Un siglo de pacifismo obrero y de huelgas contra la guerra

Desde la guerra de Marruecos de 1909 hasta la de Ucrania en 2022, los sindicatos de clase se han movilizado por la paz, la mayor parte de las veces, contra viento y marea.

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Gonzalo Wilhelmi
Gonzalo Wilhelmi
Es historiador, ferroviario y sindicalista de CGT. Su último libro es "Sobrevivir a la derrota. Historia del sindicalismo en España, 1975-2004" (Akal, 2021).

Desde su nacimiento hace más de cien años, los sindicatos han dedicado sus esfuerzos no solo a la mejora de las condiciones laborales, sino también a intervenir en cuestiones sociopolíticas como la defensa de la democracia o la lucha por la paz.

Desde el siglo XIX, el rechazo activo a las guerras coloniales, imperialistas y entre Estados ha sido uno de los elementos centrales de las organizaciones de trabajadores, especialmente en España.  Hoy, cuando la invasión rusa de Ucrania ha puesto la guerra existente en este país europeo desde 2014 en el centro de la política mundial, el pacifismo obrero ha vuelto a aparecer como una corriente profunda que orienta la actividad de los sindicatos de clase, sobre todo en los momentos más difíciles.

Las guerras coloniales de Cuba y de Marruecos

Como han estudiado Dolors Marin y Julián Vadillo, las primeras asociaciones obreras socialistas y anarquistas, que posteriormente formarían la UGT y la CNT, tuvieron desde sus inicios una posición clara contra la guerra, de acuerdo con los planteamientos de la Primera Internacional.

En 1870, ante el inicio de la guerra franco-prusiana, la Federación Regional Española de la Internacional llamó a los trabajadores franceses y prusianos a no participar en un conflicto que arrastraba “a tantos miles de hombres contra sus propios hermanos en perjuicio de sus intereses y en defensa de sus tiranos”.

Semana Trágica de Barcelona.

En 1895, cuando estalló la guerra por la independencia en las colonias españolas de Cuba y Filipinas, el movimiento obrero se posicionó de nuevo contra la guerra. El PSOE y la UGT lo hicieron mediante la campaña “O todos o ninguno”, que denunciaba las condiciones inhumanas de los soldados españoles en Cuba, reclamando que fuesen a la guerra los hijos de los ricos, considerando que esta era la vía más eficaz para lograr la paz. Los anarquistas defendieron la liberación de Cuba y Filipinas de la “degradante dominación extranjera”, se opusieron al envío de tropas españolas y respaldaron a los independentistas cubanos con la idea de que la victoria frente al gobierno colonial español allanaría el camino hacia la revolución y el socialismo.

Mitin de Pablo Iglesias con motivo de la Semana Trágica.

Los primeros sindicatos españoles rechazaban la guerra entre países, pero no renunciaban a la violencia, pues consideraban que para acabar con la “guerra burguesa” era necesario transformar el capitalismo mediante la guerra revolucionaria, una posición que resumía el famoso lema anarquista de “guerra a la guerra de hermanos contra hermanos”.

Tras la independencia de Cuba, Puerto Rico y Filipinas en 1898, el movimiento obrero se enfrentó a una nueva guerra colonial, la de Marruecos. En 1909, el reclutamiento y embarque de tropas en Barcelona fueron respondidos por el sindicato anarquista Solidaridad Obrera con una huelga general en la ciudad al que se sumó UGT y que desembocó en una insurrección, reprimida a sangre y fuego por el Gobierno de Maura.   

Un año después, en 1910, se celebró en el barrio barcelonés de Sants el congreso fundacional de la CNT, que reafirmó la lucha contra la guerra entre sus principios centrales, acordando que en caso de que España entrara en un conflicto bélico, se convocaría una huelga general, porque en las “aventuras guerreras” la clase trabajadora “únicamente pierde sangre y no gana nada”.

La primera guerra mundial

En 1914, el estallido de la Primera Guerra Mundial dividió a la izquierda y a los sindicatos y supuso el fin de la II Internacional en Europa. En España, el partido socialista y UGT se opusieron inicialmente a la guerra, pero tras la invasión alemana de Francia y Bélgica, se posicionaron con los aliados, si bien algunos sectores socialistas mantuvieron el rechazo a la guerra. El otro gran sindicato, la CNT, organizó en 1915 un Congreso Internacional de la Paz abierto a todas las corrientes anarquistas, sindicalistas y socialistas, con tres puntos en el orden del día: medios rápidos para acabar con la guerra europea; orientaciones futuras para evitar crímenes de lesa humanidad; desarme de los ejércitos.

