La Atención Primaria en la encrucijada. ¿Se está desnaturalizando la relación clínica?

Los discursos ensalzadores necesitan traducirse en una política decidida con una apuesta real, transformadora, valiente y pragmática.

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Edurne Mezquita
Edurne Mezquita
Es enfermera, especialista en efermería familiar y comunitaria.

En las siguientes líneas trataré de exponer una reflexión personal sobre una problemática (más) que afecta a la maltrecha sanidad pública, a raíz de una experiencia vivida como enfermera de un centro de salud de un pueblo de Asturias.

Hace unas semanas un paciente me regaló una caja de bombones. Refiriéndose al equipo del centro de salud, me dijo que desde hacía un tiempo nos veía sobrepasados y quería tener un detalle con nosotros. Lamentó haber tenido que recurrir a mí para que valorase una herida fruto de una intervención. Sabía que el servicio estaba saturado, pero no le había quedado otro remedio, pues la herida no acababa de cicatrizar y tenía miedo de que estuviera infectada.

Centro de Salud de La Corredoria. Foto: Iván G. Fernández.

Su reacción me pilló por sorpresa, no porque la impresión no fuera acertada, sino por el hecho de que quien había venido para recibir atención, la había prestado. En cierta manera, por un momento, se habían invertido los papeles: para mí eso es cuidar. Me pregunté cómo se nos verá desde el otro lado de la mesa… Y también si ese clima, el sentimiento de compasión por unos profesionales que están cansados o que no dan abasto, es adecuado y justo para quien necesita atención. ¿Es razonable “pedir” a quien consideras que no está en posición de poder “dar”? ¿Hay suficiente espacio y libertad para pedir ayuda, hablar… construir?

He de admitir que no han sido pocas las veces que me he sentido impotente y frustrada (más en estos últimos meses) al comprobar que mi desempeño como enfermera distaba de cómo me gustaría trabajar o, mejor dicho, al no poder corresponder a mi sentido del compromiso ético y profesional con una práctica acorde a esta. La causa no es falta de formación y tampoco de voluntad, sino de capacidad: el esfuerzo y el tiempo son finitos y cuando la necesidad de la población excede nuestra capacidad de respuesta, inevitablemente surgen vacíos en la atención y su calidad merma. La diferencia, en esta ocasión, era que esta incapacidad había sido notoria y, además, manifiesta.

No es lo mismo la compasión que la gratitud: la primera parte de la percepción del otro en una situación mala o, al menos, de una imagen deteriorada, con la consiguiente desacreditación en el contexto profesional, mientras que la segunda no. Tampoco cabe confundirlo con la responsabilidad: una cosa es utilizar los recursos de forma sensata y responsable, y otra sentirse cohibido o, en cierta manera, deslegitimado para plantear una demanda o solicitar atención. Son unas diferencias que pudieran parecer sutiles sobre el papel que, sin embargo, dan lugar a un problema serio cuando se trasladan a la realidad: si entendemos que la relación clínica, la que se da entre profesionales y pacientes, es una relación de ayuda, la inversión de esta o el desplazamiento del centro de atención, la desnaturaliza, y de perpetuarse, podría desembocar en la indefensión de quien necesita una atención que no recibe. La demanda que se desplaza y queda fuera del sistema no desaparece y conlleva una pérdida, mayoritariamente en términos de salud.

“No es casualidad que el principal reclamo de la Atención Primaria se haya centrado en dotar al sistema de una mayor humanización”

Si bien esta indefensión no sería algo novedoso, porque ya existía previamente, motivada, eso sí, por cuestiones más generales o estructurales del sistema, como las listas de espera o las limitaciones en la financiación de algunos tratamientos, sí lo sería el hecho de que en último término afectase a los niveles más concretos e íntimos, a la base de toda atención. Si afirmásemos que el recurso humano es el más valioso del sistema sanitario y la relación clínica, el instrumento por excelencia y la base de todo cuidado o protección a la salud, probablemente no nos estaríamos equivocando. No es casualidad que el principal reclamo en el ámbito de la Atención Primaria se haya centrado sobre aspectos que tratan de dotar al sistema de una mayor humanización, como es el caso de la presencialidad en las consultas, en la continuidad de los profesionales en el mismo puesto de trabajo como garantía de una atención longitudinal y cercana, y en una atención administrativa sin automatismos ni aparatos que hablen y ofrezcan fechas y horas.  

Sin embargo, las deficiencias del sistema van calando cada vez más hondo sin que haya propuestas de transformación para un modelo que hace aguas, a la vez que se acentúa la insatisfacción y la falta confianza en él. Muestra de ello es el preocupante incremento de la contratación de seguros privados o la tendencia a destinar cada vez un mayor peso en los presupuestos a los conciertos con la sanidad privada como solución a la congestión de la red pública.

Termino resaltando una oportunidad: la sanidad pública en general y la red de Atención Primaria en particular cuentan con un esqueleto y una estructura amplias y a profesionales formados y dispuestos. Los discursos ensalzadores necesitan traducirse en una política decidida con una apuesta real, transformadora, valiente y pragmática, que pase por una dotación de recursos y financiación suficientes y la reorganización del servicio de una forma sensata y racional, de forma que se adecúe y pueda dar respuesta a las necesidades sociales.

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