Clara Campoamor más allá del voto femenino

AFA recordó con un acto en la Universidad de Oviedo/Uviéu a la histórica feminista en el 50 aniversario de su muerte.

Recomendados

Diego Díaz Alonso
Diego Díaz Alonso
Historiador y activista social. Escribió en La Nueva España, Les Noticies, Diagonal y Atlántica XXII. Colabora en El Salto y dirige Nortes.

Se cumplen 50 años de la muerte en el exilio suizo de Clara Campoamor (Madrid, 1888, Lausana, 1972), motivo por el que la Asociación Feminista de Asturias organizó este miércoles un acto en el Edificio Histórico de la Universidad de Oviedo/Uviéu con la jurista María Valvidares y la filóloga Alba González Sanz, ambas buenas conocedoras de la vida y la trayectoria política de quien fue pionera del derecho al voto de la mujer en España. Y mucho más.

Hablar de Clara Campoamor más allá del derecho al voto fue justamente lo que se propuso Valvidares, profesora de derecho constitucional en la Universidad de Oviedo/Uviéu, y que reivindica de la abogada y política republicana su “lucidez y modernidad” a la hora de entender que era clave blindar los derechos de las mujeres en el proceso constituyente abierto tras las elecciones de junio de 1931. “Se fijó en las constituciones más avanzadas de su época, la de la URSS, México y Alemania, y aprendió también de su errores” señala Valvidares, que apunta que Campoamor supo ver que no haber atado suficiente la igualdad entre sexos en la Constitución alemana lastró el posterior desarrollo legal de os derechos de las mujeres en la República de Weimar. Campoamor se preocuparía en cambio de que el divorcio estuviera presente en un artículo de la Constitución española de 1931, evitando así que un derecho como este estuviera bien asegurado y no quedara sujeto a las cambiantes mayorías parlamentarias.

Mitin presidido por Clara Campoamor (centro) en Madrid en 1932. DÍAZ CASARIEGO/EFE

Hija de un contable y una costurera, trabajó de modista, dependienta de comercio, telefonista y profesora de taquigrafía y mecanografía, antes de poder dedicarse a la abogacía. Hasta que alcanzó cierta autonomía económica no pudo cursar los estudios de Derecho. Una carrera que según Alba González Sanz escogió por razones “estratégicas”, para pelear desde ella por los derechos de las mujeres. Se licenció con 36 años, siendo una de las primeras mujeres en incorporarse al Colegio de Abogados de Madrid. Durante la Dictradura de Primo de Rivera participa en diferentes espacios de la oposición democrática. Interesada en el incipiente movimiento feminista, se acercó también a los círculos intelectuales madrileños, al Ateneo de Madrid, del que sería su primera directiva mujer, y al movimiento republicano. Según González Sanz siempre entendió “republicanismo y feminismo como dos elementos inseparables”. En ambos casos se trataba de movimientos por la democratización de la sociedad.

Tras la proclamación de la Segunda República, en las elecciones constituyentes de junio de 1931 obtiene un escaño por el Partido Radical de Alejandro Lerroux. Destaca como diputada en la legislatura 1931-1933, la de la Constitución, el derecho al voto de la mujer, y otras leyes relacionadas con los derechos de las mujeres y de la infancia, como la igualación de derechos entre hijos legítimos e ilegítimos. También participó en los proyectos legislativos para la erradicación de la prostitución en España. Tras las elecciones de noviembre de 1933, con la formación del Gobierno del Partido Radical sostenido por la Confederación de Derechas Autónomas, Campoamor es nombrada Directora General de Beneficiencia. Un cargo del que dimitiría por su discrepancia con la represión del Gobierno a los revolucionarios asturianos tras el fallido levantamiento de Octubre de 1934. “Había condenado la revolución por levantarse contra la República, pero cuando comprueba sobre el terreno que la represión en Asturias no era ninguna mentira de las izquierdas cambia de opinión sobre el Gobierno y se distancia de su partido” apunta Alba González Sanz acerca del impacto que le produjo conocer de primera mano los casos de torturas, ejecuciones extrajudiciales y otras arbitrariedades cometidos contra los obreros asturianos y sus familias.

De cara a las elecciones de febrero de 1936 se coloca en una incómoda tierra de nadie. Ni con su antiguo partido, derechizado y desprestigado por la corrupción, ni con las izquierdas y el Frente Popular, que tampoco le tenían un gran aprecio. Sus intentos por entrar en Izquierda Republicana, el nuevo partido promovido por Manuel Azaña para agrupar a todo el republicanismo progresista, fracasan. No la admiten. Sobre ella pesaba la leyenda de ser la artífice del derecho al voto de la mujer, que para muchos progresistas había estado en la base de la victoria conservadora en noviembre de 1933. En febrero de 1936 también votarían las mujeres y ganarían las izquierdas, pero el daño al prestigio de Campoamor estaba hecho.

Un momento del acto celebrado por AFA en la Universidad

Con el golpe de Estado y el estallido de la Guerra llegaría a temer por su vidas. Según Alba González Sanz no iba desencaminada. El Madrid revolucionario de julio de 1936 no era un lugar seguro para una republicana liberal como ella. Emprendería el camino del exilio. Primero a Argentina y después a Suiza. Desde allí escribe un libro muy crítico con las izquierdas, “La revolución española vista por una republicana” (1937). “Es una obra escrita con mucho resentimiento y que ha sido utilizada para presentarla como una representante de esa tercera España que reivindica la derecha hoy” señala González Sanz. Sin embargo, según explica la filóloga y biógrafa de Campoamor, la política republicana al tener noticia de los crímenes cometidos por el franquismo y que el libro estaba siendo usado para desprestigiar a la República, decide retirarlo del mercado. Tenía grandes diferencias con el Frente Popular, pero tampoco quería ser manipulada por los golpistas.

Campoamor se mantuvo activa en el movimiento feminista suizo, en el que participaba Antoinette Quinche a la que había conocido en 1929 en Madrid. Aunque la vida de Campoamor está rodeada de muchos silencios, sobre todo en sus últimos años de vida, todo apunta que Quinche fue su pareja además de su compañera en el activismo por los derechos de la mujer. Recuperada institucionalmente sobre todo a partir de principios del siglo XXI, su figura goza de un prestigio y de un reconocimiento crecientes. Un reconocimiento que jamás habría contado con tener quien desde la melancolía y cierto sentimiento de malditismo escribía en 1936 “El voto femenino y yo: mi pecado mortal”. Un voto femenino por el que 50 años después de su muerte sigue siendo mucho y mejor recordada de lo que ella habría imaginado.

Actualidad

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí