“La izquierda tiende a aplicar esquemas del pasado a situaciones nuevas, como una religión del libro”

Miguel Rodríguez Muñoz repasa algunos asuntos de actualidad, desde la guerra en Ucrania hasta la desaparición, por decisión de Alfredo Canteli y la presión de la patronal hostelera, de las históricas casetas de colectivos culturales y políticos de las fiestas ovetenses de San Mateo.

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Pablo Batalla
Pablo Batalla
Es licenciado en Historia. Ha sido colaborador en medios como La Voz de Asturias o Atlántica XXII y en la actualidad coordina la revista digital El Cuaderno y dirige A Quemarropa, el periódico de la Semana Negra de Gijón. Su último libro es "La virtud en la montaña. Vindicación de un alpinismo lento, ilustrado y anticapitalista" (Trea Ensayos).

En el salón del piso ovetense de Miguel Rodríguez Muñoz hay un cartel que dice: “Nie wieder Krieg!”, reproducción del diseñado en 1924 por Käthe Kollwitz para el Día de la Juventud de Alemania Central del Movimiento Obrero Socialista. “Guerra nunca más”. Muñoz (Mieres, 1946) fue en los ochenta uno de los rostros destacados de las movilizaciones asturianas contra la OTAN. Militaba por entonces en el Movimiento Comunista (MC), una de las siglas de la izquierda revolucionaria española, superviviente —otras habían desaparecido con el franquismo— de un tiempo de acrónimos febriles y creencia en la posibilidad de desplegar en la Tierra los vergeles del paraíso. Después, fueron llegando los desencantos. Nos habla Muñoz en esta entrevista de dos pérdidas de la inocencia: la de comprobar, en 1983, que su esfuerzo como concejal del MC en Mieres durante la primera legislatura democrática no era premiado por sus convecinos y sí lo era, y de manera cuantiosa, la mala gestión del PSOE, y la derrota en el referéndum de 1986, en el que las encuestas habían llegado a predecir la victoria del no, pero que las malas artes del Gobierno de Felipe González lograron torcer hacia el sí. Y en ambas, “descubrir hasta qué punto el juego democrático era maleable”. En esta conversación, repasamos su vida y charlamos sobre algunos asuntos de actualidad, de la guerra en Ucrania —y la posición a su juicio “esperpéntica” de una parte de la izquierda— a la desaparición, por decisión del alcalde popular Alfredo Canteli y presión de la patronal hostelera, de las casetas de colectivos culturales y políticos de las fiestas ovetenses de San Mateo.

Miguel, naces en Mieres en 1946. ¿En qué familia? ¿En qué contexto socioeconómico? ¿Cuál es, en tu caso, La forja de un rebelde?

Tiene un componente generacional. Soy de una familia de cinco hermanos de clase media. Mis padres tenían un comercio de calzado que ya había sido de mi abuela materna. Era una familia de derechas, no franquista militante, pero en todo caso de orden. Una familia de ganadores de la guerra y, al mismo tiempo, de damnificados y perjudicados por ella. A un hermano mayor de mi madre que era veterinario en Aller lo sacaron de casa unos días antes de acabar la guerra y apareció muerto en Busdongo, se supone que asesinado por unos milicianos. El contacto con ideas políticas críticas con el régimen se produce, en mi caso, a través de la Universidad.

Miguel Rodríguez Muñoz. Foto: Alisa Guerrero

Estudias el Bachillerato interno en Oviedo, ¿verdad?

En los Dominicos.

Y, si no me equivoco, coincidiste con Canteli, el actual alcalde de la ciudad.

En el último curso. Lo recuerdo del patio; no recuerdo una relación personal directa con él. Era un tipo sonriente.

¿Cómo es ese proceso de adquisición de una ideología antifranquista por parte de un joven de familia de derechas?

Al final del Bachillerato, ya era antifranquista. Tenía algún pequeño vínculo con el movimiento estudiantil católico, la JEC, que luego se reprodujo en la Universidad. Las fuentes de mi antifranquismo, a esas alturas, se debían por un lado al influjo de otros universitarios: mis hermanos mayores, sus amigos… Pero también al contexto social. Yo soy de Mieres, y en aquel momento ya empezaban las luchas en la mina, las huelgas, alguna manifestación, alguna acción de protesta duramente reprimida por la policía que me produjo una indignación terrible…

“Mis padres eran ‘de orden’, pero a mí me indignaba la acción policial, y me colocaba de una manera primaria al lado de quienes protestaban”

En 1965 se ha producido el asalto a la comisaría de Mieres.

Me pilló interno en Oviedo. Provocó una auténtica conmoción en la derecha en Mieres; quedaron muy asustados. El régimen de Franco era tan terrible que el solo hecho de una manifestación ya era una alteración gravísima del orden público; temblaba el mundo. Ellos pasaron de estar concentrados delante de la Casa Sindical a ir a la comisaría a poner en libertad a compañeros detenidos; creo que volaban las gorras de la policía que daba gusto (risas). Luego ya llegaron refuerzos de Oviedo y la situación se invirtió. Yo, ya digo, no lo viví directamente, porque estaba en Oviedo. Pero bueno, ese tipo de oposición al franquismo que ya llegaba a la calle, que tenía trascendencia, a mí, de una manera primaria, me colocaba al lado de quienes protestaban. Me indignaba la acción policial. Además, en tu día a día, veías un régimen que, además de muy autoritario, muy represivo, era muy ridículo. Siempre insisto en eso. El sentido del ridículo es una parte del sentido de la medida; y el ridículo, una falta de medida. Y el régimen de Franco no tenía sentido de la medida en su enorme miedo a la sociedad, en su estética, en su lenguaje, en su puritanismo, en cómo te ahogaba, en cómo apenas te dejaba oxígeno para respirar… Era un régimen que, aparte de otros, provocaba fuertes rechazos estéticos.

De la JEC pasas al Frente de Liberación Popular, el llamado Felipe.

Sí. En la JEC entré en contacto con Cheni Uría y alguna otra gente, y de la mano de Cheni, entré en el Felipe. Allí estaban, aparte de Cheni, Xosé Bolado, que murió hace año y pico, Domingo Caballero, un profesor de la Facultad de Psicología que murió hace quince días…

Y el expresidente Juan Luis Rodríguez-Vigil, ¿no es cierto?

