“Llegar a la cárcel era una liberación en comparación con la comisaría”

Nortes rinde homenaje al geólogo y activista Eduardo Menéndez, fallecido este fin de semana en Uviéu, recuperando esta entrevista de 2014 publicada en Atlántica XXII.

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Diego Díaz Alonso
Diego Díaz Alonso
Historiador y activista social. Escribió en La Nueva España, Les Noticies, Diagonal y Atlántica XXII. Colabora en El Salto y dirige Nortes.

La madrugada del pasado sábado falleció el geólogo y ecologista Eduardo Menéndez tras una larga enfermedad. Militante de largo aliento desde los años de la dictadura franquista, Nortes recupera como homenaje a su memoria esta entrevista publicada en marzo de 2014 en el número 14 de la revista Atlántica XXII. En ella Menéndez repasaba su biografía política y personal y reflexionaba sobre el futuro de los movimientos sociales y políticos surgidos del 15M.

Repasar la vida de Eduardo Menéndez Casares (Santa María de Villandás, Grao, 1951) es hacerlo también con la historia de los últimos cuarenta años de España y sobre todo con la de la izquierda. De la lucha contra la dictadura franquista a la librada contra la dictadura financiera, del maoísmo al ecologismo y los movimientos sociales sin dejarse el marxismo y el anticapitalismo por el camino, militancia y vida se confunden en la vida de Eduardo Menéndez desde que era un adolescente de Ventanielles indignado por la invasión norteamericana de Vietnam. Encantando con el relevo generacional que ha supuesto el Movimiento 15-M, dice que ha ganado tiempo para su nieta Deva y para su huerta, un vicio sin el que  le cuesta estar más de un fin de semana. Aunque por voluntad propia ya no esté en la primera línea, este geólogo tímido, al que le aburren las reuniones y le horroriza tener que hablar en público, sigue siendo uno de esos a los que Brecht llamaba “los imprescindibles”.

Su infancia transcurrió entre la aldea y Oviedo, ¿cómo fue?

Hasta los siete años viví en Santa María de Villandás, Grao, donde mi familia trabajaba en el campo. Luego emigramos a Oviedo, pero seguí pasando temporadas largas en el pueblo. Nos instalamos en Ventanielles, en la primera casa que se construyó en el barrio. De aquella todo estaba en obras, lleno de zanjas y de barro. Hacías mucha vida en el barrio. Oviedo en realidad estaba muy lejos para mí entonces.

¿En su familia había inquietudes políticas?

Por parte de mi madre ninguna, pero por parte de mi padre eran de izquierdas. Mi padre era obrero de la construcción y murió cuando yo tenía 12 años, pero tengo algún recuerdo de él escuchando con mucho sigilo y miedo por las noches Radio Pirenaica.

Usted pertenece a la primera generación de hijos de la clase trabajadora que pudo acceder a la Universidad.

Ninguno de mis amigos del barrio llegó al bachillerato. Al morir mi padre nuestra situación económica quedó muy mal. Trabajé algo como pinche en la empresa donde él había estado empleado y también daba clases particulares y ayudaba a la familia en el campo. Cuando mi hermana empezó a trabajar como enfermera nuestra situación mejoró algo y pude ir a la Universidad.

¿Fue en la Universidad donde se politizó?

Ya estando en PREU asistí a una manifestación en la calle Uría contra la Guerra de Vietnam, más como espectador que como participante, sin atreverme a entrar entre los manifestantes. En aquel momento la Guerra de Vietnam estaba muy presente, y yo simpatizaba con el Vietcong. También recuerdo el asesinato del presidente Lumumba, que me pareció una injusticia, aunque en aquel momento todos los medios de comunicación lo presentaban como un tipo indeseable. Luego en la Universidad ya entro en contacto con el movimiento asambleario y cultural que había, y en el que participaban tanto gente del PCE como de los nuevos partidos comunistas, maoístas y trotskistas, que habían surgido recientemente. Si te decidías a entrar en uno u otro no era porque sesudamente llegases a esa conclusión, sino por afinidades personales. En el PCE(i), lo que luego se llamaría el PTE, entré sencillamente porque el hermano de mi novia ya era militante.

Eduardo Menéndez. Foto: María Arce.

Por cierto, ¿dónde conoció a su pareja?

En una discoteca. Con mi pandilla solía ir a discotecas, o a merenderos como Casa Fermín, donde también se organizaban bailes. Sonaban los Bravos, los Beatles, los Rollings, los Canarios… Era la música de la época. Luego con la militancia se acabaría todo aquello. Muchísimas reuniones se hacían los sábados y empezaban por la tarde y duraban hasta la madrugada. Militaba además en el partido y en las juventudes al mismo tiempo, así que tenía el doble de reuniones y de trabajo. La militancia era absorbente. Planificábamos desde el robo de una multicopista al reparto de propaganda o cuestiones tácticas y organizativas. La disciplina era total y la vida personal se subordinaba por completo a la política. No había alternativa en aquel momento y de ti dependía mucha otra gente. Aunque resultara duro, es lógico que las cosas fuesen así.

