Elogio de las militancias que tienden puentes

La pluralidad y el conflicto siempre han estado y estarán ahí. Resultan inevitables, pero no ingobernables.

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Diego Díaz Alonso
Diego Díaz Alonso
Historiador y activista social. Escribió en La Nueva España, Les Noticies, Diagonal y Atlántica XXII. Colabora en El Salto y dirige Nortes.

8 de Marzo. Tras dos años de pandemia manifestaciones multitudinarias vuelven a tomar las calles. Un estallido de alegría. Un subidón en tiempos de bajona. Al término de una de ellas, un pequeño grupo de feministas latinas increpa a las organizadoras de la marcha: “¡Blancas racistas!”. De nada sirve explicarles que ha habido compañeras latinas en la organización del 8M, que han estado visibilizadas en ruedas de prensa, pancartas, carteles y por supuesto en la lectura de un manifiesto que denuncia el racismo y pide el cierre de los Centros de Internamiento de Extranjeros. Cuando las luchas por el poder (o por el micropoder) y la lógica de los agravios y del narcisismo indentitarista han entrado en acción, ya no hay argumento racional capaz de frenar la espiral destructiva. Abrimos hilo.

No se trata únicamente de un problema en el universo de los feminismos. Los identitarismos han hecho fortuna en los tiempos de la bajona y del desencanto. Tras el progresivo agotamiento del impulso del 15M, el post15M y Podemos, sectores de las izquierdas han renunciado a levantar proyectos comunes, conformándose con tirar de escuadra y cartabón para delimitar bien las fronteras de sus respectivas tribus, siempre en guerra sin cuartel contra otras. Y es que nada mejor que una guerra permanente para reafirmar mi identidad. Alaración. No hablamos de grandes ejércitos, sino de pequeñas guerrillas preocupadas ante todo por su supervivencia. Obreristas contra postmodernos, racializadas contra blancas, abolicionistas contra queers, anticapitalistas contra socialdemócratas, modernos contra rancios, nostálgicos contra antinostálgicos, nacionalistas contra jacobinos, sólidos contra líquidos, jóvenes contra veteranos… y así sucesívamente… y viceversa…. De algún modo mayor o menor, estas escaramuzas digitales nos han terminado arrastrando a todos y todas. ¿Nos han llevado a algún lugar? Sí. A que algunos y algunas engorden sus seguidores en redes sociales, a que viejas glorias hayan logrado escapar del baúl de los recuerdos y vuelvan a tener audiencias que les aplaudan e inviten, a que aspirantes a columnistas encuentren su nicho de mercado…. Y poco más. Toca plantar cara a la toxicidad.

“El éxito de las izquierdas chilenas nos demuestra los beneficios de poner a todas las corrientes a trabajar en pos de un horizonte compartido”

La pasión de las izquierdas por hacerse la guerra entre ellas es tan vieja como el propio concepto de izquierda. 1789 por lo menos. La pluralidad y el conflicto siempre han estado y estarán ahí. Resultan inevitables, pero no ingobernables. Si algo nos demuestra historia, es que nuestros momentos más esperanzadores han venido de su adecuada gestión a través de la cooperación y no de la competición. Esto debería ir de buscar complementariedades, y no de reafirmar identitarismos aislacionistas, incapaces de dialogar y tejer alianzas. De disfrutar con la convivencia y no de ir a la militancia como quien va a la guerra. De abrirse a los debates, pero buscando síntesis superadoras. Lo acabamos de ver en Chile, donde un frente amplio de todas las tribus guerreras ha logrado poner fin a 30 años de alternacia entre gobiernos neoliberales y socioliberales. Gestionar con éxito la diversidad y convertirla en un factor multiplicador, como por cierto hacen los partidos del sistema jugando con diferentes perfiles y voces para aumentar su transversalidad, Ayuso y Feijoo, es el reto de unas izquierdas siempre tentadas por el monolitismo. No hace falta ser estalinista para disfrutar del placer identitario de una buena purga que nos reafirme frente al otro o la otra. Puede hacerse incluso en nombre de conceptos tan nobles como cuidados o participación. Nuevas justificaciones, viejas pulsiones sectarias.

Esto va demasiado en serio

El domingo pasado Felipe González, portavoz oficioso del IBEX35, estuvo en el programa de Jordi Évole. El ex presidente emitió tres importantes ultrasonidos: debemos prepararnos para la guerra y el incremento del gasto militar, toca rebajar la inflación conteniendo los salarios, no los beneficios de los oligopolios, y es el momento de buscar una gran coalición entre el PSOE y el PP. Un gran pacto de Estado que saque del gobierno a UP, y sirva como alternativa al entendimiento entre la derecha y la extrema derecha. Es una posible hoja de ruta de las élites. La otra es integrar a Vox en la gobernanza del Estado central, autonómico y local. En Castilla y León se acaba de romper algo que nunca fue un gran tabú.

Felipe González, en un momento de la entrevista con Jordi Évole. Foto: Twitter

El tiempo apremia a recomponer los vínculos rotos en las izquierdas. A salir de los cuarteles de invierno a buscar a otras personas que quieran construir una gran alianza social, política y cultural por la paz, los derechos económicos y sociales, la igualdad y la transición ecológica justa. Las actitudes tóxicas no deberían ser bienvenidas en tiempos de reconciliación. Me parece preferible poner el foco en quienes tienden puentes y construyen, antes que en quienes incendian buscando satisfacer sus pulsiones narcisistas o el sostenimiento de sus chiringuitos. A veces microchiringuitos. Es una decisión de línea editorial. Va seguramente en contra del algoritmo y de esa perversa economía de la atención basada en hacer más caso a quien más chilla, diga o no algo interesante. Pese a todo, aquí nos vamos a rebelar contra ella. Preferimos el debate a la bronca, y la reflexión a la crispación. Este es un medio con una ideología progresista, pero en el que caben y pueden convivir muchas opiniones distintas. Lo estamos demostrando en temas tan candentes como Ucrania. Estamos por un Nortes plural, diverso y polifónico, que junto a otros medios independientes levante una alternativa comunicativa útil. Llevamos ya dos años en ello. Tenemos cuerda para rato.

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