Vigil estuvo también, sí. En fin, un grupo de estudiantes. La cuestión es que yo, en 1968, me fui a la mili. Para que no interfiriera en tus estudios, necesitabas unas prórrogas, pero para conseguir las prórrogas necesitabas un certificado de buena conducta, y como la policía no te lo daba, acababas yendo a la mili. Domingo Caballero tuvo que hacerla; con Álvaro Ruiz de la Peña coincidí en Ferrol… Eran unas milis muy largas, de año y medio. Y estando yo en la mía fue cuando el Felipe se disolvió.

Miguel Rodríguez Muñoz. Foto: Alisa Guerrero

¿Por qué se disolvió?

No sé decirte con exactitud. No conozco los detalles, porque yo estaba en la mili, y, aunque luego leí mil veces sobre el asunto, no me acuerdo muy bien. El Felipe fue un partido que tuvo muchas vidas, y como tres etapas. Pienso que, en la última, debía de haber un maremagno de ideas contradictorias que ya no hacían aquello sostenible. Había una embestida de ideas trotskistas y al mismo tiempo otras vinculadas al socialismo francés más radical, etcétera. El dirigente del Felipe, por cierto, era un paisano de aquí de Oviedo: Nacho Quintana.

Del Felipe pasas al MC.

Un grupo de gente que militaba en el Felipe siguió reuniéndose, dedicándose al estudio a la espera de poder construir algo de una cierta solidez. Yo, cuando acabé mi mili, regresé a Mieres, y me impliqué en una organización surgida de ahí y que se llamaba algo así como Organización de Comunistas Asturianos. Era un nombre provisional. Conmigo entraron otras dos personas más de Mieres y ese pequeño grupo empezó a hacer un cierto proselitismo en la localidad. En un momento determinado, aquel grupo entró en contacto, yo creo que a través de Antonio Masip, con una organización vasca: el EMK, que en origen había sido una escisión no nacionalista de ETA, la llamada ETA Berri, “ETA nueva”. Luego, pasaron a llamarse Komunistak, y publicaban un órgano que estaba muy bien y también se llamaba Komunistak. A partir de ahí, el MK fue forjando lazos con organizaciones de comunistas como la nuestra, que había por un sitio y por otro, y de ahí acabó surgiendo el MC.

Miguel Rodríguez Muñoz. Foto: Alisa Guerrero

¿Cómo era hacer proselitismo de una pequeña organización de extrema izquierda en aquel Mieres?

Costaba. El mundillo de la izquierda social giraba en torno a la asociación Amigos de Mieres, que estaba hegemonizada por el PCE. Debían de haberla impulsado con alguna colaboración socialista, pero que fue efímera. Yo, en esa época, no recuerdo haber conocido a ningún socialista. Y quería conocerlos. Me caían bien, porque tenía una imagen de ellos muy vinculada a la revolución de octubre de 1934, pero no había. Me acuerdo que me decían: “Creo que paran en no sé qué bar”, y era verdad que ibas a ese bar, entrabas en el váter y veías que había unos panfletos del PSOE que debía de haber dejado Segundo el Xarricu, que era el que los tiraba siempre. Pero en aquel momento no fui capaz de conocer a ninguno.

Parece una cosa como de avistamiento del Yeti, de alguna criatura mitológica de la que van encontrándose las huellas, pero no a ella (risas).

El PSOE desapareció del mapa tras la guerra; la represión fue durísima. Solo el PCE mantuvo una continuidad. La estrategia de Llopis, además, era justamente no asomarse.

“Los atentados de ETA nos producían horror, pero había una doble moral derivada de las necesidades del EMK de tener relaciones con el mundo abertzale”

Su famosa teoría del balcón: no hace falta que echemos el resto en acciones contra el régimen ni en hacer proselitismo, porque en cuanto llegue la democracia, bastará con que colguemos nuestra bandera de un balcón de la Puerta del Sol para que la gente haga cola para afiliarse.

Tenía razón, fue así. El PSOE era una especie de globo deshinchado que, en el momento oportuno, se volvió a inflar. La gente tenía la memoria de los mayores y una lealtad a ese pasado, y efectivamente, en cuanto tuvieron oportunidad lo demostraron.

Volvamos a vuestro proselitismo en aquel momento. ¿Cómo lo llevabais a cabo?

Teníamos mucho interés en entrar en el mundo del trabajo; en la minería, la construcción, el metal… Durante mucho tiempo no lo conseguimos, aunque finalmente sí, y bien.

¿Se daba una especie de choque entre una izquierda intelectual y un mundo del trabajo idealizado, reluctante a las proclamas inflamadas y maximalistas de esa burbuja universitaria?

Diría que eso describe mejor al mundo trotskista. El nuestro no era así. Tenía su origen en un ámbito de estudiantes y profesionales, sin duda alguna, pero fue forjando lazos con el mundo obrero y los forjó muy bien. Acabamos siendo, no una organización de profesionales con algún obrero, sino una organización muy obrera, con un componente obrero importante. En Mieres fue así claramente. En algunos pozos de Aller o en Nicolasa, por ejemplo, teníamos mucha presencia.

Y, ¿cuál era vuestro secreto en comparación con los trotskistas? ¿Por qué, proviniendo de la misma extracción socioeconómica, ellos no conseguían lo que vosotros sí?

No lo sé… Probablemente fuéramos menos doctrinarios, aunque lo éramos bastante, porque la izquierda revolucionaria en general era bastante doctrinaria. Nos apegábamos mucho a la realidad. Y currábamos como demonios; hacíamos un esfuerzo que necesariamente había de rendir algún fruto, aunque, antes de que lo rindiera, pasaron muchos años. La hegemonía del PCE, que venía de muy atrás, lo hacía muy difícil. Venía de la guerrilla, de lo que se había ido forjando en torno a los luchadores que estaban en el monte y sus apoyos. El PCE tenía ese prestigio de la historia.

Estantería de la casa de Miguel Rodríguez Muñoz. Foto: Alisa Guerrero

¿Cuáles eran los motivos de vuestro rechazo al PCE; por qué volcar esfuerzos hercúleos en levantar un grupo pequeño en lugar de militar en el gran partido del antifranquismo?