“El rechazo de los sindicatos de clase a la guerra entre Estados no implicaba un rechazo total al uso de la violencia”

A pesar de la prohibición gubernamental, de las detenciones de sindicalistas españoles y de la deportación de los extranjeros, así como de las dificultades para desplazarse en una Europa asolada por la guerra, la CNT fue capaz de llevar a cabo varias sesiones del Congreso, que se celebró en Ferrol y contó con la asistencia de delegados portugueses, españoles, franceses, argentinos, brasileños y cubanos.

De la guerra civil española a la dictadura fascista

El rechazo de los sindicatos de clase a la guerra entre Estados no implicaba un rechazo total al uso de la violencia.  Las organizaciones obreras tanto socialistas como anarquistas entendían que las guerras eran provocadas por el capitalismo generador de rivalidades por los mercados y los recursos y por tanto para lograr la paz duradera era necesaria la lucha de clases, que acabara con el capitalismo mediante la revolución, la guerra social.

Con estos planteamientos de partida, cuando en 1936 se produjo en España el golpe de Estado fascista contra la II República, los sindicatos obreros CNT y UGT se sumaron a la parte del ejército que defendió la democracia y la legalidad, tomando las armas y organizando milicias que fueron decisivas para detener el golpe en los primeros días.

Milicianos andaluces en 1936.

Tras la derrota republicana en la guerra civil, la dictadura fascista encabezada por Franco hizo imposible la actividad de los sindicatos de afiliación tradicionales y en los años 60, el movimiento obrero se reorganizó con una nueva fórmula que combinaba asambleas de centros de trabajo y comités clandestinos, y que le permitió sobreponerse a las detenciones, las torturas, los encarcelamientos y los asesinatos de sindicalistas. Eran las Comisiones Obreras, que fieles a la tradición histórica de los sindicatos de clase no solo reclamaron y lograron mejoras laborales, sino que fueron el principal motor de la lucha por la democracia, y desempeñaron un papel central para forzar una transición a la democracia tras la muerte de Franco en 1975.

El pacifismo obrero en los 80

En 1980, la decisión del gobierno democrático presido por Adolfo Suárez de incorporar a España a la OTAN, organización militar creada por EE. UU. para enfrentarse a la URSS, reactivó al movimiento pacifista en el que una vez más, los sindicatos de clase se implicaron a fondo.

La primera marcha a la base militar norteamericana de la localidad madrileña de Torrejón congregó a unas veinte mil personas y supuso el inicio de un movimiento pacifista amplio y plural que integraba distintas sensibilidades antimilitaristas y anti imperialistas y cuyas diversas corrientes se unificaron en unas reivindicaciones comunes, sintetizadas en la popular consigna “OTAN No, bases fuera”: referéndum sobre la integración en la OTAN, desmantelamiento de las bases militares de EEUU instaladas durante la dictadura fascista y rechazo a los bloques militares.

Movilización contra la OTAN en Oviedo/Uviéu. Foto: Luis Sevilla.

En 1982 el PSOE ganó las elecciones generales y poco después modificó su postura contraria a la OTAN para pasar a defender la permanencia de España en la alianza militar dirigida por EE. UU. El movimiento pacifista siguió creciendo, con la participación destacada de los sindicatos de clase, especialmente desde el sindicalismo nacionalista gallego, CNT y CCOO. Los sectores más radicales de CCOO impulsaron la creación de comités anti-OTAN en cientos de empresas de todo el país, que desplegaron una actividad de propaganda muy intensa y que llegaron incluso celebrar referéndums sobre la OTAN en los centros de trabajo con altos porcentajes de participación.

“Los sectores más radicales de CCOO impulsaron comités anti-OTAN en cientos de empresas de todo el país, con una actividad de propaganda muy intensa”

Las movilizaciones anti-OTAN se mantuvieron durante varios años, con grandes manifestaciones de cientos de miles de personas, dinamizadas por decenas de comités locales agrupados en la Coordinadora Estatal de Organizaciones Pacifistas. Esta marea de movilización mantenida en el tiempo forzó al gobierno del PSOE a convocar un referéndum el 12 de marzo de 1986 sobre la permanencia de España en OTAN y la continuidad de las bases militares norteamericanas. En el plebiscito participó el 59% del censo y los partidarios del Sí a la OTAN y a las bases, encabezados por el PSOE, lograron algo más de 9 millones de votos (el 52’5%), mientras que el No sumó casi siete millones de papeletas (39,8%).

