Un adiós difícil a Verónica Forqué y a Georgina Herrera

En apenas 24 horas, y con la muerte de Almudena Grande aún reciente, nos llegó la noticia de la muerte de la actriz española y de la poeta cubana

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Paquita Suárez Coalla
Paquita Suárez Coalla
Escritora en asturiano y en castellano, traductora y profesora en el Borough of Manhattan Community College, de la Universidad de la Ciudad de Nueva York.

En menos de 24 horas, y con el recuerdo de la muerte de Almudena Grandes aún fresco, nos llegó la amarga noticia del fallecimiento de dos personas tan queridas como admiradas: la actriz española Verónica Forqué y la poeta cubana Georgina Herrera. Pensé mucho en las desdichadas circunstancias de la muerte de Verónica cuando aún no sabía nada de la de Georgina, leí todo cuanto se publicó en los diarios acerca de su suicidio y caí, cómo no, en los mismos tópicos y lugares comunes que acompañan la reflexión sobre un tema del que preferiríamos no tener que hablar. Es cierto que mucha gente parece feliz sin que lo sea, o que aparenta fortaleza donde no existe, y los momentos de dicha que alguien como Verónica Forqué nos haya hecho vivir a muchas y muchos de nosotros es posible que no siempre estuvieran relacionados con el bienestar emocional de esa misma persona que nos hizo felices. Me molesta repetir esta verdad de perogrullo, porque estoy convencida al mismo tiempo de que también Verónica Forqué tuvo que haberse sentido dichosa cuando lo parecía y porque lo que habría que entender, y admitir, es que los sentimientos no son lineales y que las puertas del abismo pueden abrirse para cualquiera de nosotros, y sin aviso alguno, en cualquier momento. Ignoro si cuantos rodeaban a Verónica Forqué pudieron haber vislumbrado el final de la actriz y, aunque en realidad esto ya no importe demasiado, cuesta ignorar la pregunta y eludir la necesidad de hacer el análisis retrospectivo de un texto, seguramente ilegible, que dé un cierto sentido y una mínima coherencia a lo que ahora nos resistimos a aceptar.

Llegados a este punto nos encontramos con pocas respuestas para tanto interrogante, pero hay una línea que, yo creo, sigue siendo válida. Si lo que se hubiera perdido hubiera sido un brazo o una pierna y no la razón, excusándome de nuevo por caer en otro lugar común, nos enfrentaríamos a un relato doloroso, traumático incluso, pero infinitamente menos incómodo que este que nos obliga a descifrar el código de enfermedades que la sociedad apenas reconoce, y que nos impide ayudar a cuantos las sufren y a sentir alivio cuando las padecemos. Sin palabras exactas que nos orienten, con un miedo atroz a pronunciarlas cuando las tenemos, y sin saber qué hacer con ellas cuando las reconocemos y las usamos, se hace casi imposible navegar por las rutas imprevisibles a las que ese dolor que aflora, a veces sin raíces, nos puede conducir. La especulación acerca de las dolencias emocionales llega por lo general en pasado, y no estoy segura de que sirva de mucho a aquellos a los que se les ha quebrado alguna de las fibras del corazón y les ha hecho sentir que la vida es, literalmente, invivible, sobre todo en una sociedad que espera de todos nosotros felicidad a demanda, que nos quiere sonriendo siempre y que solo está satisfecha cuando proyectamos ‘energías positivas’ que no entorpezcan el guion de bienestar que esta cultura del confort y de la abundancia nos exige.