Bueno, en primer lugar, uno no milita en un lugar u otro porque se le ofrezca un menú y escoja, sino a través de unos contactos que tiene y que son unos y no son otros. Por otro lado, nosotros éramos prochinos; formábamos parte de esa corriente que se dio en llamar de izquierda revolucionaria y que tenía un influjo importante de China. Era el momento de la división, en el movimiento comunista internacional, entre la Rusia soviética y la China de Mao, y nosotros suscribíamos la tesis de Mao de que la Unión Soviética no era un régimen socialista, sino un régimen capitalista, con una clase dirigente dueña de los medios de producción y un proletariado. Veíamos las relaciones internacionales como las veían desde el Partido Comunista Chino y éramos enemigos por igual de la Unión Soviética y Estados Unidos y críticos con los partidos comunistas que giraban en la órbita soviética, caso del PCE. Probablemente tuviéramos también una mirada recelosa de los métodos y la forma de resolver los conflictos y el trabajo que se había venido forjando en el PCE a lo largo de su historia. Y éramos muy críticos con la política carrillista de reconciliación nacional y, en general, con la creencia en la posibilidad de un pacto con los sectores aperturistas del régimen que propiciara la llegada de un régimen democrático.

Estos días estoy leyendo Maoísmo: una historia global, de Julia Lovell, un repaso ambicioso y muy interesante a la historia del maoísmo en sentido amplio, no solo en la propia China, sino en todo el mundo, desde Indonesia hasta Perú, y que incluye la fascinación maoísta de la izquierda sesentayochista occidental. ¿Qué significaba Mao para vosotros? ¿Qué significaba ser maoísta?

En primer lugar, leer los textos de Mao, el Libro rojo, toda esa literatura que, durante algún tiempo, manejamos mucho. Pautas, normas entre técnicas y morales para la vida interna y sobre cómo establecer la relación entre la organización y la sociedad a la que se dirigía, que durante algún tiempo seguíamos: el ejercicio de la crítica y la autocrítica; frases que muchas veces eran más retórica que otra cosa. La línea de masas, “aprender de las masas para ir a las masas”, todo eso. La Revolución Cultural nos parecía el colmo de lo revolucionario: una revolución dentro de la revolución.

Miguel Rodríguez Muñoz. Foto: Alisa Guerrero

Es una paradoja muy interesante, esa. De un régimen tan autoritario como el de Mao, lo que llegaba a Occidente era la imagen de una revolución libertaria, capaz de autocriticarse, y de ahí criaturas ideológicas tan extrañas como el Mao-spontex, especie de anarquismo maoísta.

La realidad se conocía muy mal; había grandes dificultades para conocerla. Sobre China, apenas había una literatura que fuera una fuente de conocimiento fiel y rigurosa. Viajar allá, no digamos. El franquismo congelaba la vida, la información y el pensamiento. Con el tiempo sí que fuimos descubriendo que el maoísmo era un régimen muy despótico, muy poco respetuoso con la gente y con las necesidades de las masas, como decíamos entonces. ¡Las masas, las masas! Otro de nuestros influjos maoístas era el esquema de las etapas de la revolución. Había una fase nacional-democrática en la que el partido comunista y los sectores más avanzados del pueblo entraban en alianza con una burguesía nacionalista, ajena al imperialismo. Después, derrotado un enemigo, que en el caso de China habían sido los japoneses, ya tocaría desprenderse de Chiang Kai-shek y hacer la revolución proletaria. Nosotros trasladábamos aquel esquema a España de una manera muy mecánica. Entendíamos que habría una etapa en la que lo prioritario fuera luchar contra el imperialismo americano y contra una oligarquía que oprimía, no solo a la clase obrera, sino también a la pequeña burguesía, las clases medias y tal y cual; buscar alianzas con esos sectores.

¿No era esa la tesis del PCE?

No, no. Nosotros también creíamos que la violencia era la partera de la historia; que la única manera de acabar con un régimen tan monolítico, tan autoritario, tan duro como el franquismo, al que no veíamos resquebrajarse, era mediante la violencia. La concertación de grupos sociales y con la burguesía nacional incómoda con el imperialismo en la que nosotros creíamos aplicando doctrinariamente aquellos esquemas chinos era una concertación en torno a la violencia. Y al PCE lo veíamos como muy pactista. Carrillo tenía la preocupación de hacer del partido comunista un partido respetable, considerado, que no quedara fuera del juego político que se iba a abrir con la reforma. Nosotros estábamos por la ruptura. Recuerdo que el primer manifiesto de la Junta Democrática nos pareció escandaloso, porque buscaba explícitamente ese pacto con una parte del franquismo, e incluía cosas tipo conde de Lampedusa, aquello de “es necesario que algo cambie para que todo siga igual”. En alguna parte decía algo así como “para que el Estado se pueda mantener, es necesario…”. Fórmulas destinadas a tranquilizar a los sectores del franquismo que no tenían clara la pervivencia del régimen.

¿Cómo gestionabais la evidencia empírica de que esa burguesía revolucionaria y antiimperialista no existía en España?

Acabamos dándonos cuenta. Y no tardamos demasiado. La realidad es muy tozuda, muy hostil, sobre todo para quienes quieren cambiarla. Y nosotros siempre tuvimos cierta conciencia de la realidad; siempre nos preocupó eso. Sabíamos que no te puedes apartar de la realidad si la quieres cambiar, pero, al mismo tiempo, si te mezclas demasiado con ella te confundes. La vida interna en el MC se alimentaba de boletines y textos de estudio y discusión, y recuerdo uno en el que se comentaba una investigación que se había hecho y que había concluido que la presencia del imperialismo americano no tenía el peso que se le atribuía en los esquemas. Eso marcó nuestra ruptura con la sensibilidad prochina. Fue una fase.

¿Qué valoración haces hoy, con la perspectiva del tiempo transcurrido, de la Transición?

Es posible que no hubiera fuerza suficiente para llevar las cosas mucho más lejos de lo que se llevaron. Lo que sí me parece claro es que se tiró la toalla demasiado pronto. Se renunció a la ruptura, entre otras cosas, porque parte de los actores que se habían sumado a ese proceso eran muy poco representativos socialmente y tenían prisa por colocarse bien si había elecciones. Había codazos para ver quién llegaba primero y quién llegaba después; por colocarse en una posición ventajosa.