La angustia de la clandestinidad

¿Qué suponía entrar en una organización clandestina? ¿Miedo?

Más que miedo era una angustia permanente. Continuamente detenían a gente que conocías. Superabas el miedo con coraje, pero la angustia te acompañaba siempre. No solo era el temor a que te detuviesen e ir a la cárcel, sino sobre todo a la comisaría. Sabíamos que se torturaba, y en aquella época aún había detenidos que se caían por las ventanas en los interrogatorios. Yo era militante de una organización clandestina, pero al mismo tiempo un activista estudiantil que trabajaba de forma abierta y, por eso, perfectamente conocido por la policía. Era muy difícil combinar ambas cosas sin que tarde o temprano no te terminasen pillando.

Lo detiene dos veces la policía franquista…

La primera fue esperando en la parada del autobús de Silla del Rey, en Oviedo. Un coche se paró y bajaron dos policías que me agarraron justo cuando iba a entrar en el autobús. Coincidió con la ejecución de Salvador Puig Antich, en marzo de 1974. Un compañero me delató en comisaría. La segunda fue durante el estado de excepción de 1975. Estaba en libertad provisional y me aplicaron la ley antiterrorista. En la cárcel había iniciado los trámites de boda, y creo que me dieron la libertad provisional solo por evitar el problema que podía ser una boda en la cárcel. Mi novia y yo decidimos casarnos por lo civil, que en aquel momento era un acto de rebeldía más contra el régimen, y fue toda una odisea legal. Implicaba apostatar y borrarte de la Iglesia. Nos casamos en una cola. De aquella no existía ningún tipo de ceremonia civil. Fue un acto puramente burocrático, bastante desagradable y con una gran presión e intimidación a los testigos.

¿Cómo fue su paso por comisaría?

Sufrí un interrogatorio muy duro en mi primera caída. No solo por las palizas, las hostias en la cara y los golpes con palos en los dedos, sino por toda la humillación a la que te sometían. Con periodos de aislamiento entre interrogatorio e interrogatorio, para que te desmorones. Aquello me destrozó más psicológicamente que físicamente. Llegar a la cárcel era una liberación en comparación con la comisaría. La segunda vez en 1975 fue aún peor físicamente. Estaba en vigor el estado de excepción y pasé cinco días en comisaría. El maltrato físico fue mucho peor, pero psicológicamente aguanté mucho mejor las vejaciones. Tengo que señalar que el comportamiento de Teodoro López Cuesta, que era entonces vicerrector de la Universidad, fue modélico. Se interesó por los estudiantes detenidos, nos visitó y nos facilitó luego en la cárcel que pudiéramos hacer los exámenes y no perdiésemos el curso.

¿Cómo se puede resistir la tortura?

No lo sabes. Una persona puede ser fuerte en un momento y débil en otro, y a veces el coraje te mantiene a flote. El PTE eramos una organización muy joven y en muchos sentidos dogmática e inflexible. Se era muy duro con los compañeros que delataban en comisaría, y estos terminaban apartados y muy destrozados psicológicamente.

“Nuestra lucha era por la democracia, pero también por el socialismo”

¿Veían el final del franquismo cerca?

Estábamos convencidos de que iba a caer, y aunque eran movilizaciones minoritarias, año tras año crecían, y también la vanguardia organizada aumentaba, lo cual nos animaba a arriesgarnos cada vez más en nuestras acciones. Nuestra lucha era por la democracia, pero también por el socialismo, que esperábamos conquistar después de derrotar al franquismo… Como decíamos en el lenguaje de la época, el franquismo era una “contradicción secundaria que estaba en primer plano”.

Sin embargo el resultado de la Transición fue otro muy diferente… ¿cómo la vivió?

Parte de 1975, que fue un año muy conflictivo, con grandes movilizaciones, lo pasé en la cárcel. Luego salgo con el indulto que siguió a la coronación del rey, pero entre marzo de 1976 y julio de 1977 estoy en la mili en Cartagena, en un cuartel adonde nos destinaban a ex presos políticos y ex presos comunes. En el cuartel montamos la Unión de Soldados Democráticos, que era una organización clandestina que trataba de llevar la lucha contra la dictadura a los cuarteles militares. Algo parecido a la Unión Militar Democrática que habían fundado antes militares de carrera. También participé en los organismos de la oposición democrática, representado al PTE de Asturias, pero cuando el PCE, que era el partido más fuerte, con más presencia en el movimiento obrero y los movimientos sociales, decidió negociar y abandonar reivindicaciones como la depuración de las Fuerzas de Orden Público o el referéndum para decidir entre monarquía o república, la suerte quedó echada. Los que queríamos ir más allá no teníamos suficiente fuerza para conseguir la ruptura democrática que defendíamos y no nos quedó más remedio que ir aceptando a regañadientes el proceso de transición. Luego llegaron las primeras y las segundas elecciones democráticas y vimos que los resultados eran los que eran. Que una cosa era ser importante en el movimiento antifranquista y otra cosa era que lo fueses en la sociedad y sobre todo que eso se tradujese en votos. Ni siquiera el PCE tendría un buen resultado, así que los que estábamos a su izquierda mucho menos. El PTE y la ORT nos fusionamos, tratando de sumar fuerzas, pero aquello no funcionó, y al poco tiempo nos disolvimos. Con todo, a quien diga que lo que conseguimos fue una mierda y que lo que luchamos no sirvió para nada, les diría que sin ser ningún paraíso esta democracia, no saben u olvidan lo que fue el franquismo. Para mí el final de la dictadura fue quitarme la angustia vital y un peso enorme de encima.

