El día que se apagaron las luces en Soto de La Barca

El desmantelamiento de la antigua central térmica se ha impuesto a los planes para una reconversión verde que defendieron sindicatos y plataforma.

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Beatriz Egido
Beatriz Egido
Es enfermera y secretaria comarcal de CCCO del Suroccidente asturiano.

Cuando alguien se acercaba de noche por primera vez al suroccidente de Asturias, lo recibían dándole la bienvenida, miles de luces suspendidas en el aire junto a una alta campana de cemento humeante y una cortina de agua deslizándose por su perímetro constantemente. Esta imagen descolocaba un poco a quién desconocía su existencia y únicamente contaba encontrarse a esa hora con los focos de pequeños pueblos vacíos.

La central térmica de Soto de La Barca era como el buque insigne del Suroccidente de Asturias. Generaba 140 empleos directos y un tejido económico a su alrededor que iba desde talleres mecánicos hasta hostelería: vida y economía. Y a todo esto hay que sumarle el millón de euros que dejaba anualmente al Ayuntamiento de Tineo en impuestos.

Un buque algo entrado en años, ciertamente, (década de los 60) pero en el que se habían realizado obras de ampliación y renovación en las distintas fases hasta su desconexión total el 30 de junio de 2020. La energía verde se impuso y los combustibles fósiles se fueron desechando por su enorme contaminación, según los Acuerdos de París de 2015.

Creo que a nadie se le escapa que el cambio climático y la urgencia de una economía sostenible con el medio ambiente es imparable, la cuestión es conocer el precio que debemos pagar por ello y quiénes deben pagarlo.

En el momento del cierre se mantuvieron reuniones entre la empresa, la plataforma de los trabajadores y la administración, en las que se intentaron llegar a acuerdos y propuestas para asegurar una mínima actividad o alternativas. No sólo fue infructuoso, sino que lo que en algún momento se llegó a proponer pasó al olvido más absoluto.

“La desconfianza y el pesimismo ya forman parte del día a día”

Si hacemos un pequeño ejercicio de investigación sobre el futuro de otras instalaciones similares fuera de nuestro país, podemos comprobar que la distancia y las malas comunicaciones no hacen nada más que aumentar el riesgo de fracaso y desidia a la hora de llevar a cabo los proyectos. Centros comerciales, galerías e incluso lugares de almacenamiento son inviables a esta distancia del centro de Asturias y con las vías de comunicación actuales. Nos preguntamos en quién recae la responsabilidad de buscar alternativas y el futuro de calidad que hemos perdido. Somos una comarca con muy baja densidad de población y a la vez muy envejecida y con unos recursos económicos poco interesantes para los inversores. Nuestro mayor patrimonio es la naturaleza, el aire, el agua y lo relacionado con lo agrario y ganadero.

Foto: David Aguilar Sánchez

Es esperanzador que en las últimas horas estén apareciendo voces que plantean el uso del hidrógeno en las centrales térmicas, sustituyendo al carbón, como una “suerte de renacimiento energético”, cito textualmente, y como ayuda para “controlar los altos precios de la electricidad, compensar la inestabilidad de las energías renovables y el final de los combustibles fósiles”. Evidentemente, si esto se produjera, sería como salir de un mal sueño cuyas consecuencias puede que aún tuvieran solución, pero también podría convertirse en uno demasiado bonito en el que pongamos demasiadas esperanzas y cuyo final sea aún mucho más duro. Aunque la convocatoria del Ministerio para la Transición Ecológica de ayudas económicas parecía ni pintado para lo nuestro, el destino de la térmica parece que será simplemente su demolición y transformación en chatarra.

La desconfianza y el pesimismo ya forman parte del día a día de nuestra comarca. Es lógico sentirse moneda de cambio en un sistema económico que nos invita al consumo masivo en todo lo que nos rodea y a la vez nos castiga por formar parte de esa cadena de producción cuando decide cambiarla por otra. Al final somos los peones de un tablero de ajedrez: los más numerosos, pero a la vez los más débiles y a quiénes primero se sacrifica para proteger las piezas de más valor.

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