Miguel Rodríguez Muñoz. Foto: Alisa Guerrero

Ser legalizado antes que los demás, por ejemplo.

Sí. Eso hizo que unos por otros fueran entrando de una manera muy fácil, muy barata, en el mundo de la reforma, y entre ellos el PCE, que yo pienso que, habiendo sido el partido que había luchado por un régimen democrático de manera más continuada, acabó siendo víctima de su propia tendencia a pactar y de no haber resistido más la posibilidad de apostar por la ruptura. Luego hubo un proceso de embellecimiento de aquella decisión. De aquello que podía ser fruto de la necesidad, porque la correlación de fuerzas no daba para otra cosa, se hizo, no necesidad, sino virtud. La Transición fue un pacto en que una derecha que no era demócrata exigió una serie de garantías a cambio de ser demócrata: quiero que haya una monarquía y, además, un régimen electoral que me beneficie, que favorezca a la derecha y perjudique a la izquierda. Y quiero que no se toquen los cuerpos represivos y, además, que la idea de nación del franquismo se mantenga: aquí hay una sola nación. Ese pacto se aceptó, de la reforma se nos vendió que la había hecho el Rey, quienes habían luchado y pasado por la cárcel y sufrido todo tipo de penalidades quedaron oscurecidos y minusvalorados y, a partir de ahí, España se abrió al juego democrático con limitaciones que luego se fueron ensanchando y corrigiendo. Hoy no hay comparación posible con la dictadura: vivimos en un régimen totalmente homologable con los regímenes democrático-parlamentarios de Occidente. Pero es un régimen con problemas que vienen de la Transición, sumados a otros que fueron surgiendo por el camino.

Como partido vinculado al mundo vasco, ¿la cuestión plurinacional era importante para vosotros?

Sí, sí. Para nosotros y para todos, ojo: todos teníamos el derecho de autodeterminación de las naciones históricas en el programa. Probablemente tuviéramos una concepción ingenua o un poco verde del asunto. Yo hoy no defiendo el derecho de autodeterminación: me parece que los catalanes tienen agravios, pero no un gran agravio que justifique el ejercicio de ese derecho. Pero entonces, todos lo defendíamos.

El difunto Xosé Bolado trasladaba en 2013 en una entrevista una autocrítica por los “silencios significativos hacia acciones terribles de ETA” que se dieron en aquel tiempo en el seno del MC, recordando la conmoción —pero una conmoción exclusivamente íntima, no verbalizada— que supuso para él el asesinato del ingeniero José María Ryan en 1981.

Eso fue probablemente lo peor de nuestra historia. Apostábamos por la ruptura, estábamos en contra de la reforma, y una vez que la reforma fue aceptada por la mayoría de las fuerzas de izquierda, quedaron pocos partidos que abogaran por la ruptura. Entre ellos estaba el nacionalismo abertzale, y eso hizo de ellos una especie de compañeros de viaje. Eso tenía un inconveniente tremendo, y es que mataban. En aquel momento, y durante mucho tiempo, a ese hecho no le dimos la importancia moral terrible que tenía.

Miguel Rodríguez Muñoz. Foto: Alisa Guerrero

¿Simpatizabais con la violencia de ETA?

Creo que no. Pero nos colocaba en una situación personal complicada. Los atentados nos producían horror, pero había una doble moral derivada de las necesidades del EMK de tener relaciones con el mundo abertzale en tanto que trozo importante de la sociedad vasca. No estoy seguro ahora de si se llegó a debatir la posibilidad de entrar en Herri Batasuna, pero, en todo caso, colaborábamos con ellos, y eso hacía que el horror hacia ETA se quedase en el fuero interno. Con el tiempo, sí que nos fuimos distanciando de ese mundo. Recuerdo unas elecciones al Parlamento Europeo en las que Herri Batasuna se presentó en toda España, y aquí le dimos el apoyo porque era una manera de tocar los cojones, de fastidiar.

¿Aquel “vota donde más les duele” de 1987?

Eso es. La campaña coincidió con unas elecciones municipales en las que me volví a presentar como candidato del MC en Mieres, y faltó muy poco para que saliera. Si las dos campañas no hubieran coincidido, seguramente hubiéramos sacado el concejal. Pues bueno, al poco fue el atentado de Hipercor en Barcelona. Fue como una patada en los cojones y terminamos por darnos cuenta de que aquella colaboración había sido, no ya un error político, que es lo que menos importancia tiene; no ya el error de aparecer vinculados a un mundo que apadrinaba una violencia que, fuera del País Vasco, no se entendía, sino algo muy reprochable desde el punto de vista ético: vincularse a gente que mataba a otra gente por sus ideas y que no estaba ejerciendo ninguna legítima defensa, por más que efectivamente hubiera mucha represión.

Mencionabas tu candidatura al Ayuntamiento de Mieres en 1987. Antes, habías sido concejal en la primera legislatura democrática, de 1979 a 1983. ¿Cómo recuerdas aquella experiencia en un Mieres ya convulsionado por la desindustrialización?

Una etapa de currar mucho, mucho, mucho. Era una corporación con una mayoría de izquierdas tremenda: diez concejales del PSOE, nueve del PCE, uno del MC —yo—, cuatro de la UCD y uno de Alianza Popular. Y había un pacto entre el PSOE y el PCE, pero nos encontramos un PSOE muy flojo, muy desideologizado, poco comprometido. Es una pijada, pero recuerdo mucho una imagen… Las elecciones debieron de ser en la primavera del setenta y nueve, tomamos posesión de los cargos de concejal en mayo o junio y el veintitantos de junio eran las fiestas de San Juan. En la plaza delante del edificio consistorial se hacía la hoguera y, en el monte, los fuegos. Aquello estaba lleno de gente mirando el espectáculo. Yo estaba abajo, y en un momento dado miro para el Ayuntamiento y veo en los balcones a los concejales del PSOE. Llevaban cinco minutos en el cargo, pero ya estaban arriba, viéndolo todo desde una tribuna privilegiada, no abajo, con el pueblo llano. Lo que vino después fueron cuatro años de pelear contra una inercia tremenda. Cosas que tienen una importancia relativa, pero entonces la tenían mayor, como el cambio de nombre de las calles, costaban dios y ayuda.

