Albert Pla, el difícil arte de estar muerto

El "cantautor" catalán llega el sábado al Centro Cultural de Mieres con una gavilla de canciones reunidas bajo la rúbrica "¿Os acordáis?"

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Víctor Guillot
Víctor Guillot
Víctor Guillot es periodista y dirige el Centro de Interpretación del Cine en Asturias. Ha trabajado en La Nueva España, Asturias 24, El Pueblo de Albacete y el diario digital migijon. Colabora en la Cadena Ser. Su último libro, junto a Rubén Paniceres, se titula "Ceniza a las cenizas. David Bowie y la revolución visual de la cultura pop" (Ed. Rema y vive).

Llegaba como un puñal al corazón con aquel hilo de voz débil y susurrante cuando cantaba “Sufre como yo”. Fue en una peli de Almodovar, “Carne Trémula”, y desde entonces, Albert Pla es una brújula rota por la que uno se ha dejado guiar en el territorio volcánico de los sentimientos. Siempre que he sentido que el amor era una cárcel con barrotes de oro, siempre que he escapado de ella y sentía que todo se me había ido al carajo, era Albert Pla quien abría la cerradura. El amor es así de cabrón. Sus canciones situadas en la marginalidad agreste de la vida, sin embargo, las he hecho propias aunque no dijeran nada de mi, aunque no me pertenecieran. Pero este trovador que escribe versos como si fabricara cócteles molotov, tiene algo de algo confortable, tan honesto y visceral, que es incapaz de escamotearte un ápice de sufrimiento. La ternura se abraza a la crueldad, dejándonos desnudos a merced de la ironía. 

Su escenario es una cueva donde yace nuestra locura.  El próximo sábado, el “cantautor” catalán llega al Centro Cultural de Mieres con una gavilla de canciones reunidas bajo la rúbrica  “¿Os acordáis?”, una composición tan larga como el tiempo que duró el confinamiento. Albert Pla reflexiona con ironía sobre el impacto que ha tenido la pandemia a nivel mundial, entre canción y canción, fiel a la la silueta de un duende incómodo y casquivano y la sombra de un poeta feroz y solitario. Pla es un alucinado, como Leopoldo Panero, que ha convertido los teatros en frenópaticos,  masturbándose ante la nada y haciendo semen de su ruina. Porque Pla es un niño viejo y punk, un trovador ajeno a corrientes, estilos, voluntades, con el talento para hacerlas todas solubles en sus temas. Versionea a Lou Reed con la facilidad que compone una rumba o se deja llevar por el rock más carabanchelero en el País Vasco, Cataluña o Madrid. Su Pepe Botika es una suerte de Pedro Navaja de las cárceles de España. Con Raul Refree le puso palabra y voz al miedo.

Albert Pla durante uno de sus conciertos.

La calidad de sus canciones está a la altura de Kiko Veneno. Veneno es al sur lo que Albert Pla al norte, dos rarezas musicales, híbridas de cualquier género, entre la ternura y la provocación, la rebeldía y la sonrisa, la ocurrencia y la genialidad. Sin embargo, la mayor diferencia entre uno y otro no es geográfica, sino sentimental. Veneno compone siempre a una temperatura controlada y  Pla no conoce límites cuando escribe.

Pla es un diablo salvaje. Pla canta como si ya estuviera muerto.  Lo suyo es una fábrica lenta y discreta de canciones que  interpreta en los teatros antes de que se los cierren, como sucedió en 2013 en el  Jovellanos. La cultura mesetaria de derechas nunca ha sido capaz de resignificarlo más allá de un antiespañolismo que siempre se ha quedado en la provocación, el juego, la burla y la decidida voluntad de desnudar al rey, como hace todo buen bufón. Pla es la medida para saber hasta dónde llega la intransigencia y el sectarismo de los otros. No busca la tolerancia en el espectador, solo que admitamos que pensar conlleva siempre algún riesgo. Porque Albert Pla es sólo el reverso de un sistema, de cualquiera de ellos. Su anarquismo no comprende reglas ni disciplinas cuando se trata de cantar o llorar. Su mirada nunca es complaciente, tan solo la de un etarra de jubón blanco sobre las tables, un diablo feliz que nos destroza y nos emociona. No se lo pierdan.

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