“En el psiquiátrico cuando los hombres tienen alucinaciones ven a Dios, a las mujeres se les aparece la Virgen”

La antropóloga Itxaso Martín habló sobre la locura en el Congreso de la Sociedad Asturiana de Filosofía.

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Marina Acero
Marina Acero
Es graduada en Filosofía por la UNED, máster en Antropología Social en el CIESAS de México y doctoranda en Investigaciones Humanísticas en la Universidad de Oviedo.

Itxaso Martín Zapirain (San Sebastián, 1981) es licenciada en Comunicación Audiovisual y Antropología Social y Cultural. Se doctoró en Antropología con una tesis titulada Eromena, azpimemoria era isiltasuna(k) idazten: Hutsune bihurtutako emakumeak garaiko gizartearen eta moralaren ispilu (“Escribiendo la locura, la submemoria y el/los silencio(s): mujeres devenidas vacío como espejo del orden social y moral”) en la Universidad del País Vasco, bajo la dirección de la antropóloga y médica Mari Luz Esteban Galarza. Recibió en 2016 el Premio Micaela Portilla Vitoria a la mejor tesis sobre Estudios Feministas o Investigaciones de Género de la Universidad del País Vasco. Con esta investigación muestra cómo muchas de las mujeres consideradas locas en la época franquista eran aquellas que no se plegaban totalmente a la norma y la moral del momento, razón por la cual terminaban internadas en instituciones mentales.

Itxaso publicó su primera novela, Ni, Vera (2012) (“Yo, Vera”) sobre esta misma cuestión, tomando como punto de partida la historia de su bisabuela, quien desde los cuarenta años y hasta su muerte permaneció ingresada en un psiquiátrico. Participó también en el documental Zauria(k) (2019) (Herida(s)), dirigido por Maier Irigoien, Iker Oiz e Isabel Sáez Pérez, cuya temática es la locura, el padecimiento y el sufrimiento mental abordados desde una perspectiva feminista. Este documental fue proyectado durante el Congreso de la Sociedad Asturiana de Filosofía, celebrado entre el 28 y el 30 de octubre y en el que Itxaso fue invitada a impartir una conferencia plenaria.

La novela sobre el caso de tu bisabuela fue lo que dio paso a la investigación posterior. ¿Qué trascendencia tuvo esto para tu sistema familiar?

La novela, por lo general, es un medio más accesible que la investigación. Después de publicarla uno de sus hijos quiso hablar conmigo poco antes de morir sobre este tema, pero no nos dio tiempo. Algunos familiares lo pasaron muy mal, no sólo por la culpa y el dolor que suponía el no haber preguntado el porqué de aquella situación, sino porque también suponía empezar a ver a las personas con las que habían convivido toda su vida de otra forma. Descubrían, de repente, que eran otras personas. Después del momento crítico del destape del volcán, que implicaba recolocar y releer ciertas memorias, había agradecimiento por haber sacado esto a la luz. Yo también tuve dudas al inicio porque pensaba que qué derecho tenía yo a hablar de aquello si ni sus propios hijos querían. 

Me suena a la dificultad que supone también para muchos de nuestros abuelos y familiares de generaciones pasadas hablar de la Guerra Civil.

Tienen que pasar varias generaciones para poder hablar de ello porque son situaciones que están muy encarnadas todavía. Soko Phay-Vakalis habla de hacer arqueología de un fantasma, en relación a los desaparecidos en Camboya. Las familias son muchas veces los aliados más oscuros del status quo y los generadores de tabúes más grandes. También en la locura hay una sensación de contagio que hace que las familias callen. 

¿Necesitamos el diagnóstico para rebelarnos contra él? ¿Cuál sería la relación entre silencio y palabra en este sentido? 

Silencio y palabra no son excluyentes ni dos cuestiones antagónicas. Lo que hay que analizar son otras vías de comunicación que no necesariamente tienen que ver con la palabra. Hay que abrir mucho más el espectro a la hora de comprender cuáles son nuestras formas de comunicarnos. El silencio también está codificado social y culturalmente. Hay que tener cuidado con las propuestas que hagamos para no seguir reproduciendo este esquema. También es verdad que el silencio puede escapar más a esta tendencia porque está menos explorado o es más antiguo. 

Pasó algo curioso el primer o segundo día de trabajo de campo en el psiquiátrico, donde tenía que informar siempre de lo que estaba haciendo. Los internos estaban desayunando, y como durante el desayuno había cuchillos, me dijeron que entonces tenía que haber vigilantes. Esto es curioso porque los mismos psiquiatras reconocen que es más probable que haya más peligro en la calle que dentro del psiquiátrico. Realmente dentro del psiquiátrico uno tiene más tendencia a la autolesión que a lesionar a otros. Me acuerdo de que estaba allí y de repente vino una persona y me dijo: “¿Tú conoces nuestro idioma?”. Yo le dije: “Pues no lo sé. Creo que no, pero no lo sé”. De repente, empezó a hablar con el compañero de al lado en un idioma totalmente inventado. A mí eso me dio que pensar… No hay que buscar sólo silencio o palabra, sino que hay que buscar otras formas de comunicación. A las personas con tratamiento, además, se les dificulta no sólo el habla, sino también ejecutar las funciones vitales más básicas, y deseos o ilusiones, como puede ser la maternidad, son negados sistemáticamente a las mujeres con diagnóstico, pero no tanto a los hombres. 