Miguel Rodríguez Muñoz. Foto: Alisa Guerrero

¿El PSOE no quería cambiar los nombres?

No quería. Y creo que no por una cuestión de apatía del PSOE local, sino porque el PSOE de Felipe González se había acabado configurando como un partido atrapalotodo, con poca carga ideológica y una vocación de transversalidad muy grande, al que estas cuestiones que tenían una vertiente ideológica no le parecían excesivamente bien. Por otro lado, los ayuntamientos de entonces, y más los mineros, eran muy pobres, estaban muy limitados de recursos, y además habían quedado en manos de gente de buena voluntad, pero con poca experiencia política, o de gente que directamente pasaba por allí. A la gente del PSOE la recuerdo como gente poco comprometida, poco luchadora. Sus concejales no tenían nada que ver con los del PCE o conmigo, que éramos gente hecha a trabajar, a militar y a pelear. Yo trabajaba muchísimo, presentaba muchas iniciativas, provocaba muchos debates, ponía muchas cosas sobre el tapete. No yo, sino el partido.

¿Sobre qué cuestiones?

Había un problema de vivienda social importante. Lo había y lo hay. También un problema de destrucción de la naturaleza. Las explotaciones mineras, como sabes, eran muy lesivas: los ríos bajaban negros, los montes estaban llenos de escombreras… En aquel momento se estaba poniendo en marcha un nuevo sistema, que eran las explotaciones a cielo abierto, o sea, simplemente, ¡pumba!, quitar capas y destrozar los montes, sin galerías ni hostias. Y otras peleas: en el curso de esos años despidieron de HUNOSA a tres militantes del MC de Mieres, tres mineros del pozo Nicolasa, Pablo, Javier y Manolo. Emprendimos una lucha muy dura por conseguir su readmisión, pero descubrimos que estábamos solos; que no teníamos apoyos en esa pelea. Unos años después, conseguimos que los readmitieran. Coincidió que el PSOE ganó las elecciones y llegó un nuevo presidente de HUNOSA, un buen paisano que quería entrar reconciliándose con los trabajadores. Pero fueron años muy duros. Recuerdo un pleno en el que el alcalde propuso, fuera del orden del día, que la corporación acordara dirigirse al Ministerio del Interior para que acabaran las obras de la nueva comisaría. Yo, como correspondía a mi papel de izquierdista, me opuse, y más tarde estrené los calabozos de esa comisaría. Habíamos salido un 14 de abril a colgar por la población, de madrugada, banderas de papel de estas de las fiestas, pero con los colores de la bandera republicana. Detuvieron a veintitantos, y entre ellos yo.

Sin embargo, en las siguientes elecciones, celebradas en 1983, el electorado no os premió: hubo apoteosis socialista y el MC salió del Ayuntamiento.

La subida del PSOE nos dejó sin los votos necesarios para repetir. Se necesitaba un cinco por ciento de los votos emitidos, y nos quedamos a cierta distancia, no muy grande. Si el sistema hubiera sido proporcional, hubiéramos salido, pero tenía esa restricción.

En los años siguientes, te implicas en las movilizaciones contra la OTAN. Formas parte del colectivo Asturias por la Paz.

Los que habíamos peleado en su momento por la ruptura, y habíamos perdido la batalla, vivimos aquello como una segunda oportunidad. Luchar contra el imperialismo americano y las bases formaba parte de la concepción del mundo que tú tenías; del paquete de la lucha antifranquista. Quien había traído las bases a España había sido Franco, y quien nos había metido en la OTAN, la UCD. Había un componente emocional que iba más allá del estricto antimilitarismo y de la oposición al riesgo de una guerra. No en vano, al principio, toda la izquierda estaba en el no a la OTAN. Recuerdo, siendo concejal, asistir a un debate sobre el tema y que el que tuviéramos enfrente fuera un tipo de la UCD, y en la oposición a la OTAN estuviéramos el PCE, el PSOE y yo. Y las encuestas nos eran muy favorables. Había una cierta carrera armamentística que tenía a Europa como escenario, con el proyecto de instalar misiles por unos lugares y otros. Los restos que mantenían vitalidad después del desencanto, o la derrota de la Transición, como queramos llamarlo, emergieron de nuevo, se movilizaron y arrastraron a mucha gente. Unos individuos que, socialmente, éramos poco o nada representativos convocábamos manifestaciones contra las bases y contra la OTAN y eran miles de ciudadanos los que salían a la calle. En dos o tres ocasiones contratamos trenes para llevar manifestantes a Madrid, a las manifestaciones centrales, y eran unos convoyes larguísimos. Y eran unas manifestaciones muy guapas, muy ingeniosas, muy primaverales, muy alegres. Estábamos todavía aprendiendo a manifestarnos y había una enorme creatividad: aparecían charangas, se gritaban consignas muy graciosas: “¡La clase obrera no se entera de que en la OTAN no hay casera!”.

“Ni OTAN ni Pacto de Varsovia: cochinillo de Segovia”.

Cosinas así. Aquí en Oviedo —lo contaba hace poco en Nortes, al hilo de la muerte del obispo Gabino gritábamos: “La mamá de Masí vota sí, don Gabi, no”.

Miguel Rodríguez Muñoz. Foto: Alisa Guerrero

¿Pensabais que el referéndum se ganaría?

Sí, sí. No era que defendiéramos algo que sabíamos que iba a ser derrotado. Nos movilizábamos en el convencimiento de que íbamos a ganar, aunque es verdad que la semana anterior, haciendo campaña con una caravana de coches en un barrio de aquí de Oviedo, Pumarín, yo ya empecé a percibir una cierta hostilidad; cómo había cambiado el estado de opinión. Igual la manera de hacer campaña no era la más afortunada: muchas veces crees que atraes simpatías y, dando la turra con coches y megáfonos todo el día, lo que acabas es molestando a la gente y provocando antipatías. De todas maneras, lo que sucedió básicamente es que el Gobierno ganó una batalla que tenía perdida con el manejo de la televisión y de todo tipo de trampas.

Y con el carisma de Felipe González: o seguimos en la OTAN, o me voy.

