Inmigrantes españolas en los Estados Unidos

Toda una recuperación de los recuerdos, tanto colectivos como individuales, de las mujeres que viajaron al continente americano en el siglo XX.

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Luis Argeo
Luis Argeo
Es periodista, escritor y cineasta. Junto con James D. Fernández ha sido comisario de la exposición "Emigrantes invisibles: españoles en EE UU (1868-1945)", organizada por la Fundación Consejo España-EE UU.

Durante todos estos años de investigación y recuperación del legado identitario español en los Estados Unidos de América, son varios los recuerdos, tanto colectivos como individuales, que permiten comprobar la importancia y el valor -también el olvido- que las mujeres inmigrantes acarrearon, acarrean, para la construcción de un relato histórico público y duradero.

A grandes rasgos, los recuerdos que atesoran familiares y descendientes de aquellos españoles en Estados Unidos revelan serias y preocupantes trabas surgidas por esa condición de inmigrantes en un nuevo país; si sumamos la condición de mujer a la de inmigrante de clase obrera, dichas trabas ya afloraban para ellas mucho antes de desembarcar, durante el camino que hace poco más de un siglo emprendieron tantas españolas en busca de oportunidades más justas, más dignas y esperanzadoras. Desde su primer adiós y salida, y esto hay que recordárselo a menudo a las nuevas generaciones, las mujeres sufrían la desigualdad y la dependencia incluso para subirse a un barco.

Emigración con pasaje gratuito al Estado de Hawái

Los afiches llegaron primero a Andalucía. 1907. La intención original de las compañías hawaianas fue captar a malagueños y granadinos que tuvieran experiencia con el cultivo de la caña.

En pocos meses, los afiches se extendieron hacia Extremadura, Valencia, Castilla. La severa crisis agrícola hizo que acabaran apuntándose campesinos de media España. Los agentes comerciales buscaban mano de obra para cosechar caña de azúcar allá en las lejanas islas, y mediante atractivas descripciones del territorio y resaltando los beneficios de tan duro trabajo convencieron a miles de campesinos españoles aun sin experiencia en tareas de cañaveral. Las mujeres, en este episodio migratorio, resultaban fundamentales, pues los dueños de aquellas plantaciones pretendían blanquear y estabilizar la fuerza laboral de un archipiélago poblado por asiáticos. Las familias españolas, por tanto, fueron captadas con promesas indiscutibles: pasaje gratuito, comida durante la travesía y porvenir halagüeño. Pagas de 20 duros americanos de oro al mes durante el primer año para los varones cabeza de familia. Para sus esposas, 12 duros de oro al mes. Los demás individuos de su familia mayores de 15 años, “15 duros mensuales si son varones y 10 duros si son hembras”. Casa, agua, lumbre y educación a los hijos menores.

Bernarda Caamaño con su marido y sus hijos en Hawái.

Ocho mil españoles zarparon hacia las islas Hawái, entre 1907 y 1913.

Las condiciones que debían reunir las mujeres que subieran al barco eran claras como el agua. Las casadas sin hijos no podían superar los 40 años de edad. Con hijos podían llegar a los 45, siempre que en la familia hubiera un hombre útil de 17 a 45 años. Las viudas, solamente eran aceptadas con hijos en edad de trabajar. La mujer casada que viajara sin marido también había de llevar hijos aptos para el trabajo. Podían acompañarlas parientes menores de 40 años. Las mujeres solteras debían acreditar su soltería con un certificado y presentarla con una autorización de sus padres otorgada ante Notario o ante el Alcalde del pueblo, además de la partida de bautismo. Las mujeres casadas que no viajaran acompañadas de sus maridos debían presentar un permiso de éstos, visado por la Alcaldía del pueblo junto a la partida de casamiento o partida de viudedad, y un certificado de buena conducta (que también se exigía a los varones).

¡Cuántos obstáculos familiares moldearon las vidas de aquellas inmigrantes! ¡Cuántas reinvenciones les brindaría aquella emigración!

Bernarda Caamaño Ruda, la matriarca hawaiana

Bernarda Caamaño Ruda nació en La Adrada, Ávila, en 1892. En 1913, Bernarda, sus hermanos José, Félix, Joaquín, su hermana Elisa con su marido Antonio Aparicio, y los hijos de esta pareja, Marcelina y Luis Aparicio Camaño, embarcaron juntos en Gibraltar siguiendo al patriarca de la familia, viudo, a bordo del SS Ascot, con destino a las islas Hawái, entre los últimos españoles de aquellos ocho mil que fueron reclutados para trabajar en campos de caña de azúcar.

