Ahora que ya no hablamos de pandemia

Memoria fragmentada de estos dos años desde Nueva York

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Paquita Suárez Coalla
Paquita Suárez Coalla
Escritora en asturiano y en castellano, traductora y profesora en el Borough of Manhattan Community College, de la Universidad de la Ciudad de Nueva York.

Después de 16 días de cuarentena, sin salir de casa más que a tirar la basura, decidí arreglarme un poco y dar una vuelta por el barrio. Había buscado todo tipo de excusas para no hacerlo, pero el mal sentimiento que me producía saber que llevaba tantas horas seguidas sin tomar el aire, sin caminar probablemente más de cien pasos al día, ni hacer más ejercicio que el de los dedos devorando demasiadas horas las teclas del ordenador, me hizo vencer la pereza y, aprovechando la flexibilidad de la que se gozaba en Nueva York con respecto al uso de la calle en aquellos días de confinamiento casi mundial, salí a dar un paseo.

Lo más raro, al principio, fue vestirme. Sentí los pantalones más ajustados, y pensé que tendría que ser porque los había vuelto a meter en la secadora y habían encogido. O porque me había acostumbrado a la comodidad de la ropa de diario, esos leggins para hacer yoga que pongo día sí y día también —aunque no haga yoga— o esa falda india que encontré en un mercadillo del Bajo Manhattan y que empiezo a usar en cuanto llega el buen tiempo. El ruido de las botas en el parqué también me sorprendió, y mi marido, que se acababa de esconder en el edredón para dormir una siesta, quiso saber por qué me había calzado de esa manera para estar en casa.

“Voy a salir”, le dije, mientras me ponía la mascarilla.

Delante del edificio, me encontré con una primavera adelantada que no alcanzamos a ver desde nuestro apartamento, y me acordé de lo mucho que me gusta esta época del año en la que los días se van alargando, la luz empieza a ser más intensa, y la ropa de invierno comienza a sobrarte. La última vez que había estado en la calle era una tarde gris y fría que no parecía anticipar en nada el cambio cercano de estación, y las moreras y robles que hay al lado del río, y que podemos ver desde el salón, no es hasta finales de abril, casi entrando mayo, que van cubriendo de hojas esas ramas peladas que se enredan entre sí, enredándose también con las aguas del Hudson, y que forman durante varios meses nuestro paisaje de invierno.

Las dos semanas de cuarentena que habíamos tenido que guardar cuando el 16 de marzo nos dijeron que mi hija tenía COVID, las había vivido con una serenidad y complacencia extrañas. Es posible que se debiera a la novedad de la situación, que le agregaba un cierto atractivo a la comodidad de la rutina, o es posible también que, al otro lado de esa aparente tranquilidad, se escondiera el miedo profundo a descubrir las dimensiones exactas de la fragilidad, ese sentir, como el del Licenciado Vidriera, que a poco que nos toquen podemos quebrarnos.

Pero sorprendida aún por lo inesperado de mi reacción, y buscando una respuesta que justificara un estado emocional que me parecía inapropiado, decidí releer Felices días tío Sergio, de la escritora puertorriqueña Magali García Ramis, en la que recrea el entusiasmo que les produce a los niños de la novela, criados en un ambiente conservador, los preparativos para el encierro al que la llegada inminente de un huracán a la isla los obliga: “Fuimos corriendo a nuestros cuartos en el segundo piso. Había que escoger lo más importante. Yo quería que la vida fuese así para siempre, así de emocionante, así de irreal, sin horas fijas para nada, sin tener que preocuparse por la ropa de salir o de estar, sin que nos dijeran que nos parásemos derechos. La tragedia que se avecinaba rompía todas las estructuras, todo el orden, uno podía ser lo que le diera la gana”, cuenta Lidia, la niña que va narrando la historia, y a la que la peligrosidad del huracán, y la necesidad de ponerse a salvo, la salva momentáneamente del peligro de esa familia asfixiante que los protege, a ella y a su hermano, de los “independentistas, los comunistas, los nacionalistas, los negros, los ateos y los homosexuales”.

Algunas veces, durante aquellos primeros momentos de la pandemia, me pregunté qué tipo de protección —más allá de la protección del contagio— era la que yo sentía que el confinamiento me proporcionaba. Y de qué me estaba salvando aquella especie de enclaustramiento que nunca me molestó. Lo veo con la distancia de estos dos años y pico que han pasado, cuando se empiezan a acusar los efectos adversos que esta carencia profunda de relaciones humanas nos produjo, y reconozco que la necesidad de organizar la vida diaria al milímetro se vio tan reducida en cuanto empezamos a trabajar desde casa que era difícil no sentirse bien cuando estabas más descansado. Ya no hacía falta empezar el día a las carreras, ni angustiarse por los retrasos del metro, y era de agradecer que a la noche, después de cenar, aún dispusiéramos de un par de horas para ver una película. Pero no pasó mucho tiempo para que aquella paz tan poco altruista se viniera abajo. Muy pronto, me vi obligada a poner rostro a lo que al principio solo eran números —la muerte del padre de mi amigo Emilio en León, la de la madre de uno de mis estudiantes dominicanos, la hospitalización de los padres de Carolina, primero el padre, luego la madre, la de Perla, otra alumna mía…— y aunque me esforzara por apartarlo de la mente, se me hacía imposible mostrar indiferencia ante el recuerdo de todas las mujeres emigrantes con las que trabaja mi amiga Sarah, víctimas de violencia doméstica, y cuya situación había empeorado dramáticamente a causa del confinamiento: sin dinero más que para unas pocas semanas, sin posibilidades de encontrar un quehacer remunerado, y sin ningún tipo de protección ante tantos atropellos, la pandemia incrementó la violencia diaria que estas mujeres sufrían.

De momento, lo peor de nuestra situación se limitaba a haber perdido la floración de los narcisos y de los cerezos japoneses que tan hermosa hacen verse la ciudad de Nueva York en cuanto llega abril; tal vez, tener que quedarme en el país sin poder ir a Asturias a ver a mis padres —algo que me dolía más que ninguna otra cosa— o lamentar que mis hijas tuvieran que haber cancelado el viaje a Puerto Rico durante el Spring Break porque ya no había vuelos, pero mi encierro no estaba determinado por la angustia de los que se habían quedado sin trabajo, o de los que no lo habían perdido a costa de arriesgar diariamente su salud y la de sus familiares.

Una calle del barrio de Washington Heights. Foro: Sarah Crawford

Cuando aquella tarde salí a dar mi primer paseo por Washington Heights después de dieciséis días en casa, me sorprendió efectivamente la primavera, con sus tulipanes abriéndose en el jardín que tenemos delante del edificio, pero lo más impresionante fue ver la parte este del Alto Manhattan —donde viven los dominicanos— sin uno de los puestos callejeros que suelen colocar en las aceras y de cuya existencia depende el bienestar de muchas familias. Solo en la esquina de la 181 con la avenida de Juan Pablo Duarte había una mujer sin mascarilla que ya había visto más veces, tapada con el cuello del jersey, y con una pequeña mesa en la que ofrecía desde pilas y cremas hidratantes hasta veneno para cucarachas. En el momento en el que pasé por delante de ella, la mujer estaba empezando a recoger y, mientras la veía guardar su mercancía en una bolsa de rafia como las que aquí se usan para ir a lavar, me pregunté qué desesperación que tantos como yo desconocíamos podría haberla llevado a salir de su casa en unas circunstancias como las que entonces se vivían.

Me quedé con su imagen registrada en la memoria y, al llegar al semáforo, crucé al otro lado de la calle. Al llegar a la esquina donde antes había una sucursal del Banco Chase, me llamó la atención una nota manuscrita que alguien había pegado en el poste de una farola y me detuve a leerla: “La mejor arma para los virus es abena con leche, fresas, vananas, miel, ajo y mas”, decía. Los trazos inseguros de aquella caligrafía, traspasados por una ortografía como la que transcribo, me recordaron enseguida a mi padre cuando escribe “reserbado” con be, o a mi madre cuando se despide en sus cartas diciéndonos que espera que estemos “vien” con uve, y lo leí varias veces, atraída más por ese lugar tan íntimo al que acababa de transportarme la forma del mensaje que por su contenido. Y al acordarme de mis padres, sin saber muy bien si podría ir a verlos en el mes de julio, y al imaginarme la huerta donde hemos pasado los últimos veinte veranos sin nosotros, y al reproducir con miedo la imagen de mi padre recogiendo ciruelas y figos sin tener allí a sus nietas para ofrecérselos, sentí cómo los bordes incisivos de la pandemia se me clavaban en el surco de los afectos.

Negocié inmediatamente con los sentimientos, consciente de la magnitud del dolor por la que tantísima gente estaba pasando, y seguí caminando con el deseo de llegar lo más pronto posible a casa. Estamos bien —me dije mientras atravesaba una tras otras aquellas calles vacías del barrio en el que vivo— y mi padre y mi madre también están bien, en el mejor lugar del mundo para pasar una pandemia.

Pero a pesar de la insistencia de la razón, las emociones iban por otra parte.