La primera guerra del golfo en 1991

Cinco años después de la derrota del referéndum de la OTAN, en 1991, el movimiento pacifista volvió a salir a la calle contra una nueva guerra. EE. UU. había formado una coalición con autorización de la ONU para liberar Kuwait de la invasión de Irak y España se había sumado a la coalición con un millar de militares, embarcados en tres navíos de guerra.

Mural pacifista en el barrio carbayón de Ventanielles. Foto: Javier Ordás

Las manifestaciones contra la guerra y contra la participación española fueron multitudinarias y en ellas participaron los sindicatos de clase, que también llevaron la defensa de la paz al ámbito laboral, con la convocatoria de una huelga por parte del SLMM-CCOO en un buque mercante español contratado para llevar tropas francesas al Golfo Pérsico.

El 18 de enero de 1991 CCOO, USO y CGT convocaron una huelga general de dos horas contra la guerra y por la vuelta de los marineros de la Armada enviados a participar en el conflicto, a la que se sumaron cerca de un millón de personas principalmente en Madrid y Catalunya.

Los bombardeos de la OTAN contra ciudades serbias en 1999

Ocho años después, en abril de 1999, la OTAN inició una campaña de bombardeos contra ciudades serbias. La coalición militar, en aquel momento presidida por el dirigente del PSOE Javier Solana, justificaba esta agresión con el argumento de impedir las matanzas de kosovares a manos de militares y paramilitares serbios. Con el bombardeo de las ciudades, se buscaba inmovilizar el ejército serbio y hacer sufrir a la población civil para que se levantara contra el presidente serbio Milosevic.

En el congreso español, casi todos los grupos parlamentarios apoyaron la guerra de la OTAN contra Serbia, con la excepción de Izquierda Unida y el Bloque Nacionalista Galego.

Las manifestaciones pacifistas se organizaron en las principales ciudades españolas y tuvieron una asistencia muy reducida, que no pasó de quince mil personas en Madrid y de seis mil en Barcelona. Las movilizaciones reclamaban el cese de los bombardeos de la OTAN y el fin de la represión a la población albanokosovar por parte del ejército serbio. Los principales sindicatos de clase, CCOO y UGT, no se sumaron a las manifestaciones contra la guerra, pero si lo hicieron otras centrales sindicales como CGT y CIG.

La invasión de Irak de 2003  

Cuatro años después, en 2003, EE. UU. anunció la invasión de Irak con el falso pretexto de que el gobierno presidido por Sadam Hussein disponía de armas de destrucción masiva y había apoyado a la red terrorista Al Qaeda que en 2001 había atentado en Nueva York.

Las movilizaciones contra esta nueva guerra, cuyo verdadero motivo era hacerse con los recursos petroleros de Irak, se extendieron por todo el mundo, y en España fueron especialmente multitudinarias, especialmente después de que el presidente del gobierno, José María Aznar, del Partido Popular, decidiera incorporar a España a la coalición invasora, a pesar de que el 90% de la población se oponía a la guerra.

Ocupación de la Catedral de Oviedo durante las movilizaciones contra la Guerra de Irak en 2003. Foto: Borja Llorente.

A diferencia del ataque de la OTAN contra Serbia de 1999, en esta ocasión, todos los sindicatos de clase se volcaron en apoyar las manifestaciones contra la guerra, que reunieron el 15 de febrero a varios millones de personas en las principales ciudades de España. Un mes después, el 20 de marzo, EE. UU. inició la invasión de Irak, apoyado por Reino Unido, España, Australia y otros países, una invasión que provocaría entre 600.000 y un millón de muertos en los tres años siguientes.

En medio de una oleada creciente de manifestaciones, UGT propuso la convocatoria de una huelga general de dos horas contra la guerra, a la que se sumó la CIG en Galicia, los sectores críticos y minoritarios de CCOO y los sindicatos CGT y CNT, que ampliaron la convocatoria a 24 horas.

