Comulgar con ruedas de molino: la nueva reforma laboral

El texto definitivo de la nueva reforma laboral, por mucho que trate de maquillarse, no puede ser más decepcionante.

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Héctor González
Héctor González
Es historiador, sindicalista y anarquista.

Tras una semana de filtraciones y literatura por fin tenemos el texto definitivo de la nueva reforma laboral (al menos hasta el próximo trámite parlamentario) y su contenido, por mucho que trate de maquillarse, no puede ser más decepcionante.

Cierto es que la nueva legislación contiene algunos avances o, mejor dicho, recupera ciertos derechos perdidos en la década previa en materias como la ultraactividad de los convenios y maquilla ciertos problemas en los periodos de prueba o la temporalidad. También hay que hacer constar que esta reforma se enmarca en un contexto de tímidos avances en el conjunto de los derechos de la clase trabajadora, como han reflejado las subidas del SMI o la Ley Rider. Esta quizá sea la mejor noticia: se atisba un cambio de tendencia en lo laboral que bien pudiera llegar a buen puerto si hubiera voluntad.

“Esta quizá sea la mejor noticia: se atisba un cambio de tendencia en lo laboral que bien pudiera llegar a buen puerto si hubiera voluntad.”

Pero la voluntad queda en entredicho si no se actúa con valentía y decisión, algo de lo que ha carecido la actual reforma laboral, por mucho que desde diferentes tribunas se pretenda hacer ver lo contrario anunciando el acuerdo como un hecho histórico, un gran avance para la clase trabajadora y el regreso de la socialdemocracia al centro del tablero político. Y es que la nueva legislación laboral solo se puede definir como decepcionante y aquellos que pretenden ensalzar sus (escasas) virtudes oscilan entre la ignorancia, la venta de humo y el estómago agradecido.

Se ha insistido mucho en cuestiones como la recuperación del convenio estatal sobre el de empresa, pero se obvia que esto opera solamente en materia de salarios. Afortunadamente, los convenios hablan de bastantes cosas más que de dinero y en todo lo demás sigue siendo prioritario el de empresa. Se ha remarcado que se pone fin a la temporalidad al acotarla y establecer como estructural el contrato indefinido. Esto es directamente una maniobra propia de un tahúr porque la temporalidad ya estaba recogida como una excepción, lo que pasa es que no se cumple.

Yolanda Díaz, Intervención en la clausura del 12º Congreso de CCOO. Foto: CCOO Madrid

En el terreno de lo que no se toca hay ausencias que son clamorosas: no se mete mano a la subcontratación, no se encarece el despido, no se recuperan los salarios de tramitación, no se impone la autorización administrativa para los EREs o ERTEs. Me detengo aquí, pero podría seguir largo y tendido.

El problema de todas estas fallas no es tanto su permanencia, que podría justificarse como fruto de la correlación de fuerzas, como que habiéndose vendido esta nueva legislación como un éxito rotundo de sindicatos y Ministerio de Trabajo viene a apuntalar, ¡y mucho!, la reforma laboral de 2012. Es decir, la nueva legislación laboral da por bueno el modelo de relaciones laborales neoliberales y lo hace anunciándolo como un modelo que apuesta por la defensa de los trabajadores y que es, como poco, socialdemócrata. Para lo que hemos quedado…

“La nueva legislación laboral da por bueno el modelo de relaciones laborales neoliberales, anunciándolo como un modelo que apuesta por la defensa de los trabajadores y que es, como poco, socialdemócrata”

Si el Gobierno hubiera acordado, en lugar de esta reforma, un aumento de las plantillas de los juzgados de lo social y la contratación de 300 nuevos inspectores de trabajo, me atrevo a afirmar con toda rotundidad que estaríamos mejor que con la nueva legislación laboral. Esta medida sí que atajaría la temporalidad y un sinfín de abusos en materia de contratación, salud laboral, prevención, acoso, etc. Pero esta medida ni está ni se la espera.

