Aprendiendo de Edu

Fue un placer hacer una parte del camino contigo. No habría estado mal unos kilómetros más. Unas cuantas conversaciones más.

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Diego Díaz Alonso
Diego Díaz Alonso
Historiador y activista social. Escribió en La Nueva España, Les Noticies, Diagonal y Atlántica XXII. Colabora en El Salto y dirige Nortes.

Mi amigo Miguel Moro y yo teníamos un nombre en clave para referirnos a Eduardo Menéndez: Buda. Le conocimos en torno a la Red Ciudadana por la Abolición de la Deuda Externa y la Coordinadora contra la Europa de Maastricht. Hablo de los años 1999, 2000. Malos tiempos para la lírica. El neoliberalismo y el fin de la historia en su esplendor. Aznar en la cresta de la ola. La burbuja inmobiliaria a todo trapo y los cielos de España llenos de grúas. Miguel y yo nos habíamos politizado en el instituto a raíz de las acampadas y del movimiento por el 0,7 y más. Comenzaba a cobrar fuerza algo que poco tiempo después se llamaría el movimiento antiglobalización o altermundista, y dos jóvenes activistas buscaban espacios para desarrollar su militancia. Ecologistas en Acción estaba en aquellas plataformas unitarias y por ahí andaba Eduardo Menéndez, Edu.

¿Por qué lo de Buda? Edu era de los mayores pero no se parecía a la mayoría de los otros mayores. A diferencia de ellos, era un militante que dudaba y no lo sabía todo. Hoy diríamos que no te hacía mansplaining, porque los hombres también nos hacemos mansplaining entre nosotros. Generalmente de veteranos a novatos. Discreto y prudente en sus afirmaciones, era uno de esos tímidos que sin embargo pueden ser buenos oradores. Con un hablar pausado y agradable que infundía sosiego en las reuniones y en los actos. No se tiraba el rollo ni sacaba su curriculum militante para esgrimirlo como argumento de autoridad cuando alguien sostenía una opinión contraria a la suya. Le interesaba escucharte y te respetaba. No te quería reclutar para ninguna secta, facción o corriente. Más bien todo lo contrario. Se preocupaba porque Miguel o Edu Cambalache, tan volcados en el activismo, terminasen sus carreras universitarias. Quería que estudiaras, te buscaras un oficio y que la militancia no te absorbiera todas las energías. Que te la tomaras como una carrera de fondo y no como los 100 metros lisos.

Era un militante de frente amplio y mentalidad abierta que rehuía la pelea sectaria y la discusión absurda sobre el punto y la coma de ese manifiesto que siempre se lee al final del acto pero nadie escucha. Por eso nos pareció un Buda. Un sabio tranquilo y discreto que pasaba de malos rollos, evitaba perder el tiempo en gilipolleces y siempre estaba ahí para trabajar y dar el callo. ¡Cuantas pegadas Edu! Creo que algunas de nuestras mejores conversaciones fueron precisamente con agua, cola, cubo y escoba de por medio. Empapelando Oviedo con la convocatoria de alguna asamblea o movilización. Hay gente de la que te haces amiga en los bares, y de otra pegando carteles y repartiendo octavillas. Este fue nuestro caso.

Buda nos cayó bien, y creo que nosotros también le caimos bien a él”

Buda nos cayó bien, y creo que nosotros también le caimos bien a él. Por cierto, nunca le confesamos ese chascarrillo privado. Una pena. Se habría descojonado. Pero sigamos. Como decía antes, Edu no hacía exhibiciones de curriculum militante. Sin embargo, con el tiempo nos enteramos que antes del ecologismo había estado el antifranquismo. Que venía de una familia campesina de Grao emigrada a Oviedo y asentada en el barrio de Ventanielles. Que el padre se había muerto joven y Edu había tenido que trabajar duro al mismo tiempo que estudiaba. Que había sido dirigente de un partido que se llamaba el PTE. Que eran comunistas prochinos. Que en la comisaría le había inflado a hostias la policía para que delatara a sus compañeros. Que no cantó. Que había estado en la cárcel. Que para poder casarse con Rita por lo civil habían tenido que apostatar en pleno franquismo y someterse a todo tipo de humillaciones burocráticas. Que después de salir de la cárcel tuvo servicio militar de castigo y que allí trató de organizar algo así como un sindicato clandestino de soldados. Que la dictadura le jodió los estudios y tuvo que buscarse la vida como pudo hasta que logró terminar geología y entrar de carambola en la Universidad de Oviedo como investigador.

Estaba orgulloso de toda esa historia de compromiso, pero era también muy autocrítico con su pasado. No quería repetir los años 70. Ni el sectarismo izquierdista de sus años de juventud. Ni los mil grupúsculos incapaces de unirse y ofrecer una alternativa común. Ni el marxismo identitario manufacturado para reafirmar a la parroquia y no para entender mejor el mundo.

