“En lo queer hay una estela de insumisión, y sobre todo de coalición con otras luchas”

Gracia Trujillo, profesora de Sociología y activista feminista queer, presentó en La Revoltosa su último libro, 'El feminismo queer es para todo el mundo', a propósito de la Escuela de Pensamiento Feminista de AMA.

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Iván Gómez Beltrán
Iván Gómez Beltrán
Historiador y Doctor en Género y Diversidad. Actualmente compagina su labor como formador en diversidad, masculinidades e igualdad con la coordinación del teléfono de atención a víctimas de LGTBIfobia que gestiona la asociacion asturiana XEGA.

Gracia Trujillo esprofesora de Sociología en la Universidad Complutense de Madrid y activista feminista queer. Participó durante una década en la Asamblea Transmaricabollo de Sol tras el 15M, y ha inaugurado recientemente la tercera edición de la Escuela de Pensamiento Feminista de la Asamblea Moza d’Asturies, donde presentó su último ensayo, El feminismo queer es para todo el mundo (Los libros de la catarata, 2022), que tuvo lugar en La Revoltosa, en Xixón.

Leyendo tu libro se percibe la intención de construir un relato en clave pedagógica. Respecto a lo queer esto es fundamental para que las personas que no estén familiarizadas con el concepto puedan acercarse a él desde una perspectiva más amable que la ofrecida por otros discursos academicistas.

La cuestión pedagógica creo que es fundamental y, de hecho, el título es un homenaje a bell hooks. Para mí también era muy importante hacer referencia a su trabajo porque una de las cosas sobre las que más ha insistido es en hacer mucha pedagogía con lo que ha escrito. Es una activista y teórica afroamericana que hasta que tristemente falleció en diciembre del año pasado, hizo una verdadera labor de transmisión del conocimiento. Para ella la pedagogía tenía una dimensión muy importante y sabía de la importancia de hacerse entender. Mi libro tiene toda esa intención, en el sentido de ser útil y pedagógico sin, por supuesto, pretender que la gente piense como yo o de sentar cátedra. Sin embargo, lo que si busco es ofrecer otras narrativas, herramientas e ideas para conocer otros discursos y poder situarse.

Gracia Trujillo e Iván Gómez, durante la presentación del libro en La Revoltosa. Foto: Luis Sevilla

Sé que es una pregunta compleja, pero ¿cómo podría definirse lo queer?

Una de las partes que más me costó del libro fue el comienzo porque buscaba un tono que fuera cercano para la persona que lo lee a la par que no resultase repetitivo para aquellas personas que conocen los activismos y herramientas queer. Hace poco estuve en Badajoz presentando el libro y me preguntaron precisamente por el significado de lo queer. Justo en ese momento se celebraba el Festival de los Palomos Cojos que es una resignificación de la injuria que había utilizado un alcalde del PP hacía tiempo. Y aún más, en ese mismo festival esa noche actuaba Putochinomaricón. Entonces les contesté haciendo referencia a estos dos ejemplos y a cómo lo queer es esta idea de la diferencia, otredad, del estigma y de algo que intentamos darle la vuelta. Es la afirmación: sí, somos maricones, bolleras, trans, bi…

Otra cuestión que se muestra a lo largo del libro es la importancia de la construcción de genealogías de los movimientos queer. Concretamente hablas de como lo queer surge como una desidentificación con un activismo más moderado, buscando enfatizar su carácter anticapitalista, interseccional y autónomo. En relación con esto te refieres a cómo los colectivos LGTBIA+, durante su proceso de institucionalización, han ido absorbiendo parte de las reivindicaciones que eran propias de los activismos queer. ¿Consideras que este flujo de conocimiento ha sido bidireccional?

Hay una obra que contesta muy bien a estas cuestiones que es el libro de Leandro Colling: Que otros sean lo normal: Tensiones entre el movimiento LGTB y el activismo queer (Egales, 2019). Esta investigación aborda cuatro contextos geográficos diferentes: Chile, Argentina, Portugal y España, donde compara y analiza precisamente estas tensiones. Una de las cosas que plantea y con la que estoy de acuerdo es que el activismo LGTB se ha ido contagiando de todas estas constelaciones de grupos autónomos, de calle, queer o transfeministas. Por ejemplo, una de estas transmisiones ha sido la crítica a los binarismos sexo/género, al marco de la heteronormatividad y, ya desde el arranque de los noventa, la batalla cultural contra la homofobia, lesbofobia, transfobia y bifobia. Aun así, creo que ha habido más contagio de lo queer a lo LGTB por las propias limitaciones de este activismo. Cuando estás en un espacio moderado necesitas consensuar y dibujar un discurso que guste a las instituciones para que puedas conseguir avances legales. Esto no ocurre de la misma manera con lo queer ya que se basa en la autonomía política y por ello tiene otros intereses al margen de los avances legales y las subvenciones para realizar proyectos. Por supuesto, sin desmerecer la importancia de estos avances legales. Creo que ambas corrientes han ido sumando y a mi modo de ver es necesario batallar en todos los lugares y con todas las estrategias posibles.

“Cuando estás en un espacio moderado necesitas consensuar y dibujar un discurso que guste a las instituciones para que puedas conseguir avances legales”

En el libro también hablas del origen del movimiento queer en España con la Radical Gai y la LSD. ¿Qué crees que aportaron estos movimientos en los años noventa?

