“Asturias”, el periódico que no pudo ser

Respaldado por un amplio accionariado popular, irónicamente sería conocido como "El Paisín", y no llegaría al año de vida.

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Pablo Batalla
Pablo Batalla
Es licenciado en Historia. Ha sido colaborador en medios como La Voz de Asturias o Atlántica XXII y en la actualidad coordina la revista digital El Cuaderno y dirige A Quemarropa, el periódico de la Semana Negra de Gijón. Su último libro es "La virtud en la montaña. Vindicación de un alpinismo lento, ilustrado y anticapitalista" (Trea Ensayos).

Algo así —evoca Miguel Somovilla, que formó parte de su equipo fundacional— como un Paisín, versión astur de El País, joven diario representante, en aquel momento, de una deslumbrante modernidad periodística, que aquel nuevo periódico intentaría copiar de manera casi literal. Asturias: diario regional era su nombre. Ambiciosa pero breve sería su singladura. Fundado en diciembre de 1978 (su primer número salió a los quioscos el día 5, víspera del de la Constitución), echaba el cierre en el mismo mes de 1979 aquel diario progresista que había querido ser “abiertamente beligerante contra las residuos de la dictadura, contra el terrorismo, contra los abusos de los poderosos, contra la violencia, contra la corrupción, contra los sectarismos ideológicos y abiertamente a favor de la autonomía política de Asturias”. Los años de la Transición, “tiempo de vivir y de soñar y de creer” como cantaba Pablo Guerrero, asistían a una ebullición de nuevas cabeceras; empresas periodísticas rutilantes, acogidas a la nueva libertad de prensa: solo en Asturias, se publicaban en aquel momento siete periódicos diarios. Algunas prosperaban; otras se quedaban por el camino en un momento de cambio tecnológico y crisis económica. Y fue el caso de este diario cuya calidad fue siempre notable, pero su economía endeble, y al que acabó por hacer naufragar lo que El País describía, aquel diciembre del setenta y nueve, como “un planteamiento financiero desastroso”.

De Hauke Pattist a Fernando Savater

La primera tirada —pergeñada en una rotativa en Silvota, en Llanera, cerca de Lugones— fue de 50.000 ejemplares. 15 pesetas cada uno y 40 páginas impresas en offset. La tirada, más tarde, se estabilizaría en los 15.000 ejemplares tirados. No fueron lectores lo que le faltó a este Paisín cuyos primeros titulares quintaesencian el momento que atravesaba la balbuciente España democrática: además del editorial de Graciano García, “Nuestro difícil camino”, del que procede el entrecomillado que citábamos en el primer párrafo de esta crónica, “Suárez y Felipe: ‘Sí a la Constitución de la concordia’”,  “Ultraderechista condenado en Oviedo” (un tal José Ramón Espino, que había liderado el destrozo escuadrista del bar Cecchini, hiriendo además a varios clientes) o la opinión del jurista ucedista José Pedro Pérez-Llorca de que “Hay inconvenientes para un gobierno UCD-PSOE” acompañaban a una información internacional: la “Victoria inesperada de la Democracia Cristiana” en Venezuela. Asturias era el primer diario de la región en contar con un servicio internacional de agencias veinticuatro horas, frente a las solo seis que contrataba el resto de periódicos, consagrados casi en exclusiva a la información regional. Sería aquel servicio el que proporcionase al diario una primicia de alcance: la de la reclamación, por los Países Bajos, de la extradición del nazi holandés Hauke Pattist, que había rehecho su vida en un Oviedo donde dirigía una academia de idiomas, y todos los noctámbulos sabían de la filiación ideológica que traslucía en los cánticos hitlerianos que acostumbraba a entonar al calor de sus borracheras. Nunca fue extraditado.

La hemeroteca de Asturias no está digitalizada (pero se conservan varias físicas, una de ellas en el Muséu del Pueblu d’Asturies), pero un rastreo en Internet y las redes sociales nos proporciona otros pecios que también nos hablan de la época. Leemos, por ejemplo, una columna de José Benito Álvarez-Buylla del 4 de marzo de 1979. El título, “El bable y la tracamundia”. El tema, que “ciertos distinguidos lingüistas asturianistas claman por la enseñanza del bable en las escuelas y la creación de una especie de Academia del Bable, encargada de fijarlo y darle esplendor. En lo que no acaban de ponerse de acuerdo es en la clase de bable que vaya a impartirse a los escolinos, ni menos, en cuál sería la fabla que habría de ser sacralizada, porque hay varias”. Nos topamos también una entrevista a Fernando Savater (“enfant terrible de la nueva filosofía española”) repleta de dardos hacia Gustavo Bueno, con quien mantenía un entretenido rifirrafe que había tenido su primer ring en las páginas de la revista Triunfo.“Gustavo Bueno”, criticaba el vasco en Asturias, en su conversación con Carlos Lomas, “está en la línea de convertir al filósofo en gran sacerdote científico, en gran sacerdote cultural. Es un intento de sustituir al cura en sus funciones pastorales. No me extrañaría que terminara poniendo nombre a los meses del año. Gustavo Bueno ejerce un aggiornamento del positivismo, con toda la carga de ingenuidad, de dogmatismo y de academicismo de todo positivismo”.

