La España trágica de ayer

La poética y belleza de la obra lorquiana, tan trillada por la erudición semiótica desde múltiples flancos, está presente de manera ejemplar en este montaje de José Carlos Plaza.

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Roberto Corte
Roberto Corte
Roberto Corte (Oviedo, 1962). Vinculado al teatro asturiano desde 1980, y ligado a la autoría y dirección en el ámbito escénico, en la actualidad colabora como crítico en revistas especializadas.

La casa de Bernarda Alba

de Federico García Lorca

Dirección: José Carlos Plaza

Intérpretes: Ana Fernández, Ruth Gabriel, Mona Martínez, Zaira Montes, Rosario Pardo, Montse Peidro, Marina Salas y Consuelo Trujillo

Sábado 5 de febrero, Teatro Jovellanos, Gijón

La poética y belleza de la obra lorquiana, tan trillada por la erudición semiótica desde múltiples flancos, está presente de manera ejemplar en este montaje de Plaza. Desde la fisicidad y el “gestus” de las actrices, el vestuario de Gabriela Salaverri –tradicional y castizo para el luto con deriva a prisionera de gueto o campo de exterminio en el atuendo de faena– o la escenografía de Paco Leal, altos muros andaluces con contrafuertes y un mural muy diluido, evocador de una escena campestre. Todo en la pieza de Lorca conforma un fatum explosivo con un deliberado y contundente propósito de denuncia: el premonitorio y aciago silencio de la noche, el poder absoluto de Bernarda, el miedo, la represión de los instintos sexuales, el machismo congénito en cada átomo de vida, los nombres parlantes –Angustias, Martirio, hoy afortunadamente erradicados–, el agobiante peso de las apariencias, la estúpida fuerza de la costumbre, la iglesia católica y –cómo no– la virginidad como valor supremo de honestidad y virtud. Poco o casi nada de cuanto acontece en la pieza tiene correspondencia con la España de hoy, es cierto, pero de ahí es de donde venimos, y quienes tenemos cierta edad podemos dar fe de que esos comportamientos tan vinculados a ese contexto preciso, y tan difíciles o imposibles de trasplantar a otro espacio-tiempo, existieron realmente y hasta hemos podido tocarlos con la mano. Lorca exhibe en La casa de Bernarda Alba, y en apenas hora y media, un concentrado de tensiones y una atmósfera asfixiante que ha pasado a la posteridad como la mejor hipérbole dramática para representar el fanatismo ancestral, la intolerancia consuetudinaria y lo que tienen de abyecto los dogmas y dictaduras.

“Lorca es sin duda nuestro clásico más representado y el poeta más resplandeciente. Andaluz risueño, español entusiasta, republicano, homosexual, cosmopolita…”

La dirección de José Carlos Plaza apuesta por un naturalismo apacible y sereno frente a las interpretaciones más secas y violentas a las que estamos acostumbrados, pero sin perder rotundidad, quizá para contrapesar la efigie hierática de la Bernarda de Consuelo Trujillo, que enjuta y consumida engulle su resentimiento y domina a sus hijas sin apenas levantar la voz, a golpe de bastón con empuñadura de plata. La Poncia de Rosario Pardo hace de contrapunto, vislumbra la tragedia antes que nadie y se gana al público con sus chanzas y desparpajo de marcado acento andaluz. Nadie olvida que estamos en el teatro y el público también se ríe cuando anuncian que anda el pueblo revuelto porque una vecina “ha tenido un hijo y no se sabe de quién” –la picaresca latina y la sorna asturiana hermanadas en escena–. Ana Álvarez encarna a una Angustias que vive con amargura el cortejo de Pepe el Romano. La Martirio de Zaira Montes, más atractiva de lo que suele ser el personaje, refleja muy bien el tormento de la envidia y los celos, y Ruth Gabriel sobresale como Magdalena, la hermana que más quería al padre, la más emocional y la que más maldice la suerte de las mujeres. La Amelia de Montse Peidro es la que tanto en el texto como en la función pasa más desapercibida, confundiéndose hasta con una criada. Por último, Marina Salas da vida a una Adela quizá demasiado dulce, con energía de adolescente rebelde muy contemporánea. La Josefa de Mona Martínez, con la hermosura reminiscente de una venus Cicciolina, es el chorro de aire fresco que inunda de color, locura y poesía el espacio claustrofóbico de la pieza.

Lorca es sin duda nuestro clásico más representado y el poeta más resplandeciente. Andaluz risueño, español entusiasta, republicano, homosexual, cosmopolita… El afecto y cariño que sentimos por su obra y persona desborda con mucho la gravedad de su arte. Y esta Casa de Bernarda Alba que en el Teatro Jovellanos agotó las entradas días antes de la representación, lo ha vuelto a dejar bien claro. “Mi hija ha muerto virgen. A callar he dicho“, las palabras que cierran la pieza son ya sentencia de otro tiempo.

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