En los noventa se aportaron muchas cosas, sobre todo otros discursos y estrategias políticas a los que circulaban. De hecho, a pesar de que en ese momento no se hablaba tanto de micropolíticas lo que hacíamos era precisamente esto: activismo en los barrios, en los centros sociales… Tampoco hablábamos de interseccionalidad, pero nuestra práctica política era interseccional porque estábamos constantemente pensando en esas luchas hermanas y en esos sujetos que estaban en los márgenes. Buscábamos constantemente pensar en coaliciones con las personas migrantes, racializadas, las chicas jóvenes, gitanas, etc. Creo que fue una auténtica revolución en términos de discursos y representaciones. Nosotras, por ejemplo, que ya estábamos presentes en los activismos feministas y lesbianos, vivimos como una bomba la irrupción de lo queer en el sentido de que fue un revulsivo muy importante. Esta es una idea clave del libro ya que estas nuevas ideas y prácticas hicieron que muchas nos sintiéramos identificadas con unos discursos e imágenes que hablaban ya de sexualidad, de nuestros cuerpos, placeres, de que las lesbianas también podíamos contagiarnos de sida, etc.

Gracia Trujillo con su nuevo ensayo. Foto: Luis Sevilla

¿Ves diferencias con el activismo queer actual?

Han pasado unos cuantos años y el contexto no es el mismo, pero aun así creo que hay una estela de radicalidad, planteada en el libro, no solo desde los noventa, sino anteriormente en los setenta. Una estela de insumisión, de algo que no se repliega fácilmente, de trabajo en la calle y sobre todo de coalición con otras luchas. Creo que estos aspectos se mantienen. Por ejemplo, con toda la cuestión transfeminista, lo que se produjo en la década de los noventa en los grupos queer es que las demandas y representaciones de las personas trans se ponían en primera línea de batalla. Pero, aún más, la cuestión transfeminista dio una vuelta de tuerca a la necesidad de que los feminismos fueran transgresores y transformadores. Por supuesto, en los últimos años se han ido abriendo temas muy complejos que entonces no abordábamos tanto, por ejemplo, las cuestiones del poliamor, anarquía relacional, la gordofobia o incluso las demandas de las personas racializadas que nos han marcado un cambio también importante y necesario. Ha habido elementos comunes, pero se han ido sumando otros a lo largo de los últimos años.

“La cuestión transfeminista dio una vuelta de tuerca a la necesidad de que los feminismos fueran transgresores y transformadores”

En una entrevista que has realizado recientemente comentabas que era necesario activar el diálogo entre las feministas ya que recientemente se ha convertido en un terreno hostil, casi de conquista de la producción de un relato único y verdadero. ¿Por qué crees que se ha producido este recrudecimiento de las disputas feministas que ya se venían dando desde hace algunas décadas pero que ahora se ha convertido en un combate más que un debate?

Es que ojalá fuera un debate. Realmente yo hecho mucho de menos que nos sentemos y pongamos las ideas en común y que pensemos juntas muchas cuestiones. Es más bien un combate, además uno de carácter muy desigual ya que hay un sector que, por lo general, se encuentra en las instituciones y que tiene más poder y desde ahí está ahora mismo enrocándose para defender esas posiciones. Es una guerra abierta a los feminismos de calle, anticapitalistas, antirracistas y autónomos que ya desde 2018 vimos claramente que tenían esta capacidad de movilizar a mucha gente en la calle. Estos son unos feminismos que ya no se pueden controlar ni en la calle ni en términos del discurso, cosa que hace unos años sí se podía hacer. Lo que sucede entonces es que está habiendo una reacción por parte de este sector feminista al que le está incomodando no solo que haya una serie de discursos que no son los hegemónicos, sino la sensación de pérdida de control.

Esta polarización estaba ya presente hace unas décadas.

Mi impresión es que se ha polarizado mucho el conflicto haciéndose más violento, pero creo que muchas de nosotras le venimos siguiendo la pista desde hace más tiempo a este sector feminista. Un sector abolicionista de la prostitución, bastante intransigente en sus posicionamientos, con el que venimos batallando y señalándole que hay que escuchar y que no podemos hablar en nombre de otras compañeras y mucho menos imponer una visión feminista bajo el argumento de que es EL feminismo.

Gracia Trujillo. Foto: Luis Sevilla

¿Cómo se articula un diálogo para poder avanzar hacia algún espacio común en el que construir estrategias políticas emancipadoras?

Yo creo que hay un sector con el que ya no podemos dialogar, porque creo que lo que se plantea desde este es ya un discurso de odio y esto es intolerable. No podemos hacer nada desde esta posición más que denunciarlo. Pero sí creo que hay mucha otra gente con la que es posible dialogar. Tenemos que pensar en cómo hacemos para crear espacios para conversar y poner las ideas en común. Hay que buscar espacios de entendimiento desde los que podamos negociar los disensos que tenemos entre los feminismos. También creo que lo que nos está condicionando es que salimos de una pandemia que nos ha dejado muy atomizadas, poco organizadas políticamente y ahora tenemos el reto de reorganizarnos en lo colectivo para volver a activar la reflexión común. De hecho, en las presentaciones del libro, que me están resultando muy interesantes para escuchar a la gente y ver qué piensa del qué podemos hacer, el otro día me comentaban que tendríamos que comenzar por mirarnos a las que estamos intentando conversar para así reconocernos, para ver quién está dispuesta a hablar. Lo de tender puentes no sería tanto pensando en el diálogo con un sector lejano, sino para pensar en nosotras mismas y empezar a valorar cómo hacemos para entendernos y retomar los diálogos.

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