La huelga general contra la guerra se realizó finalmente el 10 de abril de 2003 y en los paros parciales de dos horas participaron varios millones de personas trabajadoras, sobre todo en grandes empresas de la industria y de los servicios y en la administración pública. En las pequeñas empresas la convocatoria apenas tuvo seguimiento y las manifestaciones de la tarde congregaron a cientos de miles de personas.

La guerra de Ucrania

En marzo de 2022, la invasión rusa de Ucrania ha vuelto a poner el horror de la guerra en el centro de la política mundial. En España, la mayor parte de los partidos y de los medios, tanto de izquierda como de derecha, han coincidido en la exigencia de la retirada rusa, en el apoyo al gobierno ucraniano mediante el envío de armamento, y en los llamamientos a la escalada militar e incluso a enviar tropas y entrar en guerra contra Rusia, una potencia con armamento nuclear.

“Una guerra de la OTAN contra Rusia significaría la tercera guerra mundial y un posible holocausto nuclear”

La posición dominante en los medios y partidos españoles se ha alineado con la política exterior de Estados Unidos, y también con la de la Unión Europea, cuyo representante de asuntos exteriores, el dirigente del PSOE Josep Borrell ha llegado a declarar públicamente que la UE está en guerra con Rusia.

La presión mediática y política ha alcanzado tal nivel, que cualquier crítica a la posición de Estados Unidos y la UE se ha descalificado identificándola con el apoyo a la invasión rusa y al gobierno de Vladimir Putin.

Concentración contra la invasión de Ucrania en Xixón. Foto: Luis Sevilla

Incluso desde medios y organizaciones de izquierda se ha defendido el envío de armas al ejército ucraniano y se han realizado llamamientos a la guerra contra Rusia, al tiempo que se han ridiculizado las posiciones pacifistas, que consideran que la única vía realista para parar la guerra es la presión diplomática y el respaldo a la negociación para llegar a un acuerdo que ofrezca garantías de seguridad a Rusia y a Ucrania y respete los derechos de la población de la región ucraniana del Donbas, sometida desde 2014 a violaciones de derechos humanos por parte del ejército ucraniano, que incluye batallones nazis que se han convertido en centros de entrenamiento del terrorismo internacional ultraderechista.

Aunque pueda parecer sorprendente, partidos y medios de izquierda españoles se han sumado a las llamadas a embarcarse en una guerra de la OTAN contra Rusia que significaría la tercera guerra mundial y un posible holocausto nuclear.

En esta difícil coyuntura, los sindicatos de clase han vuelto a movilizarse contra la guerra, se han negado a apoyar el envío de armas al ejército ucraniano, han rechazado la escalada militar y el envío de tropas y han defendido que la forma más efectiva de lograr la paz es la desescalada y la presión diplomática. Poco después del inicio de la invasión rusa de Ucrania, los sindicatos CCOO, UGT, CIG, ELA, CGT y LAB organizaron concentraciones y manifestaciones en las principales ciudades del país, defendiendo la retirada de las tropas rusas, la creación de corredores humanitarios y la acogida de personas refugiadas.

Un siglo de lucha sindical contra la guerra

En estos tiempos de criminalización del sindicalismo de clase, no está de más recordar el papel del pacifismo obrero, una larga tradición con más de un siglo de vida, que aporta una pequeña luz en medio de una oleada de exaltación belicista que también se extiende incluso en la izquierda y que puede desembocar en un holocausto nuclear.

Como en la huelga contra la guerra de Marruecos en 1909, como en el congreso internacional por la paz de Ferrol de 1915, como en las movilizaciones contra la OTAN y las bases militares norteamericanas de los 80, como en la huelga general contra la participación española en la guerra de Irak de 1991, como en las manifestaciones contra los bombardeos de la OTAN a ciudades serbias en 1999, como en la huelga general contra la invasión de Irak por parte de EEUU con el apoyo del gobierno español en 2003, hoy, ante la invasión de Ucrania por parte de Rusia, los sindicatos de clase se han movilizado de nuevo contra la guerra y por la negociación y la presión diplomática como vías para lograr la paz, oponiéndose a  la escalada militar.

Una vez más, como en los últimos cien años, los sindicatos de clase han sabido resistir contracorriente y han continuado una de sus mejores tradiciones, la del rechazo a la guerra y la defensa de la paz.  

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