Y falsos debates. La OTAN era la modernidad, y quedarse fuera de la OTAN, quedarse fuera de la modernidad, de las nuevas tecnologías y de no sé qué más. Yo me descojonaba de risa, porque, cuando volvía de trabajar aquí en Oviedo, me encontraba en una de estas calles que estaban peatonalizando a currantes haciendo los agujeros con un cortafríos y una maza. ¡Las nuevas tecnologías, ya! Otra maniobra fue personalizar la oposición a la OTAN en Gerardín Iglesias, como si fuera una lucha entre el PSOE y el PCE. Al final, ganaron con holgura, aunque con un montón de votos en contra, y con el no triunfando sobre el en algunas comunidades. Para mí, aquello, descubrir hasta qué punto el  juego democrático era maleable, hasta qué punto se podían cambiar resultados en principio adversos a base de juego sucio, significó una segunda pérdida de la inocencia, tras la primera pérdida que había sido mi experiencia como concejal: ser castigado y que el que obtuviera el premio fuera el PSOE pese a que no había hecho una buena gestión; ver que el esfuerzo y el trabajo no tenían compensación; que el apoyo y la comprensión de la población hacia la que te diriges no solo depende de eso, sino que hay otros factores, y que la realidad es tozuda, berroqueña.

¿Te queda la sensación de que luchabais contra los elementos; de que el referéndum no se podía ganar?

Aquel PSOE era una apisonadora. Recuerdo un debate en el que me dijo un tipo del PSOE: “tú, Muñoz, siempre defendiendo causas perdidas”. Pienso que la hostilidad que en un momento dado estalló entre el PSOE y el resto de la izquierda viene de ahí, de la época del referéndum sobre la OTAN; de su manera de manejarlo y de las actitudes personales de sus cuadros. Venías de la lucha antifranquista, de que el PSOE no existiera o fuera muy poca cosa. Yo recuerdo pensar: “Estos, cuando gobiernen, ¿de dónde van a sacar a la gente? Ocupar la Administración del Estado requiere mucho personal, ¿de dónde lo van a sacar?”. Bueno, no tuvieron ningún problema: lo sacaron. Y veías que gente que no había contribuido en nada a la lucha antifranquista, oportunistas que se habían subido al carro de los vencedores, de repente ocupaban cargos y no solo los ocupaban, sino que eran soberbios; que te humillaban. El PSOE también hizo cosas buenas: montó el sistema nacional de salud, la enseñanza, etcétera; tiene en su haber varias cosas vinculadas a la creación de un cierto Estado del bienestar. Pero lo anterior nos había parecido tan feo que ya no teníamos sensibilidad para apreciar esos cambios.

El MC es una organización peculiar en el hecho de haber durado mucho. Casi todas las de la izquierda alternativa al PCE desaparecieron antes.

Con la reforma, que fue brutal. Una vez que te presentas y que electoralmente no eres nada, el mundo de relaciones políticas con otras organizaciones que habías tenido hasta entonces empieza a esfumarse. Empiezan a establecerse filtros: “la reunión es solo de fuerzas parlamentarias”. Si no estabas en el Parlamento, dejabas de estar en el mundo; te expulsaban de esa realidad.

Miguel Rodríguez Muñoz. Foto: Alisa Guerrero

En 1991, el MC se fusiona con la trotskista Liga Comunista Revolucionaria y nace Izquierda Alternativa, un partido que tendrá nombres distintivos en cada región: Revolta en Cataluña, Zutik en el País Vasco, Batzarre en Navarra, Inzar en Galicia… y en Asturias, Lliberación.

Una fusión poco afortunada, vistos los resultados. Se mantuvo muy poco tiempo: un año o dos. No sé muy bien por qué fracasó. Yo no estaba en el frente negociador del asunto; era cosa de la dirección del MC y de la Liga, pero probablemente cuando pusieron en marcha el proceso de unificación una organización y otra tuvieran preocupaciones muy distintas. Nosotros pensábamos que ya no tenía sentido mantener a la organización como partido; que había que buscar otras fórmulas organizativas, que nos permitieran vincularnos mejor con los sectores sociales que nos parecía que podían ser agentes del cambio. Ellos yo creo que tenían una concepción del partido, de la historia y de la revolución más tradicional, más ortodoxa. El trotskismo es una especie de ortodoxia recalcitrante. Siempre acaban estando en contra de todo porque nunca la realidad es fiel a sus esquemas. No tengo ningún interés ahora en criticar a los trotskistas, ¿eh? (risas). A lo que iba es a que probablemente cuando llegamos a la fusión fuéramos dos organizaciones con dos maneras de concebirse a sí mismas muy distintas, y el propio impulso del proceso de unificación nos arrollara. Como esos matrimonios que, el día de la boda, a uno de los contrayentes no le apetece nada casarse, pero se acaba casando porque ya está todo montado, no sé. En la Liga, además, tenían también una cierta división interna, y al poco de fusionarnos, una parte de ellos se marchó, y quedaron otros. La convivencia fue agradable, pero en un momento determinado recibieron la consigna de que se tenían que marchar y buscaron un pretexto para romper. Nosotros seguimos con el nombre de Lliberación, pero el fracaso de aquella fusión fue muy dañino. Nos quedábamos sin aliento; con la conciencia de ser una organización que descansaba en gente que se iba haciendo mayor y que no acertaba a constituir un relevo de cuadros jóvenes. Cierto descreimiento, también. Éramos conscientes de que la ideología que nos había alimentado durante muchos años, el marxismo, ya no valía; nos hacíamos ese tipo de preguntas. En un momento dado, decidimos poner fin a la organización y desde entonces seguimos vinculados, pero vaya, de una manera informal. Había buen rollo interno, porque, como no había poder… El poder es lo que malea las relaciones, y aquí no había poder al que aspirar, ni que repartir, y ser dirigente no era una bendición.

¿Conoces la novela Los viejos amigos, de Chirbes?

No la he leído.

Va de un grupo de antiguos camaradas de un partido maoísta, que se reúnen muchos años después, y de los que se va contando, a través de una serie de monólogos interiores, qué fue de cada cual, cuál era y es la relación entre ellos, cómo recuerda cada cual aquella fase… En un momento dado, uno de ellos se hace la siguiente reflexión: “Eso fuimos. Personajes anónimos de las contemporáneas guerras de religión: discutían los bandos acerca de si el paraíso debía llegar después de la muerte o se tenía que instaurar en la tierra. Eso dirán de nosotros. Quisieron aquellos últimos herejes el paraíso en la tierra, aparecerá así, un par de páginas en las historias universales dentro de trescientos años, saldremos en los libros junto a los husitas, a los valdenses, a los partidarios del remoto emperador Mot-Su, que vivió en la China hace algunos milenios”.

