado en la agresión recibe un numero de puñaladas similar a las heridas con que mato a su ama y una vez muerta su cuerpo es descuartizado y arrojado a la hoguera. El perdón incondicional que Jesús proclamó en el Sermón de la Montaña queda para el otro mundo.

La incapacidad para un duelo centrado en la aflicción por la pérdida irreparable y fijado al sentimiento de ira que exige venganza sobre la persona y no sobre el acto preside esa identidad de víctima hasta el día de hoy. La fantasía de restauración con imágenes sadomasoquistas preside el dolor de unas biografías que se autodefinen ya por ese papel de víctimas y se asocian en grupos que refuerzan aún más esa pseudoidentidad permanente de comunidad dañada, impidiéndoles elaborar su dolor y continuar sus vidas descentrándolas del pasado.

El camino de la venganza deja por ello a las asociaciones de víctimas del terrorismo otra vez bajo el dominio de las furias y, a diferencia de algunas sentencias de los tribunales islámicos donde los familiares ejecutan al criminal, nos exigen a la comunidad -los policías, los jueces, los periodistas- el deber de memoria que perpetúe la voluntad de ira-venganza-castigo.   Comparto ese deber de memoria para con los muertos sobre el que también nos ilustró Reyes Mate: debemos resaltar su poder, su ejemplo y su triunfo sobre sus asesinos destinados al basurero de la historia. Pero la historia no puede congelarse y quedar parada en ese momento. El camino de venganza funciona en nuestro país como mecanismo de restauración del status de las víctimas del terrorismo. Lo cual es justo, pero no puede eternizarse. Si el terrorista estuvo por encima de la comunidad, su humillación, el devolverle a la impotencia y a la irrelevancia repara la humillación que la comunidad sufrió con los terrores que ETA generó.  Pero resulta que reconocer el sufrimiento causado, establecer la responsabilidad por los daños, cumplir las penas que los tribunales imponen no satisface a las víctimas que exigen continuas reactualizaciones de las condenas. Fijadas al discurso de la ira exigen degradar, avergonzar y humillar eternamente a los agresores que son estigmatizados de por vida logrando con ello su fijación simétrica en otra identidad orgullosa de gudari.

Limitar el proyecto de venganza e iniciar un camino de perdón parece exigir al terrorista una variante de la confesión católica. De nuevo Nussbaum nos recuerda las exigencias de esas políticas públicas basadas en la ira: el terrorista debe reconocerse como agente responsable, repudiar sus acciones y a sí mismo como autor, expresar arrepentimiento ante las personas dañadas y verbalizar que comprende sus exigencias de castigo y ofrece una explicación narrativa de como llegó a ser malvado que dé razón a la versión de las víctimas. La dificultad de ese proceso de autohumillación del agresor salta a la vista y sus resistencias son contestadas con la reactualización de la indignación y el odio de las víctimas: se condena no solo los actos del pasado terrorista sino a toda la persona del agresor.

En el juicio final con el Apocalipsis junto a los sonidos del Dies Irae se abrirá el libro de cada vida y lo oculto aparecerá, con lo que la condenación está casi asegurada a menos que resplandezca la misericordia y el perdón incondicional. Los niños de un año se parecen a Jehová y ya desean el castigo de los ladrones. El deporte juvenil continúa el proceso justiciero y cada adulto afirma su ira como un rasgo noble que le permite detectar las injusticias desde lo íntimo a lo político y castigar a los culpables. La actitud hacia los violadores o la violencia machista del movimiento feminista parece desplazarse en ese sentido exigiendo castigos ejemplares. Que los ricos paguen la crisis es menos una consigna que exige reparto y más un deseo vengativo de que sufran. La ira vengativa contra las máquinas que roban el dinero y no nos devuelven lo comprado ocasiona unos cientos de accidentes graves cada año en Europa.

De nuevo Martha Nussbaum nos propone tres figuras ejemplares de cómo la toma de conciencia basada en la indignación ante lo injusto puede convertirse en Ira Transicional para lograr un futuro de bien común. Gandhi dedicaba algunas horas al día a ejercicios estoicos de dominar cualquier sentimiento que tuviese que ver con la retribución del daño: logró que una gran masa de sus seguidores practicase una resistencia pacífica que derrotó a los agresores. Martin Luther King en su famoso discurso “Tengo un sueño” tras recontar las humillaciones de los negros americanos reafirma un camino de reparación sin revanchas en que los niños blancos y negros viajen en el mismo autobús escolar. Finalmente, Mandela es la figura que mejor enfrenta ese proceso de reconciliación política en la que la verdad de las atrocidades de los racistas no es retribuida con el odio de las víctimas sino por un Estado que reestablece una justicia que abre un futuro compartido. En los tres casos la exigencia de verdad se complementa con la lenidad en el castigo y en impedir que las furias entrasen en la sala del tribunal.

En EEUU la presencia de las familias de las víctimas en los tribunales tiene unos resultados tan desiguales que mejor evitarlas. Mientras las víctimas de un atentado en Carolina atestiguan que ningún castigo de los culpables les va a devolver a su familiar y que por ello basta de muertes, otras muchas familias afirman que la ejecución del asesino puede ayudar a cerrar su duelo e iniciar un tiempo nuevo en sus vidas, imposible si el asesino vive.

“La gestión del mal debe ser un monopolio del Estado de derecho en cuyas decisiones las víctimas no deben inmiscuirse”

Max Weber describe nuestro tiempo como el del politeísmo: cada uno de nosotros elige dios y debe serle fiel, y la realidad muestra que las furias tienen abundantes devotos en nuestros días que viven como un ultraje cualquier posición de clemencia, compasión y lenidad para con el agresor. De ahí que los intentos de abrir ese dialogo entre víctimas y agresores para construir un futuro de paz en España me parezca elogiable e imposible de generalizar. Frente a ese bien intencionado diálogo entre víctimas-victimarios, debemos continuar desarrollando el regalo de Atenea y la gestión del mal debe ser un monopolio del Estado de derecho en cuyas decisiones las víctimas no deben inmiscuirse salvo para exigir todo el reconocimiento, apoyo financiero y afectivo que mejore su futuro. 

Futuro difícil a nivel personal si elaboran su duelo fijados al narcisismo del daño e identificados con un grupo que solo tiene en común ese acontecimiento de la pérdida y el resentimiento. Es absolutamente normal un momento de elaboración de la pérdida basado en la ira y en el deseo de retribuir con el dolor del asesino el drama que revive como pesadilla cada noche. Pero prolongar durante toda la biografía ese relato victimizado y esa identidad de grupo como central les condena a una vida como la de Orestes en la que cualquier placer es considerado una traición a los muertos que reclaman cada día perseverar en el camino del dolor, la ira y la venganza. El tiempo necesario para abandonar el encierro en círculos vengativos es personal y supongo eterno para algunos.

Abrirse a un futuro de reparación colectiva es deseable pero no exigible individualmente a cualquier victimizado. Escuchar las quejas por lo perdido de las Asociaciones de Víctimas del Terrorismo es un deber solidario compatible con ignorar y transformar su personal deseo de venganza en proyecto colectivo de reparación, paz y bien común.

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