Poco antes de volver a casa, pasé por el supermercado a hacer unas compras. Fui primero a Ozzis y, desanimada por lo que se suponía que sería una espera de más de cuarenta y cinco minutos, me acerqué a Franks, la tienda de enfrente, donde solo tuve que esperar media hora. Y mientras esperaba esa media hora, guardando la distancia de los seis pies que se recomendaban en aquellos primeros meses de la pandemia, un hombre mayor, de una edad que no supe calcular muy bien, se desmayó y se cayó al suelo. Y más espectacular que la caída fue la reacción de la gente. Nadie se movió, nadie se acercó a él, absolutamente nadie de cuantos estábamos en la cola de la tienda guardando los seis pies de distancia se atrevió a echarle una mano. Solo una mujer que pasaba por allí, y que era médica, se aproximó un poco, le preguntó cómo se sentía y, también sin tocarlo, llamó entonces mismo a una ambulancia que aún no llegaba cuando me fui.

Estábamos a principios de abril y, aunque nadie sabía cómo actuar en esta película colectiva que nos habíamos visto forzados a interpretar, estábamos convencidos de que saldríamos reforzados de la pandemia —sobre todo mejores, se decía— aunque lo que en realidad deseábamos era que la plaga acabara de una vez y siguiera la fiesta. Pero a finales de mayo tuvimos que tirarnos a las calles a protestar por el homicidio de George Floyd en Mineápolis y, semanas después, volvimos a reunirnos en los jardines del Fort Tryon Park para denunciar el linchamiento de un negro de treinta y pocos años en ese mismo lugar. Era, en lo que llevábamos de verano, el tercero o cuarto de una serie de linchamientos de personas negras —para los que no hubo titulares— que se estaba viviendo en el país. Recorrimos varias calles de Washington Heights bajo un calor que derretía todo menos la rabia, y vimos cómo la cara de los policías, delante del precinto donde se fue a gritar, contenía una aspereza que daba mucho más miedo que cualquier virus.

Ese mismo verano, avanzado agosto, llegué con mi familia en un vuelo casi vacío a Asturias y me quedé, por primera vez en todos cuantos llevo viviendo en este país, hasta mediados de octubre. Di clases desde la galería de mi casa en Grullos, mientras oía el canto de los gallos que les hacía escuchar a mis estudiantes a través de la cámara de Zoom, y cenábamos luego en la huerta si el tiempo lo permitía. Cuando volví, mi padre había empezado a ver cómo la manzana caía de los árboles, sin saber a quién podría pedirle ese año que la recogiera, y en Nueva York me encontré con la belleza tristona del otoño tapizando de hojas amarillas y rojas las calles de la ciudad.

Más pronto de lo que nos hubiéramos imaginado, regresaron las colas a los centros de vacunación, y se renovó la confianza en esos hombres y mujeres que habían conseguido semejante milagro. Como por hábito, hicimos a un lado los datos incómodos, las cifras que no convenía saber, seguimos desentendiéndonos de esa parte de la humanidad que llevamos obviando quién sabe cuántos siglos y nos pusimos contentos porque ya no había ninguna razón para ser infelices. La vacuna funcionaba, reducía el riesgo de contagio y, en el caso de contagiarse, nadie se moría. O se morían los que, de todas formas, ya estaban amenazados de muerte, aquellos que, seguramente, eran responsables de lo que les acababa ocurriendo. Lo más importante era que al fin todos habíamos salido de nuestras casas. Unos con vacuna, otros sin ella, pero todos con la misma actitud positiva que hay que tener para convencerse de que hemos regresado a una normalidad sin adjetivos y para enfrentar la arquitectura urbana que se había ido diseñado durante la pandemia.

Sé poco o nada de otros lugares, pero doy testimonio de esa nueva geografía de Nueva York que tuvo que haber ido gestándose a medida que una parte importante de seres anónimos, ajenos a nuestras burbujas, se fue quedando sin trabajo, sin casa, sin atención médica ni ningún otro tipo de atención, y se vio forzada a refugiarse en los cantos de la ciudad y en el sosiego de la droga. Apurados de nuevo a la madrugada para ir al gimnasio o a la oficina, nos vemos ahora obligados a poner más cuidado para no tropezar con cuantos han tenido que pasar la noche en las estaciones de metro, o para evitar a los que se acercan a orinar en las escaleras que llevan al andén y aprovechan para administrarse la primera dosis del día de fentanilo o de cualquier otro opioide barato. No es un espectáculo fácil de digerir, pero es el escenario que hay y al que nos acabaremos haciendo. A fin de cuentas, y como siempre, bastante tenemos con nuestras propias vidas como para ocuparnos de las vidas de quienes, seguramente, están como están por haber tomado la decisión incorrecta. Aunque cualquier de nosotros pudiera ser uno de ellos.

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