Eduardo Menéndez, al fondo, junto a otros militantes ecologistas de diferentes generaciones y colectivos. Foto: Iván G. Fernández

No era ni un frívolo ni un snob. A diferencia de otros compañeros de generación, Edu no había abandonado el marxismo para ir corriendo detrás del ismo que estuviera de moda. Sintonizaba con las ideas de Manuel Sacristán y la gente de Mientras Tanto: rescatar lo mejor de la tradición socialista, actualizándola con las mejores ideas procedentes del ecologismo y del feminismo. Un socialismo con conciencia de que el trabajo de cuidados es imprescindible para la vida, pero también de que vivimos en un planeta finito, con recursos limitados. Estaba por un ecologismo para mejorar la vida cotidiana, y no para crear pequeñas reservas indias de naturaleza supuestamente virginal. Luchaba por una transición ecológica justa. Una transición en la que sean los capitalistas, y no los trabajadores, los que paguen los costes de la reestructuración que nuestras economías necesitan para reducir su impacto medioambiental. Un ecologismo del 99%.

Después de la Transición se había tomado un tiempo para rehacer su vida y criar una hija. Me dijo que si tienes hijos y no bajas el ritmo de militancia es porque estás empaquetando a tu pareja la crianza de tu prole. Se me quedó grabado. Me lo dijo seguramente haciendo cola o pegando carteles. Consecuentemente se tomó unas pequeñas vacaciones para estabilizarse laboralmente y ocuparse de Olaya. Volvió de ellas en 1990, con la Guerra del Golfo. Pensó en militar en IU, pero el ambiente cainita que se respiraba en la coalición le espantó. No le apetecía regresar al ombliguismo y las discusiones bizantinas, así que en AEDENAT primero y Ecologistas en Acción después encontró un lugar agradable y útil para hacer política. Su papel junto a su amiga y compañera de facultad Beatriz González en la exitosa campaña contra el embalse de Caliao, en Caso, es un buen ejemplo del rol que pueden jugar los expertos cuando ponen sus conocimientos científicos al servicio del bien común, y no de intereses comerciales o de engordar por engordar los curriculums académicos. Edu, Bea y Paco Ramos siempre han sido para mi algo así como la santísima trinidad del ecologismo social asturiano. Gente de una pasta que no suele ser común ni en el activismo ni en la vida.

Eduardo Menéndez, Paco Ramos y Beatriz González visitando en 2012 el lugar en el que reposan los restos del guerrillero antifranquista “Manolín el de Llorío”.

Estuvimos juntos en el No a la Guerra de Irak y en las movidas antiglobalización, pero también en temas locales como la Fábrica de Gas y la defensa del monte Naranco frente a canteras y Rondas Nortes. Conocía bien Oviedo, y se implicó en los movimientos por otro urbanismo para su ciudad. Con el 15M decidió dar un paso atrás. Había nacido su nieta Deva y estaba encantado de que una nueva generación tomara el relevo. Militaba por obligación y compromiso cívico, no por gusto. Tenía pasiones de sobra para no aburrirse con el vacío dejado por reuniones y asambleas: leer, escuchar óperas, trabajar en la huerta, ver películas y series, andar en bici, salir al monte… Apoyó Podemos y la confluencia con IU, y ahí estuvo, generoso como siempre, para echar una mano en lo que pudo. Se ilusionó con la victoria de las izquierdas ovetenses en 2015, y también sufrió, como todos nosotros, con su derrota cuantro años más tarde.

La maldita enfermedad y la maldita pandemia espaciaron nuestros encuentros en los últimos tiempos. La última vez que nos vimos fue el día de año nuevo. Quise ir a visitarlo antes de marchar unos días fuera de Asturias. Por temor a lo que pudiera pasar. Estuve con él, Bea y Rita en casa. Hablamos de todo. Nos contó cosas que estaba leyendo sobre el origen del universo y sobre la evolución humana. Estaba más Buda que nunca, y yo ya pensaba mientras hablaba en lo mucho que le iba a echar de menos. Como lo extraño ahora, desde esta isla a mil kilómetros de casa, en la que me ha pillado su muerte. Como supe que le echaría de menos cuando esta mañana vi la llamada de Bea. Qué pena más grande Edu. Fue un placer hacer una parte del camino contigo. No habría estado mal algunos kilómetros más. Unas cuantas conversaciones más. Nos quedaron temas en el tintero. Gracias por habernos enseñado tanto. Sospecho que seguiremos aprendiendo contigo. Claro que sí amigo. Buen viaje Buda. Te vamos a querer siempre.

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1 COMENTARIO

  1. Eduardo y Beatriz: gente buena a la que uno se cruza en el camino, aunque sea fugazmente. Gente a la que se recuerda siempre con afecto y una sonrisa. Gente tan necesaria.

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