Durante tu conferencia plenaria en el Congreso de la SAF comentabas que pudiste revisar hasta 500 historias clínicas en el archivo del psiquiátrico donde hiciste trabajo de campo. ¿Cómo fue la experiencia? 

Cuando estuve en el archivo me di cuenta de que no estaba simplemente utilizando aquellos materiales, sino que ahí había una agencia: el archivo era un agente en sí mismo. El olor de los papeles, las cartas… estaban condicionando mi forma de trabajar. Esta fue una de las cosas que más me sorprendió, nunca pensé que le fuera a dedicar un capítulo de la tesis. 

En tu tesis, sin embargo, no hay ningún capítulo sobre metodología o marco teórico.

Era muy difícil aislar la teoría de la práctica, no tenía mucho sentido dedicarle un capítulo sólo a eso, cuando ambas cuestiones iban apareciendo y dándose en el mismo proceso. El propio marco teórico se estaba creando sobre la marcha, de manera más natural. Me resultaba mucho más forzado tratar de hacer lo contrario. De hecho, estaba tratando un tema que poco tenía que ver con el proceder entendido como más racional. Me preguntaban mucho, también en el documental, qué considero que es la locura para mí. Yo siempre digo que es algo que escapa a cualquier definición. Es imposible de definir, porque de lo contrario ya no sería locura. La locura escapa a toda forma de entendimiento racional, que además está condicionado cultural y socialmente. Pensamos que sólo hay una forma racional de pensar, pero según en qué momento hagas o digas algo, puede ser o no un disparate. Plegar la tesis a un marco teórico, en este sentido, era muy difícil. Aparte debes basarte en algunos autores para armarlo, y en el País Vasco apenas hay estudios sobre este tema. Debía ser una aproximación ecléctica, además, así que necesitaba acceder a muchos ámbitos diferentes, como por ejemplo el del arte, que es en el que más cómoda me he sentido; más que desde la academia pura y dura. 

Es curioso cómo las voces femeninas sobre estos temas siempre quedan “relegadas” a estos ámbitos más artísticos o periféricos, académicamente hablando.

No porque haya una forma de escribir más femenina y otra masculina, no. A la mujer no se la ha socializado en el ámbito académico, por lo que su forma de transmitir ha sido la que han podido representar, por ejemplo, las figuras de Sylvia Plath o Virginia Woolf. Es muy llamativo en este sentido cómo en el psiquiátrico las mujeres escribían cartas, mientras que los hombres escribían reflexiones sin ningún tipo de destinatario aparente. Las mujeres no consideraban que lo que escribían fuera a interesarle a alguien más que no fuera su familia. Pensaban: “¿qué trascendencia va a tener eso?”. Los hombres en el psiquiátrico cuando tienen alucinaciones ven a dios; a ellas, sin embargo, se les aparece la virgen. 

Esa “masculinidad abstracta” que ya anunciaba Hartsock, a la que parece que no le hace falta relacionarse con nada ni con nadie, y se retroalimenta a sí misma casi mágicamente, ¿no?

Y que está relacionada con la objetividad pretendida desde el mundo académico. Se sigue considerando que la subjetividad no es lo suficientemente académica o elevada como para ser considerada relevante…

Muchos de los psiquiatras denunciaron durante el Congreso el peso que suponía tener que encarnar esa pretendida objetividad como garante incluso de cierta eficacia terapéutica.  

Es lo que se ha vendido. Hay que tener en cuenta que mucha gente en el psiquiátrico considera que necesita un diagnóstico, porque eso le hace sentirse mejor. Cuando estás sufriendo eres tan vulnerable que en ese momento te agarras a un clavo ardiendo, y si el que ostenta el poder te está diciendo cómo tienes que sentir e interpretar las cosas… Se da una pérdida de autonomía cuando te dicen qué es lo que te debe hacer feliz y qué no, teniendo en cuenta, además, que el diagnóstico viene dado desde una clasificación de las enfermedades forzada y casi aleatoria, si tenemos en cuenta que esa clasificación se hizo en un determinado momento histórico, cultural, moral… Diagnósticos que permiten, entre otras cosas sorprendentes, distinguir alucinaciones reales de falsas, por ejemplo. 

La conciencia de la opresión que esto puede suponer viene después, si acaso, pero no en el momento en el que estás padeciendo. Por la sociedad en la que vivimos queremos resultados inmediatos, alivio inmediato, y todas las terapias o formas de poder aceptar tu sufrimiento y vivirlo de otra manera te piden tiempo. Aparte de que el sistema sanitario no está preparado en este momento para abordar esto. Y, en este sentido, tampoco deja de haber gente agradecida con el sistema. Esto me da miedo, porque significa que sus vidas, fuera del psiquiátrico, deben ser muy precarias. Por ejemplo, que una mujer prefiera que le induzcan comas insulínicos cada dos días a regresar a su casa no dice nada bueno. Los psiquiatras reconocen que hay muchos casos de mujeres que no deberían estar internadas.

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