El maestro Escohotado

Cuando se muere un sabio como Antonio Escohotado nos queda su obra, pero también una inmensa melancolía

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Xuan Cándano
Xuan Cándano
San Esteban de Bocamar (1959). Periodista. Redactor en RTVE-Asturias. Fundador y exdirector de Atlántica XXII. Es autor de "El Pacto de Santoña" (Madrid, 2006)

Conocí a Antonio Escohotado en una conferencia, organizada por Tribuna Ciudadana, que dio en 1993 en el Club de Prensa de La Nueva España, titulada “El caos como regeneración política”. De aquella la corrupción institucional, el secuestro de la democracia por la partitocracia y la lacra de la profesionalización de la política, tan vinculadas, no estaban en el debate público y solo contadas voces aisladas empezaban a alertar contra un veneno que ha acabado por pudrir la vida pública. Una de “las Cananas de Pancho Villa”, avalada por cientos de firmas, se había dedicado a proponer algunas medidas para la regeneración política y a aquella conferencia acudimos los promotores de esa heterodoxa colección literaria, que aún pervive, y el autor del texto, que era quien esto firma. En una foto que publicó el periódico ovetense ahí se nos ve en primera fila a Braulio García Noriega, Javier Berros, Juanjo Barral y a mí. Ya conocíamos a Escohotado por su monumental “Historia general de las drogas” y compartíamos con el filósofo el antiprohibicionismo, pero de la conferencia salimos convertidos en sus discípulos.

Escohotado ya había dejado atrás sus trabajos sobre las drogas, bien plasmados en aquel libro ya legendario escrito en la cárcel, donde penaba por tráfico de estupefacientes, y volcaba su pensamiento y su activismo intelectual en la regeneración partiendo de una premisa: era preciso acabar con la profesionalización de la política, un cáncer que empezaba a corroer las entrañas de la democracia. El maestro nos cautivó con su sabiduría, con esa hermosa voz grave tan sugerente y con su radicalidad democrática. Su referente político era Suiza, donde los políticos no hacían de su tarea de representación una profesión y donde la gente apenas los conocía ni reparaba en ellos. Estaba muy interesado y cercano a los postulados del Partido Radical Italiano, muy activo en aquellos años.

Al acabar el acto nos dirigimos a él proponiéndole dar al día siguiente una conferencia en “Paraíso”, una sala de agitación cultural ubicada en la calle ovetense del mismo nombre, fundada por artistas asturianos y amigos cercanos. Aceptó encantado. Aquella otra intervención suya resultó inolvidable, con el maestro disertando y decenas de discípulos escuchándolo sentados en el suelo extasiados, en algunos casos de forma literal, sin duda. Aquello parecía una representación de Kerouac o Ginsberg o Burrougs en el Berkeley de los 60, no en vano estábamos ante uno de los padres de la contracultura española. Hubo quien llegó del campo con marihuana recién recogida de su plantación a modo de regalo al conferenciante.

Antonio Escohotado en el Club de Prensa Asturiana

Entonces inicié con Escohotado una sincera amistad con numerosos encuentros, siempre en Asturias. Una noche, en “La Santa Sebe”, propusimos a Miguel Munárriz hacer unas jornadas con propuestas concretas para cambiar al mundo, ya que nunca pasábamos de hacerlo en las barras de los bares, como aquel tan de vanguardia y de moda entonces. Munárriz nos hizo caso, incluso con los invitados sugeridos y entre ellos estaba Antonio Escohotado. En aquel viaje a Oviedo hizo buenas migas con José Saramago y tuvo una disputa dialéctica con Gustavo Bueno, con quien no compartía puntos de vista, ni políticos ni filosóficos. Lo que menos le gustaba del creador del “cierre categorial” era su falta de sentido del humor, al menos la que demostraba cuando discutía con él. Los otros dos pensadores que aportaron diez ideas para cambiar el mundo, por invitación de la Fundación Municipal de la Cultura, fueron Gabriel Albiac y Luis Racionero.