Verónica Forqué. Foto: RTVE

Mucho era, en realidad, lo que Verónica Forqué sonreía. De hecho, su recuerdo viene dibujado con la sonrisa amplia y generosa de esa mujer que si algo transmitía era serenidad y calma, una serenidad y una calma que, ahora, no sé bien si ella sentiría. Quisiera pensar que sí —y ya me repito— porque esto no es incompatible con el arañazo profundo que tuvo que haber experimentado cuando los débiles hilos a los que trataría de aferrarse para seguir adelante no resistieron y se vinieron, con ella y su paz, completamente abajo. Caerse de la cuerda floja en la que vivimos la vida no es difícil y puedo entender que la suma de esfuerzos inútiles que ella habrá hecho para no derrumbarse no fue suficiente para salvarla. Los que escribimos desde afuera, los que leemos su biografía pública tratando de sacar conclusiones apuradas sobre algo tan perturbador, aunque comprensible, como un suicidio, poco sabemos de las circunstancias reales que la llevaron a cruzar esa línea que cualquiera de nosotros, y sigo repitiéndome, podría llegar a cruzar, pero reconozco que no me deja indiferente la angustia que tuvo que haberle producido a esta mujer el haber perdido en poco tiempo a las personas que, me imagino, habrían constituido para ella su principal arquitectura afectiva: su esposo, del que se divorció después de 34 años de casados, su madre y su hermano. Poco importa que el divorcio fuera una elección personal, que su madre tuviera casi cien años y que la muerte prematura de su hermano no la podamos ver como una tragedia mayor si pensamos que le quedaba una hija a la que poder abrazar y abrazarse.

En la entrevista que Pablo Iglesias le había hecho a Verónica Forqué en el programa de La Tuerka en el 2015, hablando de la política española de aquellos años, Verónica insistía en que las crisis eran buenas, y que de cualquiera de ellas siempre salía algo bueno. Me imagino que era la opinión de quien se había enfrentado en más de una ocasión a situaciones similares en el día a día de su existencia íntima, y que hablaba desde la experiencia de quien había logrado salir adelante, y seguramente reforzada, de esos periodos de turbulencia personal. Es fácil pensar que las fuerzas le fallaron para superar su crisis final, es más fácil aún lamentar su enorme pérdida, pero supongo que nadie tiene derecho a exigirle a nadie que siga vivo cuando la vida se le ha vuelto insoportable. A fin de cuentas, Verónica forma parte de ese grupo de personas que ya nos han dado bastante y es de justicia, creo, desearle que haya encontrado la paz que no debió hallar a última hora en este mundo y confiar en que también de esta crisis, quién lo sabe, haya salido con más fuerzas.

En esta otra orilla del Atlántico, y el mismo 13 de diciembre del 2021, moría en la antigua clínica Covadonga de La Habana, víctima del covid, la poeta cubana Georgina Herrera. Nacida en el municipio de Jovellanos, en la provincia de Matanzas, Georgina había cumplido 85 años el día 23 de abril, y llevaba más de tres semanas hospitalizada con bronconeumonía y un pronóstico muy poco prometedor. Nuestra amiga común, la escritora Sonia Rivera Valdés, me había estado manteniendo al tanto de las últimas noticias sobre su salud, agarrándose, con una mezcla de temor y de esperanza, al deseo profundo de que esta poeta grande mejorara y pudiera seguir muchísimos más años entre nosotros. Pero Georgina, quien a principios de la pandemia habló del miedo que esta nueva enfermedad rabiosa le había producido, no sobrevivió físicamente a los efectos de un virus que destruyó con furia un cuerpo ya maltratado. El miedo de esta mujer que había padecido, como ella misma declara en uno de sus más bellos poemas, de amor irremediable hacia la vida, parecía estar ahora sobradamente justificado. “En estos días —escribía Georgina en abril del 2020 en negracubanateniaqueser.com— la muerte anda disfrazada con el nombre de una novedosa enfermedad. Y lo confieso, tengo miedo, miedo a que se tome un descanso en mi puerta, que está llena de cuantiosas señales que la harán sentirse como llegando a su propia casa: asma, polioerutis, cardiopatía, hipertensión”.  

Considerada por Roberto Zurbano “la poeta cubana más sencilla del último siglo, la más paciente y emotiva, quizás la más consciente de la simultaneidad del sufrimiento y la alegría…”, Georgina se preocupó, según sus propias palabras, por escribir sobre aquellos temas que tuvieran significado para la humanidad. Y fue así como habló desde lo más profundo de su sensibilidad poética sobre la mujer, sobre la mujer negra, sobre los desamparados y sobre el amor, puesta siempre la mirada en ese continente africano del que desterraron a sus ancestros recientes y del que nunca puso en duda que formaba parte. “Cuando yo te mencione / o siempre que seas nombrada en mi presencia / será para elogiarte”, dice de África en el poema que lleva el mismo título.