Lo local y lo universal: un suplemento cultural de altura

Savater, lo mismo que Bueno, se contaría entre las firmas de lustre que reuniría una singladura aparejada: la del suplemento cultural Revista de Asturias, precedente ya deslumbrante de los emblemáticos y añorados Cuadernos del Norte. Dirigido por Juan Cueto, tomaba su nombre, como se explicaba en el primer número, del suplemento mensual de El Faro Asturiano, un periódico de mediados del siglo XIX, y de otra publicación bimestral especializada en asuntos científico-literarios fundada en 1876, que lograría “combinar espléndidamente a lo largo de tres épocas firmas del más amplio pelaje ideológico y de la más variada nación: únicamente atentos a analogar lo regional con lo universal, lo científico con lo folklórico, el periodismo con lo universitario, el darwinismo con el ferrocarril de Trubia”. Allá anidaba ya la reivindicación de lo glocal, mezcla de lo global y lo local, que sería característica de Cueto.

La vida de la Revista de Asturias fue aún más breve que la del diario matriz: el primer número apareció el 18 de enero de 1978; el último el 31 de mayo del mismo año. Solo diecinueve números que, sin embargo, fueron suficientes para reunir una nómina de escribientes entre los que se contaron Octavio Paz, Mario Vargas Llosa, Alejo Carpentier, Ángel González, Julio Cortázar, Miguel Delibes, Jorge Luis Borges, Eugenio Trías, Francisco Ayala o Juan Carlos Onetti. También Juan Velarde Fuertes, José Luis García Delgado, Vidal Peña, Paco Ignacio Taibo I, Valentín Andrés, Félix Guisasola, Eduardo Méndez Riestra, Ovidio Gondi, Francisco Trinidad, Pedro Caravia, Gonzalo Suárez, Antonio Gamoneda, Manuel Pilares o José Avello. Su cierre, que precedió en siete meses al del periódico, traslucía ya las dificultades económicas de Asturias. Cueto se despedía con amargura en el último número, “volviendo a constatar que la cultura todavía sigue siendo un lujo por estos pagos. Ignoran que la incultura es el mayor de los derroches”.

Jóvenes y con ganas

Tenía Cueto entonces 36 años y, según recuerda Melchor Fernández Díaz, parecía hasta “veterano” en una redacción en la que la nota era la juventud. Miguel Somovilla tenía veintidós años. “La edad media”, calcula José Ramón Patterson, que tenía veinte, “rondaba los veintitrés, veinticinco años”. Solo unos pocos más, treinta y uno, tenía Paco Abril, director del suplemento infantil del diario. Abril había llegado a Asturias debido al interés de sus promotores en contar desde el principio con una sección para niños. Esta se titularía El Curuxu. “Victoria Fernández y yo llevábamos”, recuerda Abril, “el suplemento infantil de El Comercio, El Raitán, y un día vino Daniel Serrano y nos ofreció pagarnos el doble si nos íbamos al Asturias. [Francisco] Carantoña [director de El Comercio] se llevó un disgusto gordísimo, hasta el punto de que no me volvió a hablar en mucho tiempo”.

Redacción de “Asturias”

Muchos otros grandes periodistas asturianos, caso de Pedro Pablo Alonso, Maria Jesús Díez, Enrique Corripio, Pilar Rubiera, Luis Ángel Fernández, Miguel Rosado, Antonio Palicio, María José F. Arcones, Alicia Valdés, José Ramón Patterson o David Serna, hicieron sus primeros pinitos en el Asturias. De su paso por el proyecto recuerda Serna que “era un yogurín que aún no había finalizado la carrera y acababa de entrar de prácticas (ahora se llaman becarios) en ese periódico, gracias a la confianza de mis maestros, Graciano García y Melchor Fernández Díaz. Y como quería hacer cosas, para demostrar mi valía y sobre todo mis inmensas ganas de ser periodista, me di cuenta [de] que la fiesta de la hoguera celoriana era un buen tema para hacer un reportajín y lo hice, hasta hice yo la foto que ilustraba el texto, con una cámara que me dejó […] Conchi Osoro”.

