El giro de Barbón: una oportunidad para la izquierda asturiana

Durante tres años se quiso creer que había otra FSA más moderna, más asturianista, más sexy, más progre...

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Diego Díaz Alonso
Diego Díaz Alonso
Historiador y activista social. Escribió en La Nueva España, Les Noticies, Diagonal y Atlántica XXII. Colabora en El Salto y dirige Nortes.

La legislatura asturiana entra en su recta final y todo apunta a que Barbón llegará a la primavera de 2023 con muy poco que presentar a los electores. La gestión de la pandemia y el AVE hasta Pola de Lena flotan como las principales puntas del iceber de un mandato que ha resultado bastante más gris de lo que hasta los más escépticos esperaban hace tres años. Incluso la buena noticia de los fondos europeos para la descarbonización de ArcelorMittal viene acompañada de un mal trago: los planes de la multinacional para eliminar 1.000 puestos de empleo en la siderurgia.

No hay pues mucho más de lo que presumir cuando la región se avecina a la pérdida del millón de habitantes, el Estado del Bienestar asturiano sigue mostrando sus costuras y debilidades, la industria acumula cierres y las cercanías ferroviarias siguen fuera de control. Cierto es que son viejos problemas, algunos estructurales, pero más allá de su estilo comunicativo amable y campechano, en las antípodas de Javier Fernández, no parece que el Gobierno Barbón, que no deja de ser la continuación de casi de 40 años ininterrumpidos de socialismo, haya dado muestras de un especial talento para encauzarlos.

“No hay pues mucho más de lo que presumir cuando la región se avecina a la pérdida del millón de habitantes”

Fracasado el Estatuto y olvidada la oficialidá, la guerra contra la burocracia se ha convertido en el nuevo mantra del Gobierno. No percibo entusiasmo en las masas. El vicepresidente Cofiño, uno de esos políticos socialistas que tanto gustan a los periodistas de derechas, adquiere un especial protagonismo en esta nueva fase tecnocrática para algunos, y que en Nortes preferimos llamar simplemente neoliberal. En una reciente entrevista en El Comercio el vicepresidente declaraba que Asturias había priorizado demasiado el gasto social y había dejado de lado las infraestructuras. Una afirmación más bien poco creíble cuando el Principado parece haber abandonado por completo la promoción de vivienda pública, los institutos de barrios populares ovetenses están al límite de su capacidad y los vecinos de Gijón y otras localidades llevan meses denunciando el deterioro de la atención primaria. Asturias está lejos de ser esa “región socialdemócrata escandinava” que el relato de la FSA ha tendido a pintar frente al Madrid. Aunque al presidente le gusta confrontar con Isabel Díaz Ayuso, también en Asturias se pone alfombra roja a la sanidad privada: 86 millones de euros públicos en 2021.

Ricardo Menéndez Salmón, Daniel Ripa, Nuria Rodríguez y Rafael Palacios. Foto: Iván G. Fernández

Volvamos a Cofiño, fiel heredero de Fernando Lastra en el papel de tipo duro de la FSA. Chulesco con Podemos, da igual quién esté al mando de la aeronave morada, Ripa o Castañón, pues Cofiño solo ve “agitadores” con camisetas reivindicativas, la Ley de Calidad Ambiental promovida por su consejería ha sido sin embargo el “casus belli” de una inesperada ruptura con IU, tradicional socio del PSOE. En la coalición señalan que no son ellos los que se han movido, sino que es el Gobierno de Barbón el que está inmerso en “una deriva derechista” y el “giro hacia una agenda empresarial” que les ha llevado a decir “hasta aquí hemos llegado”. IU se ha puesto dura, y junto a Podemos, CCOO y las organizaciones ecologistas, está denunciando que la Ley Cofiño no va de proteger el medioambiente sino de justo todo lo contrario: de poner el territorio al servicio de los intereses empresariales.

La rivalidad entre Podemos e IU ha lastrado desde 2015 la construcción de un polo de izquierdas alternativo al PSOE. Ahora sin embargo, con sus fuerzas más igualdas, ambas formaciones parecen estar sincronizando sus relojes. Rafa Palacios hablaba el otro día de una “relación amorosa” y Ovidio Zapico hacía en una comparecencia parlamentaria algo inusual en política, dar la razón a un diputado de otra formación: en concreto elogiaba la tenacidad y persistencia de Daniel Ripa en su denuncia del trato de favor del Principado a la multinacional Amazon.

Tal vez Barbón siempre fue el mismo, si bien durante tres años la mayoría de la izquierda política y sociológica quiso creer que había otra FSA más moderna, más asturianista, más sexy, más progre… El escenario de un Barbón derechizado ante los ojos de una parte del electorado que hasta hace unos meses, lo votase o no, estaba bajo su hechizo, debería ofrecer incentivos a las izquierdas asturianas para reagruparse. ¿En torno a qué? Un frente político amplio, pero con complicidades sociales y sindicales. Algo más serio y orgánico que una coalición hecha a prisa y corriendo tras una larga partida de poker. Una plataforma con un proyecto asturiano alternativo al de la FSA, pero también dispuesta a llegar a pactos con ella, capaz de aglutinar a corrientes diversas dándoles un espacio proporcional a su fuerza en la sociedad. No debería ser tan complicado, y sin embargo lo es. Vuelven las tormentas eléctricas y una vez más los dirigentes de la izquierda asturiana repiten aquellos trágicos versos de Brecht: “nosotros, que queríamos preparar el camino para la amabilidad no pudimos ser amables”. La oportunidad sin embargo se está dibujando. No deberían dejarla pasar. Hay sitio para todos.

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