Chirbes tuvo algún vínculo con el MC. Lo conozco de vista, de verlo en los congresos nuestros. Debió de compartir piso o ser muy amigo de gente del MC. Me gusta esa cita. Da la medida de lo difícil que es cambiar las cosas. Detrás de ese par de páginas, o de ese par de líneas, que comenta ese personaje que algún día contarán lo que hicimos había un esfuerzo brutal. La militancia era muy sacrificada. Durante muchos años de nuestra vida, no hicimos más que militar.

“Es una barbaridad lo que han hecho con San Mateo; Canteli se ha cargado un verdadero fiestón de una manera totalmente arbitraria”

Tú eres autor de un libro de aforismos titulado Contra la gravedad, publicado en 2006. Uno de ellos dice: “El camino de la revolución está empedrado de reuniones”. Otro dice: “El capitalismo siempre encuentra la manera de apagar la luz al final del túnel” ¿Recuerdas tu juventud como un camino empedrado de reuniones que no condujo a ninguna parte? ¿Qué salvas de la derrota?

La verdad es que no se puede decir que hayamos tenido un gran acierto, pero aquellos con los que milité y que siguen siendo mis amigos y yo hicimos lo que entendimos que había que hacer.  De todas maneras, pienso que es muy humano lo de vincular el esfuerzo con un resultado, pero probablemente sea erróneo como base de partida. Como cuando alguien se pregunta: “Fui a tal manifestación y ¿para qué valió?”. Igual una manifestación sola no sirve para nada, pero muchas a lo mejor sí sirven. Creo que en algunos aspectos contribuimos a algunos cambios, y en ese plural ya no pienso solo en el MC, sino en los diversos grupos de esa generación que se comprometieron con, y dieron aliento a, los movimientos sociales; al pacifista (que para nosotros significó un acicate más para alejarnos de la violencia en Euskadi; no era muy compatible ser pacifistas para una cosa y no para otra), al ecologista y, singularmente, al feminista. Organizaciones como la nuestra fueron pioneras a la hora de darle valor e importancia a la lucha feminista; de reflexionar y de teorizar y de darle vueltas al asunto.

Todo eso, ¿se traducía en una sinceridad igualitaria en vuestra relación con las mujeres con las que compartíais militancia; en un realce genuino del papel de estas en el seno de la organización? Ha sucedido mucho en la izquierda revolucionaria, y sigue sucediendo, que la teoría vaya por un lado y la práctica cotidiana por otro. El mismo Mao encandilaba a las feministas del sesenta y ocho proclamando que las mujeres sostienen la mitad del firmamento, pero maltrató de maneras atroces a todas las que pasaron por su vida.

No, no, esas cosas en el MC se tomaban muy en serio. En el interior del partido, había una organización autónoma de mujeres; una estructura propia que elaboraba reflexión feminista y emitía críticas. Las mujeres del MC eran gente muy antidogmática, con mucha libertad de pensamiento. Lo pienso muchas veces de Paloma Uría, una mujer con mucha personalidad, con mucho carácter, y con un pensamiento así: muy antidogmático. Por lo demás, no era como en la iglesia antiguamente, que los paisanos se sentaban en un lado y las mujeres en otro, sino que en las células, los comités, etcétera, estábamos todos; nosotros y ellas, mezclados. El cambio cultural que representaba el feminismo no siempre tuvo lugar fácilmente, pero las mujeres se hicieron respetar muy pronto en nuestro caso. La condición femenina siempre se valoró en los puestos de responsabilidad. Haciendo balance, nuestra pequeña aportación, la parte alícuota que nos corresponda en esa lucha feminista que ya digo que no era nuestra exclusiva, ni mucho menos, es de las cosas de las que podemos sentirnos más orgullosos. También de la lucha pacifista, que cuando perdimos el referéndum de la OTAN cobró una cierta vida nueva con el movimiento de los insumisos, que fue muy radical: un movimiento que cuestionaba algo tan vinculado a la conformación del Estado como el servicio militar obligatorio. Esa batalla sí se ganó.

Miguel Rodríguez Muñoz. Foto: Alisa Guerrero

La OTAN vuelve a estar en el candelero. ¿Qué opinas sobre todo lo que está pasando a raíz de la invasión rusa de Ucrania?

Hace no mucho encontré a Pin, un insumiso trotsko muy famoso, que estuvo en la cárcel. Muy buen tipo. Hablamos de esto y me decía que él era contrario a la guerra contra Rusia. Desde el punto de vista de un insumiso, me parecía razonable, aunque yo no lo compartía. Yo creo que los ucranianos tienen derecho a defenderse, y no solo tienen ese derecho, sino que pueden necesitar ayuda y pedirla, y que hay un deber moral de prestársela. El tema este pone de manifiesto unos esquemas mentales por parte de sectores de la izquierda que son terrible; una incapacidad para captar lo que las situaciones tienen de nuevas y de distintas y una enorme tendencia a aplicar esquemas del pasado, como si en buena parte de la izquierda fuéramos en realidad seguidores de una religión del libro y toda la verdad estuviera ya revelada en un libro que se escribió en el pasado, y todo lo que hubiera que hacer fuera consultar la cita correspondiente. Me parece escandaloso que la izquierda no haya tomado la iniciativa ni se haya movilizado con ocasión de la guerra de Ucrania, no para protestar contra la OTAN, ni contra los americanos, sino, ¡joder!, contra la invasión rusa. Movilizarse con algún pensamiento propio en ese ámbito, que no tiene por qué ser un pensamiento a la sombra de lo que piensen los americanos. Hubo una concentración al principio en que todo era “OTAN no, bases fuera”. Me pareció esperpéntico, peregrino.

“La esperanza es Yolanda Díaz, y lo demás es ruina. Es fundamental allanarle el camino”

En el repaso a tu vida nos falta otra de tus militancias: tu implicación en Pinón Folixa, chiringuito histórico de las fiestas de San Mateo. Tú escribías El Pis, un periódico satírico que el colectivo editaba.

