La resistencia de las asturianas ante el franquismo

El libro ‘Silenciadas pero no olvidadas’, de la historiadora Mónica García, aborda la represión sobre las mujeres en Asturias hasta el cambio de régimen.

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Marta Rogia
Marta Rogia
Periodista, abogada, guionista. Cinéfila y apasionada de la radio, a la que he prestado voz mucho tiempo. Continúo con mi búsqueda de la autenticidad mediante narraciones que nos conecten a través de la emoción.

El libro de la historiadora Mónica García acerca de la Guerra Civil y sus secuelas sobre las mujeres en Asturias se presentó el viernes, 21 de enero en el Museo Barjola de Gijón, en un acto con límite de aforo por la incidencia de la COVID. El proyecto arrancó en el año 2019 en colaboración con la Federación Asturiana de Memoria y República (FAMYR). En declaraciones para Nortes, explica Juan Cigarría, quien coordinó desde la entidad este volumen, que querían abordar la represión, pero desde una perspectiva menos habitual, desde la óptica de las féminas, pues se dieron cuenta de que existía un hueco y se propusieron rellenar ese vacío de referencias. El objetivo era “poner en valor la lucha de ellas, porque con los testimonios que fuimos recogiendo te das cuenta de que el soporte estructural de la familia asturiana eran les muyeres, que tuvieron que sacar a los suyos adelante mientras sus compañeros estaban en prisión, exiliados o fusilados”. En este mismo sentido, García explica para este medio que ellas subsistieron con diversas estrategias, desde el estraperlo a remendar decenas de veces la ropa, también se escapaban al monte para atender a los escondidos y además tejían redes de apoyo entre las que visitaban a los presos. Trabajaron muchísimo en el campo, en el servicio doméstico, otras emigraron, pero “no fueron lo pasivas y sumisas que el franquismo trató de transmitir, no se podían permitir ese lujo”.

FOTO: David Aguilar Sánchez

De todas formas, la investigadora precisa que no se puede considerar a las represaliadas como un colectivo homogéneo, pues había mujeres cultas, otras analfabetas; niñas, jóvenes, mayores; algunas muy comprometidas frente a las que poco sabían de política. Como muestra de pluralidad, por ejemplo, también destacaban las milicianas. No obstante, de muchas de esas que aparecían armadas en las fotos, se ha perdido su rastro. El relato fascista las quiso borrar del mapa, pero también las resistencias antifascistas tendieron a infravalorar su papel, ya que “las ideas misóginas no solo venían del bando franquista, aunque en este caso fueran llevadas al extremo, sino que los republicanos las consideraban más débiles y más aptas para tareas de cuidados”. Así, aunque existe un debate historiográfico sobre cuándo dejaron mayoritariamente la vanguardia y se las destinó a la retaguardia, es probable que sucediera en otoño de 1936 y también porque de una forma injusta empezó a vincularse a la miliciana con la prostituta y se pensaba que distraía a los hombres en el campo de batalla.

“El relato fascista las quiso borrar del mapa, pero también las resistencias antifascistas tendieron a infravalorar su papel”

Esa división de las tareas por sexos igualmente se repitió en el ámbito laboral. A pesar de las reiteradas demandas de asociaciones femeninas de antifascistas como las de Mieres o Gijón para ocupar los puestos que los varones habían dejado libres, se encontraron con la oposición masculina por su temor a ser sustituidos en sus trabajos de manera permanente. De hecho, aunque es cierto que en Asturias tampoco hubo una movilización masiva de las féminas al ámbito laboral, se dictaron disposiciones para obligarlas a abandonar esos empleos cuando los hombres volvieran. Asimismo, en este terreno profesional, la llamada depuración de las maestras merece un capítulo aparte. Si las calificaban de simpatizantes de la República las podían suspender temporal o definitivamente de su colocación, también podían sufrir destierro, multas o, alguna vez, la muerte. Así que debían demostrar que eran católicas para seguir ejerciendo y ellas fueron castigadas en mayor medida que sus colegas masculinos por cuestiones de índole moral.