Tuve la grandísima suerte de conocer a Georgina Herrera en Nueva York en la primavera de 1997, cuando Sonia la invitó a participar en uno de los encuentros de Escritoras del Caribe Hispano que organizaba en el Center for Puerto Rican Studies de Hunter College, junto a la profesora dominicana Daisy Cocco de Filippis. Volvería a verla en alguno de sus posteriores viajes a la ciudad, para los que ahora no tengo fecha, y me sentiría progresivamente cercana a esta mujer de la que Sonia me hablaba todo el tiempo, y a la que ella quería mucho y admiraba más. Cuando al fin fui a Cuba por primera vez en abril del 2018, para participar en un homenaje que se le hacía a Sonia Rivera Valdés en la Casa del Alba Cultural, con motivo de los veinte años de la publicación de Las historias prohibidas de Marta Veneranda, nos reunimos unos días antes en el apartamento que Sonia tiene en la calle Línea para celebrar el cumpleaños de Georgina. Partimos el pastel y tomamos ron, y cuando llegó la hora de irse y Mario, el hijo de Sonia, le pidió un taxi para que volviera a casa, Georgina empezó a protestar. No quería volver en taxi, y al día siguiente, lo más temprano que pudo, llamó a Sonia para decir lo mucho que se había divertido la noche anterior y para amenazarla a ella y a Mario con no volver por su apartamento si no la dejaban regresar a su casa en guagua.

En octubre del 2019, cuando la vida como la conocíamos hasta entonces estaba a punto de paralizarse, estuvimos de nuevo con Georgina en un restaurante de la Habana Vieja. Éramos un grupo grande y recuerdo la presencia discretamente majestuosa de Georgina sentada frente a Sonia. Las recuerdo a las dos comer casi en silencio, supongo que por el cansancio de un día de actividades muy largo y por el ruido de fondo del restaurante, pero en algún momento de la noche Georgina alzó ligeramente la voz, se volvió hacia mí y me habló de un novio asturiano que había tenido y del que, al parecer, llevaba un tiempo acordándose de manera insistente. Cerca de nosotras estaba también la periodista María del Carmen Mestas, cuyo abuelo había llegado a Cuba desde Arenas de Cabrales y, como ocurre siempre que se encuentra un asturiano con alguien de Cuba, se acabó desviando la conversación hacia las historias de esos emigrantes que salieron en su día de las orillas ásperas del Cantábrico y se anclaron en las costas dulces del Caribe. María del Carmen Mestas y yo nos entusiasmamos haciendo planes para mis próximos viajes a la Isla, y yo le prometí a Georgina llevarle más copias de la antología Estos ojos de mirarlo todo, antología poética de Georgina Herrera, que Aida Falcón había editado y publicado hacía poco en la editorial Libros de la Libélula Nómada. Como tantas otras en estos dos últimos años, también esta historia quedó incompleta o hubo que ponerle fin de una manera que nadie esperaba. La muerte de Georgina, cuya noticia me llegó con los trazos duros de unas palabras cargadas de dolor en un email de Sonia, desbarató la posibilidad de todos los proyectos con los que seguíamos soñando.

Nunca se está listo para recibir estas noticias aunque las hayamos anticipado, y por eso escribo lo que escribo desde el extrañamiento más grande de la muerte de Georgina Herrera. Lo pienso, sigo pensándolo con obstinación, y aún no puedo creer que mientras la luz de esta tarde de diciembre va cediendo a la oscuridad, estas dos mujeres que tanto admiré estén muertas. Por eso mismo, ante la incapacidad casi absoluta para organizar las emociones y aclarar sin torpeza lo que siento, solo me queda agradecer que una y la otra, Verónica y Georgina, caprichosamente unidas en mi memoria por el azar de la muerte, hayan existido y hayan dejado en mi memoria el buen recuerdo de la buena gente.

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