Eduardo Menéndez en la Escuela de Minas de Oviedo/Uviéu. Foto: María Arce.

Los años ochenta fueron una década dura para la izquierda de la izquierda.

El núcleo duro de las políticas neoliberales cuyas consecuencias estamos sufriendo se gestó con Felipe González y con la aceptación luego, en los años noventa, de la Europa de Maastricht. La gente que criticábamos esto quedamos en minoría. Nos miraban como unos trasnochados. Mucha de la gente que había militado en el PCE y en los partidos a su izquierda acabaron marchándose al PSOE, otros nos fuimos a nuestras casas. Yo tuve una hija y comencé a dedicar más tiempo a mi vida personal, aunque participé en algunas cosas concretas como la campaña del NO en el referéndum de la OTAN. También aproveché para estudiar. Entre la cárcel y la mili no había podido terminar Químicas y trabajaba como cartero. Luego me salió un trabajo como mozo de laboratorio en la Facultad de Minas y allí descubrí la geología. Así que saqué la carrera de Geológicas mientras trabajaba y terminé como investigador en la Universidad. Tuve mucha suerte, porque otra gente que vivió como yo muy intensamente la lucha antifranquista no pudo rehacer sus vidas y quedó en muy mala situación laboral, y también completamente quemada con la política.

Nueva vanguardia joven

¿Cómo se produjo su reconversión al ecologismo y los movimientos sociales?

La última etapa del PTE empezamos a dar mucha importancia a las reivindicaciones del ecologismo, el feminismo y el pacifismo y a los movimientos nacionalistas. Así que ya tenía cierta conciencia de que los problemas medioambientales eran importantes, pero mi acercamiento al ecologismo organizado sería en los años noventa gracias a un antiguo amigo y compañero del PTE. Había decidido organizarme políticamente otra vez y llegué a participar algo en IU, pero, aunque el discurso de Anguita me gustaba mucho, el ambiente de la militancia de partido me resultaba irrespirable, muy volcado hacia los debates y las peleas internas. Era como volver a estar en el PTE. En cambio en AEDENAT, luego Ecologistas en Acción, encontré un tipo de militancia mucho más cómoda, con compañeros y compañeras con los que me sentía muy a gusto y donde no pasaba nada por discrepar y mantener puntos de vista diferentes. El ecologismo que me interesa es un ecologismo social, como el de Ecologistas en Acción, crítico con el sistema capitalista, y no meramente preocupado por la conservación de las especies o de los paisajes.

¿Se sigue considerando marxista?

Sigo leyendo a Marx, y el análisis que Marx hace del capitalismo del siglo XIX sigue siendo útil a día de hoy para entender el capitalismo del siglo XXI. Si eso es ser marxista entonces soy marxista.

¿Se ha jubilado de la militancia con el Movimiento 15-M?

El 15-M lo viví con mucha alegría. La gente nos cansamos y estoy encantado de que haya un recambio generacional. Ha aparecido una nueva vanguardia de jóvenes, con mucha energía y entusiasmo. Ahora tengo una nieta, con la que Rita y yo pasamos mucho tiempo, y una huerta. Asisto a las cosas que organizan otros y voy a las manifestaciones, pero me alegro mucho de no tener que organizarlas. Me aburren las reuniones. Al contrario que otra gente no disfruto con la política. Nunca he sido un militante vocacional, sino que siempre he vivido el activismo más como una obligación moral que como otra cosa.

¿Es optimista con el futuro de este país?

Desde el 15-M las movilizaciones son más grandes que nunca, y aunque muchas son parciales tienden cada vez más a converger. Es verdad que en el escenario electoral las cosas todavía no se han movido mucho, pero eso puede cambiar. Es necesaria una convergencia de IU, Equo y Podemos para construir una alternativa política que sea igualitaria, feminista y ecologista, pero me temo que tanto Equo como Podemos van a necesitar ganar peso electoral para que IU, que es a día de hoy la organización más fuerte, las tome en serio y negocie con ellas en igualdad de condiciones. Los procesos históricos son largos y nuestras vidas cortas. Quizá esa confluencia de movimientos y organizaciones vaya a tardar más tiempo del que quisiéramos, pero pienso que como ha pasado en América Latina se terminará produciendo.

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