A lo que se añaden otras normas discriminatorias que imponían la subyugación a la autoridad del marido o la Ley de Responsabilidades Políticas que sancionaba económicamente a quienes hubieran colaborado con el régimen anterior, incluso desde 1934. Esta disposición se aplicaba a personas con protagonismo sindical o político y aunque afectó a más hombres, si ellos fallecían, se exiliaban o no aparecían, la deuda no se extinguía y pasaba a las mujeres que tenían que sufragarla como podían. No obstante, el acoso económico se articuló de otras variadas formas, la más habitual eran los expolios: “la Guardia Civil y el falangista de turno aparecían en tu casa y se llevaban lo que querían o llegabas a tu casa y la encontrabas desvalijada y después tus enseres aparecían en los hogares de los vecinos”. Porque esa es otra de las dimensiones más profundas de la opresión: es habitual el testimonio ante los tribunales de aquellos con quien en otros tiempos se podían haber compartido bailes u ocio. “Sin su participación no hubiera sido posible la magnitud de la represión. Por ello, reducir la escala de investigación a lo local deviene en esencial para conocer cómo funcionan las relaciones sociales en estas pequeñas comunidades. No hacerlo supondría una perspectiva incompleta y poco humana; lo que puede decir una campesina que lo vivió nos interesa a todos”.

“Reducir la escala de investigación a lo local deviene en esencial para conocer cómo funcionan las relaciones sociales en estas pequeñas comunidades”

Otro de los episodios más cruentos proviene de las torturas, palizas o “la violencia sexuada, dirigida a zonas definitorias de la identidad femenina, como quemaduras o cortes en los pechos, violaciones, patadas en el vientre para provocar abortos e impedir la maternidad y el rapado de pelo, que tenía mucho de simbólico”. Pues aparte de la brutalidad física también se incluían las humillaciones, como exhibirlas ante el resto del pueblo con el afeitado de la cabeza u obligarlas a ingerir aceite de ricino para forzar su evacuación gástrica. También se pueden incluir en este grupo el acoso policial mencionado, los insultos o la soledad. Estas agresiones, generadoras de miedo, comenta Cigarría, “a su vez trajeron posteriores actitudes de silencio dilatadas en el tiempo, incluso en democracia. Resulta bastante habitual que las víctimas no transmitieran más que relatos fragmentarios a sus hijos, bajo un mecanismo psicológico de protección, y es la generación siguiente, a partir de los nietos, cuando se promueve más la recuperación de esas historias”.

FOTO: David Aguilar Sánchez

No olvidemos que el clima resultaba aterrador y algunas mujeres también pasaron por consejos de guerra y en ocasiones fueron ejecutadas. García comenta que existe una gran arbitrariedad entre las distintas resoluciones, pues ante el mismo hecho las sanciones variaban. Por ejemplo, lo sucedido con las hermanas Eladia y Aurora García Palacios: a la que supuestamente estaba más significada, la indultaron, y a la otra, la fusilaron. La historiadora, asimismo, localizó a 17 ajusticiadas y a otras 23 condenadas a muerte cuya pena se conmutó y en cuyo expediente figuran rumores o imputaciones indirectas. Se trataba con carácter general de actos que no constituían delitos de sangre y sí anticlericalismo, como tomar el manto de la Virgen para hacerse una prenda, sacarle los ojos a una estatua o bailar delante de un altar. En todo caso, una vez condenadas, lo más usual era trasladarlas desde la cárcel provincial de Oviedo a lugares fuera de Asturias para romper su apoyo familiar. La prisión donde más asturianas se concentraron fue en Saturrarán con unas 300 presas, también las hubo en Amorebieta o en los centros de Tarragona, Barcelona o Santa Cruz de Tenerife.  Dentro de los penales podían optar a reducción de condena por labores de costura, en el huerto, en la lavandería, por asistir a cursos de religión y las docentes, impartiendo clase.

De este modo, estas mujeres resistieron la dureza de las situaciones no solo con soluciones prácticas, sino también con pequeños actos de rebeldía que les permitían mantener sus principios y su dignidad de ser humano: cantaban canciones, creaban poemas, replicaban con insultos a la Guardia Civil o a los vecinos, en las cárceles procuraban mantener su higiene personal, huían de la despersonalización incorporando signos distintivos a la ropa que les daban e incluso sacaban latigazos de humor, como el juicio que montaron para el piojo que tenía una de ellas.

En definitiva, según remarca Juan Cigarría, por ello este tipo de publicaciones resultan imprescindibles y no es que pretendan abrir heridas, sino que estas han quedado sin cerrar. Hoy día “existe un solar intencionado sobre la política antifascista, un olvido de la lucha masculina y femenina para que quede borrada del imaginario colectivo asturiano. Además, muchos de los referentes están desapareciendo”. Así, aunque el lanzamiento de este volumen tuvo dificultades financieras, pues del Ministerio de la Presidencia se obtuvo apoyo económico, pero no así del Principado de Asturias, el resultado ha merecido la pena. La acogida del libro está siendo buena y tras la primera edición de 300 ejemplares, ya se plantean una segunda tirada.

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