Pinón Folixa fue una cruz, porque era un curro de la hostia. Pero fue una experiencia gratificante. Había un compromiso importante, no solo con el hecho de tener allí un chiringuito que era una fuente de ingresos para financiar las actividades de las organizaciones que participábamos en él, sino con la propia fiesta; con el hacer fiesta y que la gente se divirtiera. Había una creatividad colectiva importante. Cada año, los diseños del chiringuito eran distintos. Toño, un compañero que murió, se preocupaba de ese tipo de cosas; de inventar detalles y maneras de atraer al público; de no solo vender para comer o beber, sino ofrecer un espectáculo. Formando parte de ese asunto estaba lo de El Pis, que duró quince años, y a mí, al final, ya me fatigaba, porque no era capaz de hacerlo al margen de las fiestas. Tenía que esperar a que llegaran las fiestas para hacerlo. En realidad, era todo inventado, y podía ponerme perfectamente en el mes de junio a escribirlo y en septiembre tener todos los pises hechos, pero no era capaz. Necesitaba de esa mística colectiva, de ese entusiasmo que se creaba en torno a la fiesta, para crearlos sobre la marcha. Acabé cansando, porque, como lo hacía durante las fiestas, tenía que coger días de permiso en el trabajo. Pero fue una experiencia simpática. Es una barbaridad lo que han hecho con San Mateo; que lo que fue un verdadero fiestón durante años haya llegado un alcalde y, como si fuera Adán inaugurando el mundo, se las haya cargado de una manera totalmente arbitraria. Fuera las asociaciones culturales, fuera los partidos, fuera todo este tinglado que movía la fiesta, y solo hosteleros, con cuatro chiringuitos para que los demás compitan por ellos. E insultando, además; haciéndolo todo de una manera bronca, sucia, sin recibir en ningún momento a representantes de los chiringuitos. Para encima, los juzgados están sentenciando a favor del Ayuntamiento. A mí eso me escandaliza.

¿Es una expresión local de algo global: una derecha envalentonada, dispuesta a romper consensos y estados de cosas que antes no se atrevía a romper ni con las más aplastantes mayorías absolutas?

Sí, sí. El ciclo que empezó con la Transición, con todos sus matices y limitaciones, era una época en que la derecha estaba a la defensiva, y la izquierda tenía prestigio social. Ahora sucede al revés. Quien tiene prestigio y está a la ofensiva es la derecha, y quienes estamos de capa caída, las izquierdas. Esto de los chiringuitos ha sido escandaloso. Nadie se había atrevido a hacerlo, y, de hecho, este tampoco se atrevió al principio; lo acabó haciendo por presión de los empresarios de la hostelería, de OTEA. Cuando vimos la sentencia, no nos lo podíamos creer. La demanda dice “¿dónde vas?” y el juez, en la sentencia, dice “manzanas traigo”.

Miguel Rodríguez Muñoz. Foto: Alisa Guerrero

¿Qué valoración haces de la situación general de la izquierda española?

La esperanza es Yolanda Díaz, y lo demás es ruina. Es fundamental allanarle el camino; allanárselo a sabiendas de que significa renunciar a pequeñas posiciones de poder. Izquierda Unida parece tener una actitud mucho más favorable. Las cosas que pasan en Podemos, no las conozco en detalle, pero desde la media distancia, cada vez me recuerda más a La aventura equinoccial de Lope de Aguirre, aquella novela en la que todo lo resolvían degollándose. Todo son expulsiones, luchas cainitas, cristos internos que rápidamente se trasladan al espacio público. Yolanda Díaz acierta en el tono y el estilo, pero Podemos no lo hace. Ione Belarra no lo hace. Se puede discrepar alguna vez del Gobierno del que formas parte, pero si estás discrepando constantemente, deberías preguntarte qué pintas ahí. Me parece una cosa muy infantil. Falta densidad, falta espesura ahí. Yo creo —es mi opinión particular— que no fue buena cosa el gobierno de coalición; que hubiera sido mucho mejor llegar a un acuerdo en torno a un programa de gobierno y apoyarlo desde el Parlamento, y cuando se prefiriera no apoyar, no hacerlo. El gobierno de coalición, electoralmente, me parece que es una ruina. Es verdad que de él surgió una figura como Yolanda Díaz, que a lo mejor no hubiera surgido, o no nos hubiéramos apercibido de ella, sin él. Pero el otro día salió un artículo muy guapo de Ignacio Sánchez-Cuenca que decía algo así como que el Gobierno no tiene quien le quiera. ¿Cómo puede ser que un Gobierno que sube el salario mínimo interprofesional, que reforma en la medida de lo posible el Estatuto de los Trabajadores, que afrontó bien o muy bien la pandemia, que contuvo la situación social durante años tan críticos, no tenga apoyos electorales?

Según las encuestas que se van haciendo, una por una, los españoles aprueban con nota las medidas concretas del Gobierno… pero no aprueban el Gobierno. Es algo así como: “Me gusta lo que haces, pero no me gustas tú”.

Pienso que, por una parte, desde el Procés la ideología dominante en nuestra sociedad es el nacionalismo español, que ejerce un enorme influjo tanto a derecha como a izquierda. Y también que los apoyos parlamentarios del Gobierno, que son los que son y no pueden ser otros, porque la realidad no da para más, están arrinconando a la izquierda. El PSOE no crece hacia el centro, que es el espacio hacia el que tendría que crecer, sino más bien hacia la izquierda, y que esos otros apoyos igual suponen un límite a la obtención de apoyos nuevos. Si no, no me explico qué cojones pasa. Claro, el Gobierno también está sometido a un desgaste brutal, porque hay una maquinaria comunicativa demoledora, sistemática, pum, pum, pum. Otro fenómeno curioso son esos sectores muy pobres que no votan nunca. Lo ves en barrios de Sevilla, de Andalucía… No sé si medidas como la que acaba de aprobar el Gobierno de una ayuda de doscientos euros para los ingresos mínimos o la de subir la renta básica acabarán llegando; probablemente no. En los barrios ricos, en cambio, votan unánimemente; van como locos para allá. La verdad es que la situación es mala. En todo caso, la suerte no está echada. Si saliera lo de Yolanda Díaz, sería muy buena cosa.

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