Se han dejado de lado cosas tan importantes como la recuperación de las indemnizaciones por despido a razón de 45 días por año con un tope de 42 mensualidades y salarios de tramitación, una medida sencilla, fácil de aplicar y valiente. Una medida que sí dificulta el despido y ofrece estabilidad. Se continúa sin establecer límites a la subcontratación y, peor aún, se mantiene que las empresas subcontraten labores que les son propias.

Todo el mundo se ha hecho fotos con las kellys, las ha apoyado y ha reivindicado su lucha de mujeres trabajadoras. Me gustaría saber qué les dirían a kellys Yolanda Díaz, Enrique Santiago, Unai Sordo o Pepe Álvarez después de haber abanderado esta reforma laboral. También quisiera conocer las reflexiones de Daniel Bernabé a este respecto. Un moderado defensor de La trampa de la diversidad, como es mi caso, no puede dejar de advertir muchas trampas en esta reforma, trampas muy materiales que afectan y atomizan a la clase trabajadora más que cualquier otra cosa. Y uno se espera que el Gobierno, CCOO y UGT defiendan lo que han firmado, pero que el periodismo de izquierdas defienda un modelo laboral neoliberal entristece y enfurece a partes iguales. Resulta muy triste ver cómo solo Antonio Maestre se atreve a levantar la voz mientras una gran mayoría aplaude al neoliberalismo o guarda un nada discreto silencio.

Insisto. ¿Qué les dirán a la kellys o a cualquier otra trabajadora al tener que informarles que su actividad puede seguir siendo subcontratada en los hoteles, con prevalencia del convenio de empresa en jornada laboral, descansos, derechos, etc., y que, si las despiden de forma improcedente, se van a la calle mucho más barato que hace once años?

Quizá la respuesta sea que la moderación sirve para no confrontar con la patronal y que de esta manera los avances conseguidos se pueden estabilizar y se garantiza su no regresión. Magro consuelo a la vista de los escasos avances logrados y fatal noticia para los intereses de los trabajadores porque si se busca estabilidad, esto solo puede significar que no se volverán a acometer reformas de calado que son muy urgentes para la clase trabajadora de este país. Clase trabajadora que, por cierto, votó a este Gobierno y apoya a estos sindicatos para que defiendan sus intereses frente a los abusos de patronal, banca y elementos reaccionarios, algo que parecen decididos a no entender y a no asumir con valentía. Luego vendrán los lloros y se azuzará el fantasma de la ultraderecha.

“Los sindicatos mayoritarios han renunciado a la movilización para esta negociación. Pan para hoy y hambre para mañana”

Antes de acabar hay otro punto que está pasando desapercibido, pero que es fundamental. Las estructuras de los sindicatos mayoritarios han renunciado a la movilización para esta negociación (y en general para casi todo). Conscientes de su debilidad por la base, fían toda su legitimidad y representatividad a la buena sintonía que mantienen con un Gobierno que los respeta y los tiene en cuenta. Pan para hoy y hambre para mañana, pues están atrofiando una herramienta muy necesaria para el día que cambien las tornas y el Gobierno y se están olvidando de que no hay mejor posición en una negociación que la que ofrece la movilización. Y para la movilización no valen los despachos ni los grandes acuerdos, sino el sindicalismo que organiza y agita las bases y los colectivos de trabajadores más allá de asesorías y de recolecciones de delegados camuflados de “equipos de expansión”.

La presión de las calles y desde abajo hubiera hecho posible una mejor reforma laboral, pero esto habría implicado enfadar mucho a la patronal y también a un Gobierno tan obtuso que es incapaz de entender que la agitación le permitiría ir más allá (claro, si acaso quisieran, algo que está por demostrar).

Sindicatos y Gobierno están aplicando medidas que en muchas ocasiones tienen más que ver con el liberalismo que con otra cosa. Para eso no salimos a las calles en 2012. Luego que no se sorprendan si, habida cuenta del panorama, en lugar de los liberales ganan los neoliberales o los ultraliberales.

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