Por aquellos días, mientras paseábamos por la calle Fruela, Escohotado, que siempre rendía culto a la amistad, vio la fachada del Banco Herrero y quiso pasar a saludar a Ignacio Herrero, entonces su presidente, y compañero suyo en un internado en Madrid en los años del bachillerato. Pasamos al banco, logramos llegar hasta la secretaria de Herrero, no sin cierto estupor del personal ante la presencia de aquellos dos desenfadados personajes en la solemnidad de aquel templo del dinero. Nos hicieron esperar media hora inútilmente, porque Ignacio Herrero no lo quiso recibir. Él se lo perdió.

Escohotado era un tipo divertido y un excelente narrador. Le ayudaba aquella voz que yo conocía desde niño, porque era la que leía textos literarios cuando se acababa la programación de TVE, entonces la única televisión con un solo canal. Él era un chaval y locutaba por ser el hijo de Román Escohotado, el primer director de TVE. Antonio contaba que cuando se puso en marcha TVE su padre hizo una entrevista a Francisco Franco que nunca se emitió porque no le gustó al dictador. Por el cargo que durante unos años tuvo Román Escohotado en Brasil, como agregado de la embajada española, Antonio se había criado en ese país, lo que siempre agradeció porque allí se respiraba una libertad, social, política y sexual, que contrastaba con la España franquista. Cuando regresó, a Antonio aquel clima pacato que generaba el nacional-catolicismo le parecía asfixiante. Acabaría siendo uno de los hijos rebeldes de la burguesía franquista, como su amigo Fernando Sánchez Dragó, otro pionero de la contracultura en España.

Un verano lo invité a participar en un debate sobre la legalización de las drogas en el Aula de Extensión Universitaria “Severo Ochoa” que habíamos montado en Puerto de Vega Adolfo Rodríguez Asensio y yo. Su intervención fue deslumbrante, como la forma física que exhibía por las noches, donde su presencia destacaba tanto como en los actos públicos. Jose, el dueño de “El Chicote”, la tasca marinera del puerto, lo sorprendió con asombro haciendo unas planchas en el suelo, junto a la muralla defensiva medieval, mientras departía tranquilamente con sus acompañantes, entre los que estaba el psiquiatra Enrique González Duro, que también había participado en la mesa redonda. Entonces ya era un señor mayor que presumía de partir a diario la leña para la chimenea en su casa de la sierra madrileña.

Poco después Antonio Escohotado, tras uno de esos accidentados episodios sentimentales tan habituales en su vida, se fue a Tailandia, donde permanecería unos años. De allí volvió convencido de las bondades del capitalismo, al que empezó a ver y presentar en sus libros como un antídoto contra el totalitarismo. Nunca me convenció ese giro, pero no por ello dejé de prestarle atención y de hacierme preguntas con el maestro, porque la duda es inteligencia y Escohotado un pensador brillante y un divulgador extraordinario. También un ciudadano ejemplar y una persona de una dignidad poco habitual, como demuestran sus últimos días en paz consigo mismo y el mundo en una cabaña de Ibiza, la isla que nos irradió una fascinación también compartida.

Mientras escribo estas líneas, que llegan a su fin, como la rica vida de Antonio Escohotado, me llega un correo electrónico de Fernando Lorenzo (Fernando el del Paragües), otro de los seguidores del autor de “Rameras y esposas” en Asturias, que no me resisto a compartir: Cuando se muere un sabio, nos queda su obra. Después de tantear entre palos de ciego obsesionado por la verdad, siempre resbaladiza, logró plasmar magistralmente el contenido real en sus arduas investigaciones: el peligro de los totalitarismos en beneficio de las libertades.

Cierto, Fernando. Cuando se muere un sabio como Escohotado nos queda su obra, pero también una inmensa melancolía.

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