Auge y crisis en la izquierda rebelde

En cada crisis confluyen siempre el retroceso del movimiento social y la recomposición de un poder que aprovecha las grietas generadas por las disputas internas en los proyectos transformadores.

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Manuel Maurín
Manuel Maurín
Es profesor titular de geografía de la Universidad de Oviedo/Uviéu y activista en diferentes movimientos por el derecho a la ciudad.

En España la izquierda no asimilada al sistema solo ha despegado con fuerza -para empequeñecerse después- en tres ocasiones en los últimos 50 años: al inicio de la Transición con el PCE, tras la formación de IU en los años ochenta como un proyecto político y socialy, más recientemente, con Podemos. Auge y crisis se suceden cíclicamente en ese bloque alternativo y siempre concurren los mismos factores básicos, con los matices que añade cada momento y lugar concreto, en sus flujos y reflujos.

Manifestación del 15M en Xixón. Foto: Luis Sevilla.

En el auge, el impulso viene dado por la debilidad coyuntural del propio sistema al que se combate, por la efervescencia social y la agrupación de sectores diversos en torno a un proyecto y un liderazgo común. Y en las crisis asistimos a la combinación perversamente sinérgica entre un movimiento social en retroceso y un poder reconstituido (económico, político, mediático y judicial) que aprovecha las grietas generadas por las disputas en el seno de la izquierda rebelde y desgasta a los líderes con la aquiescencia de sus competidores inmediatos y de los damnificados en la lucha por el poder interno. Así, el valor de la pluralidad termina siendo un obstáculo para el entendimiento y la polarización grupal abre el camino a las escisiones y a la pérdida de apoyo popular y electoral.

No es difícil percibir el diferente aroma, atractivo o repulsivo, que se expande en cada una de esas situaciones y menos para quienes por la edad y por la cercanía hemos podido experimentarlo en diversas ocasiones. Una cercanía relativa, siempre al margen de los cargos orgánicos e institucionales, lo que facilita también el despegue suficiente para evitar las distorsiones interpretativas que producen, a veces, las heridas y el rencor.

Grupo parlamentario de Podemos Asturies y de IU en 2015. Foto: Iván G. Fernández.

En el recuerdo queda el ambiente triunfante de las grandes movilizaciones sociales, estudiantiles y sindicales de los años setenta y el aluvión militante hacia las filas comunistas, con el régimen franquista arrinconado. También las multitudinarias manifestaciones contra la entrada en la OTAN o las impresionantes huelgas generales de los ochenta (especialmente la del 14D de 1988 contra la reforma laboral del felipismo) que impulsaron a Izquierda Unida y que bajo el liderazo de Julio Anguita marcaron el rumbo al sorpasso. Un sorpasso que llegaron a pronosticar las encuestas cuando Podemos se presentó a las elecciones de 2015 empujada por el tsunami del 15M, tras la gran crisis económica e inmobiliaria del nuevo siglo y la corrupción generalizada en las principales esferas del poder.

Pero también permanece la amargura respecto al linchamiento público de los herejes que osaron amenazar al status quo, el sinsabor de las deserciones en los momentos difíciles y la impotencia de la militancia ante las labores de autodemolición llevada a cabo por muchos responsables de las organizaciones a nivel estatal, autonómico y local.

Mural pacifista en el barrio de Ventanielles, Uviéu. Foto: Javier Ordás.

¿De qué sirve centrar el debate en alguno solo de los factores (el interno, el externo, el territorial o cualquier otro) cuando todo forma parte del mismo proceso y se retroalimenta constantemente? Esa perspectiva es útil a corto plazo para quienes necesitan legitimar su posición personal o grupal pero solo retroalimenta, una vez más, la espiral de la crisis. Una crisis que, hoy por hoy, comienza de nuevo a aromatizar el ambiente del campo popular, pero que en absoluto tiene marcado un futuro irreversible, como nos muestra la inesperada implosión la derecha española tras su victoria en las elecciones de Castilla y León.

El futuro se construye cada día desde el análisis de la realidad y sus conflictos, el arraigo social y territorial, el desarrollo de los movimientos sociales, el trabajo institucional honrado, la cohesión interna en la diversidad y la afectividad personal.

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