1962: Las huelgas del silencio

El movimiento obrero lograría reinventarse y adaptar sus métodos de lucha a las difíciles circunstancias de la dictadura franquista.

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Benjamín Gutiérrez
Benjamín Gutiérrez
Es historiador y director de la Fundación Juan Muñiz Zapico de CCOO de Asturies.

A mi padrino Boni Gutiérrez Huerta, a mi padre y a todos los mineros, que pese al miedo y la represión, no enseñaron el camino. 

En 1962, como en cualquier otro momento de movilización, se dan formas de respuesta innovadoras. El más conocido, quizá sea la acción de tirar maíz a los esquiroles protagonizado por las mujeres en las cuencas mineras. Ha sido llevado a cabo en multitud de lugares e incluso por ideologías diferentes. Por poner un ejemplo, mujeres de ultraderecha lanzaron maíz a las puertas de los cuarteles militares en el Chile previo al golpe militar en 1973.

La asamblea, las comisiones de representación,… y el subirse al bidón para hablar a los compañeros, han sido métodos empleados en infinidad de conflictos laborales. Hay que resaltar que en 1962 no existía una representación sindical real, solo oficial al régimen. Las Comisiones Obreras tomarían impulso tras estas huelgas con el apoyo de las organizaciones antifranquistas, principalmente del PCE y sectores cristianos progresistas. Pero en aquella Asturias minera, surgió una forma de movilizar, que es realmente llamativa: el silencio. El Servicio de Información de la Dirección de Seguridad se refería a ella como “de educación y descanso” e incluso un periodista del Corriere della Sera la denominaría la huelga de “del no se”, como nos ha contado el historiador Ramón García Piñeiro.

Compañeros en la Mina de El Escuyo, Piñeres, en el concejo de Aller. Fuente: Memoria Digital de Asturias.

Mi primer contacto con la historia de este método fue a través de mi padrino, quien me contó que siendo un joven minero en La Camocha, un día al llegar a la casa de aseos, se encontró con que todo el mundo estaba sentado, nadie se cambiaba para ir a trabajar. Todos quietos y la ropa colgada, sin que nadie la bajase de las perchas para cambiarse, todos sin prisa sin el bullicio que acompañaba a ese casi ritual previo a entrar al tajo. No entendía qué pasaba y por qué todos estaban en ese silencio. Nadie se movía ni hablaba, y él como el resto, hizo lo mismo. Esta historia que puede confundirse con un acto de seguidismo, es un acto de grupo, que solo se entiende en un ámbito laboral como el minero, donde el trabajo requiere de cohesión de ese grupo. Tu vida cada día depende del compañero y eso genera dinámicas que han llevado a los mineros en todas las latitudes del mundo a ser un grupo con una gran capacidad de organización como colectivo. El minero joven aprende del veterano, de los mineros con más reconocimiento, y sigue el ejemplo de los referentes.

El silencio, en aquel abril de hace sesenta años, no evitará que se detenga y despida a los más significados por su afiliación previa o ficha policial, pero irá generando una movilización donde surgirán otras fórmulas también más universales como las huelgas de brazos caídos o las rotaciones sin capacidad productiva.

La imagen de un turno completo de cientos de trabajadores quieto, en silencio, puede ser temible para un régimen que ve, que pese a la represión y el miedo, la semilla de la movilización obrera persiste y la huelga no ha sido erradica. La lucha de clases seguía existiendo y poco a poco las conciencias despertaban pese al miedo, en aquellas minas asturianas en la que los mineros falangistas les decían a los rojos que ellos habían ganado la guerra, cuando en la realidad, todos, fuera cual fuera su ideología, compartían riesgos, malos salarios y enfermedad.

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