Ya en Hawái, Bernarda se enamoró de un hombre coreano que trabajaba como “luna” -capataz- en la misma plantación, Chi Ho Chang, con quien se casaría a pesar de la desaprobación de su familia. Cuando todo su clan familiar decidió dar un segundo salto desde Hawái hasta California -un paso muy común entre aquellos españoles-, ella se quedó sola en las islas, entregada a la crianza de sus hijos: José, Marcelina, Mateo, Mariano, Albert, Alfred, Joaquín y Elizabeth.

Fábrica Libby (Sunnyvale, California).

Bernarda, alias Grandma Chang, se convirtió en la matriarca de una gran familia hawaiana cuyos vástagos se encuentran hoy desperdigados entre Hawái, California, y Utah. Su hijo Albert fue uno de los fotógrafos militares más destacados de Estados Unidos, por su cobertura de la Segunda Guerra Mundial, y las guerras de Corea y Viet Nam.

Bernarda viajó una vez a California, en 1938, para ver a su familia, que se había establecido en la zona de San Leandro (Bay Area). Según los hijos de Bernarda, su idea original era quedarse tres meses en California, pero la abulense retornó a Hawái mucho antes. La única explicación que daba de su regreso anticipado fue parca, triste: “Me di cuenta de que ya las cosas habían cambiado demasiado. Nada era igual”.

Bernarda falleció en Oahu, Hawái, en 1966.

Ramona, niñera gallega

Ramona Arias nació en la aldea de Martín, Lugo, en 1870. Cumplidos 40 años de edad, dejó a sus tres hijos pequeños al cuidado de su marido, Manuel Villanueva, y se fue a Cuba para trabajar como ama de cría o nodriza para la familia tabaquera Martínez Ybor. Dos años después, en 1912, se mudaría con los señores a las dependencias familiares de Tampa, Florida (Ybor City lleva el apellido valenciano de su fundador), y aprovecharía para reclamar a sus hijos y marido, que se instalaron con ella en la nueva residencia. Ramona aún tuvo otro hijo más nacido en Tampa.

Su marido falleció en la década de los 40, y lejos de amedrentarse, Ramona siguió aprovechando una sustanciosa pensión para viajar con frecuencia a Nueva York, donde vivía el menor de sus hijos. Se la recuerda conduciendo su propio automóvil hasta pasados los 90 años de edad. Cuando su barrio fue expropiado para ser demolido y construir sobre su recuerdo la autopista interestatal, a principios de los años 60, Ramona batalló activamente contra los planes gubernamentales durante meses, aunque dicha disputa no evitaría la demolición de su casa, ni de todas aquellas casas de los trabajadores que convirtieron a Tampa en la Capital Mundial del Tabaco durante las primeras décadas del siglo XX.

Ramona recibió una buena suma de dinero por la expropiación, poco antes de morir, en 1965. Sus descendientes, sin embargo, aún conservan la mesa de madera noble que la familia Ybor regaló a Ramona como recompensa por sus años de ama de cría.

Ramona Arias (Nueva York, 1941).

Los clubes femeninos

Como cualquier colectivo inmigrante en tierra extraña, los españoles en Estados Unidos que desembarcaron antes del “New Deal” recurrieron a cierto espíritu fraterno, solidario, digno de ser recordado. Constituyendo asociaciones, clubes y centros sociales para la colonia inmigrante allá donde se establecían, consiguieron organizar su calendario de ocio con actividades deportivas y culturales, al tiempo que facilitaban el servicio de socorros mutuos, sanitarios, de beneficencia y asistencia social. Muchos de estos centros aceptaban únicamente socios masculinos (en Tampa, el Centro Español solamente admitía españoles, mientras el Centro Asturiano abría sus puertas a otras nacionalidades, siempre que la representación fuera masculina. Ambos son aún recordados en Florida). Así, las mujeres tuvieron que esperar, reclamar, organizarse y fundar, al amparo de estos centros, sus propios clubes.

En 1928, Sunnyvale, California, era hogar para centenares de inmigrantes españoles, en buena parte pasados por Hawái. Para vivir, recogían fruta de temporada, o trabajaban en las fábricas conserveras enlatando dicha fruta, como la de Libby. Con la llegada de la Gran Depresión, los centros benéficos se volvieron muy importantes. Manuela Rodríguez recuerda la Sociedad de Señoras Isabel la Católica, surgida en 1931 a partir de la masculina Sociedad Cervantes Española. Su primera presidenta fue Antonia Ibarreta y la principal función del club, asistir a compatriotas españolas y familiares en caso de enfermedad, viudedad o muerte. Con el paso de los años y tras la aparición de los seguros médicos, estos servicios dejaron de resultar necesarios y sus esfuerzos pasarían a ofrecerse a toda la comunidad, favoreciendo así el desarrollo de Sunnyvale.