En la nómina de fotógrafos, destacaban los —también jovencísimos— Nardo Villaboy o Ana Muller. Su trabajo, a veces, motivaba problemas como el que así rememora José Ramón Patterson: “Fui con Ana Muller a la playa nudista de Torimbia, cuando era una gran desconocida y costaba llegar, porque aún no había el camino que hizo Trevín mucho después; y Ana hizo una foto de espaldas de un chico desnudo, pero con la pierna escayolada de arriba abajo. Salió en el periódico, no recuerdo si el lunes o el domingo, y aquel chico montó un pollo de tres pares de narices, porque decía que, con la pierna escayolada, lo conocería todo el mundo”. Era riesgosa la faena del foteru en aquel periódico: Patterson recuerda también al profesional de la fotografía con el que fue el primer periodista en visitar la térmica de Lada, entonces en construcción, hoy en destrucción, y el terror del primero al descolgarse con un cable por la alta y vertiginosa chimenea: «Hubo que despegarle los dedos uno a uno; se le habían quedado agarrotados».

Los ofendiditos del setenta y nueve

El editorial del último número de Asturias, escrito por Somovilla, se tituló Por la continuidad. Continuidad que no se logró, ello pese a que gente tan ilustre y distinta como como el presidente socialista Rafael Fernández, el arzobispo Díaz Merchán o el entonces consejero de Comercio Francisco Álvarez-Cascos mostraron su apoyo público al proyecto, que había recibido un crédito de la Caja de Ahorros de 58 millones de pesetas, y pedía ahora un tiempo extra que no se le concedió. Desaparecía, pues, Asturias, pero lo hacía con el mismo nivel con el que se había fundado: aquel último número, el 5 de septiembre de 1979, incluyó la publicación en exclusiva del anteproyecto de Estatuto de Autonomía de Asturias, conseguida por Somovilla con sangre, sudor y lágrimas. Los trabajadores pleitearían después por unas indemnizaciones que su abogado, el ilustre laboralista Luis Fernández Ardavín, lograría que fueran las más altas.

Patterson recuerda bien los pormenores de aquel “desastre financiero” fatal. El exdirector de Radio Nacional de España y TVE en Asturias y corresponsal de TVE en Bruselas, para quien Asturias significó su primera nómina —tenía veinte años aquel 1978 en que se fundó el diario—, evoca que “la idea, inicialmente, era buena: suscribir acciones tanto populares como de fuerzas vivas de la región. Allí puso dinero desde el presidente Rafael Fernández hasta Nebot, el fotógrafo, que era del PCE, pasando por José Manuel Fernández Felgueroso, que en aquel momento era presidente de HUNOSA. Pero no hubo profesionales que gestionaran económicamente el periódico a posteriori”. Aquel primer capital fue menguando, “absolutamente nadie volvió a poner un duro” y el periodismo independiente que Asturias preconizaba fue significando, además, un cierre progresivo de grifos publicitarios que recuerda al que, décadas después, padecerían proyectos de espíritu similar, como Asturias24 o Atlántica XXII. “Fuimos”, recuerda Patterson, “ofendiendo a todo el mundo: publicabas algo que el PSOE consideraba que iba en contra de sus intereses, caña; publicabas cosas en contra de la UCD, y Emilio García-Pumarino, que era el responsable del partido en aquel momento, te cantaba las cuarenta”. El periódico —cuenta el periodista— llegó a tener un único anuncio; un cuadratín de una empresa de nombre memorable: Pollitas Rojas. “No tengo ni idea de lo que era, supongo que venderían pollos, pero nos hacía mucha gracia el nombre, y nunca lo he olvidado”.

Paco Abril también recuerda aquella torpeza en materia publicitaria, que él relaciona con el “grandonismo” que, según recuerda, caracterizó al periódico desde el principio: “Estuve muchas noches en Silvota con Graciano García y Juan Cueto, y recuerdo que la frase cada cierre era ¡Somos los mejores, vamos a arrasar!”. Y en publicidad había un tipo que era mexicano y que decía que la publicidad no había que ir a buscarla, que ya vendría ella, que este periódico tenía tal categoría que vendría por sí sola”. Pero no vino, y, privada la caja de caudales del diario de esos ingresos, las nóminas se fueron cobrando, mientras se cobraron, con artes picarescas: “Cada mes”, evoca Patterson, “cobrábamos de un banco. La administrativa que teníamos engañaba cada mes a uno para que adelantase nuestras nóminas, y así íbamos cobrando de uno y de otro. Estuvimos así cinco meses, hasta que dejamos de cobrar”. Patterson, entonces, abandonó Asturias para irse al diario Región, que acababa de adquirir un grupo vinculado a la UCD. Y lo hizo ya resabiado por la experiencia: “Para muchos, era el primer trabajo serio, con nómina, y obviamente le pusimos toda la ilusión del mundo. Como contrapartida, la decepción fue tremebunda con la clase política, económica y social asturiana, que nos dejaron absolutamente abandonados, y nos dejaron morir. Desde ese día, soy muy escéptico con las clases dirigentes de todo tipo”. Como con todo en la Transición, después del encanto había llegado el desencanto.

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