La falsa “crisistunidad” del cambio climático para Asturias

No caben la frivolidad, la negociación, ni la especulación con la insurrección de la geología.

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Pablo Batalla
Pablo Batalla
Es licenciado en Historia. Ha sido colaborador en medios como La Voz de Asturias o Atlántica XXII y en la actualidad coordina la revista digital El Cuaderno y dirige A Quemarropa, el periódico de la Semana Negra de Gijón. Su último libro es "La virtud en la montaña. Vindicación de un alpinismo lento, ilustrado y anticapitalista" (Trea Ensayos).

Toda crisis, sabido es, es también una oportunidad. El caos —dice Meñique en “Juego de tronos”, con sentenciosidad de proverbio oriental es una escalera. Otro personaje de ficción, el Rhett Butler de “Lo que el viento se llevó”, comentaba en aquella inolvidable película que las grandes fortunas se amasan en dos grandes momentos distintos: cuando las sociedades nacen, y cuando decaen. Nosotros nos hallamos ahora en un momento de decadencia y, confirmando la máxima, grandes fortunas se amasan en efecto, atentas a los nichos de mercado de la crisistunidad. Oportunidad, pueden serlo hasta las catástrofes más graves. Y la peor de todas, el cambio climático antropogénico, no está dejando de serlo. Las formas de este lucro van desde el desenvuelto greenwashing de empresas altamente responsables del mismo que adoptan logos y estrategias comunicativas verdes (una hoja, una mariposa, como emblema de Iberdrola o Naturgy) hasta la enumeración que leemos en la página Crear mi empresa bajo el rótulo «Cambio climático: ideas de negocios para aprovechar sus consecuencias». Entre ellas, «invertir en zonas frías», «asesoría en desastres naturales», «creación de empresas de bomberos privados», «fondos de inversiones basados en agua» o «ciudades flotantes». Se explica de esta última que, «ya que el calentamiento global lleva a un deshielo, que a su vez hace que suba el nivel del mar, una de las principales preocupaciones para las décadas que vienen es lo que va a pasar con muchas ciudades costeras. Una posibilidad sería empezar a diseñar viviendas flotantes […] Eso haría innecesario abandonar las viviendas más cercanas al nivel del mar para construir unas nuevas, tierra adentro».

“Los capitalistas, ya se sabe, venderían a sus verdugos la soga con que se los ahorcase”

Los capitalistas, ya se sabe, venderían a sus verdugos la soga con que se los ahorcase. Es bastante más grave que las instituciones públicas se sumen a este bazar, pero habitamos el tiempo enrevesado en que las empresas se han vuelto naciones y las naciones, empresas; no ya reinos o repúblicas, sino marcas cotizantes en la bolsa de la globalización, en el cual también para ellas se empieza a convertir el cambio climático en argumento mercadotécnico. La posibilidad de «postularse» o de «ponerse en valor» como «refugio climático» [sic, sic, sic] ha sido defendida con demasiada ligereza por representantes políticos de fuerzas políticas asturianas como Podemos y el PSOE, empezando por el propio presidente Adrián Barbón: “favorecerá la atracción de población e inversiones”. La crisistunidad es aquí la posibilidad de rehabitar los abandonados caseríos de Degaña, Amieva o Sobrescobio con murcianos, cordobeses o albaceteños cocidos por el sol de justicia del desertizado meridión ibérico, invivible a no mucho tardar.

Sucederá. Pero en ningún caso debería verse en ello una buena noticia. El cambio climático es muerte y destrucción; una bomba cuya mecha puede ser más corta o más larga dependiendo del rincón de un mundo en el que no hay burladeros que permitan escapar a su deflagración. El garrote vil del CO2 acumulado asfixiará también —si no se pone un remedio que solamente puede ser global— a los asturianos viejos y nuevos. Hubo glaciares, ya no los hay, en los Picos de Europa. Esto —dice y titula bien Naomi Kleinlo cambia todo. Y no caben la frivolidad, la negociación, ni la especulación con la insurrección de la geología. El único debate sobre el cambio climático que debe tener lugar en un parlamento es qué grano de arena poner al combate que lo derrote. Y una Asturias que lidera rankings españoles de contaminación ambiental y dolencias derivadas de la misma (hace unos años, seis de los primeros diez municipios españoles con mayor tasa de mortalidad por cáncer de pulmón eran asturianos) tiene muchos deberes pendientes al respecto.

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