En San Luis, Misuri, el club femenino de la Sociedad Española recibió el nombre de ‘Las colaboradoras’. Lori Becker, nieta de emigrantes asturianas, me llegó a contar que el trabajo duro de estas mujeres fue similar al de otros clubes a lo largo y ancho del país: “mantuvo y sigue manteniendo vivo el recuerdo de los inmigrantes españoles en Estados Unidos”. Las recetas de comida, los bailes, las canciones, los bailes y actos de sociedad, los recuerdos a los desaparecidos, todo pasaba por aquellos encuentros de mujeres. La memoria se ha mantenido viva en las cocinas o en las tardes de café, en casa o en las secciones femeninas de los clubes. Habría que examinar quién colaboraba y quién ideaba, gestionaba, organizaba y divulgaba en aquellos barrios de San Luis, Nueva York, Tampa, Sunnyvale, Donora.

Boda española en Hawái (1920).

Los años bélicos

Llegada la Guerra Civil en España, las inmigrantes españolas también sufrieron terribles tiempos de discordia. En las distintas comunidades, ellas se organizaron y movilizaron para mantener vivos sus sueños de regresar, algún día, a sus hogares de origen. Ellas apoyaron dichos sueños en pos de la defensa del progreso que, en la España que vivían a distancia, equivalía a República y democracia. Así, los clubes sociales organizaron bailes con los que recaudar fondos de apoyo a la República, y se organizaron manifestaciones y mítines, y acciones ingeniosas y visiblemente ideologizadas.

Y las mujeres marcharon hasta Washington. Siempre fuertes, valientes y solidarias. El 4 de abril de 1938, nos recuerda la Biblioteca del Congreso estadounidense, “tres mil mujeres nacidas en España y que viven en las grandes ciudades del este del país, encabezadas por la viuda de un estadounidense que murió en la Guerra Civil Española, se han manifestado hoy ante el Departamento de Estado, para pedir formalmente la “revocación del embargo de la venta de armas contra el gobierno español elegido democráticamente”. La viuda respondía al nombre de Ernestina González.

“La calle 14 oeste de Manhattan era el corazón de la colonia española en la gran manzana. Allí cabían todo tipo de ideas, y se soñaba en español”

Y en Nueva York, la tía Zazi y Francisca Porteles no dudaron en colgarse unos carteles y formar piquetes ante la tienda de Casa Moneo, abiertamente a favor del alzamiento de Franco. La calle 14 oeste de Manhattan era el corazón de la colonia española en la gran manzana. Allí cabían todo tipo de ideas, y se soñaba en español.

Y en localidades como Monterey o Vacaville, en California, o en Donora, Pensilvania, las mujeres que en 1937 desfilaron por las calles, verían años después que sus sueños rotos ayudaron a despejar el camino, y el de sus hijas, hacia nuevos retos, a veces tan simples como jugar a los bolos, conducir un automóvil o estudiar una carrera universitaria. Empezó a ocurrir ya en los años 40. Poco después, llegarían los primeros viajes a España, eso sí, como americanas, turistas en su propia tierra. En esas visitas a parientes y vecinos aprovecharían para llevarles ropa poco usada, dinero, todo era útil en la aldea.

En Canton, Ohio, escucho el recuerdo de Linda Álvarez, nieta de dos inmigrantes españoles, Carmen y Antonio. Su abuelo trabajó toda su vida en la Timken Roller Bearing Company. Linda recuerda que Antonio vivió en la casa familiar hasta su muerte. Recuerda los viajes del abuelo viudo a España, en tren hasta Nueva York. En carguero hasta Vigo. “Es triste que no conozcamos a nuestros familiares de España. Mi madre nunca conoció a ninguno de sus parientes allá. Nunca viajó con él. Mi abuelo llevaba un baúl lleno de ropa, se la entregaba a sus parientes y amigos. Tenían mucho menos que nosotros. Recuerdo que volvía con el baúl siempre vacío”. Apuesto a que la hija de Antonio, madre de Lidia, la que nunca viajó a este lado, Carmen Bocija Álvarez, llenó ese baúl con algunos recuerdos españoles made in USA.

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